Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 65
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Capítulo 65

—¿De verdad no me lo puedes contar ahora? —Julie la miraba con preocupación.

Había subido a buscarla y la había encontrado vestida y sentada en la banqueta frente al tocador.

—No. Te lo contaré cuando nos retiremos esta noche, te lo prometo. Ahora, necesito quitármelo de la cabeza para que Craig no sospeche. Se va mañana temprano y quiero que tenga un viaje tranquilo.

—No voy a decirte qué hacer.

Anne asintió y se puso de pie.

—Cuando te lo explique, lo entenderás.

—Y yo esperaré hasta entonces para decirte que estás equivocada —se burló su amiga.

—¿Has visto a mis padres?

—He estado con tu madre y lady Fairfax todo el rato.

—¿No has bailado con Jonathan?

Julie sonrió y sus mejillas se colorearon al instante.

—Un vals. —Comenzó a dar vueltas por el dormitorio tarareando la música.

—¿Ya te ha pedido que te cases con él?

Julie paró de golpe y la miró como si hubiese gritado «fuego».

—No te burles de mí.

—No me burlo. Solo digo lo que veo.

—Su familia es importante, Anne.

—Quieres decir que tienen dinero.

—¿No es lo mismo?

—Casi siempre —afirmó la hija del conde—. Pero no parece que a Jonathan le importe mucho eso. Y a su madre, tampoco.

—Es una mujer maravillosa.

—Bueno, dejemos de hablar y bajemos. Craig se debe de estar preguntando qué pasa. ¿Estoy bien? —dijo girando frente a su amiga.

—Estás preciosa —dijo cogiéndola de la mano—. Y sea lo que sea, sabes que puedes contar conmigo.

—Sí, lo sé.

Salieron del cuarto y Anne miró de soslayo hacia la puerta de la habitación de Imogen preguntándose si seguiría allí dentro rumiando un millón de formas de hacerle daño.

Los seres humanos eran terriblemente complejos.

Nunca jamás le había hecho nada malo a esa mujer y, sin embargo, siempre sintió su animadversión cuando la miraba.

Mientras bajaba las escaleras se preguntó si ella había sentido algo así por alguien, un rechazo visceral y destructivo hacia una persona a la que no conociese en realidad.

Cuestión de piel, lo llaman. Y, no, jamás lo había sentido.

Craig se quedó sin aliento cuando la vio aparecer.

—¿Te sostengo la copa? —preguntó Jonathan con una sonrisa dirigida hacia la joven maestra.

Craig se la dio sin responder y caminó hacia Anne con una expresión que hablaba por él.

—Anne, estás…

Ella sonrió sin que su rostro mostrase la tensión que soportaba.

—Tú también —dijo escueta.

—¿Quieres bailar en esta cuadrilla o esperamos a la siguiente?

—Esperemos un poco —dijo Anne.

Jonathan le devolvió su copa a Craig.

—¿Les traigo algo de beber, señoritas? ¿Té? ¿Limonada? ¿Ponche?

—Ponche, por favor —pidió Anne.

—Yo limonada —añadió Julie.

Jonathan se alejó y Craig se colocó al lado de Anne mirando hacia los bailarines. Al volverse hacia ella, se dio cuenta de que Anne observaba a Julian Timberlake, que participaba en la cuadrilla. Miró a su alrededor buscando a Imogen, pero entre tantos invitados no fue capaz de encontrarla.

—Has tardado mucho —dijo como si fuese un comentario casual.

—Me he tenido que vestir sola y este vestido es complicado.

Craig se inclinó ligeramente hacia ella para poder hablar en un susurro.

—¿Te has cruzado con alguien?

—He tenido cuidado —dijo ella.

Su respuesta hizo aflorar una ligera arruguita en el ceño del escocés. Había esquivado la pregunta, lo que convertía la respuesta en un sí.

Jonathan regresó con las bebidas y se colocó junto a Julie. Anne los escuchó hablar enseguida con tono alegre, y sintió una cálida sensación en el pecho. Quería mucho a su amiga y deseaba de verdad que encontrase la felicidad.

—¿Qué te ha parecido Hyllus? —preguntó Anne a Craig, buscando un terreno en el que ambos pudieran sentirse cómodos.

—Ha sido un justo vencedor. Y su dueño ha ganado cincuenta soberanos más de lo previsto, gracias a que ningún caballo se clasificó para el tercer puesto y los comisarios decidieron sumar esa cantidad al ganador.

Craig esbozó una sonrisa y Anne desvió la mirada hacia lord George Bentinck y lord Glasgow, que discutían acaloradamente.

—¿Eso es por el duelo entre Alva y la hija de Retainer que ha terminado en empate? —preguntó ella.

—Probablemente. Los dos aseguran que han ganado por media cabeza.

Anne reprimió una sonrisa burlona.

—Corrían con el mismo peso, no pueden culpar a las condiciones.

—Por eso discuten. No quieren admitir que la potranca del otro ha sido igual de buena.

A Anne siempre le habían gustado los duelos.

En una carrera concurrida, la rivalidad podía diluirse entre los participantes, pero en aquellos desafíos privados solo quedaban dos caballos, una apuesta y dos hombres orgullosos sin ningún lugar donde esconderse.

Estaba claro que el empate no había satisfecho a ninguno de los dos.

—Quizá ahora lord Glasgow se decida a ponerle un nombre —dijo Anne.

—Ha empatado —repuso Craig—. No creo que ni se lo plantee.

