Capítulo 69
El día de la partida a Isla Refugio amaneció lluvioso. Poppy rodó hacia él y acabó tumbada sobre su cuerpo desnudo. Habían estado separados hasta esa noche y los dos tenían hambre del otro.
—Por fin tenemos el documento firmado —dijo juguetona—. Podría llamarte mi marido delante de todo el mundo.
Charles le acarició el pelo y sin esfuerzo la incorporó para sentarla a horcajadas sobre su erección.
Poppy se movió despacio y sin dejar de mirarlo con aquella intensidad que da el recuperar lo que creía perdido.
Inclinó la cabeza a un lado haciendo que su cabello cayera en cascada sobre el cuerpo de él.
—En cuanto subamos a ese barco seremos para todos marido y mujer —dijo retorciéndose tal y como a él le gustaba.
Charles jadeó sujetándole las caderas.
—¿Por qué te gustará tanto hablar mientras lo hacemos?
La movió más rápido y ella se rio de gusto. Antes de que volviese a hablar la tumbó aprisionándola con su cuerpo y la besó. Poppy le rodeó la cintura con las piernas y se arqueó para que entrase más hondo.
—Me gusta hablar porque me recuerda que de verdad estoy contigo —dijo con la voz impregnada de deseo.
Charles aminoró el ritmo para observar cada reacción de su rostro.
Cómo abría los labios al anticipar una embestida, cómo apretaba los dientes cuando él se detenía a medio camino o le pellizcaba un pezón.
¿De verdad iba a ser su mujer? El miedo inundó su cuerpo al pensar en todas las cosas que podrían salir mal.
Sus movimientos se aceleraron y Poppy percibió cómo se tensaba y estrujaba las sábanas con la mano.
Le cogió el rostro y lo obligó a mirarla.
—Todo va a ir bien.
—¿Te hago daño? —preguntó él jadeante.
—No, amor mío.
Charles siguió moviéndose al mismo ritmo hasta que sintió que el orgasmo la derrotaba y entonces se dejó ir descargando en ella hasta la última gota, con el alma temblando.
Craig entró en la sala de música y lo encontró sentado frente al piano.
—¿Ahora vas a tocar? Deberías estar preparándote. Tu barco zarpa en unas horas y aún tienes que despedirte.
Charles miró al que pronto sería su cuñado y una sonrisa afloró a sus labios. Se levantó de la banqueta.
—Al final lo ha conseguido —dijo.
Craig no necesitó más detalles para saber de qué hablaba.
—No finjas que te sorprende.
—¿La amas?
El escocés asintió.
—He oído que no pudiste cumplir una promesa —dijo Charles.
—Al parecer los Wilmot no saben guardar un secreto.
—Yo no lo habría ni intentado.
—Ya.
—¿Crees que vas a aguantar hasta la boda? Tía Elizabeth va a querer organizar una celebración por todo lo alto, lo sabes, ¿verdad?
Craig cambió inquieto el peso de un pie a otro.
—Y seguramente querrá consultar cosas con mamá, así que súmale a eso los días de viaje en carruaje, con las paradas pertinentes… Te veo casándote en otoño.
—¿Esta es tu idea de una despedida? ¿Tocarme las narices?
—No —dijo caminando hacia él—. Quiero a mi hermana. La quiero muchísimo y ella, por alguna razón que no llego a comprender, te ama profundamente. Solo quiero que tenga lo que quiere.
—Ya lo tiene.
Charles frunció el ceño.
—¿Te has acostado con mi hermana?
—¡No! Quería decir que yo también la amo.
—Craig, va a pasar.
El escocés se llevó la mano a la nuca y la frotó en un gesto que todos conocían de él.
—Haces bien en estar nervioso. Si no te casas con ella cuanto antes, ese viaje a Escocia va a ser muy accidentado.
—Sé contenerme.
—Claro que sí —se burló Charles—. Espera a que se meta en tu cama en plena noche.
Craig puso cara de susto y el otro se echó a reír.
—Es cuestión de tiempo que lo haga y no voy a ser un hipócrita diciéndote que eso está mal, he hecho cosas mucho más reprobables. Pero sabes que la vida da muchas vueltas y quitarle la honra a una mujer puede llevarla a un lugar muy desagradable.
—Voy a casarme con ella. Para mí ya es mi mujer.
—Pero no lo es. Si ocurre lo que sin duda va a ocurrir y a ti te pasa algo…
—Eres único para las despedidas.
—Súbela a un caballo y galopad sin descanso hasta llegar al primer pueblo de Escocia —dijo dándole palmadas en el hombro—. Hazla tu mujer cuanto antes. Anne siempre consigue lo que quiere y he visto cómo te mira.
Charles salió de la sala de música y dejó a Craig hecho un nudo de nervios. Cuando Anne lo encontró, unos minutos después, seguía en el mismo lugar y la misma posición.
—Charles me ha dicho que estarías aquí —dijo entrando en la sala de música—. ¿Qué haces ahí parado?
Craig se giró hacia ella con una expresión resuelta.
—¿Cómo de importante es una gran boda para ti?
—¿Qué? —Se acercó a él con expresión preocupada—. ¿Ya no quieres casarte?
—Anne, contesta, ¿cómo de importante es una gran boda para ti?
—Me da igual eso. Si pudiera casarme ahora mismo, lo haría, ya lo sabes.
—Hagámoslo.
—¿Qué?
—En cuanto Charles se marche. Cogemos lo imprescindible y nos vamos.
