Capítulo 62
Esa noche, después de la cena, Edward y Craig dejaron a todos en el salón jugando a las cartas y charlando alegremente sobre las carreras del día.
Cuando estuvieron en la biblioteca, Craig no pudo evitar acordarse de la noche anterior, y le sudaron las manos al entregarle a Edward un vaso de brandy.
—Pareces inquieto, muchacho. ¿Acaso no sabes lo feliz que estoy? Seabhag y Ephraim han hecho un trabajo magnífico gracias a ti. Respira, hombre.
Craig dio un largo trago antes de servirse un poco más.
—Ante todo, quiero que sepas que aprecio mucho a tu familia —dijo sentándose en la butaca frente a él.
Edward no se movió mientras lo miraba con atención por encima del vaso. Luego bebió un sorbo y se puso serio.
—Amo a tu hija.
Edward bajó la mano despacio y la apoyó en el brazo del sillón. Si Craig esperaba alguna clase de ayuda, estaba claro que no se la iba a proporcionar.
—Quiero que sea mi esposa. Te doy mi palabra de que cuidaré de ella y no permitiré que nunca le falte de nada.
—Es una niña.
La voz de Edward sonó demasiado grave.
—No, no lo es. Pero sí es mucho menor que yo, si es lo que quieres decir.
—Lo que quiero decir es lo que he dicho.
Craig respiró hondo, consciente de que la cosa iba exactamente como había esperado que fuese. Curiosamente, aquello lo relajó.
—¿Quieres pegarme el puñetazo ya y así te relajas?
—¿Te parece que es un buen momento para bromear? —Edward dejó el vaso en la mesita que tenía al lado y lo miró furibundo.
—No estoy bromeando.
—No necesito tu permiso para darte un puñetazo. Precisamente que no quieras que te lo dé es parte del placer de dártelo.
—Entonces retiro la oferta.
Edward lo miró durante un buen rato sin decir nada y Craig supuso que estaba valorando sus opciones, que, por la dureza de su expresión y lo tensos que tenía los brazos, iban desde desmembrarlo cuando aún respiraba hasta matarlo directamente.
—Te lo pregunté, ¿recuerdas?
—Sí.
—Me dijiste que no había nada entre vosotros.
—No exactamente, pero entiendo que lo veas así.
—Me mentiste.
—Te oculté información. Anne no quería que hablara contigo y tenía que respetar su decisión.
—Hablando de respeto, ¿ha ocurrido algo entre vosotros? —preguntó mordiendo cada una de las palabras—. ¿Has tocado a mi hija?
—Sí.
—Hijo de… —Se puso de pie y fue hacia él como una tromba.
Cuando Edward lo agarró por las solapas y tiró de él, Craig se levantó sin resistirse.
—¡Has deshonrado a mi hija!
—No la he deshonrado.
—¡Acabas de confesarlo!
—He dicho que la he tocado.
Edward entornó los ojos sin soltarlo.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Estoy seguro de que no quieres saberlo.
El puño de Edward viajó directo hasta su cara, y el golpe hizo que Craig cayese contra la butaca.
—¿La has obligado a algo? —preguntó agarrándolo de la pechera.
—Jamás haría eso, Edward.
Craig lo miraba sin ocultarse y no hacía nada por protegerse. El labio se le había partido contra sus dientes y una gota de sangre le caía por la barbilla. Edward lo soltó con rabia y dio un paso atrás.
—Límpiate la sangre.
—Ella también me ama, Edward. Queremos casarnos, pero no lo haremos sin tu bendición.
Edward giró la cabeza para mirarlo.
—Por supuesto que no te casarás con ella, desgraciado. Te abrí las puertas de mi casa. Te traté como a uno de mis hijos.
Craig se incorporó y, al hacerlo, la posición de superioridad de Edward se esfumó.
—¿Qué es lo que te molesta? ¿Mi edad? Tengo diez años más que ella, tampoco es que sea un anciano.
—Ella es una niña.
—No, Edward, ha demostrado con creces que es una mujer capaz de decidir por sí misma. Yo sé quién es y confío en su criterio. La amo con toda mi alma y quiero hacerla mi esposa para cuidarla y protegerla el resto de mi vida.
—Sí, seguro que es para eso para lo que la quieres.
Craig apretó los labios para no responder. Edward cogió el vaso que había dejado en la mesita y se bebió el contenido de un trago.
—Me conoces desde que era un crío. —La voz de Craig estaba cargada de emoción—. Eres el mejor amigo de los McEntrie, te respeto muchísimo y que ame a tu hija no cambia eso.
—Te la llevarás de aquí —dijo Edward con la voz ronca y sin girarse—. Te llevarás a mi niña y no volverá nunca.
Craig lo entendió y dejó escapar el aire aliviado. Edward no lo rechazaba a él ni por su edad ni por quién era, le dolía que fuese a alejarla de él.
—Creía que se casaría con Fairfax y viviría en Kenford. Podría verla a ella y a mis nietos a diario. —Se giró hacia él y tenía los ojos húmedos—. Es mi niña, Craig, y vas a quitármela.
—Mi vida está en Slioscreige —dijo el escocés apenado.
—Lo sé.
—Ella adora los caballos. Allí podrá disfrutarlos sin que la señalen.
—Lo sé.
—La amo.
Edward asintió y le tendió el vaso.
—Ponme más.
Craig sonrió levemente e hizo lo que le ordenaba. Edward bebió hasta calmarse y después se dejó caer en el asiento.
—Primero Robert, ahora Anne y en unos días Charles. Siempre quise tener una gran familia…
Craig se sentó en la otra butaca sin dejar de mirarlo.
—Robert acabará volviendo —dijo—. Pero en Escocia tienes una gran familia.
Edward parpadeó para contener las lágrimas y bebió otro sorbo.
—No vuelvas a tocarla —masculló señalándolo—. Hasta que estéis casados, no vuelvas a ponerle una mano encima.
Craig empalideció, pero asintió.
—Prométemelo.
—Edward…
—He dicho que me lo prometas.
—¿Podrías especificar un poco?
—¿Quieres que te diga lo que no debes hacerle a mi hija? No quiero que la toques más allá de las manos. Lo único que puedes tocarle son las manos.
—¿No puedo… besarla?
—Por supuesto que no.
—Edward, Anne me…
—Ya me has oído —lo interrumpió.
Craig sentía el suelo inestable, y una gota de sudor se coló bajo el pañuelo del cuello, que se había aflojado por la tensión. Estaba seguro de que su vida iba a ser un suplicio hasta la boda.
—Te lo prometo.
Los dos hombres permanecieron en silencio durante un buen rato, cada uno rumiando sus pensamientos.
—Bien, ahora cuéntame cuál es el plan.
—Casarnos cuanto antes —respondió el escocés sin poder ocultar su urgencia.
—Os casaréis en Inglaterra, para que yo pueda entregarte a mi hija. Pediré una licencia al arzobispado.
—Puedes entregármela en Escocia. Allí podemos casarnos por declaración ante testigos sin esperar.
—¿Tan desesperado estás?
Craig fue lo bastante inteligente como para no especificarle lo duras que estaban siendo sus noches últimamente.
—Los McEntrie sois unos avariciosos. Os lleváis primero a mi hijo y ahora a mi pequeña —masculló Edward.
—Quizá los Wilmot son demasiado valiosos para nosotros.
Edward levantó las cejas, sorprendido, y enseguida una sonrisa se fue dibujando en sus labios.
—Hablaré con Emma —dijo, moviendo la cabeza—. Se va a llevar un disgusto.