Capítulo 68
Cuando Craig llegó a Londres, Edward y él tuvieron unas palabras a puerta cerrada.
Anne permaneció fuera del despacho deambulando arriba y abajo del pasillo y haciendo enormes esfuerzos para no desobedecer a su padre, que le había prohibido entrar.
Mientras estuvo allí alcanzó a distinguir varias frases: «como oses cruzar esa línea…
», «¿cómo te atreves a recordarme algo que ocurrió hace tantos años?
» y «te voy a matar», seguidas de golpes secos sobre una superficie dura.
Finalmente, Julie se la llevó de allí bajo amenaza de avisar a su madre.
—¿Qué ha dicho? —preguntó poniéndose de pie de un salto en cuanto Craig acudió a buscarla a la biblioteca.
El escocés cerró la puerta con movimientos lentos y recorrió el espacio que los separaba con la misma parsimonia.
—Ha dicho muchas cosas. Tu padre es muy elocuente.
—¡Craig!
—Me ha quitado la prohibición de tocarte.
—¿Le has contado…?
—Se lo he contado todo.
—¿Y aun así, te la ha quitado?
—Sí. Le he recordado que una vez fue joven y lo ha entendido bastante bien.
Anne se lanzó a su cuello y lo besó con tal desesperación que Craig no tuvo más remedio que alzarla en sus brazos para hacerle más accesible su boca.
—Esto no saldrá bien —dijo Craig cuando ella se lo permitió.
—¿De qué hablas?
—Tú y yo en la misma casa. No saldrá bien.
—¿Y qué importa? Vamos a casarnos.
—Lo que yo digo. No vas a darme tregua.
Ella sonrió sin el menor disimulo.
—Que corra el aire —dijo Emma entrando en la biblioteca—. Desde hoy nada de estar solos detrás de puertas cerradas, ¿me oís?
Craig ya se había distanciado tres pasos cuando llegó hasta ellos.
—Ha llegado esto para ti —dijo su madre entregándole un sobre—. Lo ha traído una criada de los Timberlake.
Emma regresó hacia la puerta.
—Craig, confiamos en ti, no nos defraudes. —Salió sin cerrar.
Anne leyó la nota en voz alta:
«Nuestro amigo común aceptó el pasaje que le ofrecí y zarpa esta semana rumbo a Australia.
Sabe que regresar sería una pésima idea, así que no creo que volvamos a saber de él.
Yo me voy a vivir al campo, el médico me lo ha recomendado y mi esposo no está en disposición de negarme nada. Gracias por todo».
Anne levantó los ojos de la nota.
—No dice nada de Charles.
—No creo que su generosidad llegue hasta querer que a Charles le vaya bien —dijo él.
Anne miró de nuevo la nota y pensó en Imogen un momento.
—Es injusto que tenga que fingir una enfermedad y marcharse de Londres para poder alejarse de su marido.
—Sí, es injusto.
—Me gustaría encontrar alguna manera de ayudar a mujeres como ella —dijo pensativa.
Craig le cogió la cara entre las manos y la miró con tal calidez que Anne se olvidó de todo lo que no fueran aquellos ojos grises.
—Si alguien puede hacer eso, eres tú. No me cabe la menor duda.
—En cuanto Charles se marche, quiero que nosotros también nos vayamos.
—Se lo he dicho a tu padre y está de acuerdo. Charles embarca pasado mañana y nosotros saldremos un día después.
Anne asintió.
—Tengo que despedirme de mis hermanos.
—¿Has hablado ya con Frederick?
—No. Mañana saldremos a montar a primera hora.
—Bien —afirmó él y después la besó suavemente en los labios antes de soltarla—. Tengo cosas que hacer. Nos veremos en la cena, a ghaoil .
Anne lo vio salir y se preguntó si alguien habría muerto alguna vez de felicidad.
Frederick se presentó antes de las siete y la sacó del comedor después de darle la enhorabuena a Craig por su próximo matrimonio.
—Voy a pensar que te avergüenzas y salimos tan temprano porque no quieres que nadie te vea conmigo —dijo Anne montando a horcajadas.
Frederick no hizo el menor comentario sobre la decisión de Anne de no montar a la mujeriega.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella cuando se alejaron de la casa.
—Rotten Row estará bastante tranquilo a estas horas —dijo Frederick—. ¿Te parece bien?
—Muy bien. Así, si tu conversación me molesta, podré azuzar a mi caballo y alejarme lo más posible de ti.
—Quiero que estemos tranquilos para poder hablar. No me avergüenzo de ti en absoluto. Eres mi hermana pequeña favorita.
—Soy tu única hermana.
Frederick sonrió burlón y ella movió la cabeza por haber caído en su trampa.
Entraron en Hyde Park poco después de las siete.
La arena de Rotten Row conservaba la humedad de la noche y los cascos de los caballos producían sobre ella un rumor sordo.
Frederick no intentó imponer el paso y Anne puso su montura al trote y después pasó a un galope contenido y el aire fresco acarició su rostro.
Un jinete que se dirigía hacia la salida volvió la cabeza al cruzarse con ellos.