Los dos se miraron con complicidad. Craig podía hablar con ella de esos temas como lo haría con cualquier hombre de aquel salón y, probablemente, Anne tenía más sensibilidad para algunas cosas que ninguno de ellos.

Después de charlar un buen rato, bailar una cuadrilla, pasear por el salón y disfrutar de algunos de los manjares de la sala contigua, a Craig ya no le cabía la menor duda de que a Anne le ocurría algo.

A pesar de que no había dejado de sonreír y de hablar animadamente durante toda la noche.

O quizá fuera precisamente el esfuerzo por mostrarse alegre lo que la delataba.

—¿Qué ocurre, Julie? —le preguntó mientras Anne bailaba.

—No lo sé —dijo sincera.

Craig la miró con preocupación y ella asintió.

—Sí, yo también me he dado cuenta. Me ha dicho que me lo explicará esta noche.

—Me voy en cuanto amanezca —dijo arrugando el ceño—. Tengo que saberlo antes, Julie, tienes que ayudarme.

La maestra miró a su amiga, que bailaba con una sonrisa brillante, aunque sus ojos estaban muy tristes.

—¿Cómo lo hago?

—¿Qué te ha dado ahora con los tapices? —preguntó Anne con Julie colgada de su brazo.

—Llevamos varios días aquí y no hemos mostrado nuestro respeto como merecen los tapices gobelinos.

—Pero ¿qué dices? Hemos estado en esa sala dos veces y me has explicado cómo los fabrican.

—¿Has escuchado lo que ha dicho la señora Burtin de Julian Timberlake?

—preguntó Julie cambiando de tema con la sutileza de un elefante caminando sobre huevos—.

Le estaba diciendo a la hija del coronel que los hombres son cada vez más afeminados.

Que, en su época, cuanto más masculino era un hombre, más gustaba a las mujeres.

Anne se esforzó en no demostrar la repugnancia que le provocaba pensar siquiera en él.

—Quiero irme a dormir ya, Julie. Son las dos de la madrugada.

—Hablas como una anciana.

—Me siento como una anciana achacosa.

Miró hacia atrás por encima del hombro de su amiga y observó el largo salón que acababan de atravesar. Julie la empujó sin miramientos hacia la puerta de otra estancia y, cuando Anne estuvo dentro, la cerró.

—¡Julie! —exclamó sorprendida al ver que se había quedado fuera.

—Se quedará fuera vigilando —dijo Craig.

Anne lo miró con las manos en la cintura.

—Así que esto es cosa tuya.

—Hola, a ghaoil . Tenía que hablar contigo antes de irme —dijo acercándose con las manos en los bolsillos.

—¿Y no podías pedirme que viniera?

—¿Habrías aceptado?

Ella calló.

—Lo imaginaba. —Craig apoyó el trasero en una consola situada delante de un gran tapiz.

—Estoy cansada. —Anne se sentó en una butaca con los ojos fijos en la chimenea apagada.

—Nunca nos mentiríamos, ¿recuerdas?

—No te he mentido.

—¿Vas a hacerlo ahora?

—No.

Él se apartó de la consola y recorrió los pasos que los separaban. Se agachó delante de ella y la miró a los ojos.

—¿Qué ocurre?

—Imogen.

—No la he visto en el baile.

—Yo tampoco —dijo Anne con cansancio.

Craig le cogió las manos y se las acarició despacio. Anne observó aquellas manos firmes y grandes y deseó llevárselas hasta la cara y descansar en ellas. Pero como no podía, echó la cabeza atrás en el respaldo y cerró los ojos.

—Quiero irme de aquí —susurró—. Quiero que pasen los días y estar ya en Slioscreige . Quiero que me abraces. Y quiero que…

—Estoy a un suspiro de mandar a tu padre y su estúpida petición a…

Anne se irguió en el asiento, alarmada por lo que aquello supondría para él, lo empujó antes de que pudiera tocarla y el escocés aterrizó sobre el trasero.

—Aléjate de mí —ordenó ella—. Ahora, Craig.

Craig se puso de pie con expresión burlona.

—Sí, mi señora. ¿Aquí estoy bien?

Anne asintió.

—Pues cuéntame qué te ha dicho Imogen.

—¿Confías en mí, Craig?

El escocés apretó los dientes.

—No me mires así y contesta —exigió ella.

—Sabes que sí.

—¿Y si te pido que no me obligues a decírtelo?

—No tengo intención de obligarte a nada.

—Sabes lo que quiero decir. Si me pides que te lo cuente, lo haré. Pero no quiero hacerlo.

—¿Por qué?

—Si te doy una razón, estaré aceptando que no confías en mí.

—Buena jugada.

—¿Confías, Craig?

—No tienes que contarme nada y no necesitas darme una razón para callarte.

Aceptaré lo que tú decidas, pero quiero que entiendas que tú también puedes confiar en mí.

Sé controlar mis impulsos y creo que te lo he demostrado.

No quieres contármelo porque temes que mi reacción empeore las cosas, pero quiero que comprendas que yo no haré absolutamente nada que tú no quieras que haga.

No pegué a Timberlake y sabes las ganas que tenía.

—Debería haberte dejado que lo hicieras —masculló asqueada—. Ese hombre es despreciable.

Craig se mantuvo en un silencio expectante mientras Anne valoraba sus opciones. Finalmente ella suspiró.

—Voy a confiar en ti, porque no puedo pedirte confianza si yo misma no soy capaz de dártela. Será mejor que te sientes.