Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 59
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Capítulo 59

—Ven. —Julie palmeó el colchón a su lado—. Siéntate aquí conmigo.

La maestra trataba de averiguar si su amiga estaba enfadada o solo asustada. Anne obedeció y se sentó en la cama sin subir las piernas.

—Tenemos que hablar —añadió Julie.

—Me has hecho pasar un mal rato.

—Lo sé. Y te lo merecías.

—¿Tan mal te ha sentado que te pidiera que besaras a Craig?

Julie sonrió al tiempo que inclinaba la cabeza.

—¿Tú eres tonta, Anne? ¿Crees que hay un mundo en el que sea posible que tu mejor amiga bese al hombre al que tú amas? Porque yo no. Si te viera besando al hombre al que yo amo, se me rompería el corazón.

Anne frunció el ceño.

—¿Al que tú amas? Lo has dicho en presente.

Julie sonrió abiertamente.

—Estás tan preocupada tratando de ocultar tus sentimientos que no has visto lo que pasaba delante de tus narices.

—¿Estás tratando de decirme algo o quieres que lo adivine?

—Estoy enamorada de Jonathan Fairfax, Anne. Y creo que él siente lo mismo por mí.

Su amiga se tapó la boca con las dos manos para ahogar el grito que, aun así, escapó entre sus dedos.

—No me lo ha dicho, quizá estoy siendo demasiado optimista, pero por el modo en que me mira…

La cabeza de Anne estaba un poco confusa, pero en cuanto su amiga dijo aquellas palabras todo lo sucedido en los últimos días acudió a su mente desde un nuevo prisma. Apartó las manos de su boca, que se le quedó abierta, mientras asentía despacio.

—¿Cómo no…? ¡Lady Fairfax vino por ti!

Julie sonrió emocionada y asintió levemente.

—¿Tú también lo crees?

—Desde el primer momento solo te miraba a ti. ¿Cómo pude estar tan ciega? —Cogió las manos de su amiga riendo—. Y Jonathan… Él ha estado todo el día pendiente de ti. Y yo pensando que lo hacía por mí. Soy tan ridículamente arrogante.

—No lo eres, solo estabas un poco demasiado distraída mirándote la punta de los zapatos. O los ojos del McEntrie, que para el caso es lo mismo.

—Ay, Julie, ¿qué voy a hacer con él? —gimió.

—Pues muy sencillo, vas a bajar a la biblioteca y vais a hablar. Tendréis la conversación que habéis estado posponiendo desde hace demasiado tiempo y saldréis de allí con una decisión para tu futuro.

—No puedo —negó soltándola.

—Claro que puedes. Puedes y vas a hacerlo.

Anne se tumbó boca arriba y clavó la mirada en el techo. Julie se colocó a su lado boca abajo, apoyada en los codos.

—¿Qué te preocupa? Cuéntamelo. No tengo mucha experiencia en el amor, pero quizá te ayude hablarlo conmigo.

Anne giró la cabeza para mirar a su amiga y durante unos segundos se miraron con la confianza que da conocerse bien.

—Craig no quiere amarme…

Llevaba dos horas esperando en aquella biblioteca.

Todo el mundo se había retirado a sus habitaciones y él había ojeado cada lomo de los libros de aquellas estanterías, pero no estaba dispuesto a rendirse.

Se aflojó el pañuelo del cuello y se dejó caer en una butaca, agotado.

La noche anterior apenas había dormido y esta iba por el mismo camino.

Cerró los ojos y suspiró con resignación.

La culpa de todo la tenía él, así que era justo que pagase las consecuencias.

Cuando la puerta se abrió dio un respingo y se incorporó para ver quién entraba.

El corazón le dio un vuelco al ver a Anne, con el mismo vestido que llevaba cuando se marchó del salón con Julie.

—No sabía si aún estarías aquí —dijo ella acercándose despacio.

Craig se puso de pie y la esperó.

—¿Querías hacerme sufrir?

Ella negó con la cabeza.

—No te culparía si así fuese.

