Capítulo 71
Abandonaron Lamberton poco después de las dos de la tarde.
La carretera avanzaba hacia el norte por una tierra abierta y azotada por el viento.
A un lado se extendían los campos de cebada y avena, separados por muretes bajos.
Al otro, cuando el terreno descendía, se divisaba el mar.
El sol se abría paso entre las nubes y encendía manchas de plata sobre el agua.
La comitiva tardó más de lo previsto en alcanzar Houndwood. Allí cambiaron los caballos y Craig envió a Dylan por delante a caballo para que consiguiera habitaciones en Dunbar.
Dunbar apareció a última hora de la tarde, extendida sobre una elevación junto al mar.
La posada ocupaba un edificio alto y sobrio de piedra, reconstruido quince años atrás sobre el antiguo establecimiento de postas.
Los carruajes se detuvieron frente al porche mientras los vehículos del patio se movían para dejarles espacio.
Dylan los esperaba en la entrada y, detrás de él, se agrupaban dos mozos, un muchacho encargado del equipaje y una camarera.
Edward fue el primero en descender. Llevaba demasiadas horas sentado para su costumbre y estiró los brazos hacia atrás inclinando la espalda.
Ayudó a bajar a su esposa y luego a Julie.
Las dos parejas del otro coche descendieron también y los criados del tercer vehículo ya descargaban parte del equipaje para la noche.
—Cuidado con el estuche pequeño —indicó Julie a uno de los mozos.
—Les hemos reservado cuatro dormitorios y varios cuartos para los criados —dijo el posadero haciendo una inclinación profunda a los condes—. También tendrán un salón privado para cenar y relajarse antes de dormir.
—La mejor habitación será para los recién casados —dijo Emma, segura de que se la habrían reservado a ellos por el título.
La posada olía a cera, carbón, comida y madera vieja.
Subieron por una ancha escalera y Emma le preguntó a su hija si bajarían a cenar o si preferían una cena íntima.
Los recién casados escogieron la segunda opción y se dirigieron a sus habitaciones.
Les habían otorgado un alojamiento con dos habitaciones comunicadas.
La primera era un gabinete privado, mucho más pequeño que los salones de la planta baja.
Tenía una mesa redonda, cuatro sillas y un sofá tapizado de crin.
El dormitorio estaba detrás. Una alfombra de lana, algo gastada alrededor de la cama, cubría parte de las tablas del suelo.
El papel pintado mostraba pequeñas ramas verdes y Anne sonrió al pensar en Julie y su «vestido verde».
Se fijó en el rincón de aseo, que contaba con una jofaina de loza, una jarra grande, una jabonera y toallas.
—¿Es de tu agrado? —preguntó Craig.
Anne se giró hacia él y lo vio apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, mirándola como si sus movimientos lo hipnotizaran. Antes de que respondiera, alguien llamó a la puerta.
—Susan… —dijo sorprendida.
—Necesitará que la ayude a desvestirse. —La doncella movió la cabeza para mirar al interior.
—No te preocupes, esta noche me las arreglaré sola.
—¿Está segura? —dijo conteniendo una sonrisa pícara.
—Sí, Susan. Atiende a Julie, si te necesita. Y di abajo que pediremos la cena cuando tengamos hambre. Buenas noches.
—Buenas noches, señora.
Cerró la puerta y echó el cerrojo antes de girarse hacia él.
—Vas a tener que ayudarme tú.
—Será un absoluto placer, señora McEntrie.
Anne se recostó contra la puerta y lo miró con deseo.
El escocés se enderezó, fue hasta el palanganero y vertió agua en la jofaina.
Se lavó la cara y se pasó las manos por el pelo.
Después se apoyó en el mueble y dejó que las gotas cayeran de su pelo.
Estaba muy necesitado, ansioso en realidad.
El corazón le latía tan fuerte que lo sentía golpeando en su pecho como un puñetazo.
Anne se acercó por detrás y lo abrazó apoyando la mejilla en su espalda.
Durante unos segundos permanecieron así, ella abrazada a él y él apretando sus brazos.
—Me va a doler, ¿verdad?
—Sí.
Ella lo soltó y se puso delante de él con las manos juntas en el regazo.
—Y tú no quieres hacerme daño.
—¿Y sabes por qué temo hacerte daño?
—Porque soy virgen.
—No. Temo no poder controlarme de tanto que te deseo.
Ella le rodeó el cuello con los brazos poniéndose de puntillas.
—No quiero que te contengas. No hay nada que desee más que ser tuya.
Craig le acarició la mejilla mientras la observaba con una mirada intensa.
Anne se agarró a su muñeca y sintió en los dedos el ritmo de su corazón.
Él la besó despacio, como si no hubiese nada más en el mundo que su boca.
La acarició con su lengua mientras su mano subía hasta su pelo y hacía saltar las horquillas al hundir los dedos en él.
La atrajo más aún mientras se deleitaba con su sabor. Se apartó lo justo para poder hablar.
—Esta primera vez no te quitaré la ropa —dijo llevándola hacia la cama y tumbándola con delicadeza.
