Capítulo 63
El jueves Anne se levantó nerviosa. La noche anterior esperaba encontrar a Craig en la biblioteca para que le contara cómo había ido la conversación que había mantenido con su padre, pero el escocés no estaba.
Al bajar al comedor se sorprendió al no verlo allí y cuando preguntó por él le dijeron que había desayunado muy temprano y estaría en las cuadras.
Durante todo el rato que ella estuvo en el comedor no dejó de mirar a su padre por el rabillo del ojo, pero Edward estuvo distante con ella y cruzaron pocas palabras.
Anne se lamentó de que su madre se hubiese pasado la noche escribiendo y ahora durmiese plácidamente, mientras ella se moría de los nervios.
Por suerte para ella, Julie estaba tan interesada en todo lo que Jonathan tenía que decirle que apenas le hizo caso.
—¿Ya te vas? —preguntó su amiga al ver que se levantaba—. Pero si casi no has comido nada. Mira que luego se te hará muy larga la mañana hasta el almuerzo.
—Ya picaré algo en uno de los puestos. Tengo que… hacer algo —dijo y, sin esperar respuesta, salió del comedor.
Se fue directa a las cuadras, pero Dylan le dijo que Craig había salido con Ealain hacía un buen rato. Regresó a la casa y corrió escaleras arriba hasta el cuarto de su madre. Emma abrió los ojos somnolienta después de que alguien la zarandeara suavemente.
—¿Qué…?
—Mamá, ¿qué pasó anoche?
—¿Anne? Me has despertado.
Anne se sentó en la cama y miró hacia la ventana, que tenía las cortinas echadas.
—Me acosté a las cinco de la mañana, hija —musitó intentando recuperar el sueño.
—Mamá, por favor, solo necesito una respuesta y me iré.
Emma volvió a girarse hacia ella y trató de abrir los ojos.
—¿Qué me has preguntado?
—¿Qué pasó anoche entre papá y Craig?
—Hablaron. Pidió tu mano.
—¿Y?
—Papá aceptó.
—¿Qué? ¡Mamá! —Los sollozos la sacudieron.
Emma se arrastró hasta apoyarse en el cabecero y le abrió los brazos. Anne se refugió en ellos y lloró mientras su madre trataba de no despejarse del todo.
—Papá no me ha hablado apenas en el desayuno. Y Craig no estaba, y cuando he ido a buscarlo a las cuadras Dylan me ha dicho que se había marchado con Ealain muy temprano. Creía que todo había ido mal y que no iba a poder casarme con él y… ¡Ay, mamá! Me he muerto del susto.
—Ya, hija, ya. —Le acarició el pelo cerrando los ojos y dejando caer la cabeza hacia atrás—. No te preocupes, no llegó la sangre al… río.
—¿Mamá? —preguntó Anne al ver que no continuaba.
—Tu padre… le dio… un puñetazo —continuó Emma con voz adormilada—. No fue nada… está bien. Todo está bien.
Anne se incorporó y la miró secándose las lágrimas. Sonrió con ternura al ver que estaba dormida. La ayudó a tumbarse y pegó un instante la mejilla a la suya.
—Descansa, mamá.
—He acabado… —dijo Emma poniéndose de lado para acomodarse como a ella le gustaba—. Craig es un buen… muchacho. Todo… irá… bien.
Anne la cubrió con la sábana y salió con sigilo. Una vez fuera del cuarto se puso a saltar y a dar palmas sin parar.
Esa mañana ocuparon un lugar menos privilegiado que el día anterior y a Anne le interesaban mucho menos las carreras que averiguar dónde se había metido Craig.
—Está allí —señaló Julie en voz baja para que Fairfax no la oyera—. Lleva escuchando a esos dos caballeros desde que acabó la Racing Stakes.
Anne lo vio recostado contra una valla y con un pie apoyado en uno de los travesaños.
El corazón se le encendió como una antorcha y tuvo que reunir todo su autocontrol para no correr a sus brazos.
Cuando sus ojos se cruzaron, Craig desvió rápidamente la mirada y se metió las manos en los bolsillos. Anne frunció el ceño desconcertada.
—¿Adónde vamos? —preguntó su amiga cuando tiró de ella.
—A hablar con Craig.
—Vuelvo enseguida —le gritó a Jonathan.
Anne se paró en seco al ver que Craig se despedía de los hombres y echaba a correr.
—¿Adónde va? —masculló incrédula.