—No quiero que sufras, Craig.

Él cerró los ojos un instante mientras susurraba algo en gaélico.

—¿Por qué haces eso? —preguntó ella.

—¿El qué?

—Decir cosas en gaélico que sabes que no voy a entender.

Craig entornó los ojos.

—Deberías aprender. Me gustaría que supieras lo que digo.

—Podrías enseñarme —dijo ella muy bajito.

El escocés dio un paso hacia ella, cogió uno de sus rizos y lo enroscó en un dedo sin dejar de mirarlo.

—Debo de ser el hombre más cobarde de toda Escocia.

—¿Solo de Escocia? —se burló ella sin moverse por temor a que la soltara.

Craig clavó sus ojos en ella.

—Temía no ser suficiente.

—¿Suficiente para quién?

—Para ti. Que después de un tiempo me vieras… de otro modo. Que no fueras feliz conmigo.

—Basta, Craig. Sabes lo que siento y…

—Cásate conmigo, Anne.

Ella se apartó dando un paso atrás, pero él la siguió.

—Cásate conmigo, por favor.

Anne frunció el ceño con expresión confusa.

—Craig, ya hablamos de esto. Lo que pasó no va a…

—Quiero que pase todos los días —la interrumpió—.

Quiero tenerte a mi lado cada noche y despertarme con tu pelo enredado en mis dedos cada mañana.

Quiero que me saques de quicio, que me hagas perder la paciencia.

Quiero esa manía tuya de no rendirte cuando piensas que tienes razón.

Quiero que me mires como si yo fuese alguien único.

Quiero sentir tus dedos en mi espalda, que apoyes tu mejilla en mi pecho y dejes que mi corazón te hable.

Lo quiero todo de ti, Anne, todo. No me importa en cuántos aprietos me metas ni cuántas veces me pongas a prueba.

Te amo. —Mantuvo las manos quietas a los costados, aunque se moría por abrazarla—.

Te amo con toda mi alma y no puedo vivir sin ti, Anne Wilmot.

Soy un estúpido, un cabezota y un cobarde por no habértelo dicho antes.

Me maldigo por no haberte confesado después de Doncaster que no soportaba perderte, aunque todavía no supiera cómo llamar a lo que sentía.

—Eso no es cierto —dijo ella con la voz rota.

—Sí lo es. Lo es, maldita sea. Y esta noche he venido desarmado de miedos por el futuro, dispuesto a no resistirme más…

—Yo no quiero eso.

Craig frunció el ceño sin comprender.

—No quiero que tengas que luchar contra ti mismo. No quiero que te resignes a quererme. No quiero eso, Craig.

—No me estoy resignando a nada, Anne, no lo entiendes.

—Quiero ser la persona perfecta para ti.

—¡Eres la persona perfecta para mí! La única posible, no quiero a nadie más.

—No hablas en serio. Me deseas, eso sí, y ya sé lo poderoso que es ese sentimiento.

Él sonrió con picardía.

—Lo sabes, ¿eh?

Anne se sonrojó y elevó el mentón en uno de sus típicos gestos orgullosos.

—En mi caso es algo fisiológico, no tiene nada que ver contigo.

—Ahora no es el momento de hablar de eso. Primero di que te casarás conmigo y luego hablaremos de si eso que sientes tiene o no tiene que ver conmigo.

—¿Cómo sabes que me amas?

—¿Cómo lo sabes tú?

Ella frunció el ceño.

—¿Qué pregunta es esa?

—Te conozco, me vas a obligar a firmar un tratado sobre el amor antes de creerme.

—Llevas años negándolo, Craig, ¿por qué ahora iba a…?

—Por eso sé bien lo que siento, porque he estado años negándomelo a mí mismo.

—¿Y si no es amor? ¿Y si después de hacer… eso te das cuenta de que era lo único que querías de mí?

Craig inclinó levemente la cabeza mientras su sonrisa se hacía más evidente.

—Si no te conociera, pensaría que me estás provocando para que haga algo indebido.

