Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 64
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Capítulo 64

—Señorita Anne… —Dylan la miraba sorprendido.

Se oyó un golpe metálico proveniente de una de las cuadras.

—¿Qué haces aquí, Dylan? Todos los demás mozos están fuera comiendo y bebiendo. ¿Es que no quieres divertirte?

—Sí, señorita, iba a ir en cuanto el señor McEntrie acabara con Seabhag.

Llegó una maldición en gaélico que Anne sospechó que iba dirigida al pobre Dylan.

—Puedes irte tranquilo. El señor McEntrie vendrá conmigo al baile.

—¿Seguro? Mire que si luego se enfada.

—¿Para quién trabajas, Dylan? ¿Para los Wilmot o para los McEntrie?

El mozo bajó la cabeza sonriendo.

—Gracias, señorita.

Esperó hasta que el muchacho se alejó y se aseguró de que no había nadie más en ese pabellón antes de dirigirse a la cuadra de Seabhag.

—Puedo explicártelo —dijo Craig sosteniendo el cubo de agua al que le había dado una patada.

—Más te vale. —Entró y le acarició el cuello al caballo.

—Esto es muy pequeño. —Craig dio un paso atrás—. Mejor hablemos fuera.

—No. Hablamos aquí y ahora.

—Deberías estar en el baile.

—Y tú también.

—Pensaba ir… más tarde.

Anne lo acorraló contra la pared y el escocés se metió las manos en los bolsillos.

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Anoche hice una promesa.

Ella frunció el ceño y entornó los ojos como si quisiera colarse dentro de su cráneo.

—¿Le has prometido a mi padre que me evitarías?

—No puedo tocarte —dijo como si estuviera avergonzado.

—¿Qué? —Abrió los ojos sorprendida y luego miró sus manos en los bolsillos al tiempo que daba un paso atrás—. No.

—Ha aceptado que nos casemos. Le habría prometido comer avena sin remojar durante una semana.

—El viaje a Escocia dura diez días como mínimo —aclaró ella—. Y eso sin contar que no nos podemos ir hasta que Charles…

—Se lo he prometido, Anne.

—¿Cuál ha sido exactamente la promesa?

—Solo puedo tocar tus manos.

—¿No puedes besarme?

—Solo las manos.

—No me puedo creer que te haya pedido eso —dijo moviéndose inquieta.

—No pide mucho para lo que nos da, Anne.

—¿No te importa?

—Claro que me importa. —El escocés apoyó un pie en la pared que tenía detrás—. No he pegado ojo en toda la noche.

—Hablaré con mi padre.

—No.

Cuando Anne se acercó de nuevo, Craig mantuvo las manos dentro de los bolsillos.

—Yo no he prometido nada. —Alzó la mano hacia su cara.

—Anne…

—Has dicho que puedes tocar mis manos. Lo que significa que mis manos te pueden tocar a ti. —Acarició el labio magullado—. ¿Te duele?

—No.

—Mentiroso.

Movió la mano y le acarició la mejilla.

—¿Por qué tienes que ser tan honesto? —preguntó burlona.

—Porque es el único modo de que me ames como me amas. —Alzó la mano y la puso sobre la de ella pegándola más a su cara—. Dios, cuánto necesitaba esto…

Ella puso la otra mano en su cuello y trazó círculos con el pulgar.

—Tu padre te ha subestimado —dijo él cuando ella bajó la mano por su pecho.

—No sé qué quieres decir. —Su voz era inocente, pero su mano seguía acariciándolo sin la menor timidez.

Él sujetó esa mano conteniendo la risa.

— A ghaoil, eres muy perversa. Deberías irte de aquí antes de que alguien se percate de tu presencia.

Anne bajó la vista con toda la intención.

—Parece que alguien ya se ha percatado.

Craig soltó una carcajada.

—Eres un demonio.

Anne dio un paso atrás y se cruzó de brazos.

—¿Vendrás al baile? No podemos bailar un vals, pero sí participar en una cuadrilla.

—Allí te veré. —Le cogió la mano de nuevo para llevársela a los labios—. Te amo.

—Yo a ti no —mintió ella y salió de allí con una sonrisa.

Anne se apresuró para llegar a la casa sin encontrarse con nadie a quien tuviese que darle explicaciones. Cuando entró en el pasillo que daba a su habitación alguien salió a su encuentro.

—Anne, querida, ¿de dónde vienes así vestida?

Imogen estaba frente a ella con una sonrisa fría.

—He tenido que… hacer… algo…

—Claro, claro. Entiendo que para ir a las cuadras te hayas quitado esa maravilla de vestido.

Yo también quiero el nombre de tu modista, por cierto.

¿Podemos hablar un momento en mi cuarto, querida?

Estoy segura de que no querrás que tratemos este asunto en mitad del pasillo, donde cualquiera podría escucharnos.

El corazón de Anne se aceleró y, después de unos segundos de duda, entró delante de ella.

—¿Me estabas vigilando? —preguntó cuando Imogen cerró la puerta.

—¿Habías quedado en verte con alguno de los mozos? Qué poca clase, mujer.

—No te consiento que me faltes al respeto.

—Hacerte la ofendida no te servirá de nada conmigo, ya deberías saberlo.

—Te dije que mañana te daría el nombre —respondió Anne apretando los puños.

—Sí, me lo dijiste. Lo que se te olvidó decirme era que Charles se iba a marchar a América.

—Yo no tengo por qué darte explicaciones de lo que haga mi familia.

—Oh, claro que tienes que dármelas, porque si no lo haces me voy a enfadar. Y no quieres verme enfadada.

Anne enderezó la espalda.

—Estás jugando con fuego, Imogen.

—¿Te crees que no lo sé?