—¿Me estás proponiendo que nos fuguemos para casarnos?
—No. Hablaremos con tus padres. El viaje a Escocia sigue en pie, pero nosotros nos adelantaremos a caballo y nos casaremos en cuanto pisemos suelo escocés.
—¿Que vais a hacer qué? —Edward se estaba poniendo rojo de ira.
—No queremos esperar —añadió Craig.
—Edward, cálmate —dijo Emma.
—¿Que me calme? ¡Quieren fugarse!
—No es una fuga si te lo cuentan.
—¡Es lo mismo!
—No, no es lo mismo. Lo que te ha dicho Craig es muy maduro por su parte. Sabe los riesgos que corren y quiere minimizarlos.
—Y para minimizarlos se la va a llevar a caballo hasta Escocia. Los dos solos. Día y noche, Emma, por favor. Estamos metiendo al zorro a cuidar de las gallinas.
—Hace tiempo que el zorro está cuidando de tu gallina, querido.
Anne y Craig hacían grandes esfuerzos para no mirarse porque si lo hacían no podrían contener la risa. Y Julie se pellizcó con disimulo.
—No estoy de acuerdo —dijo Edward, consciente de que estaba solo en eso—. No estoy nada de acuerdo.
—¿Cuándo os marcharíais? —preguntó Emma juntando las manos sobre la falda.
—Mañana —dijo Anne—. Pero nos casaremos en cuanto hayamos cruzado la frontera.
—¡Ahí lo tienes! —señaló Edward—. ¡Una fuga, eso es lo que es!
Emma los miró pensativa y Julie dio un paso al frente.
—Susan y yo los acompañaremos —dijo—. A caballo. Usted y su esposo pueden seguirnos en carruaje.
—¿Todo esto para no esperar unos pocos días más? —Edward no daba su brazo a torcer.
Anne se acercó a su padre y apoyó las manos en su pecho.
—Papá, ¿qué pasa?
—Que es una locura —dijo desviando la mirada.
—Papá…
Edward dejó escapar el aire por la nariz con los labios muy apretados.
—Quiere llevarte al altar —dijo Emma poniendo la mano en el hombro de su esposo—. Eres su única hija.
Anne se giró hacia Craig.
—¿Podemos ir todos en carruaje? Nos casaremos en cuanto crucemos la frontera. No tendremos que esperar a celebración alguna.
El escocés asintió sin dudarlo.
—¿Te parece bien así, papá? No habrá altar, pero tú entregarás a tu hija.
—Lo que vosotros digáis. —Edward trató de fingir indiferencia sin demasiado éxito.
—Pues ya está decidido —dijo Emma—. Y ahora, voy a despedirme de mi hijo antes de que se marche.
Charles abrazó a su madre durante un buen rato y ninguno de los dos parecía tener prisa por separarse.
—¿Cuánto tiempo dirías que es correcto que un hombre hecho y derecho quiera estar en los brazos de su madre? —preguntó él.
Emma se apartó y lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Sabes que te llevé en mi barriga, ¿verdad?
Charles sonrió y Emma lo condujo hacia el sofá. Una vez sentados, juntó las manos en su regazo y lo contempló como si su presencia la maravillara.
—Amo a todos mis hijos por igual —empezó—. Es extraño que no sienta preferencia por ninguno, pero es que todos sois tan distintos que el amor que siento por vosotros no rivaliza nunca. Por eso tampoco podéis sustituiros unos a otros. Que Robert regrese no va a evitar que te eche de menos a ti.
—Yo también te voy a echar mucho de menos, mamá.
Emma suspiró y rápidamente sonrió.
—Te lo prohíbo terminantemente —dijo con firmeza—.
Los hijos no deben echar de menos a sus padres.
Eso es antinatural. Tú debes construir tu propia familia y recordar el tiempo que viviste en esta casa como un aprendizaje.
Tendrás hijos y deberás volcar en ellos todo el amor que tu padre y yo te hemos inculcado.
—Lo haré, mamá. Pero te voy a echar de menos todos los días. Y a papá. Y a… todos. Ojalá pudiera hacer las cosas de otro modo.
—Poppy es la mujer que ha elegido tu corazón y te debes por completo a ella. Hemos hablado mucho estos días y sé que te quiere muchísimo. Ha cometido errores, por supuesto, pero nadie le enseñó cómo superar el dolor, solo a aceptarlo.
—Yo le hice mucho daño.
—Y ella te lo hizo a ti. Los dos habéis aprendido que el amor puede doler muchísimo y que el sufrimiento del otro es mucho peor que el propio.
Charles cerró los ojos un instante.
—Te pido que seas un buen esposo y un buen padre. No voy a estar ahí para vigilarte —dijo con una sonrisa triste—, y tampoco podré malcriar a mis nietos tanto como me gustaría.
—Vendréis a visitarnos —dijo él con la voz ronca.
—Por supuesto. —Emma se limpió una lágrima como si se apartara el pelo—. Y en unos años vosotros también podréis pasar largas temporadas en Haddon Castle.
Charles no dijo nada. No hacía falta.
—Escríbeme, hijo. Mucho. Quiero saber de ti.
—Lo haré. Te lo prometo.
Emma le acarició la mejilla y Charles le cubrió la mano con la suya mientras apretaba el rostro contra ella.
—Te quiero muchísimo, hijo mío.
—Y yo a ti, mamá.
Emma y Edward los despidieron en el vestíbulo.
—Sé un buen hombre —pidió Edward sujetándolo por la nuca antes de abrazarlo.