Capítulo 58
Anne había escuchado perfectamente que Craig no bajaría a cenar, por eso se sorprendió tanto al verlo sentarse frente a ella en el comedor.
—Parece que se ha recuperado —dijo Bentinck.
—El baño me ha abierto el apetito —respondió el escocés.
—Lord George —lo llamó lady Eleanor Kerridge—, háblenos de mañana.
—Oh, con mucho gusto. En primer lugar tendremos la…
—¿Has disfrutado de las carreras? —preguntó Craig.
—Muchísimo —mintió Anne sin el menor pudor.
Craig observó a Jonathan sentado a la derecha de Anne. Fairfax hablaba con Julie en tono bajo, por lo que no podía escuchar de qué iba la conversación. Quizá le estaba preguntando cosas sobre su amiga. Volvió a fijar la vista en Anne.
—Mañana dedicaré toda la jornada a tu padre —dijo como si ella le hubiese preguntado—. Hoy he estado con el duque y con lord George casi todo el tiempo.
—Papá se ha divertido mucho, aunque está muy nervioso por la carrera de mañana.
—¿Cómo no estarlo? —dijo Imogen, sentada tres asientos a la derecha de Craig—. La última vez que un caballo suyo participó en una carrera, no salió muy bien.
—¿Qué ha dicho? —preguntó la señora Burtin colocándose la trompetilla en su dirección.
—Hablábamos de las carreras de mañana —dijo Imogen elevando la voz sin esconder muy bien su desagrado.
—¿Y qué es lo que no ha salido bien?
Anne contuvo la sonrisa. Al parecer, la señora Burtin oía más de lo que parecía.
—Nada, señora Burtin, todo ha salido bien hoy.
—Ah, ¿sí? Pues a mí me ha dicho el coronel Hipper que un caballo se ha hecho daño.
—Justamente eso… —susurró Imogen empezando a perder la paciencia.
—¿Qué? —La anciana entornó los ojos y arrugó la nariz mirando al señor Kerridge, que estaba sentado a su lado—. ¿Qué ha dicho?
—Que es cierto —se adelantó Imogen casi a gritos.
Todos en la mesa abandonaron momentáneamente sus conversaciones, y Anne se pellizcó el muslo por debajo del mantel tratando de contener la risa.
La insistente mirada de Craig desde el otro lado de la mesa no la ayudaba en absoluto.
Conocía demasiado bien esa casi imperceptible arruguita en las comisuras de sus ojos que indicaba su propia contención.
—Sirvan el segundo plato —pidió la duquesa, y a continuación todos retomaron sus conversaciones.
Cuando acabaron de cenar, las damas pasaron al salón contiguo, como ya era habitual, y dejaron a los caballeros hablando de las carreras del día siguiente.
Julie y Anne se sentaron, como siempre, apartadas del resto e Imogen buscó el modo de estar lo más cerca posible de la duquesa, aunque fuese en una silla colocada detrás del sofá que la dama ocupaba.
—Pobre, en el fondo me da pena —dijo Julie en susurros.
—¿Pena? Eres demasiado buena —respondió Anne.
—Mírala. Es como un perrito esperando a que le echen las sobras.
—Cuanto más quiere hacerse notar, más la ignora la duquesa.
—Exacto. —Julie chasqueó la lengua y negó levemente con la cabeza.
—Tengo que pedirte una cosa —dijo Anne girándose hacia ella.
—Uy, no me gusta nada esa mirada —dijo Julie.
—Baja el tono —susurró.
—En serio, Anne, cada vez que me pides algo me echo a temblar.
—Esto no tiene consecuencias. En principio. Bueno, solo las tendrá en la medida en que tú quieras. O él. Los dos.
—Ay, madre.
—Escúchame. Es una tontería.
—Tontería es equivocarse al sumar dos más dos. Tú siempre te equivocas en ecuaciones, Anne.
Su amiga frunció el ceño, pero rápidamente descartó responder a eso.
—Quiero que beses a Craig.
—¡¿Qué?!
Dos damas que debatían si había sido mejor el rosbif o el pato asado se giraron a mirarlas.
—Discúlpenme —dijo Julie con una sonrisa tímida y luego hizo una inclinación de la cabeza.
—Escúchame, Julie —dijo Anne en voz baja cuando nadie las observaba.
—Te has vuelto loca —dijo su amiga negándose a mirarla.
—Solo es un experimento.
—¿Un experimento? ¿Recuerdas lo que hablamos la última vez que tratamos este tema? No voy a…
—Lo sé. No quieres iniciar nada con él porque crees que yo tengo… interés.
—Tú tienes interés, Anne. Si el interés por ese hombre fuese una mujer, tendría tu cara, querida mía.
—Calla.
—No, no me callo.
—Imogen nos mira —musitó Anne.
—Estamos hablando en susurros, puedo adivinarte más que oírte.
—Pues no deja de mirarnos.
—Nos mira porque se aburre. La duquesa no le hace el menor caso. Su marido no le hace el menor caso. Es el sino de esa pobre mujer, ¿ves cómo hago bien en tenerle lástima?
—No cambies de tema.
—Tú has cambiado de tema.
Anne suspiró.
—Por favor, Julie… Hazlo por mí.
—No puedo.
—¿Por qué no? ¿Qué hay de malo? Quizá averigües que sí te gusta.
—No, Anne, en esto no puedo complacerte. No voy a besar a Craig McEntrie ni ahora ni nunca.
Su amiga bajó la vista, mortificada.
—Señorita Wilmot, señorita Havelok, ¿de qué hablan que tienen que hacerlo en susurros? —preguntó la duquesa haciendo que Julie se pusiera roja como la grana.
