Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 60
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Capítulo 60

Anne y Julie entraron en el comedor charlando animadamente y, en cuanto atravesaron el umbral, los ojos de Anne se encontraron con los del escocés, que estaba sentado entre su padre y lord George, hablando del estado del terreno.

Se saludaron cordialmente y Anne trató de controlar la sonrisita que no se le borraba de la cara.

Saludaron también al resto de comensales, entre los que estaban la duquesa y lady Fairfax.

—Parece que has dormido bien —dijo su madre cuando Anne, tras comprobar que Imogen y su esposo no habían bajado aún, se sentó frente a ella.

—Sí, mamá. ¿Y tú? ¿Has descansado algo?

—Muy poco.

—En cuanto regresemos a Londres quiero leer… ¿Cuánto has escrito estando aquí? —preguntó Anne untando mantequilla en el pan.

—No lo sé. He estado encerrada en ese improvisado despacho desde que llegamos, así que bastante.

Anne sonrió con cariño y asintió percibiendo que estaba muy satisfecha.

—Debe de ser un lujo poder leer una obra antes que nadie —dijo Julie.

Madre e hija se miraron con la camaradería propia de una relación profesional.

—Anne lee mis novelas desde los trece años y es mi mayor crítica, ¿lo sabías, Julie? Ha heredado su buen ojo de mi querida Elizabeth. Mi tía era a veces tan dura conmigo que después de escucharla destrozar una de mis obras me costaba estar en la misma habitación que ella.

—No hagas caso, Julie —dijo Anne negando con la cabeza—, nadie puede ser tan dura con sus obras como ella misma. Mi madre aguanta cualquier crítica sin despeinarse siquiera.

—Eso es porque disimulo muy bien.

—¿Tú disimular? —Anne se rio a carcajadas y Craig giró la cabeza hacia ella de manera involuntaria—. Se te nota todo, mamá.

—Eso no es cierto.

—Claro que sí, pregúntale a papá y verás.

Jonathan Fairfax se acercó al aparador, llenó un plato y se sentó al lado de Julie. Emma los miró con curiosidad.

—¿Qué decías de disimular, mamá? —Anne se llevó el tenedor a la boca sin dejar de mirar a su madre.

Emma elevó levemente la ceja.

—Podemos ir los tres juntos hoy —dijo Jonathan, y Anne percibió la mirada de Craig—. No creo que el señor McEntrie pueda acompañarnos. Imagino que hoy tendrá que estar con su padre, señorita Wilmot.

—Sí, eso creo —dijo ella llevándose la taza a los labios ignorando la mirada inquisitiva de su madre.

—Usted también, condesa, por supuesto —aclaró Jonathan—. Perdone que no la incluyera, estoy acostumbrado a que mi madre no asista a las carreras.

—Yo tendré que ir al menos a la de hoy, me temo —murmuró Emma para que Edward no la oyera, y Fairfax sonrió con complicidad.

—La Queen’s Plate abrirá la jornada —dijo el duque en ese momento llamando la atención de todos—. Ben-y-Ghlo parece el rival más sólido, aunque Gander podría obligarlo a trabajar.

—Será una carrera larga —dijo Edward—. Nos dará tiempo de sobra para ponernos nerviosos antes de la nuestra.

—Hable por usted —repuso Craig, aplicándole el tratamiento con sorna.

—Como si tú no lo estuvieras.

—Seabhag está listo. Ephraim conoce el trazado y sabe lo que debe hacer. Mis nervios no variarán ninguna de las dos cosas.

Anne apretó los labios, pero el hoyuelo la delató, y Craig tosió sobre la taza. Julie dejó caer la servilleta al suelo y, cuando se inclinó para recogerla, tiró de la falda de su amiga obligándola a agacharse también.

—Se os nota demasiado —susurró.

Habían acordado no decir nada hasta después de la carrera, cuando Craig pudiera hablar con Edward a solas.

—No hemos cruzado una palabra —respondió Anne en el mismo tono.

—Ese es el problema, nunca estáis en la misma mesa sin hablar. Por no mencionar que las miradas que os echáis han subido varios grados la temperatura del comedor.

Anne se incorporó rápidamente y vio que Emma la observaba con curiosidad.

—Se le ha caído la servilleta —explicó.

—A mí sí… Qué torpe soy —dijo Julie con una sonrisa demasiado exagerada.

Craig giró la cara para fijar la mirada en un precioso jarrón, que le importaba casi tanto como el color de las paredes.

Imogen y su esposo entraron entonces y esta vez se sentaron uno al lado del otro.

—Condesa, qué poco se deja ver —dijo Imogen mirando a Emma con una inocente sonrisa.

—Sí, lo reconozco, soy una negada para estas cosas. ¿Y a usted, señora Timberlake, le gustan las carreras?

—Oh, no, en absoluto, pero una esposa tiene que hacer cosas que no le gustan por el bien del matrimonio, ¿no cree?

—Desde luego —afirmó Emma sin inmutarse.

—¿Su hijo no vendrá, siendo un momento tan importante para su padre?

Anne envaró la espalda instintivamente.

—¿A qué hijo se refiere? Como sabrá, tengo varios.

