Capítulo 57
El primer día de carreras, Craig despertó con la cabeza embotada y el brazo dormido.
No había conciliado el sueño hasta pasadas las tres de la madrugada y había acabado durmiendo en una postura claramente perjudicial para una de sus extremidades.
Masculló algo en gaélico mientras se frotaba el antebrazo y comprobaba por la ventana cómo había amanecido el cielo.
Se vistió y bajó a desayunar con poca hambre y la firme intención de comportarse con absoluta normalidad.
Una firmeza que trastabilló en cuanto se encontró con unos ojos azules que presagiaban tormenta.
—Buenos días —saludó al entrar en el comedor.
Varias personas respondieron al saludo, entre ellas Anne, que ni siquiera alzó la vista de su taza. Craig hizo un gesto de cabeza a Julie con los labios apretados y se sentó al otro lado de la mesa, tres sillas a la derecha, a pesar de que los asientos frente a ellas dos estaban vacíos.
—¿Has acabado? —preguntó Anne a su amiga poniéndose de pie.
Julie, que iba a dar un mordisco a su pan con mantequilla, detuvo el viaje de su mano con expresión compungida.
—No pasa nada —dijo Anne rodeando la silla para acercarla a la mesa—. Te espero fuera, desayuna tranquila.
—Pero…
Julie no acabó la frase al ver que su amiga salía del comedor.
Craig y ella se miraron y el escocés respiró hondo por la nariz demostrando que lo que iba a decir prefería callarlo.
Julie permaneció unos segundos observándolo y, finalmente, cogió su plato y su taza y se cambió de silla para sentarse frente a él.
—¿Qué es lo que pasa? —musitó para que los otros invitados no la oyeran.
Por suerte, los duques y los padres de Anne no estaban allí.
—Ya veo —dijo Julie apoyándose en el respaldo—. No vas a contármelo.
—No tengo nada que contar.
Julie movió la cabeza con desagrado y después de unos segundos volvió a acercarse a la mesa mirándolo con fijeza.
—Estaba perfectamente cuando la dejé ayer por la tarde. Y luego se fue a dormir sin avisarme. Entre una cosa y la otra tuvo que pasar algo.
—Yo estaba jugando al whist.
—Tienes razón —dijo ella cruzándose de brazos—. Entonces, ¿qué…?
—Buenos días a todos —dijo Imogen entrando en ese momento—. Julian, ¿puedes sentarte en la otra silla?
Craig y Julie se miraron como si ambos hubiesen pensado lo mismo.
—Buenos días, señora Timberlake —dijo Julie ignorando conscientemente a Julian.
—Buenos días, señorita Havelok. Estará deseando asistir a las carreras. Es su primera vez, ¿verdad?
—Así es.
—Oh, no espere gran cosa. Solo son caballos corriendo y hombres nerviosos, nada más.
—A mí me parece muy interesante. El señor Fairfax me estuvo explicando las normas y creo que es un deporte muy difícil.
—¿De verdad? —Devolvió la taza al plato y la miró con expresión compasiva—. A veces me olvido de que es usted maestra en Aveldon. Para usted todo esto debe de ser… un lujo.
—Ya lo creo que sí.
—Y, dígame, señorita Havelok, ¿está usted prometida?
—No.
—Oh. Vaya. Lo siento.
—No se preocupe, esta es una enfermedad que se cura casándose y aún me queda tiempo.
Imogen sonrió, aunque sus ojos seguían tan serios y acerados como siempre. Craig se fijó en que Julian no levantaba la cabeza del plato.
—¿Le gustó la velada musical? —preguntó el escocés.
—Desde luego —afirmó Imogen—. Siempre es agradable escuchar una buena interpretación. Por cierto, ¿la señorita Wilmot está bien? Me dijo que asistiría, pero no la vi con usted.
Craig y Julie la miraron con interés.
—¿Se lo dijo? —preguntó Julie—. ¿Cuándo?
—En el vestíbulo. Una hora antes de la cena. Me dijo que iba a cambiarse de ropa. —Tomó la taza y se la llevó a los labios—. ¿Quizá se indispuso?
Craig sintió que se le retorcían las tripas y se puso de pie.
—Discúlpenme. Tengo que… irme.
La buscó en el vestíbulo y al no encontrarla salió al exterior.
Los cocheros estaban moviendo los carruajes para situarlos cerca de la entrada en riguroso orden de precedencia.
La vio distraída contemplando el paisaje junto a un árbol.
Antes no se había fijado, pero ahora veía que se había puesto ropa de montar.
Su intención era ir a caballo. Sonrió con tristeza.
Sabía que lo que ella querría montar sería un purasangre de carreras.
Poderoso. Respiró hondo antes de abordarla.
—¿Qué te dijo?
Anne se giró sobresaltada. Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no lo oyó acercarse.
—¿De quién…?
—Imogen.
—Ah, eso.
—Sí, eso. ¿Por eso no viniste anoche?
