Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 66
88%

Capítulo 66

A sus veintinueve años había estado enfadado muchas veces, pero, sin duda, nunca como entonces. Tenía el abdomen contraído y la mirada clavada en uno de los tapices.

—Craig…

—Dame un momento —respondió con voz ronca.

—No tenemos tiempo para esto —continuó ella mientras se acercaba hasta quedar junto a él.

—Hay que hablar con tu padre. —Craig se volvió hacia ella—. Y con Julian.

—¿Qué? ¿Por qué íbamos a hablar con él?

—Julian es el único que tiene poder sobre Imogen.

—Pero… te he contado lo que le… hace.

—Lo sé.

—Ella lo odia.

—Lo sé.

—¿Y no te importa?

Craig apretó los labios.

—La compasión que podría sentir por Imogen Timberlake se esfumó cuando te amenazó.

Anne se frotó la frente con los dedos tratando de calmar su angustia.

—¿Y qué le diríamos a Julian?

—Todo.

—¿Lo de Charles?

El escocés elevó una ceja.

—Sobre todo lo de Charles.

—Pero él podría… ¿Quién sabe qué haría? No puedo hacer eso, Craig. Ni siquiera… a ella.

—Escúchame, Anne, lo que Imogen pretende hacer no es ninguna tontería. Está hablando de destruir tu reputación para siempre.

—Es mentira, todo es mentira.

—Lo sé, no hace falta que me lo digas. Pero ¿sabes cuánta gente está dispuesta a creerse una mentira?

—Quien me conoce…

—Quien te conoce no importa. Importan todos esos que aprovecharán tu desgracia para entretenerse en sus aburridas reuniones. Y los enemigos de tu padre también sacarán partido de ello para hacerle daño.

Anne respiró hondo para calmarse.

—Tienes razón.

—Hablar con Julian quizá nos sirva o quizá no, pero es lo que Imogen merece, sin duda.

—No —negó ella—. No haremos semejante canallada. Que ella sea capaz de hacer algo despreciable no me convertirá a mí en una persona a la que no podría respetar. No hablaremos con Julian.

—Anne —masculló enfadado.

—Craig.

Ella esperó sabiendo que su mirada era suficiente. Después de unos segundos el escocés cerró los ojos y asintió.

—Está bien. Se hará como tú digas. ¿Tampoco quieres hablar con tu padre?

—Sí, con él sí. Pero tenemos que pensar muy bien cómo explicárselo.

Anne colocó las manos en su pecho y lo miró sin defensas.

—¿No vas a regañarme?

Él cogió sus manos y las apretó conteniendo el ansia de abrazarla.

—¿Por no contármelo?

—Sí.

—Si pudiera tocarte, te pondría sobre mis piernas y te daría una buena zurra en ese bonito trasero que tienes.

Anne sonrió sin levantar la vista.

—Pues qué suerte que no puedas.

—Sí, qué suerte.

—¿Y tú cómo sabes que tengo un bonito trasero?

Craig respiró hondo por la nariz.

—No hay nada en ti que no sea bonito, Anne.

—Buena respuesta, McEntrie.

—¿Hay algo más de ese día que no me hayas contado?

—No. Ahora ya lo sabes todo. No se me pasó por la cabeza que mis calzones acabaran en manos de Mike. Se suponía que él dejó la ropa y se fue. Pensé que alguien los encontraría y se… desharía de ellos.

—Claro que sí.

—¿Qué? —Lo soltó.

—Se armó una buena, Anne. No hubo nadie en Doncaster que no se enterase de lo que habías hecho.

—¿Me estás regañando?

—No —dijo incómodo—. Estoy llenando tus lagunas. Cualquiera que encontrase esos calzones con tus iniciales sabía que valían dinero.

—Entonces, ¿tú crees que algún criado los encontró y se los vendió a Imogen?

—A Mike.

—¿Para qué iba a querer Mike mis calzones? Si fuese para extorsionarme se habría puesto en contacto conmigo.

—No si alguien se los pidió antes.

—¿Alguien? ¿Imogen? ¿Por qué iba Imogen a pedirle algo a…?

La expresión en el rostro de Craig cortó su pensamiento haciendo aflorar otro mucho más turbio.

—¿Crees que Imogen y Mike…?

—Probablemente. —Craig suspiró—. Todo apunta a que esos dos se veían de manera íntima. Imogen pudo encontrar tus calzones, Mike le explicaría cómo los había conseguido y ella lo convencería de que con ella estarían más seguros.

—No sabía que ya entonces fuese mi enemiga.

—Oh, no creo que fuese tu enemiga. Es de la clase de persona que se guardaría los secretos de cualquiera por si algún día los necesita. Porque sabe que los necesitará. —Se encogió de hombros—. Las malas personas solo saben sobrevivir de un modo.

—¿Haciendo daño a otros?

Craig asintió. Anne se quedó pensativa y el escocés se mantuvo en un silencio expectante.