—Claro, qué tonta soy. Me refería a su hijo Charles.

—Oh, me temo que tenía asuntos urgentes que resolver en Londres —dijo Emma sin mirar a su hija.

—Deben de ser asuntos muy importantes si está dispuesto a perderse un evento como la Harroway Plate.

—Me temo que así es. Pronto saldrá de viaje por negocios y va a estar fuera una buena temporada —dijo Emma con una sonrisa amable—. Venir hasta aquí no era posible con todo lo que tiene que preparar.

Anne se obligó a mantener la mirada en su plato, a pesar de que notaba la tensión en la voz de Imogen.

—¿Un… viaje? —titubeó la esposa de Julian, que observaba la escena con interés.

—Sí —siguió Emma, ajena a lo que sucedía—. A América.

—¿A… América? Pero, Anne, ¿cómo no me lo habías dicho? —Su voz salió más estridente de lo que pretendía y carraspeó antes de beber un sorbo de su té—. Deberíamos…

—Empezar a movernos —dijo Craig poniéndose de pie—. Querrá tener un buen sitio para ver ganar a Seabhag, condesa. Yo la acompañaré.

Anne y Julie se levantaron enseguida y Fairfax las imitó.

—Vayamos, pues —dijo Emma sin mucho entusiasmo.

Cerca del mediodía, los vendedores voceaban sus mercancías y los corredores de apuestas proclamaban las cuotas con una energía que habría podido competir con la de un buen pregonero.

Desde lo alto de los Downs, el paisaje se extendía bajo un cielo inmenso.

El viento movía las plumas y los lazos de los sombreros, agitaba los faldones de las levitas y llevaba hasta la tribuna una mezcla de olores a hierba, tierra, tabaco y sudor animal.

Parecía haberse reunido allí media Inglaterra.

—Imogen no te quita ojo —le susurró Julie para que Jonathan y Emma no la oyeran.

Anne miró de soslayo hacia la esposa de Timberlake y vio que, efectivamente, tenía los ojos fijos en ella, en lugar de en la pista en la que se estaba dirimiendo la Queen’s Plate.

—¿Te va a dar problemas? —preguntó Julie.

Anne asintió levemente.

—Tu madre no debía mencionar el viaje delante de…

Los vítores a Ben-y-Ghlo al cruzar la meta acabaron con la conversación y las dos se sumaron a los aplausos con que el público celebraba el éxito incuestionable del vencedor.

Después fue el turno de la Stewards’ Cup, que desbarató las apuestas.

Yorkshire Lady, a la que casi nadie concedía posibilidades, se abrió paso entre el numeroso grupo y cruzó la meta medio cuerpo por delante de Balaena, con African tercero.

Fraoch llegó inmediatamente detrás y, aunque no consiguió un puesto entre los tres primeros, logró destacar en el tramo final por la fuerza con la que recuperó posiciones.

Cuando llamaron a los participantes de la Harroway Plate, el público aún comentaba la inesperada victoria de Yorkshire Lady y Edward llevaba ya demasiado tiempo intentando fingir que no estaba nervioso.

Anne vio a Craig con Seabhag. El purasangre arqueaba el cuello y se movía con impaciencia mientras uno de los mozos lo sujetaba.

La luz del sol arrancaba reflejos azulados de su pelaje oscuro.

No tenía la presencia brutal de Poderoso ni su musculatura explosiva.

Era más fino, más proporcionado, y cada uno de sus movimientos parecía ejecutado sin esfuerzo.

Ephraim apareció tras pasar por la balanza con la silla. Craig comprobó personalmente la cincha, deslizó dos dedos por debajo y recorrió con la mano el lomo de Seabhag antes de ayudar al jinete a montar.

—No luches con él al principio —le recordó—. Deja que encuentre su paso.

—Lo sé.

—Red Gauntlet tirará de todos. Deja que se agote. Y no busques el interior en la última curva. Si te encierran, Seabhag se impacientará.

—¿Acelero al salir de la curva?

Craig miraba hacia la pista.

—Justo cuando enderece. Antes no.

El jockey asintió y ajustó las riendas.

—La señorita Wilmot me dio ayer unos cuantos consejos.

Craig no pudo evitar que una expresión de orgullo aflorase en sus ojos. El jockey sonrió.

—No hay duda de que sabe de caballos y de carreras.

Craig miró hacia la tribuna y sus ojos se cruzaron con los de ella.

—Hazle caso —dijo—. Es una gran jinete.

—Lo sé, la he visto montar.

El escocés acarició al caballo con mano firme.

—Confío en vosotros.

Cuando condujeron a los participantes hacia la salida, Anne se agarró a la barandilla y su padre se colocó a su lado. Estaba tan nervioso como ella.

—Va a ganar —dijo convencida.

—Anne…

Ella sonrió sin apartar la mirada de los caballos que se colocaban ya ante lord George Bentinck, encargado de dar la salida.

—Lo sé, papá. No hace falta que digas nada.

—Pero quiero hacerlo —dijo girándose hacia ella—. En Doncaster montaste increíblemente bien.

