Capítulo 70
El antiguo puente de Berwick se extendía sobre el Tweed con sus quince arcos de piedra cuando la comitiva lo alcanzó poco después del mediodía.
El río, ancho y de un gris verdoso, avanzaba en dirección al mar, y las gaviotas planeaban sobre el agua dejándose llevar por un viento que golpeaba los carruajes de costado.
Anne sacó la cabeza por la ventanilla y contempló la ciudad.
Las casas se apretaban dentro de las murallas, con los tejados oscuros todavía húmedos por la lluvia de la mañana.
Habían viajado durante varios días, cambiando de caballos en las postas y dormido en posadas cuyo mayor mérito había sido, sin duda, presenciar los esfuerzos de todos por impedir que Anne se saltara las normas de buena conducta.
Volvió a sentarse sin cerrar la ventanilla y observó a Julie, que ocupaba el lugar frente a ella.
El tercer día Craig se cambió de coche, consciente de que estaba más seguro viajando con Edward, a pesar de que el conde no dejaba de lanzarle pullas.
Desde ese momento decidieron que las mujeres viajaran en un coche y los hombres en el otro, además de un tercer vehículo más ligero con el equipaje, donde irían Susan y el resto del servicio que los acompañaba.
—¿Falta mucho, mamá? —le preguntó a Emma, que iba absorta escribiendo en un cuaderno.
Su madre no levantó la vista.
—No, Anne. Enseguida llegaremos —dijo sin dejar de escribir.
—Llevas diciendo eso desde que vimos el puente a lo lejos —protestó Anne.
—Tres millas —dijo Charlotte con una sonrisa tranquilizadora.
Anne sonrió agradecida.
—Falta muy poco —dijo Julie cogiéndole la mano.
—Estoy muy nerviosa.
Hicieron una breve parada para cambiar los caballos y reemprendieron la marcha.
Los árboles desaparecieron casi por completo y el camino ascendió por un terreno abierto, cubierto de pastos cortos que el viento inclinaba huyendo del mar.
Hacia el oeste se alzaban las alturas de Halidon, mientras que desde el este les llegaba el olor salobre de la costa.
—¿Ya estamos en Escocia? —preguntó dándose golpecitos con el dedo en la falda del vestido.
—Ya falta poco —dijo Emma, que seguía escribiendo.
Anne volvió a asomar la cabeza y al lado del camino apareció una pequeña construcción de dos plantas.
Estaba muy cerca del camino y tenía una barrera de madera que lo cruzaba parcialmente.
También había un cobertizo, algunos postes y un murete bajo tras el que un pequeño rebaño se protegía del viento.
El carruaje se detuvo y Anne sintió que se le cortaba la respiración.
—¿Ya? —dijo sorprendida.
Emma cerró el cuaderno y le sonrió.
—Ya estamos en Lamberton, criatura impaciente.
Los caballeros bajaron de su carruaje y un hombre, de mediana edad y rostro curtido por el viento, salió de la casa.
Llevaba la camisa remangada y tenía una mancha de tinta en un dedo.
Un cartel torcido mostraba las tarifas para caballos, carruajes y ganado.
Edward revisó el lugar con evidente desagrado.
—Cuarenta años pagando el mejor banco de la iglesia para acabar casando a mi hija en una garita de peaje, con la inestimable compañía de un rebaño de ovejas.
Las damas habían bajado también y Frederick ocultó una sonrisa besando el pelo de su esposa. Julie miró a su amiga emocionada y le apretó la mano para infundirle ánimos.
—Bienvenidos —saludó el hombre—. Soy Henry Collins. ¿Qué se les ofrece?
—Queremos casarnos —dijo Craig.
El hombre echó un vistazo a los allí congregados y luego inclinó la cabeza para valorar caballos y carruaje.
—¿Quieren hacerlo aquí mismo o prefieren pasar? —preguntó.
—No creo que debamos celebrar la boda aquí fuera —dijo Emma.
—Pues adelante —dijo Collins, y entraron todos sin más dilación.
El recibidor apenas era lo bastante grande para contenerlos y tuvieron que repartirse entre las dos habitaciones de la planta baja.
La estancia principal tenía dos ventanas pequeñas que dejaban pasar una luz grisácea.
Anne se fijó en la mesa de madera en la que descansaba un libro de registro, varias hojas sueltas, una pluma, un recipiente de arena y una caja con cerradura.