—¿Y si así fuese? ¿No sería el mejor modo de descartar un posible error?

—Anne…

Ella se paseó frente a él tratando de dominar su nerviosismo.

—Hagámoslo —dijo al fin volviendo a pararse ante él—. Y si después aún quieres casarte…

El escocés la miró con severidad.

—¿Por quién me tomas?

—Si confías en tus sentimientos, no tienes nada de lo que preocuparte. Me tomarás y luego nos casaremos. Nadie tiene por qué enterarse. Yo lo deseo también y me gustaría que fueses tú el primero.

—Anne…

—¿Qué? ¿Vas a seguir resistiéndote? Creía que habías dicho que te habías cansado de eso. —Le señaló el pantalón, que evidenciaba lo bien dispuesto que estaba.

Craig observó su rostro durante unos momentos con mucha atención.

De pronto una chispa prendió en su mirada.

Su sonrisa volvió a aparecer y se acercó a ella para agarrarla de la cintura.

Muy despacio se inclinó con una clara intención, pero se detuvo tan cerca de su boca que el suspiro de Anne le hizo cosquillas en la nariz.

—¿Crees que me asustaré? ¿Es eso? ¿Piensas que si me hablas así me daré cuenta de que sigues siendo una niña y saldré corriendo? Pues voy a demostrarte lo equivocada que estás.

Todo el espacio que había entre ellos desapareció. Craig presionó su boca con dulzura y se movió despacio, deleitándose con aquello que tanto había deseado. Cuando deslizó la lengua entre los suaves labios femeninos ella gimió y él respiró su aliento con un gruñido.

— A ghaoil —susurró Craig, apartándose lo suficiente para que las palabras entraran en su boca y se enterraran en lo más profundo del corazón de Anne.

—Yo también te amo —respondió ella.

Craig se quedó inmóvil, como si aquellas palabras lo hubieran desarmado, mientras Anne caminaba hacia atrás hasta el escritorio sin dejar de mirarlo.

—Ven —dijo sentándose en el borde.

Craig respiró hondo y se acercó. Anne lo agarró por la camisa y tiró de él para colocarlo entre sus piernas.

—He imaginado esto un millón de veces —dijo Craig mientras le subía la falda despacio.

Anne le cubrió la boca con la suya antes de que pudiera decir nada más.

—¿Crees de verdad que cuando entre en ti voy a quedarme satisfecho? —preguntó separándose para mirarla a los ojos—. No voy a saciarme nunca, Anne.

Bajó la mano y la coló por la abertura de sus calzones. Ella apretó los dientes para no gritar. Sentía el corazón a punto de estallar y, cuando él la acarició entre sus pliegues, gruñó de impotencia porque quería más.

—Lo sé —dijo él con voz tranquilizadora mientras le bajaba el escote con la otra mano.

Su lengua dejó un rastro húmedo en la delicada piel, y Anne se agarró a sus hombros con desesperación.

—Craig, por favor…

Él la miró sin dejar de acariciarla con la mano. Una mirada salvaje y vidriosa que delataba un deseo insoportable.

—No voy a tomarte sobre un escritorio. Y no voy a tomarte sin haberte hecho mi esposa.

—Craig… —sollozó.

—Shsssssss, tranquila, a ghaoil . No he dicho que no vaya a llevarte hasta las estrellas.

Apartó a un lado los libros y papeles del escritorio, la ayudó a tumbarse y se arrodilló frente a ella. Después le acomodó las piernas sobre los hombros y cuando volvió a hablar, Anne sintió su aliento cálido y el roce de sus labios en su sexo.

—No volverás a mirar un escritorio con los mismos ojos, amor mío, te lo prometo.

Cuando deslizó la lengua por su zona más sensible, Anne cerró los ojos y exhaló todo el aire de sus pulmones.

Hundió los dedos en su pelo con intención de apartarlo, pero en lugar de eso lo atrajo hacia sí y un montón de imágenes inconexas aparecieron en su mente.

El mar de Escocia. El relincho de un caballo.

