Capítulo 67
Julie seguía esperando a Anne al otro lado de la puerta cuando ella salió. Y acababan de atravesar el largo salón contiguo a la sala de los tapices cuando escucharon un ruido que provenía de una puerta entreabierta.
—¿Has oído eso? —susurró Anne.
Julie asintió y las dos se quedaron quietas escuchando. Eran leves quejidos acompañados de golpes rítmicos. Anne hizo ademán de acercarse y Julie trató de sujetarla.
—No —musitó su amiga, pero Anne no hizo caso y se libró de ella con delicadeza.
Intentó ver lo que pasaba sin tocar la puerta, pero lo que fuera que estaba sucediendo allí ocurría en una zona no visible, por lo que no tuvo más remedio que abrirla un poco más para colarse dentro.
Contuvo la respiración y todo su cuerpo quedó paralizado.
La escena que contemplaba era grotesca y ridícula, al tiempo que escalofriante y aterradora.
Se giró y vio a Julie con los ojos y la boca abiertos.
Julian Timberlake estaba con los pantalones bajados y colocado detrás de su esposa.
Imogen estaba con la mitad del cuerpo sobre una mesa, con la falda y las enaguas subidas para recibir las atenciones de su marido.
Y por si eso no fuese suficientemente grotesco, su doncella golpeaba el trasero de Julian con un abanico como si marcase el ritmo de sus bruscas arremetidas.
Imogen tenía la cara apoyada en la mesa y las miraba con los ojos llenos de lágrimas. Estaba claro que aquello le hacía daño y Anne sintió un desasosiego creciente e imparable. Julie quiso salir de allí, pero Anne se soltó de su agarre.
—Basta —dijo con rabia contenida antes de gritar—: ¡Basta!
Julian giró la cara y empalideció al verla. Anne apartó la vista cuando él se retiró de su esposa para subirse apresuradamente los pantalones.
—¿Qué hace… aquí? Señorita… Wilmot. Esta zona de la casa… aquí no debería haber…
—Es usted un hombre repugnante, señor Timberlake —dijo con total desprecio mientras la doncella bajaba las ropas de su señora y la ayudaba a incorporarse.
—Usted no lo entiende —dijo nervioso—. Esto es una práctica habitual entre un esposo y su…
—¿Habitual? ¿Es habitual que una criada tenga que ver algo tan… íntimo?
—Es que… usted no… —Julian se movía inquieto—. A veces… Son… juegos.
—¿Juegos? En los juegos todos se divierten. Su mujer estaba llorando, es evidente que le hacía daño.
—¿Daño? ¡No! Esas lágrimas no son de daño, señorita. Ella… A ella le gusta.
—¡No! —gritó Imogen—. ¡No me gusta! ¡Y sí me haces daño!
—¡Imogen! —gritó asustado.
—Siempre me lo haces por ahí y yo no quiero. Y tampoco quiero que me tires del pelo, ni que me pegues. Y odio que obligues a Daisy a mirar. ¡Eres un monstruo! —Corrió hacia Anne, que la abrazó interponiéndose entre ellos cuando Julian hizo ademán de agarrarla.
—Esto es un asunto entre esposos, márchese, señorita Anne.
—Te he dicho muchas veces que no la llames por su nombre.
Craig había entrado a grandes zancadas y le dio un puñetazo que lo lanzó a varios pies de distancia. Después lo agarró de la levita y lo levantó del suelo.
—Eres un despojo humano —dijo el escocés—. No tienes respeto por los duques y mucho menos por tu propia esposa.
—¡Auxilio! —gritó Julian temblando de miedo.
—Has elegido un buen sitio, desde aquí nadie te oirá gritar. —Se giró hacia Anne, que se llevaba a Imogen de allí.
Cuando su señora estuvo en la cama, Daisy salió con Anne y Julie al pasillo. Se la veía profundamente avergonzada y no se atrevía a mirarlas.
—Gracias —musitó llorosa.
—¿Esto es así… siempre? —preguntó Julie.
La muchacha asintió sin levantar la cabeza.
—A veces es peor.
—¿Peor? ¿Cómo puede ser peor?
—La obliga a hacer cosas horribles. —Negó repetidamente como si solo pensarlas fuese demasiado—. Y yo tengo que quedarme ahí por si ella vomita o… se desmaya.
Anne se llevó la mano al pecho.
—¿Por qué no dejas de trabajar para ellos?
—He estado a punto muchas veces. —Se limpió las lágrimas—. Pero ¿quién cuidaría de la señora? La conozco desde siempre. Mi madre ha trabajado para los Lynott toda su vida. No podía… dejarla sola… con él.
—Nunca le he visto marcas de golpes —dijo Anne.
—No. Es muy listo. Siempre la golpea en lugares que no se ven. Sobre todo… ahí abajo.
Anne y Julie se movieron nerviosas.
—Quédate a su lado esta noche —pidió Anne—. Y si él vuelve y le hace algo, nuestro cuarto es ese de ahí. Ven a buscarnos.
—Así lo haré, señorita.
Las dos amigas se alejaron de ella y no se giraron cuando se escuchó la puerta al cerrarse. Entraron en su habitación y las dos se sentaron en la cama, cada una en su lado dándose la espalda. Sin hablar.