—Lo único que podría salvarme es recuperar esa prenda —dijo ella finalmente.

—Sí.

Lo miró con ojos muy abiertos y tan inocentes que al escocés se le tensó de nuevo todo el cuerpo.

—¿Cómo lo hago? Nunca he… robado nada. ¿Voy a su casa, me cuelo en su cuarto y rebusco en sus cajones? ¿Cómo hace la gente que…?

—Anne, amor mío, no puedes entrar en su casa y robarlos. En primer lugar porque sus criados no te dejarían llegar a su habitación y, en segundo lugar, porque debe de tenerlos a buen recaudo, no en el primer cajón de su cómoda, donde cualquier doncella podría verlos.

—¿Y dónde se guarda algo así? —preguntó ceñuda bajando la voz—. Estoy agotada. No puedo pensar más en esto. Necesito dormir y descansar.

— A ghaoil —susurró él cogiéndole las manos—. Amor mío, vete a la cama y descansa. Encontraremos el modo de solucionarlo.

—¿Y si no lo encontramos? —Lo miraba suplicante—. ¿Qué pasará si no lo encontramos, Craig? No puedo casarme contigo…

—No digas eso ni en broma.

—Es la verdad.

—No, no es la verdad. Nos casaremos pase lo que pase.

—Mi reputación…

—Tu reputación me importa una mierda. —La soltó para frotarse la nuca—. Discúlpame.

—No puedo…

—No puedes vivir sin mí, eso no puedes. No puedes dejar de amarme. No puedes apartarme de tu lado. Esos son los «no puedo» que voy a escuchar de tus labios. No puedes decepcionarme, no puedes hacerme más falta. No puedes ser más perfecta para mí. No puedes…

Anne le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la mejilla en su pecho.

Craig se quedó inmóvil con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo durante varios segundos, pero finalmente dejó escapar el aire en un largo suspiro y la abrazó.

Al hacerlo, supo que acababa de faltar a su palabra, pero, aun así, no la soltó.

—Lo siento —dijo ella escondiendo la cara.

—Ninguna promesa puede separarme de ti, a ghaoil . Tu padre lo entendería.

—¿Estás seguro? —musitó.

—No.

Anne alzó la cabeza sin soltarlo y lo miró con fijeza.

—Pues si alguna vez te amenaza, puedes recordarle que él obligó a mi madre a casarse bajo amenaza.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Edward Wilmot amenazó a mi madre con desvelar su secreto mejor guardado si no se casaba con él.

—¿Y por qué yo no sabía eso? Creía que los McEntrie conocíamos toda su historia.

Anne sonrió divertida.

—Hay cosas de los Wharton que no saben los McEntrie.

—¿Ah, sí?

Anne asintió.

—Y seguro que al revés pasa igual. Nuestras familias están muy unidas, pero no somos parientes.

—Cierto —dijo él acariciándole el pelo—. Y daré gracias por ello el resto de mi vida.

—Y yo, a ghaoil .

—No sabes lo que me haces cuando me hablas en gaélico.

—Tengo que aprender mucho más.

La apretó necesitado.

—Yo te enseñaré —susurró cerca de su boca.

—¿Seguirás creyendo todo eso aunque arrastren mi nombre por el fango?

Craig sonrió con fuego en los ojos.

—Nadie puede hacer eso. Nunca habrá ni una ligera mancha de barro en ti, Anne. Eres la persona más adorable y buena de toda Inglaterra.

—Mmm. ¿Has dejado Escocia fuera a propósito? ¿Hay alguna allí más pura que yo?

Craig soltó una carcajada y la levantó del suelo como si fuese una pluma.

—Pura no sé si es la palabra que escogería para definirte —susurró bajándola muy despacio, para que sintiese el contacto al tiempo que escuchaba sus palabras—. Sobre todo después de haber tenido mi lengua dentro de ti.

—¡Craig! —exclamó bajando la cabeza avergonzada.

—Amor mío, pienso decirte cosas mucho peores que esta.

—No se le habla así a una dama.

—Solo si la dama es tuya. Y tú, Anne Wilmot, eres mía.

Ella le rodeó el cuello con los brazos.

—Y tú, Craig McEntrie, eres mío. Mo thighearna agus mo mhaighstir.

A Craig se le endurecieron hasta los pelos de la cabeza al escucharla llamarlo su dueño y señor con aquella voz aterciopelada, como una promesa de entrega absoluta. La apartó despacio hasta que sus brazos no dieron más de sí.

—¿Qué haces? ¿Lo he dicho mal?

—No. Lo has dicho demasiado bien. Anne, de verdad que necesito que nos casemos.

Ella sonrió y su hoyuelo lo hizo gemir entre dientes.

—¿Me marcho?

—Por favor —susurró.

Ella caminó hacia la puerta.

—Entonces… me voy.

Él resopló y se apartó el pelo hacia atrás sin saber qué hacer con las manos.

—Buenas noches, amor mío —dijo antes de abrir la puerta.

—Buenas noches, a ghaoil .