—¿Qué has querido decir con que no me quitarás la ropa? —preguntó ella apoyándose en los codos para incorporarse.
Craig se quitó la levita y la lanzó sobre una silla. Después se desanudó el pañuelo del cuello, se quitó el chaleco, se bajó los tirantes y sacó la camisa de los pantalones.
—Necesito ayuda para quitarme las botas.
Anne se levantó de la cama.
—Yo lo haré.
—¿Tú? —se rio—. Se necesita algo de fuerza.
—He ayudado a mis hermanos muchas veces —dijo alzando una ceja.
Craig dejó de reírse al comprender que lo decía en serio.
—¿De verdad quieres intentarlo? Puedo pedir que me traigan un sacabotas.
—No hace falta. Siéntate en esa butaca y estira la pierna.
Ella se montó a horcajadas sobre la pierna extendida y agarró la bota con las dos manos, una en el talón y otra en la puntera.
—Empújame —pidió haciendo fuerza con los brazos.
—¿Qué?
—Pon el otro pie en mi trasero y empújame.
—No voy a hacer eso.
—Craig, hazme caso. Empu…
Anne salió despedida hacia la puerta con su bota en las manos. Craig se puso de pie y corrió hacia ella asustado, pero Anne se giró y sopló para apartar un mechón de pelo de su cara al tiempo que levantaba la bota como trofeo.
—A por la otra.
Repitieron el proceso y esta vez Craig midió mejor el empujón.
—Ahora vuelve a la cama —pidió él.
—Has dicho que no vas a quitarme la ropa —dijo ella con las manos en la cintura—. No vamos a repetir lo de la biblioteca. Esta noche lo quiero todo.
—Te quitaré lo necesario.
—Ah. —Ella frunció el ceño confusa, pero enseguida volvió al ataque—. ¿Qué significa eso?
La agarró de la cintura y la guio como antes hacia la cama. La hizo tumbarse y se agachó para desabrocharle los botines. Anne se incorporó sentándose.
—Puedo hacerlo yo.
—Pero quiero hacerlo yo.
Se los quitó y los lanzó lejos. Después la recostó otra vez y, sin dejar de mirarla, siguió desvistiéndose. Anne tenía el ceño fruncido y a él le entraron ganas de reír.
—Confía en mí —pidió divertido.
—Claro, como tú eres el que sabe… ¿Con cuántas mujeres has estado?
—No vamos a hablar de eso ahora —dijo, sacándose la camisa por encima de la cabeza.
Anne lo recorrió con la mirada de arriba abajo y sin el menor recato. Craig dijo algo en gaélico, se desabrochó los pantalones y dejó que cayeran antes de salir de ellos.
—¡Dios santo! —exclamó ella cuando vio lo que escondía.
—Creía que conocías bien la anatomía masculina —dijo él con las manos en la cintura.
—Sé cómo es un pene, pero eso… ¡Dios santo! —repitió.
El pecho de Craig se ensanchó de orgullo y se inclinó para agarrarle las faldas.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella.
—Voy a quitarte las medias y los calzones, Anne.
—¿Por qué? —dijo apoyándose de nuevo en los codos—. Quiero decir, ¿no deberías quitarme primero el vestido?
—Si te veo completamente desnuda ante mí podría ocurrir algo que me dejase en muy mal lugar.
—¿El qué? —preguntó ella viendo cómo lanzaba la otra media al sillón.
—Que pierda el control y te tome como un animal en celo… —Arrastró los calzones y se quedó petrificado al verla expuesta—. O que mis ganas se anticipen y me quede seco sin haber entrado en ti siquiera.
—¿Eso puede pasar? —preguntó sin saber muy bien de qué estaban hablando, pero demasiado nerviosa como para callarse.
—Desde luego que puede pasar.
Ella se recostó entonces y cruzó los brazos.
—Adelante —dijo Anne—. Haz lo que tengas que hacer para que luego podamos repetirlo sin miedo.
Que hablase de repetir cuando todavía no habían ni empezado…
—No tengo miedo —dijo señalándose la poderosa erección como prueba.
—Él no, pero tú sí.
Craig la cogió de la mano y tiró de ella. Anne no sabía dónde poner las suyas.
—Nunca me dejarás escoger el camino fácil, ¿verdad? —dijo Craig en su oído después de girarla en sus brazos.
Comenzó a desatar las cuerdas del vestido y toda la hilaridad desapareció del rostro de Anne.
—¿Al final sí vas a desnudarme?
Craig no respondió. Le sacó el vestido por la cabeza, dejó caer las enaguas a sus pies y aflojó los cordones del corsé. Cuando se lo hubo quitado, hizo lo mismo con la camisola.
—Date la vuelta —ordenó dando un paso atrás para mirarla.
Ella hizo lo que le pedía y se mostró sin recato.
Craig volvió a acercarse, le cogió la cara entre las manos y le dio un beso largo, lento y profundo.
La pasión la consumió como una llamarada y Anne se agarró a su trasero haciéndolo gemir.
Quería tocar el miembro duro que sentía contra su cuerpo, pero no se atrevía.