—Discúlpenos, vuestra gracia —dijo Anne colocándose de frente para poder mirarla—. Julie y yo discrepábamos sobre el…
Julie la miraba apremiándola en silencio, pero Anne se había quedado en blanco.
—¡Color de los vestidos! —dijo Julie con más entusiasmo del necesario—. Eso. Yo le decía que el mejor color es el verde y ella… no estaba de acuerdo.
—¿El verde? —La duquesa miró a las otras mujeres con expresión interrogante—. Nunca lo había pensado.
—A mí me gusta el amarillo —dijo Imogen—. El dorado, para ser más exactos.
—Uy, qué casualidad —dijo Julie—. Anne llevará un vestido dorado para el baile de la duquesa.
—¡Oh, querida! —se rio la anfitriona—. No debería habérnoslo dicho, ahora su amiga no podrá hacer una entrada triunfal en el salón de baile y sorprendernos.
—No creo que a Anne le importe mucho eso —dijo Julie sonriendo—. Aunque yo sigo pensando que debería ponerse un vestido verde.
Anne sintió que sus mejillas empezaban a colorearse.
—Uno bien ajustado a su medida —siguió Julie fingiendo no percatarse de su incomodidad.
—A mí el verde siempre me gustó —dijo la señora Burtin—. Y me sentaba de maravilla.
Anne estuvo a punto de soltar un gritito, pero se mordió el labio a tiempo para contenerlo.
—¿Y cómo le gustaba, señora Burtin? ¿De un solo tono o de dos?
—De dos es mucho mejor. Más favorecedor. El verde la hace sentir a una… majestuosa. Una reina.
Julie celebró la respuesta con unas palmaditas, y Anne tragó saliva con la garganta seca.
—¿Ves, Anne? La señora Burtin está de acuerdo conmigo. Todo se soluciona con un vestido verde.
Cuando los caballeros entraron en la sala poco después, Anne se había alejado de su amiga para acercarse a la ventana y refrescar sus acaloradas mejillas.
—¿Julie haciendo de las suyas? —dijo Craig acercándose—. He visto esa risita de cuando ha hecho alguna travesura.
—Ha sido culpa mía. Le dije algo que la irritó.
—Ya.
—Creía haberte oído decir que no bajarías a cenar.
—He cambiado de opinión.
—¿Es eso posible en un McEntrie?
—Al parecer sí. Últimamente estoy cambiando de opinión en muchas cosas. —Bebió un sorbo de su copa—. ¿Te traigo algo? ¿Un jerez?
—No. Ya me he tomado uno y no quiero que la señora Burtin vaya diciendo por ahí que soy una borracha.
Craig se giró para mirar a la mujer que apuntaba hacia Emma con su trompetilla.
—Tu madre no se ha prodigado mucho estos días —dijo él.
—Cuando se acerca el final de una novela necesita dedicar todo su tiempo a la escritura. La duquesa le ha dejado un pequeño salón alejado de las zonas comunes y se pasa el día allí encerrada.
—¿No irá mañana a ver a Seabhag?
—Supongo que sí, aunque yo no lo daría por seguro.
—He visto a Robert en esa fase. Aunque su cuerpo esté presente, su mente no sale de su despacho.
—Creo que se está pensando de verdad lo de regresar a Londres. Heather me escribió una larguísima carta que claramente estaba manchada de lágrimas. Ella ama Slioscreige .
—Pero ama más a Robert —sentenció Craig.
Anne suspiró y miró el cielo plagado de estrellas que se veía desde la ventana.
—Hace una noche muy oscura.
—¿Tú podrías vivir lejos de Kenford?
Craig hizo la pregunta sin cambiar de entonación. Anne tensó la espalda.
—Imagino que siempre has pensado que vivirías en Haddon Castle —siguió él—. Aunque sé que te gusta mucho Slioscreige .
Anne recorrió de soslayo los corrillos del salón. Imogen charlaba con la hija del coronel Hipper de espaldas a ellos y nadie parecía prestarles atención. Solo entonces posó sus ojos en Craig sin decir nada. El escocés le sostuvo la mirada y tampoco habló.
—No te vayas, Anne. Sé que eso es lo que estás pensando ahora mismo, salir de aquí como alma que lleva el diablo. Por una vez, quédate.
Ella sintió la tensión en sus piernas y cerró los puños sin dejar de mirarlo. Julie se acercó a ellos y se puso a su lado.
—No sé de qué estáis hablando, pero buscaos otro sitio. La señora Burtin os ha echado el ojo y no tardará en preguntar algo impertinente.
A Craig pareció costarle un gran esfuerzo apartar los ojos de Anne para mirar a Julie.
—Todo el mundo está aquí —siguió Julie—. Y los Richmond tienen una biblioteca preciosa. O podéis ir a esa sala de enormes y espantosas columnas, no sé cómo la llaman.
Anne miró a su amiga sin dar crédito.
—¿Qué? Mejor eso que dar el espectáculo aquí, delante de todos. Está claro que el McEntrie tiene algo que decirte y creo que te resultará incómodo escucharlo con público. Si quieres, te acompaño y luego me voy a la cama. —Ocultó un bostezo cubriéndose la boca—. Estoy agotada.
Anne miró a Craig, que asintió levemente.
—Vámonos a dormir —dijo Anne y se alejó de ellos para ir hacia la puerta.
—Espérala en la biblioteca —musitó Julie—. La convenceré. ¿Te puedes creer que me ha pedido que te besara?
Julie se fue tras ella y dejó a Craig con una cara digna de un cuadro.