Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 71 #2
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Capítulo 71 #2

Él la besó con voracidad mientras presionaba su miembro contra el vientre de Anne.

Apartó la ropa de cama y la tumbó con delicadeza colocándose encima de ella.

Acercó los labios al lóbulo de su oreja y lo succionó como si quisiera bebérsela entera.

Anne gimió al tiempo que se retorcía contra él.

El escocés bajó por su cuello dejando un rastro de besos y no se detuvo hasta llegar a uno de sus pechos.

Lo cubrió con una mano y lo masajeó, atento a cada reacción que aparecía en el rostro de Anne.

Atrapó el pezón entre dos dedos y lo pellizcó.

Sonrió cuando ella volvió a arquearse contra él.

—Quiero que me digas todo lo que te gusta y lo que no te gusta. Siempre. No te calles nada.

—Eso me gusta. Todo lo que me haces me gusta —dijo ella con voz entrecortada.

—¿Y cómo te gusta más? ¿Así? —Volvió a pellizcarle el pezón.

—¡Sí!

—¿O así? —Se inclinó y lo atrapó entre los labios para succionarlo.

Anne gimió agarrándose a las sábanas, y Craig obtuvo su respuesta.

—Parece que ya tenemos ganador —dijo burlón—. Pero creo que puedo hacerlo mejor.

Siguió jugueteando con el pezón y Anne se tensó desesperada cuando mordió aquel botón duro con una presión controlada.

—Mmm… —Bajó una mano y deslizó los dedos entre sus pliegues—. Estás muy mojada, a ghaoil .

—Lo siento —dijo sin aliento.

—Amor mío, mostrarme lo mucho que me deseas es el mejor cumplido que me puedes hacer.

Acarició entonces su punto más sensible y Anne levantó las caderas buscándolo.

—¿Quieres esto? —dijo colocándose en su entrada—. Lo haré despacio, a ghaoil , pero si quieres que pare, dímelo.

Anne se puso rígida al notar la intrusión.

—Joder —masculló él dejando salir el aire que había retenido.

Siguió empujando lentamente y Anne gimió sin saber si era de miedo, dolor, deseo o las tres cosas. Sentía cómo su sexo se aferraba a él y quería que aquella ansia se calmara.

—Respira hondo, Anne —musitó quedándose quieto—. Vamos, no contengas el aliento.

Ella hizo lo que le decía y él empujó un poco más. El dolor no era intenso, sino un escozor, una quemazón allí abajo.

—¿Ya está? —preguntó ella jadeando—. ¿Lo hemos hecho?

—No, a ghaoil , todavía no —gruñó él entre dientes.

Anne gimió y se mordió el labio con preocupación. Estaba claro que le estaba costando amoldarse a él. ¿Y si no eran compatibles? Craig salió un poco y volvió a empujar. Otra vez. Y otra. Y cada vez que lo hacía Anne lo apretaba como si quisiera retenerlo.

—«Vende, enajena y dispone, en favor del referido adquirente y de sus herederos y cesionarios cualesquiera…».

—¿Craig?

—«…con carácter hereditario e irrevocable, todas y cada una de las tierras anteriormente descritas…».

Anne tenía el ceño fruncido.

—¿Qué haces?

—Recito una cláusula de disposición de tierras.

—¿Por qué haces eso?

—Porque si no me distraigo voy a correrme sin haber entrado del todo.

—Pero si ya estás dentro.

Cogió una mano de ella y la llevó hasta el lugar en el que se unían sus cuerpos. Anne rodeó con ella la parte que seguía fuera.

—¿Y si no cabes?

Craig cerró los ojos y le quitó la mano sujetándosela por encima de la cabeza.

—Respira hondo, Anne —jadeó—. Ahora.

Empujó hasta el fondo y Anne exhaló un grito contenido.

—Shsssss —susurró en su oído—. Ya eres mía, a ghaoil . Pero deja de apretujarme o voy a acabar.

—Yo… Craig…

Colocó una mano bajo su cadera para guiarla con cada embestida y poco a poco el placer regresó en oleadas.

Se inclinó para besarla y mordió su labio inferior para tirar de él mientras aumentaba la intensidad.

Su corazón latía como un caballo al galope.

Sentía la tensión acumularse entre las piernas y aumentar con cada roce.

«…con sus casas, edificios, patios, parcelas, dependencias y pertenencias de cualquier naturaleza…»

Anne se tensó elevando las caderas. Lo apretó como si quisiera exprimirlo y el placer la alcanzó en una sucesión de contracciones imparables.

Craig le cubrió la boca con la suya para acallar el grito que no pudo contener.

Solo entonces dejó que su propio orgasmo lo venciera y se corrió dentro de ella con un áspero y largo gruñido.

Unos instantes después, Craig se apartó con cuidado y se dejó caer a su lado, todavía sin aliento.

—Craig…

Se volvió hacia ella mientras sus latidos recobraban poco a poco un ritmo normal.

—Dime, amor mío.

Ella tenía los ojos húmedos y él limpió una lágrima de la comisura antes de que cayera.

—¿A ti te ha dolido? —preguntó Anne con preocupación.

Él sonrió con calidez y apartó un mechón de pelo de su cara.

—Ha sido muy intenso, nada más. ¿Y a ti?

—Me escocía.

Se incorporó y se sentó sobre los talones mirando la cama.

—No hay sangre —dijo con el ceño fruncido—. ¿No debería haber sangre?

—A veces no la hay.

—¿Es porque monto a horcajadas? Julie me dijo que por montar así le daría un disgusto a mi marido.

—Podría ser. —Craig miró su cuerpo admirado—. Eres preciosa, Anne. Tal y como te había imaginado.

—¿Me habías imaginado desnuda? —Se rio divertida—. Eres un pervertido, Craig McEntrie.

La cogió de la cintura y tiró de ella para ponerla sobre su cuerpo.

—Espera a ver todas las cosas pervertidas que quiero hacerte, señora McEntrie.

—Señora McEntrie —dijo ella acariciándole la mejilla—. Me gusta cómo suena en tus labios.

Craig enroscó un dedo en uno de sus rizos con expresión pensativa.

—¿Podemos…? —Anne se mordió el labio avergonzada.

—¿Qué? —preguntó él agarrándola por las nalgas y moviéndola sobre su miembro, que empezaba a endurecerse de nuevo.

—¿Otra vez?

Craig elevó la cabeza y la besó.