Anne lo miró con los ojos llenos de lágrimas, pero no pudo decir nada porque Red Gauntlet salió antes de tiempo y arrastró a otros dos detrás de él.

Seabhag dio un salto, pero Ephraim consiguió retenerlo.

Bentinck ordenó que regresaran y los jinetes volvieron a colocarse entre protestas, relinchos y una creciente agitación del público.

Craig se colocó junto a Edward y los tres prestaron toda su atención a la carrera después de que, en el segundo intento, los caballos salieran sin más tropiezos. Red Gauntlet tomó la delantera desde el primer tranco, seguido de Ironbridge.

—No pierdas de vista a Falconer —dijo Craig.

—Tranquilo.

Aunque Edward fue el que respondió, Anne sabía que se lo decía a ella y sonrió lo suficiente para que su hoyuelo fuese visible.

—Seabhag es sexto —dijo Edward.

—Ephraim lo está reteniendo. —Anne apretó la barandilla.

Edward colocó una mano sobre la de su hija inclinándose hacia delante, lo que permitió que Anne viese a Craig sin interferencias. El escocés le hizo un guiño fugaz y Anne apartó rápidamente la mirada.

Los caballos descendieron por el trazado y el grupo empezó a estirarse. Red Gauntlet seguía delante, aunque ya no tenía el ímpetu con el que había empezado.

—Ironbridge está perdiendo terreno —dijo Edward poniéndose derecho.

—Y Red Gauntlet está perdiendo fuerza —añadió Craig.

Falconer, en cambio, avanzó por dentro hasta colocarse a la grupa del líder. Peregrine se abrió hacia el exterior, cerrándole la salida a Seabhag, mientras Blackthorn se mantenía a su derecha.

Edward apretó la mano de Anne y esta giró la suya para agarrarlo también.

—No puede salir por la derecha, papá —musitó ella—. Está Blackthorn.

—Le han cerrado el paso —respondió Edward con evidente tensión.

Ephraim contuvo a Seabhag, que acortó la zancada.

—Sácalo de ahí —gruñó Edward.

—Todavía no —dijo Craig.

Emma se acercó a su esposo desde atrás y le dio unos golpecitos en la espalda.

—Relájate, Edward, luego te dolerán los huesos si estás tan tenso.

—¡Ya ve la recta! —exclamó Anne juntando las manos contra su pecho.

—Ahora —dijo Craig.

Ephraim bajó las manos y Seabhag aceleró alargando el tranco.

Dejó atrás a Blackthorn y a Ironbridge. Falconer adelantó a Red Gauntlet, que intentó resistirse junto a la cuerda.

Pero fue Seabhag el que hizo gritar a los que presenciaban la carrera.

Avanzó por el centro de la pista con Ephraim sentado hondo en la silla, los estribos largos y el cuerpo apenas inclinado hacia delante.

Cuando rebasó a Red Gauntlet, el jinete de Falconer sacó el látigo y golpeó dos veces a su montura.

Seabhag bajó el cuello y estiró el cuerpo para devorar la distancia que los separaba del primero y se colocó a su lado.

Todos en la tribuna dejaron de respirar cuando los dos caballos cruzaron ante el juez.

El griterío se descompuso en un hervidero de preguntas.

Edward miró a Craig ansioso, pero el escocés tenía los ojos puestos en el juez y no los apartó hasta que este dio la señal. Seabhag había ganado por una cabeza.

Edward se abrazó a Emma y luego recibió la felicitación del duque, antes de volverse hacia Craig, que esperaba pacientemente.

—Muchacho, lo hemos conseguido.

Los dos hombres se abrazaron, aunque Craig observaba a Anne, que lloraba, reía y saltaba junto a Julie. Cuando ella lo miró, el escocés supo que todo estaba bien en el mundo.

Edward se volvió entonces hacia su hija y la agarró por los hombros para mirarla a los ojos.

—Lo hemos conseguido, Anne.

—Sí, papá —dijo con lágrimas en los ojos—. Y esta vez sin disfraz ni nada que enturbie tu victoria.

—Nuestra victoria, hija.

Lord George llamó su atención rompiendo el momento y Edward lo siguió con una sonrisa de lo más alegre.

Craig aprovechó para plantarse delante de ella y, mientras todos reían, gritaban y celebraban la victoria, los dos se quedaron quietos, en silencio, dejando que sus ojos hablaran un momento. Él inclinó la cabeza con respeto y ella cerró las manos para no abrazarlo.

—Buena carrera —dijo Anne limpiándose las lágrimas—. Son de felicidad.

—¿Te ha gustado?

—Muchísimo.

Julie se inclinó sobre el hombro de su amiga.

—Aquí hay más gente —advirtió.

Anne contuvo la sonrisa y bajó la mirada a sus manos. Craig se frotó la nuca y se dio la vuelta como si buscase a alguien.

—Será mejor que… Tengo que ir con Seabhag.

El escocés se alejó y Anne escondió la risa en el hombro de Julie. A cierta distancia, Imogen Timberlake siguió a Craig con la mirada y luego volvió a centrar toda su atención en Anne.

—Vaya, vaya… —dijo en tono quedo—. Esto sí que no me lo esperaba.