El viento en su cara mientras galopaba. La risa de un escocés con una lengua irreverente.

—Craig… —susurró—. Craig, Craig…

Cuanto más decía su nombre, más intensas eran las arremetidas de esa lengua.

Subía y bajaba deteniéndose perezoso, como si su sabor lo deleitara.

De vez en cuando gruñía o decía algo en gaélico y Anne sentía esas palabras como lava de un volcán.

Y de pronto lo vio todo blanco y la luz estalló ante sus ojos dejándola ciega.

Su cuerpo había dejado de pertenecerle, se lo había entregado a él sin reservas y la vergüenza y el miedo dieron paso a un sentimiento insoportablemente hermoso.

Craig mantuvo la palma de la mano entre sus piernas, para notar el eco de su placer mientras le besaba el muslo.

Después le bajó las piernas de los hombros, se incorporó y la ayudó a ponerse de pie con delicadeza.

Anne rodeó su cintura y apoyó la mejilla en su pecho empapándole la camisa de lágrimas.

—Anne Wilmot… —dijo él cogiéndola de la barbilla para que lo mirase a los ojos—. ¿Te casarás conmigo?

—No es justo —susurró ella—. Yo también quiero hacer que tú…

Él siguió su mirada hasta la dolorosa erección.

—Cásate conmigo para que pueda dejar de sufrir.

Se miraron en silencio y él le limpió las lágrimas con el pulgar.

—¿Vas a llorar siempre que te haga feliz? —preguntó con ternura.

—No puedo evitarlo —dijo ella con timidez.

—Que sepas que son las únicas lágrimas que voy a causarte, a ghaoil .

Anne lo soltó y se apartó para arreglarse la ropa.

—¿Dónde viviremos? —preguntó pasándose el dorso de la mano por la punta de la nariz.

—En Slioscreige , por supuesto. Con todos mis respetos, Haddon Castle no puede competir con nuestros caballos.

—¿Qué pasará cuando no estemos de acuerdo?

Él sonrió satisfecho.

—Hablaremos hasta que lo estemos.

—¿Y si no lo estamos?

—Lo estaremos.

—¿Y si no lo estamos?

—Dormiremos enfadados y volveremos a discutir al día siguiente. Pero ni siquiera entonces dejaremos de hacer esto.

La envolvió de nuevo en sus brazos, se inclinó y la besó con un beso largo y profundo. Cuando se apartó, su mirada seguía siendo alegre y satisfecha.

—Acepto las condiciones —dijo ella con una sonrisa cómplice.

—Me has demostrado que puedo confiar en ti y nunca volveré a tratarte como a una niña.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Anne suspiró.

—Está bien —dijo con la voz temblorosa—. Me casaré contigo.

Craig la levantó del suelo y dio vueltas con ella riendo con un sonido bajo y gutural. Cuando la deslizó para dejarla en el suelo, ella se subió a sus pies sin soltarlo del cuello.

—Eres demasiado grande, Craig McEntrie. Espero que eso no suponga un problema cuando ya estemos casados —dijo con picardía.

—Lo soportarás —dijo acercándose a sus labios—. Estás hecha para mí, Anne Wilmot.

Le dio un beso en la punta de la nariz y luego la puso en el suelo apartándola con firmeza.

—Y ahora, largo de aquí.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque ya he soportado todo lo que puedo soportar. Vete —ordenó con voz falsamente severa.

Anne soltó una carcajada.

—Ya veo —dijo caminando hacia atrás mientras señalaba sus pantalones—. Pero que conste que es culpa tuya.

—Pronto podré explicarte de quién es la culpa. Y te haré pagar cada una de tus humillaciones.

Anne llegó a la puerta y se volvió un momento antes de salir.

—¿Mañana ganaremos?

—Yo ya he ganado.

—Buena respuesta, McEntrie.

—Tengo muchas más. Espera y verás.

Ella volvió corriendo hasta él, lo besó y salió de allí dejándolo con una sonrisa de bobo en la cara y el corazón henchido de felicidad.