Inmediatamente se preguntó qué guardaría aquel hombre en esa caja, pero desechó ese pensamiento y siguió recorriendo la estancia.
En la pared colgaba otra tabla con las tarifas del peaje.
Al parecer el señor Collins no quería que se le olvidasen.
También había un banco junto al hogar apagado, cuatro sillas desiguales y un reloj que sonaba demasiado fuerte para una habitación tan pequeña. Olía a turba, a sopa y a papel.
—Veo que testigos no van a faltar —dijo Henry abriendo el libro de registro—. Con dos sería suficiente, pero eso usted ya lo sabe, que es escocés.
Craig alzó levemente una ceja. Teniendo en cuenta que solo había dicho dos palabras desde que habían llegado…
—Necesito sus nombres completos, su procedencia y la confirmación de que ambos son libres para contraer matrimonio.
Craig le dio todos los datos que necesitaba y el hombre los escribió en el libro con sorprendente buena caligrafía.
—¿Comparecen aquí por voluntad propia? —preguntó a Anne.
Ella contestó con vehemencia y el hombre contuvo una sonrisa.
—¿Usted también? —le preguntó a Craig con expresión burlona.
—Totalmente —respondió el escocés.
—Bien. Parecen decididos.
—Eso ahora, porque ha estado años resistiéndose. —Anne contuvo la risa al ver la expresión de advertencia de Craig—. Es la verdad y debería constar en ese registro. ¿Puede apuntarlo, señor Collins?
—¿Siempre habla tanto? —preguntó el hombre con simpatía.
—Sí —respondieron todos al unísono.
Anne elevó el mentón.
—Solo hablo cuando tengo algo que decir.
Edward puso los ojos en blanco y Craig sonrió divertido. Anne se acercó a su padre y lo agarró del brazo.
—Deberías entregarme a mi futuro esposo, papá.
—Está ahí mismo —gruñó Edward.
Anne le hizo un gesto a Craig para que se alejara lo poco que podía y luego a Collins para que hiciese lo mismo.
—Supongo que todos saben que esto no es necesario —dijo el hombre con paciencia.
Anne repitió el gesto para que se colocara al lado de Craig y el hombre no se hizo de rogar. Los demás se apartaron pegándose a la pared o colocándose detrás de un mueble para que pudieran dar al menos tres pasos. Edward no pudo mantener su expresión de enfado.
—No tienes remedio, hija.
Anne mostró una brillante sonrisa y le dio un beso en la mejilla.
—Te quiero, papá.
Edward aspiró hondo sin esconder la emoción que lo embargaba y caminaron juntos hasta Craig. Cogió la mano de su hija y la colocó sobre la del escocés.
—Te entrego mi más preciado tesoro, McEntrie. Cuídala bien.
—Lo haré.
—Suerte que no le ha pedido que lo prometa —murmuró Frederick riendo.
Charlotte lo miró severa y le hizo un gesto para que se callara.
—Hagan sus declaraciones —dijo Collins sin más protocolo.
Se colocaron uno frente al otro y se cogieron de las manos.
Craig había imaginado que se casaría en la capilla de Slioscreige , como era costumbre para los McEntrie.
Nunca pensó que lo haría en una casa de peaje con su cabeza casi rozando una de las vigas y una tabla de precios a su espalda.
Pero al mirar a Anne comprendió que aquel iba a convertirse en el lugar más importante de su vida.
Anne llevaba un vestido verde. El viento había soltado algunos de sus rizos, que enmarcaban ahora su rostro.
Tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes por la emoción y una sonrisa que luchaba por abrirse paso pese a que se mordía el labio para contenerla.
Anne. Anne. Anne. Aquel nombre se repitió en su cabeza como si de un cántico se tratase.
Ella. Era ella. Siempre había sido ella. Entera. Impaciente…
—¿No sabes qué decir? —dijo sacudiéndole las manos—. Puedo darte alguna idea. O empezar yo. ¿Puedo empezar yo, señor Collins? Craig parece haber perdido la capacidad de hablar.
—Yo, Craig McEntrie, te tomo a ti, Anne Wilmot, por esposa.
Me entrego a ti como tu marido, en cuerpo y alma, para cuidarte, protegerte y respetarte.
Nunca volveré a pedirte que renuncies a montar a horcajadas ni a ninguna parte de ti.