Ella negó con la cabeza y su mirada lo traspasó como un viento cálido.
—No me encontraba bien, estaba cansada.
—¿Tú, cansada? Jamás te he visto dejar de hacer algo porque estuvieses cansada, Anne.
—Pues ya ves. Será que me estoy haciendo mayor.
—Primero dejaste a Julie sola y luego no acudiste a la velada. ¿Quieres que crea que no pasó nada entre Imogen y tú?
—Por lo que vi cuando regresé de mi paseo, Julie estaba muy bien acompañada. Lo estabais pasando muy bien.
—Fue una tarde agradable, sí. —Se cruzó de brazos y enarcó una ceja expectante.
—¿Quién ganó?
—Nosotros.
—Oh. Pobre lady Fairfax.
—Debiste bajar a cenar. ¿Has desayunado? Porque lo que yo he visto no alimentaría a un pajarito.
—¿Te preocupas por mí, Craig?
Él entornó los ojos.
—Siempre.
—Pues no te preocupes. Estoy bien. Tú dedícate a Julie, ella lo merece más que yo.
Hizo ademán de irse, pero él se interpuso sutilmente.
—Evita quedarte a solas con Imogen.
Anne asintió.
—¿Ya sabes por qué está aquí? La madre de Fairfax, ¿sabes a qué ha venido?
—¿A ver las carreras?
—Anne… Mientras jugábamos no dejó de interrogar a Julie. Que si desde cuándo os conocíais, que si la escuela, que si Lucille… Estaba claro que buscaba algo, pero no pude averiguar el qué.
—¿Cómo quieres que lo sepa? —dijo encogiéndose de hombros—. Yo no estaba allí, ¿recuerdas? Estaba paseando sola por el jardín.
Él bajó los brazos, consciente del tono de reproche.
—Julie dijo que necesitabas estar sola.
—Oh, qué considerada, no hay duda de por qué somos amigas.
—¿Querías estar sola?
—Sí.
—¿Y por qué siento que estás enfadada porque te dejáramos sola?
—No estoy enfadada.
Craig inclinó la cabeza a un lado.
—Puedo distinguir entre tus diferentes grados de enfado, Anne. Soy como un termómetro. Sé cuándo estás molesta, irritada, bastante enfadada o a punto de estallar.
—Eso te crees tú.
—Ahora estás bastante enfadada.
—No.
—Y estoy casi seguro de que es porque no salimos a buscarte.
—No.
Craig sonrió ampliamente.
—¿Cuándo vas a empezar a decir lo que quieres?
Ella lo miró con rabia.
—¿Y de qué serviría? Dime, Craig, ¿de qué serviría que dijese lo que quiero?
—Al menos no tendríamos que adivinarlo.
—¿Y tú? ¿Qué quieres tú de mí, Craig?
Él sintió la pregunta como un mazazo en la cabeza.
¿Qué quería de ella? Ni él mismo lo sabía.
O sí, pero no podía decirlo en voz alta.
Quería tantas cosas que no podría enumerarlas todas en esta vida.
Pero si tuviera que escoger algunas, querría que le dejara tocarle el hoyuelo que se le formaba en la mejilla justo antes de echarse a reír.
Querría acariciarle el hueco del cuello cuando elevaba el mentón orgullosa.
Querría irritarla para que le soltase una de sus largas e intensas peroratas mientras él solo podía mirar el modo en el que se movían los rizos que escapaban de su recogido.
Querría verla todas las mañanas al despertar y dormirse abrazado a su cuerpo.
Querría consolarla, protegerla y verla deshacerse en sus brazos satisfecha.
Querría discutir durante horas sobre algo que no le importase nada.
Lo defendería con ahínco solo por ver lo mucho que ella podía retarlo sin cansarse. Querría…
—Tenemos que irnos —dijo Anne señalando hacia la casa—. Jonathan y Julie nos esperan.
Escuchar el nombre de Fairfax en sus labios le retorció las tripas, pero no dijo nada.
Al girarse para seguirla vio que Jonathan Fairfax caminaba a su encuentro y, aunque estaba demasiado lejos para distinguir el brillo de sus ojos, lo imaginó tan nítido como si lo tuviera delante.
El corazón le golpeaba el pecho con furia, pero fingió una sonrisa cuando llegó frente a Julie.
Bentinck retuvo a Craig en cuanto los vio aparecer en la pista y se quedaron hablando, mientras Jonathan les buscaba un buen sitio desde el que poder ver la carrera.
Craig escuchaba los argumentos de lord George, que estaba convencido de que Newcourt ganaría la Craven Stakes, pero sus ojos buscaron a Julie.
La noche anterior se había pasado varias horas dándole vueltas a por qué sería una mujer perfecta para él.
Era inteligente, serena y agradable. La tarde anterior había sido divertida de un modo despreocupado.
Podía relajarse cuando estaba a su lado y eso le gustaba.