Las dos jóvenes lo observaron hasta que desapareció en las cuadras. Poco después lo vieron salir sobre Ealain y alejarse al galope. Anne se cruzó de brazos y no apartó la mirada.
—Te está evitando —dijo Julie también sorprendida.
Anne no dijo nada y acompañó a su amiga de vuelta junto a Jonathan.
Estaba claro que la estaba evitando, pero ¿por qué?
Buscó a su padre entre la multitud y lo vio hablando con otro propietario.
Se planteó abordarlo a él y preguntarle el motivo que, sin duda, tenía que ver con la conversación que habían mantenido la noche anterior.
Pero enseguida se dio cuenta de que eso podía ser muy mala idea con la poca información que tenía sobre esa charla.
Su madre estaba demasiado adormilada y podría haber omitido algo vital.
Como que su padre hubiese impuesto la condición de que no pudieran casarse hasta que ella cumpliese los veinte, por ejemplo.
—Vas a tener que explicarte, a ghaoil —musitó.
—¿Qué has dicho? —preguntó Julie.
—Nada. Bentinck va a dar la salida.
De algún modo Craig se las arregló para que no se encontraran durante todo el día.
Lo vio un par de veces más en la distancia, pero no pudo hablar con él.
Por la tarde, mientras tomaban el té, Emma la tranquilizó al asegurarle que su padre y él habían acabado bien la conversación.
Mencionó el puñetazo, es cierto, pero enseguida aclaró que había sido un arranque momentáneo que habían solventado sin más violencia.
Cuando llegó el momento de vestirse para la cena, todos se retiraron a sus habitaciones. Susan había encendido hasta la última lámpara del cuarto y extendido los vestidos sobre la cama. La doncella se encargó de sus peinados y después las ayudó a desvestirse.
—Dios mío —dijo Julie acariciando la seda glacé del vestido dorado—. No va a haber nadie que te iguale esta noche, Anne.
Su amiga se abrazaba frente a la ventana concentrada en sus pensamientos.
—Anne… —la llamó Julie.
—¿Qué? —Se giró con expresión distraída.
—El vestido.
Se acercó a la cama y lo observó. La tela estaba tejida con hilos en dos tonos, uno de oro viejo y otro del color del trigo maduro.
A la luz del día se habría visto simplemente dorado, pero a la luz de las velas…
Susan sostuvo el vestido abierto para que Anne entrara en él.
Cuando lo elevó hasta sus hombros, la seda cayó sobre las enaguas en una cascada dorada que dejó a Julie sin aliento.
El cuerpo se ajustaba hasta terminar en punta sobre la falda, y el escote, amplio de hombro a hombro, iba rematado por una berta de blonda de un amarillo muy pálido, dejando los hombros desnudos.
Las mangas constaban solo de dos dedos de tul fruncido, mientras que la falda se abría sobre un fondo de satén en tres capas de gasa, cada una un tono más pálido que la anterior.
Julie se agachó para ver la guirnalda de florecillas bordadas en el bajo con hilo dorado.
—¿Son cardos? —preguntó con curiosidad.
—Sí —respondió Anne—. Los bordé en Londres.
—Mmmm. Escocia, ¿eh?
Anne sonrió sin disimulo.
—Contenga la respiración, señorita —pidió Susan antes de tirar de los cordones de la espalda.
Julie se puso ella misma su vestido, a pesar de las protestas de su amiga, pero Susan la ayudó a abrocharlo.
Era de un tono azul tan pálido que bajo la luz de las lámparas adquiría reflejos plateados.
El cuerpo era ajustado sin exceso, descendía en punta sobre la falda y tenía un escote ovalado decorado con una tira de encaje color marfil.
El mismo encaje remataba las mangas cortas y ligeramente abullonadas.
La falda se abría desde la cintura en una campana sencilla, sin volantes ni bordados, pero el conjunto producía una elegancia inesperada en un traje tan sencillo.
—¿Por qué no se ha puesto uno de los vestidos de la señorita Anne? —preguntó la doncella sin entender que quisiera llevar aquel en lugar de las lujosas prendas de su amiga.
—Julie cree que los recuerdos se quedan cosidos a la tela, Susan —explicó Anne colocándose frente al espejo—. Quiere llevarse esta noche a Aveldon prendida en ese vestido.
—Mi vestido es precioso —dijo Julie alisándose la falda—. Es el que usaré cuando esté en casa, y cada vez que me lo ponga me acordaré de esta noche. ¿Qué haría una maestra con esos lujosos trajes de los que hablas, Susan?
Anne fue hasta el tocador y sacó su collar de perlas del joyero.