Respetaré tu opinión, confiaré en tu criterio y doy fe de que nada que ocurra en el futuro cambiará lo que declaro hoy aquí.
Anne sintió la humedad en sus ojos y trató de sonreír sin éxito. Pasaron los segundos y su pecho subió y bajó como si le faltara el aire.
—¿Te has quedado sin palabras? —preguntó el escocés con mirada intensa.
Ella negó con la cabeza y una lágrima escapó furtiva.
—Yo, Anne Wilmot, te tomo a ti, Craig McEntrie, por esposo. Prometo cuidarte, protegerte y respetarte. Me comprometo a hablar contigo incluso cuando tema tu reacción. No volveré a decidir sola aquello que nos concierna a los dos y trataré de pensar antes de actuar… casi todo el tiempo.
Los dos se echaron a reír con complicidad y una honda emoción.
—Y, ante estos testigos, doy fe de que nada que ocurra en el futuro cambiará lo que declaro aquí.
Durante unos segundos nadie se movió.
—¿Ya está? —preguntó Frederick ceñudo.
—Ya está —dijo Collins—. ¿Quiénes serán los testigos?
—Julie Havelok y Frederick Wilmot —dijo Craig.
—¿Ya estamos casados? —preguntó Anne confusa.
—Sí —afirmó Collins.
—¿No tiene que decir algo?
—¿Algo como qué?
—No sé, algo como «yo os bendigo» o «bendigo este matrimonio» o…
—Le deseo mucha suerte —dijo el hombre mirando a Craig.
Julie soltó una carcajada que enseguida se convirtió en sollozo cuando abrazó a su amiga.
—Felicidades —dijo apretándola con demasiada fuerza.
—No puedo respirar —protestó Anne entre risas.
—Yo… —Craig llamó su atención—. Yo no he terminado.
Julie se apartó. Craig cogió la mano de Anne y sacó del bolsillo una estrecha tira del tartán de los McEntrie.
—Átanos con esto —le pidió a Julie.
Ella rodeó con la tela las manos enlazadas y anudó los extremos. Craig observó los colores de su familia sobre la piel de Anne y asintió.
— Seo a’ bhean agam —dijo con voz profunda—. A-nis agus gu bràth.
—¿Qué significa? —preguntó Anne.
—Esta es mi esposa. Ahora y siempre.
Anne se puso de puntillas y lo besó. Edward frunció el ceño y, al ver que no se separaban, carraspeó con fuerza.
Craig se apartó con desgana, aunque mantuvo a Anne pegada a su cuerpo. Collins giró el libro de registro para que los testigos firmaran.
—Hola, señora McEntrie —dijo Craig soltando el nudo muy despacio.
Anne miró su mano y se sintió desnuda. Cogió aquel pedazo de tartán y lo apretó en su puño antes de alzar la mirada para posarla en él.
—Hola, esposo mío.
Al salir, el viento los recibió con una fuerza que agitó las faldas y obligó a los hombres a sujetarse los sombreros.
Las nubes se habían abierto hacia el este y una franja de sol caía sobre el mar.
La barrera permanecía atravesada en el camino y, más allá, la carretera continuaba hacia el norte por la loma desnuda.
Antes de subir a los carruajes, Anne apartó a Julie a un lado y la abrazó con profundo sentimiento.
—¿Qué pasa? —preguntó Julie.
—Gracias por todo lo que has hecho por mí este tiempo, Julie. —Se apartó para mirarla a los ojos—. Y perdóname por todas las cosas estúpidas que te pedí que hicieras.
—¿Perdonarte? Jonathan Fairfax pedirá mi mano en cuanto lo avise de mi regreso a Aveldon. Su madre me lo dijo cuando fui a despedirme. Gracias a ti he conocido al hombre que amo, no tengo nada que perdonarte, Anne. Te quiero muchísimo.
Susan, asomada a la ventana de su coche, observaba la escena con lágrimas en los ojos. Después vio subir a Julie al carruaje de los condes y se recostó en su asiento con una sonrisa satisfecha.
—Lágrimas de felicidad, espero —dijo Craig, que la esperaba junto al carruaje que compartirían con Charlotte y Frederick.
Anne asintió y miró sus labios expectante. Craig no se lo pensó y se inclinó para besarla.
—Menudo viaje nos espera —dijo Frederick mirando a su esposa.
Charlotte se inclinó hacia él y Frederick ya no tuvo nada más que decir.