Capítulo 69 #2
Charles siempre había sentido que su padre no sabía muy bien qué hacer con él cuando lo abrazaba.
Edward lo apretaba, lo apartaba y volvía a acercarlo.
Su padre se comunicaba más con lo que no decía que con sus palabras.
Cuando deshizo el abrazo, mantuvo una mano en el hombro de su hijo sin apartar la mirada.
Charles sintió que le estrujaban el corazón y tuvo que recordarse que los hombres no lloran.
—Adiós, hija mía. —Emma abrazó a Poppy con sincero afecto—. Cuida mucho de mi hijo.
—Lo haré, señora Wilmot.
—Te he dicho que me llames mamá.
La joven asintió con el rostro bañado en lágrimas.
—Ahora nosotros somos tu familia, no lo olvides. Nunca más volverás a estar sola. Mi hijo te quiere más que a nadie y eso solo demuestra lo maravillosa que eres.
Poppy la abrazó y los sollozos la sacudieron al sentir la cálida mano de Emma acariciándole el pelo.
Craig acompañó a los cuatro hermanos y a Poppy hasta el carruaje que los llevaría al puerto.
—Puedes venir —dijo Charles cuando los demás estuvieron dentro—. Ahora eres de la familia.
—Mejor os dejo solos, seguro que empezáis a contar batallitas de cuando erais críos. Buen viaje, Poppy —dijo asomándose al interior.
—Adiós, Craig. Y enhorabuena de nuevo por la boda.
El escocés esperó hasta que Charles hubo subido, cerró la portezuela y le indicó al cochero que se pusiera en marcha. Anne lo despidió con la mano y él respondió con idéntico gesto.
—En cuanto Anne se case, no quedará ningún Wilmot soltero —dijo Frederick.
—¿No hicimos una apuesta sobre eso? —preguntó Charles.
George frunció el ceño tratando de recordar.
—Creo que sí —dijo pensativo—. Apostamos a que Craig caería de rodillas.
—Sí —dijo Frederick—, pero tú dijiste que cuando eso pasara Anne lo rechazaría porque se habría enamorado de un músico.
—¡Es cierto! —exclamó Charles riendo.
—¿Un músico? —Anne no daba crédito.
—Te gustaba mucho el piano por aquel entonces. —George se encogió de hombros.
—¿Sabías que yo le enseñé su primera pieza? —preguntó Charles a Poppy.
—Yo me acuerdo de eso —dijo Anne.
—¿Cómo te vas a acordar? —negó Frederick—. Debías de tener cuatro o cinco años.
—Y mírate ahora —dijo Charles—, vas a fugarte para casarte en Escocia.
—Eso no es fugarse —negó George—. Nuestros padres van con ellos.
—Charlotte y yo también vamos a ir —dijo Frederick.
—¿Qué? —Anne abrió los ojos sorprendida y su hermano le guiñó un ojo.
—Me perdí la boda de Robert, no me perderé la tuya.
—No me creo que vayas a casarte —dijo Charles—. Aunque yo aposté a que lo conseguirías.
—Mentiroso —respondió ella.
—¿No me crees?
—Ninguno de vosotros creyó que lo conseguiría, no me engañáis. La única que siempre tuvo fe en mí fue Julie.
—Las mujeres somos más listas —dijo Poppy.
—¿Qué es esa piedra que llevas en la mano? —preguntó George señalándola.
Poppy se ruborizó y cerró el puño con fuerza.
—Una tontería —musitó y miró a Charles para pedirle ayuda.
—No te pongas de parte de Anne tan rápido —dijo él como si George no hubiese hablado—. Hubo un tiempo en que mi hermana fantaseó con la idea de que Julie y yo nos enamorásemos.
—Lo intentó con todos —dijo George olvidándose de la piedra—, hasta conmigo.
—Siempre se las apañaba para que se sentase con uno de nosotros en la mesa cuando estábamos en Aveldon —dijo Frederick—. ¡Era una cría!
—¿Y las excusas que ponía para dejarnos solos con ella? —añadió George—. Sus retortijones eran épicos.
—Eso no es cierto, era muy ingeniosa y sutil —se defendió ella.
—Hermanita, eras tan sutil como una mierda de vaca en mitad del vestíbulo —dijo Charles riendo.
—¡Charles! —Poppy le dio un manotazo intentando aguantarse la risa.
—Tiene razón —dijo Anne mirándola—. Y, como puedes ver, no funcionó.
Charles le dio un codazo.
—A mí no me engañas, hermanita. Sé que debajo de toda esa responsabilidad y madurez sigue estando la Anne que le dijo a la señora Fontaine que estaba mal que se hubiese comido a su hijo cuando estaba embarazada.
—Consiguió poner en evidencia a mamá frente a todas aquellas mujeres —dijo Frederick.
—Un clásico de Anne —añadió George.
—Tenía cinco años. Qué empeño tenéis todos en recordarme mis vergüenzas.
Permanecieron unos segundos en silencio.
—¿Se me permite estar asustado? —preguntó Charles.
Poppy lo cogió de la mano y lo miró emocionada.
—Por supuesto —dijo Frederick—. En tu situación, yo estaría muerto de miedo.
—Se supone que los hombres debemos ser fuertes y seguros en todo momento.
—Marco Aurelio está sobrevalorado, hermanito —dijo Anne tratando de sonar alegre—. Es normal que estés asustado. Vais a un refugio de piratas, ¿quién no estaría asustado?
—Eran piratas buenos —dijo George.
—¿Tú has visto a tío Joseph enfadado? —preguntó Frederick—. Porque da muchísimo miedo.
—Pues no hablemos de Dougal McEntrie —añadió Anne—. Él sí que da miedo.
—Voy a echaros mucho de menos —dijo Charles, y Poppy apoyó la cabeza en su hombro.
—Para ya, idiota —pidió Frederick mirando por la ventana—. Al final nos vas a hacer llorar a todos.
—Promete que escribirás —dijo Anne.
—Hablando de promesas… —La sonrisa de George no anticipaba nada bueno—. ¿Cuál fue la promesa que le arrancó papá a Craig y que él no pudo cumplir?
—¿Tú qué crees, hermano? —Frederick lo miró con una ceja levantada.
—Dejad de meteros conmigo —dijo Anne cruzándose de brazos.
Charles le pasó el brazo por encima de los hombros y la atrajo hacia sí para besarle el pelo.
—No te enfades, hermanita.
Poppy miró por la ventanilla y vio aparecer los mástiles entre la bruma.
Pensó en sus hermanas, a las que quizá no volvería a ver, y el pensamiento le dolió, pero no la hizo vacilar.
La felicidad que la vida le había ofrecido había sido del todo inesperada y solo podía agradecerla con humildad.
Se giró para mirar a los hermanos Wilmot, que reían por alguno de sus recuerdos, y se hizo una promesa: algún día sus hijos se amarían así.
Charles cubrió con su mano la que ella mantenía cerrada alrededor de la piedra de río y apretó los dedos con suavidad sin decir nada.