—Date la vuelta —ordenó a su amiga.
—¿Qué? ¡No!
—Haz el favor de obedecer y ahórranos tiempo a las dos.
Julie hizo lo que le pedía y acarició las perlas mientras su amiga ajustaba el cierre. Se acercó al espejo para verse y sonrió.
—Estoy bastante bien.
Anne se colocó detrás de ella y apoyó la barbilla en su hombro.
—Estás preciosa y sé de alguien que va a caer rendido a tus pies esta noche.
Susan dejó escapar una risita mientras recogía la ropa que se habían quitado.
A Anne le temblaban las piernas mientras bajaba las escaleras, imaginando la reacción de Craig cuando la viese.
Se moría de ganas de bailar con él para poder estar en sus brazos, aunque fuese durante aquella pieza y ante más de doscientos cincuenta invitados.
Claro que antes tendría que pasar un buen rato sentada frente a él en el comedor sin poder preguntarle por qué había estado evitándola todo el día.
Pero Craig no cenó con ellos, aduciendo que debía preparar a Seabhag para el viaje del día siguiente, ya que regresaba con él a Kenford a primera hora.
Una extraña congoja se le agarró al estómago y apenas pudo probar bocado.
Julie la miraba desde su sitio, al otro lado de Fairfax, impaciente por poder hablar con ella para tranquilizarla, pero tuvo que esperar hasta que las damas se retiraron al salón contiguo y se sentaron, como siempre, apartadas del resto.
—Julie, pasa algo malo —musitó con voz temblorosa—. Tengo que ir a verlo a las cuadras.
—No puedes hacer semejante cosa. Y menos con este vestido.
—No puedo quedarme aquí sin saber por qué me evita. ¿Y si ha cambiado de opinión? Quizá he hecho algo que…
—Para, Anne. No voy a negar que es cierto que te está evitando, pero seguro que tiene una explicación de lo más lógica.
—Tengo que verlo.
—No. De ningún modo vas a ir a las cuadras a llenar este precioso vestido de estiércol. Además, a las nueve y media empezarán a llegar los invitados que no están alojados aquí, no puedes deambular por ahí fuera, porque cualquiera que te vea hará conjeturas.
Anne se mordió el labio consciente de que su amiga tenía razón. De pronto odiaba aquel vestido que la convertía en el centro de todas las miradas. Ojalá llevase un simple traje de montar.
—¿En qué estás pensando? No me gusta esa cara.
—Solo será un momento —dijo cogiéndola de las manos—. Cuando la duquesa diga que vayamos a darnos los últimos retoques, a cambiarnos los guantes y todo eso…
—Anne, por favor.
—Me cambiaré de vestido y saldré por detrás. Nadie me verá.
—Te verán los mozos.
—Están acostumbrados. ¿Y qué harán? ¿Ir a contárselo a la condesa? Julie, tienes que ayudarme. Craig se irá mañana temprano, no va a venir al baile, ya lo ves.
—Claro que vendrá. No voy a dejar que hagas eso, es peligroso y estúpido.
—Será más peligroso si voy esta noche a su habitación.
—¿Quééé?
La señora Burtin giró la cabeza como un felino en busca de su presa.
—¿Otra vez discutiendo sobre colores de vestidos, señorita Havelok? —dijo Imogen antes de que la anciana dijese nada.
—Discúlpenos, vuestra gracia —pidió la maestra con una inclinación, ignorando por completo a Imogen.
—No se preocupe —dijo la duquesa con simpatía—. Yo también me acaloro a veces hablando de según qué temas. Y ya que la señora Timberlake ha hablado de colores de vestidos, déjeme decirle, querida Anne, que el suyo es precioso, se mire por donde se mire.
—Muchas gracias, vuestra gracia.
—Tiene que decirme quién ha sido la artífice de semejante obra de arte.
—Por supuesto, vuestra gracia.
—Sigan, sigan con su charla y no se preocupen por nosotras.
Cuando las damas se retiraron a sus habitaciones para retocarse, Julie y Anne subieron la escalera conteniendo las ganas de correr.
—Susan, ve a ayudar a la señora Burtin, ha comentado en la cena que su doncella está indispuesta. Nosotras somos dos, nos las apañaremos.
—Puedo atenderlas a ustedes y luego…
—No, no te preocupes. Ve, por favor.
En cuanto la doncella salió se puso de espaldas a su amiga.
—Ayúdame a quitarme el vestido.
Julie bufó impotente, pero se rindió.