Julian se fue esa misma noche. Metió unas cuantas cosas en una bolsa y se marchó sin despedirse de nadie.
Craig también se marchó al amanecer, tal y como había dicho, aunque dejó una nota para Anne en la que le decía que se verían en Londres.
Anne y Julie no durmieron en toda la noche.
Se pusieron el camisón y se metieron bajo las sábanas, pero ninguna pegó ojo.
Tampoco se atrevieron a hablar de lo que habían visto y oído.
Descubrir que la intimidad entre esposos podía ser un castigo, una tortura, un modo de hacer daño a la mujer, les causó una terrible desazón.
Bajaron a desayunar con profundas ojeras y muy pocas ganas de hablar.
Emma se dio cuenta enseguida de que les pasaba algo, pero también de que no querían hablar de ello, así que decidió no atosigarlas y dejar esa conversación para cuando estuviesen solas.
Aunque para eso tendrían que esperar a llegar a Londres.
Los Wilmot subieron a su coche junto a sus criados y Julie y Susan ocuparon el segundo carruaje. Cuando Anne se disponía a subir con ellas, Daisy apareció con un chal en las manos.
—La señora Timberlake me ha pedido que le dé esto —dijo la doncella con los ojos húmedos.
Anne cogió la prenda y vio cómo la muchacha levantaba los picos para que viera lo que había envuelto con ella. Anne la miró sorprendida y la joven volvió a cubrirla, sonriendo.
—Me ha pedido que le dé las gracias por lo que hizo y quiere que sepa que lo siente mucho.
—Él… se ha marchado.
—Sí —musitó.
—¿Ella estará bien?
La doncella se escondió un mechón de pelo detrás de la oreja sin saber qué contestar.
—Dile… —No supo cómo continuar.
—No se preocupe. Que tenga buen viaje.
—Gracias, Daisy. Cuídala.
—Sí, señorita. Descuide.
Anne subió al coche y se sentó junto a Julie, que frunció el ceño mirando la prenda que sostenía.
—¿Un chal?
Anne desvió la mirada hacia la ventanilla cuando los carruajes se pusieron en marcha.
El mejor modo de cuidar algo valioso era tenerlo siempre cerca.
La había engañado bien. Habría sido tan fácil entrar en ese cuarto y buscarlos…
Julie le cogió la mano y se la apretó con cariño.
Debía pensar que lloraba por Imogen, igual que había llorado la noche anterior por el horror que habían presenciado.
Pero ahora lloraba de alegría. Una alegría feroz que inundaba todo su ser.
Alegría porque la amenaza contra ella se había esfumado.
Pero, sobre todo, alegría porque amaba a un hombre honorable, caballeroso y admirable, que estaba dispuesto a cualquier cosa por ella.
Se volvió hacia su amiga con una sonrisa luminosa.
—¿Qué te ha dicho lady Fairfax cuando os despedíais?
—Quería saber si habría alguna posibilidad de que mis padres viajaran a Londres próximamente.
—¿Qué? —Anne se limpió las lágrimas colocándose de lado hacia ella—. ¿Eso significa…?
Julie se encogió de hombros.
—Creo que sí —dijo emocionada.
—Pero… ¿Jonathan te ha…? —Entornó los ojos—. ¿Adónde has ido esta mañana? Te has marchado antes de que yo estuviera lista.
Miró a Susan, que no perdía detalle.
—No escuches, cotilla.
—¿Yo? No sé de qué me habla.
—Te lo contaré esta noche en la posada —dijo Julie consciente de que no había forma humana de hablar tranquilas. Pero antes de dar por zanjado el tema se inclinó sobre el oído de su amiga y usando las manos como barrera auditiva añadió—: Nos hemos besado.
—No hace falta que cuchicheen —dijo Susan acomodándose en el rincón de su lado y cerrando los ojos—. Los he visto en el jardín esta mañana. Las criadas madrugamos mucho.
—Serás…
—Parecía que iba a comérsela, por Dios. ¿Qué les pasa a los hombres?
Anne y Julie se miraron y rompieron a reír a carcajadas.
—Tienes que contármelo todo —dijo Anne sin dejar de reír.
—Y tú también. —Señaló el chal, que seguía en su regazo—. ¿Es… lo que creo que es?
Anne asintió y cogió su bolsa de viaje del otro asiento para guardarlo. Después se acomodó de nuevo junto a su amiga.
—El sufrimiento puede empujarnos a hacer cosas horribles —dijo pensativa volviendo a mirar por la ventanilla.
—También la alegría puede transformarnos. —Julie recostó la cabeza hacia atrás y dejó que el vaivén la meciera—. Nunca llegamos a conocer por completo a los demás.
—La mayoría de la gente es estúpida —dijo Susan sin abrir los ojos—.
Eso dice mi madre y tiene razón. La gente hace el pan con demasiada harina y luego se pasa la vida quejándose porque le queda duro.
En lugar de aprender de aquellos que hacen un pan esponjoso, se dedican a criticarlos por todo: que si ponen demasiada agua, que si no saben amasar, que si mira cómo se visten…
Y así, mientras esos a los que critican se comen un pan delicioso, los estúpidos siguen comiendo pan duro. Porque son estúpidos.
Anne y Julie se quedaron sin palabras.