Poseía todas las virtudes que llevaba años buscando en una mujer.
Cuando Anne clavó sus ojos en él, no apartó la mirada.
No estaba mirando a Julie, de la que solo sabía que llevaba una cinta rosa en el sombrero porque la había visto cruzar varias veces delante del rostro de Anne.
Newcourt ganó la Craven Stakes, como había pronosticado Bentinck, y después hubo que resolver un empate en la Drawing Room Stakes entre Parthian y Mania, que llegaron igualados.
Parthian cumplió su paseo reglamentario, aunque los dueños de los dos caballos acordaron dividirse el premio.
Greatheart se luxó la articulación de la cuartilla de una de las patas delanteras durante la prueba, y Anne y Julie perdieron parte de su ánimo festivo.
Jonathan trató de tranquilizarlas asegurando que atenderían al caballo de inmediato, pero Craig permaneció con el rostro endurecido y la mirada fija en el lugar por el que se lo habían llevado.
—Voy a hablar con el duque —musitó de manera que solo Anne lo escuchó, y ella asintió sin decir nada.
En cuanto él se fue, Jonathan, que había estado ocupándose de Julie hasta ese momento, incluyó a Anne en la conversación. A la hora de tomar un refrigerio les encontró un buen sitio a la sombra y fue a buscar sus bebidas.
—Es un hombre encantador —dijo Julie.
—Sí, lo es.
Julie miró a su amiga, que no la estaba mirando.
—Está allí —dijo señalando con disimulo—. Hablando con Bentinck.
Anne lo vio y sintió un pellizco al comprobar que él también la miraba por encima de las personas que los separaban.
—Miraba los caballos —dijo irritada.
Jonathan regresó en ese momento con las bebidas.
—Qué pena que su madre no haya querido asistir —dijo Julie con simpatía.
—No le gustan nada las carreras.
—Y, aun así, ha venido —dijo Anne mirándolo sin expresión.
—En cuanto supo que estarían aquí, cambió de opinión.
Anne sintió un estremecimiento, pero lo disimuló llevándose el vaso a los labios.
—¿Lo ha pasado bien, señorita Havelok?
—Muy bien. Ha sido muy divertido. Exceptuando cuando ese caballo se ha hecho daño. Pobrecito.
—Sí, a veces pueden ocurrir accidentes. Esperemos que ese sea el único.
Los dos siguieron hablando, pero Anne no podía escucharlos porque toda su atención se centraba en los gestos que hacía Craig, en cómo todos lo escuchaban con interés.
A pesar de su notable altura y su envergadura, no desentonaba en absoluto entre aquellos elegantes hombres.
Todo el que se acercaba a saludarlo acababa quedándose a escuchar la conversación.
—¿Anne? ¿Vamos?
Al mirar a Jonathan vio que le ofrecía su brazo y depositó la mano suavemente en él con una sonrisa.
—¿Me está escuchando, McEntrie? —Bentinck lo miraba ceñudo—. ¿No cree que Misdeal merecía ganar?
—Eaglesfield se ha impuesto por un cuello, lord George —respondió el escocés encogiéndose de hombros.
—Así se habla, muchacho —se burló el duque con gran satisfacción.
—No es de eso de lo que estaba hablando y lo saben los dos —gruñó Bentinck.
Cuando se alejó para hablar con otro propietario, el duque lo siguió enseguida.
Craig volvió a mirar entonces a su grupo de amigos y no se percató de que Jonathan colocaba una mano protectora cerca de la espalda de Julie.
Tampoco reparó en cómo se inclinaba hacia ella para decirle algo.
Solo podía ver la pequeña mano de Anne apoyada en el brazo de Fairfax, mientras él aceptaba el gesto con total arrogancia.
Se dio la vuelta para alejarse a grandes zancadas.
Aún faltaban muchas carreras y las nubes en su ánimo eran cada vez más oscuras.
Tras un almuerzo ligero en el que solo se escuchó hablar sobre caballos y jinetes, comenzaron las carreras de la tarde.
Portrait ganó la Goodwood Club Stakes y a Craig le dio igual.
Un potro castaño de Wreford que todavía no tenía nombre venció en la Lavant Stakes, mientras Craig luchaba contra sus ganas de gritarle a Jonathan Fairfax que dejara de sonreír como un imbécil.
Al terminar el día tenía los músculos del cuello tan tensos que los sentía a punto de desgarrarse.
—¿Lo veremos en la cena, McEntrie? —preguntó lord George cuando entraron en la casa.
—Voy a darme un baño y a meterme en la cama. Mañana quiero levantarme muy temprano.
—Le toca el turno a Seabhag. Estoy deseando verlo correr —dijo Bentinck haciéndole un gesto con la mano.
Craig subió las escaleras de dos en dos. Necesitaba alejarse de allí cuanto antes. Si veía una sola sonrisa más en los labios de Jonathan Fairfax, le iba a estallar la cabeza.