Anne sostuvo su mirada hasta dejarlo atrás.
—Vas a casarte con Craig McEntrie —dijo Frederick, complacido por lo que acababa de pasar—. ¿Hay algo que te hayas propuesto que no hayas conseguido, Anne?
—Muchas cosas. Cuando tenía ocho años me propuse subir las escaleras de Haddon Castle sin respirar.
—Yo todavía lo intento a veces —dijo Frederick riendo.
—Son demasiadas —negó ella con la cabeza.
—Robert lo consiguió.
—Es Robert, no se puede competir con él.
—Quiero pedirte disculpas —dijo Frederick al fin—. Lo que te dije el día de la carrera fue… demasiado duro e injusto.
Anne bajó la cabeza y acarició el cuello de su caballo.
—No pensaba nada de lo que dije —siguió él.
—Algo sí.
—Está bien, hemos venido a ser sinceros. Sí. Pensaba que siempre te salías con la tuya y que eras la favorita de papá. Y aquel día utilicé todo lo que sabía de ti para hacerte daño.
—Y lo conseguiste.
—Lo sé. Pero ni te imaginas el miedo que pasamos después de aquella carrera, Anne. Temíamos lo que iban a hacer contigo y que no íbamos a poder evitarlo. ¿Sabías que Charles retó a duelo a Mike Granger?
—¿Qué? ¡No!
—Nadie lo sabe aparte de mí, tranquila. Por suerte Granger carece por completo de honor y no tuvo el menor problema en no presentarse.
Anne sujetaba las riendas con fuerza.
—Tenía un miedo espantoso por ti, por lo que te harían. Temí que no volvieran a invitarte a ninguna parte y cuando mis temores se cumplieron me morí de rabia.
—Creía que la rabia era conmigo por ser un desastre y una egoísta.
—No eres ningún desastre y tampoco una niña estúpida y egoísta que nunca ha pensado en nadie —repitió las palabras que le había dicho—. Eres lo contrario a eso.
—No pasa nada…
—Lo siento, Anne. Sé que fui muy injusto en un momento en el que te sentías vulnerable y lo que necesitabas era que te abrazara.
—Sí, lo fuiste. Me convenciste de que todos estaríais mejor si dejaba de ser yo. Me hiciste mucho daño y no voy a negarte que durante un tiempo estuve resentida contigo. Pero sé que me quieres y recordar eso me ayudó a poner tus palabras en el lugar que les correspondía.
—Eres mucho más madura que yo, por lo que parece.
Anne sonrió satisfecha, no solo porque la considerara madura, sino, sobre todo, por haber sido capaz de decirle lo que sentía.
—¿Estás bien? —preguntó ella con delicadeza—. Con Charlotte.
Él asintió.
—Veo que mamá no se ha guardado nada, según su costumbre.
—Solo lo mencionó porque no quería que te odiara para siempre.
—Es cierto que estaba pasando por un mal momento.
Pero eso no es excusa y no quiero usarlo para que me perdones.
Si quieres, otro día salimos a montar y te cuento el desastre que fue mi vida después de casarme y cómo mi suegro me dejó claro que piensa que soy un completo inútil con el que su hija no debería haberse casado. Pero no hoy.
—Así que ese buen hombre ya te ha calado —dijo Anne tratando de sonar creíble.
Frederick alzó una ceja y torció la sonrisa.
—Cuidado, hermanita, sé cosas sobre ti que podría contarle a ese escocés y dejarte en ridículo.
—¿Qué cosas?
—Pues que cuando eras pequeña tuviste una amiga mariposa a la que llamaste Georgia.
—¿Qué tiene eso de malo?
—Nada, si no fuera porque ninguna mariposa vive varios años y tu amiga estuvo visitándote durante toda tu infancia. Llamabas Georgia a cualquier mariposa que se te acercase.
—Era una niña y hacía cosas de niña. Yo podría contarle a Charlotte que tú te comías los mocos cuando eras pequeño.
Frederick se echó a reír de nuevo.
—Eso es lo que dice Robert —se defendió—. Tú no lo sabes.
—También lo dice mamá. El futuro conde de Kenford comiéndose los mocos, qué asco, Frederick.
—De acuerdo, es peor lo mío. Pero ¿qué me dices de tu desvergüenza? Cada vez que nos escapábamos para irnos a bañar al lago, aparecías tú.
—En todo caso, los que no teníais vergüenza erais vosotros, que os bañabais desnudos.
—Por eso nos escapábamos de ti. A mamá casi le da un ataque aquella vez que quisiste quitarte la ropa para meterte tú también.
Ahora fue Anne la que se rio.
—No entendía por qué estaba mal para mí, pero no para vosotros.
—Espero que ahora sí lo entiendas —se burló su hermano.
—Muy gracioso.
—Me gusta Craig, por cierto.
—A mí también —dijo feliz.
—Siento que vayas a irte. Y ahora dime qué tengo que hacer para que me perdones.
—No tienes que hacer nada. Solo no vuelvas a utilizar lo que sabes de mí para herirme.
—Nunca.
—Entonces, estás perdonado.