Anne la vio acercarse y su mirada le heló la sangre.

—Soy hija del conde de Kenford y mi padre es un hombre con poder. Es posible que consigas hacernos algo de daño, pero no estás calculando lo que pasará después.

—Ahora estás hablando en un lenguaje que entiendo —dijo cruzándose de brazos—. Y sí, lo he pensado. Quizá hayas hablado con tu padre de esto y, en ese caso, él lo habrá hecho con lord George Bentinck.

Anne apartó un rizo que le hacía cosquillas en la mejilla.

—No esperarías que me quedase de brazos cruzados viendo cómo amenazabas a mi familia.

—Lo cierto es que esa era una opción. No pensaba que fueras muy lista después de lo que hiciste en Doncaster. Pero también cabía la posibilidad de que te estuviese subestimando.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a arriesgarte a salir mal parada?

Imogen se paseó por el cuarto y parecía estar sopesando sus opciones.

—Lo que pasa, Anne, es que tengo un as bajo la manga. —Se giró hacia ella con una enorme sonrisa—. ¿Recuerdas que te lo advertí? Si hubieras resultado ser una tonta, no habría tenido que usarlo, me habría compadecido de ti. Pero en este caso, no me dejas opción.

—¿De qué hablas?

—¿No perdiste nada en aquella carrera?

Anne empalideció. Solo había perdido una cosa.

—Veo que ya vas entendiendo. Perder los calzones no es poca cosa, Anne, cualquier mujer sabe eso. Y ese bordado tan bonito que le haces a tu ropa interior. Reconozco que la filigrana con la que entrelazas la A y la W es de lo más original.

—No puede ser que tú… los tengas.

—Oh, puedes estar segura. No aquí, claro, no soy tan tonta como para sacarlos de mi casa. Pero no sufras, los tengo a buen recaudo.

La mente de Anne trabajaba deprisa buscando las implicaciones que eso podía tener, pero Imogen la sacó de dudas enseguida.

—Imagina esto: Mike y tú os cambiasteis de ropa. Para enfundarte el traje de jockey no podías llevar ni calzones ni camisola, así que te desnudaste delante de él…

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? ¿Había alguien contigo?

Anne respiraba agitada y apretaba tanto los puños que se clavaba las uñas en la palma de la mano.

—Estaba sola. Nadie podrá decir semejante barbaridad.

—Pero no estabas sola, querida, estabas con Mike, que se desnudó para darte su ropa. Eso solo lo hace alguien que tiene mucha confianza en el otro, ¿no crees? O quizá obtuvo la prenda después de una noche de pasión. ¿Qué historia gustará más?

Anne estaba temblando y contuvo la náusea que le subía por la garganta.

—Ya imagino a todo Londres hablando de esto. ¿Cómo crees que evitará eso tu padre? Un rumor se sabe cómo empieza, pero no cómo acaba.

—¿Por qué me estás haciendo esto? —Anne empezaba a calibrar el alcance de todo aquello—. ¿Qué quieres de mí exactamente?

—Ibas a darme un nombre falso para contentarme, ¿verdad? Creías que era tan estúpida que podrías engañarme y, para cuando regresara a Londres, tu hermano se habría marchado y yo tendría que conformarme.

—Estás casada. Tu fijación por Charles es enfermiza.

—Sí, lo es, lo reconozco. Tanto que me afectaría menos saberlo muerto que fuera de mi alcance.

—Te has vuelto loca.

—Sin Charles, mi vida con Julian se me hace insoportable.

—Negó con la cabeza—. Tengo que dejar que me toque, que se meta dentro de mí todas las noches.

Es insaciable. Su olor se me queda pegado a la piel.

Por más que me baño, sigo oliendo a él. Y cada vez, cada vez me llama por tu nombre.

Es asqueroso y repulsivo. Usa mi cuerpo mientras imagina que es el tuyo.

Anne retrocedió un paso horrorizada.

—Te desea a ti y yo daría lo que fuera porque fueses tú la que estuviera en esa cama. —Señaló el mueble situado en mitad del cuarto.

—Imogen, yo no tengo la culpa de eso.

—Me da igual de quién es la culpa. Me repugna, ¿no lo entiendes? —Negó con la cabeza de nuevo—. Es un depravado que disfruta viéndome sufrir. En cambio, Charles es amable, es dulce y huele tan bien… No dejaré que se marche. Él te adora, no se irá si sabe que puedo destruirte. Le dirás que se quede.

Anne se limpió una lágrima con rabia.

—No te servirá de nada, Imogen, no vas a poder retenerlo.

Charles no te pertenece y yo jamás lo sacrificaría para protegerme.

Todo lo que has dicho sobre Mike y sobre mí es mentira.

No había nadie conmigo cuando me vestí de jockey .

Tuve que quitarme la ropa interior porque me habría delatado, pero él no me vio, no estuvo allí y nunca ha pasado nada entre nosotros.

Puedes difundir rumores, si quieres, pero eso también tendrá consecuencias para ti, no te quepa duda.

Mi padre removerá cielo y tierra para hacerte pagar por ello.

—Caminó hacia la puerta con el corazón hecho trizas—.

Julian quiere divorciarse de ti, si de verdad quieres librarte de él, dale las pruebas que está buscando.

Cerró la puerta al salir, apoyó la mano en la pared y se inclinó tratando de contener las náuseas.

Tardó unos segundos en recomponerse, no quería que Imogen saliera del cuarto y la encontrase allí deshecha en lágrimas, así que respiró hondo y caminó hasta su habitación.

La música le llegaba desde abajo y Craig no tardaría en acudir al salón de baile.

De momento tenía que cambiarse y actuar como si todo fuese bien.