Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 56
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Capítulo 56

Anne y Julie estaban sentadas en un sofá idéntico al que ocupaba lady Fairfax, mientras que Jonathan había escogido una butaca colocada de manera que podía verlas a las tres sin esfuerzo.

El té de la tarde era aún una costumbre reciente que empezaba a extenderse entre las casas más elegantes, pero nadie rechazaba una taza acompañada de pan con mantequilla y pastas cuando faltaban tantas horas para la cena.

—Me alegro mucho de verla —dijo Anne con agrado—. Espero que disfrute de su estancia, aunque sé que las carreras no le despiertan interés.

—Oh, querida, a mi edad el interés es algo muy relativo. Y, si algo te enseña la experiencia, es que siempre se puede sacar partido de una situación aparentemente poco favorable.

Anne bebió un sorbo de té y miró a su amiga para que dijese algo.

—Desde luego —dijo Julie con voz suave—. Eso es algo que compruebo todos los días en el aula. A veces una travesura de mis alumnos me ayuda a explicar algo importante que quería enseñarles.

—Mi hijo me contó que es usted maestra en Aveldon. Da clases a niños de familias humildes bajo los auspicios de la condesa de Aveldon.

—Así es —asintió Julie—. Y debo decir que algunos de mis alumnos destacan por su inteligencia. Al parecer, que sus padres no tengan dinero no ha afectado demasiado a sus cerebros.

Jonathan desvió la mirada para ocultar su sonrisa.

—Mi hijo se ríe de mí —dijo lady Fairfax sin dejar de mirar a Julie—. Es su deporte favorito.

—No me río de usted, madre.

—Los dos sabemos que sí, pero no interrumpas, la señorita Havelok me estaba hablando de sus alumnos. Siga, siga.

—No sé qué más contarle. Son veintiuno, once niñas y diez niños. Sus padres son agricultores, ganaderos o sirven en alguna casa. A veces doy mis clases en el exterior, cuando hace buen tiempo, y así podemos estudiar la naturaleza directamente.

—Le brillan a usted los ojos cuando habla de todo ello —dijo la madre de Jonathan—. Da gusto ver a una joven entusiasmada por algo. Hoy en día, casi todas se limitan a lucir hermosas. Pero para eso ya tenemos el arte, ¿no creen?

Anne se sentía agradecida de que Julie la ayudara a sobrellevar aquella reunión. Hasta el momento lady Fairfax no había hecho el menor comentario que indicase que estaba allí para preparar el terreno para una proposición seria.

—Usted estará disfrutando mucho de estar aquí, ¿no es así, señorita Wilmot? Sé lo mucho que le gustan las carreras de caballos.

—Son muy emocionantes, sí —dijo atenta a cualquier desvío incómodo de la conversación.

—A Jonathan también le gustan mucho. Si le dejaran, seguro que competiría.

—Soy demasiado alto, madre.

—Desde luego. Tienes el porte de tu padre, no hay duda. Y su labia. —Miró a las dos amigas y sonrió—. Tengan cuidado con él, sabe exactamente lo que ha de decir para encandilarnos. ¡Y lo más sorprendente es que no por ello deja de ser sincero!

Las tres mujeres rieron, aunque un observador atento podría ver que una de ellas no parecía tener muchas ganas.

—Debería haber invitado a otro caballero para que me ayudara —dijo Jonathan resignado—. Tres mujeres para mí solo son demasiadas.

«Yo no quiero que lo beses a él». Anne cerró los ojos un instante intentando silenciar la voz de su cabeza.

—Ay, hijo, perdóname. Es que me siento tan a gusto con estas jóvenes… Anne, Julie, no me hagan caso, por favor. Mi marido, que en gloria esté, siempre decía que cuando me siento cómoda hablo más de la cuenta.

—Estamos entre amigos —dijo Julie con timidez.

—Me alegra que piense así. Cuando hemos llegado me ha sorprendido la cantidad de personas que hay en esta casa. Y, sobre todo, la facilidad de la duquesa para atenderlas. Es admirable que no olvide ni un nombre —dijo lady Fairfax—. Yo, en cambio, no me acuerdo de si pedí sopa para el almuerzo.

—Oh, sí —afirmó Julie—. Esta mañana llegaron veinte personas de golpe y no perdió la sonrisa ni un momento.

Saludaba, distribuía habitaciones y preguntaba por el viaje que habían hecho con una naturalidad digna de admiración.

El duque, en cambio, desapareció con lord George en cuanto su esposa se distrajo.

—Absolutamente admirable.

Anne observaba la escena sintiéndose cada vez más fuera de ella. ¿Acaso estaba tan absorta en sus pensamientos que ya no podía relacionarse socialmente?

Cuando acabaron la reunión, Anne y Julie salieron a dar un paseo por los jardines para aprovechar un poco más la tarde.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó Anne mientras su amiga caminaba despreocupada delante de ella.

—¿Lady Fairfax? Es una mujer encantadora.

—¿Crees que de verdad solo quería charlar con nosotras?

—Sí, eso me ha parecido.

—Mmm. Fairfax estaba algo… distante.

—Yo lo he visto encantador.

—¿Tú crees? —Anne frunció el ceño y repasó cada gesto del hombre, pero no pudo recordar ninguno en el que hubiese sido «encantador».

—¿Has decidido ya cuándo vas a contárselo a Imogen?

—Esperaré hasta el último día. Así no tendré que verla echar humo por la nariz.

—¿Humo por la nariz? —Julie la miraba con expresión divertida.

—Es un ogro.

—¿Y los ogros echan fuego? Creía que eso lo hacían los dragones.

—¿Te ocurre algo, Julie?

—¿A mí? ¿Por qué lo dices? Estoy igual que siempre.

Anne la miró con atención y su amiga sonrió incómoda.

—No me analices.

—Solo te estoy mirando. Estás más… guapa.

—Qué tonterías dices, Anne. Creo que me voy a ir a leer un rato. Estoy cansada y mañana tendremos un día muy agitado —dijo mientras volvía sobre sus pasos—. ¿Vienes?

—Yo prefiero caminar.

—No te alejes.

Anne siguió caminando y de vez en cuando se giraba para ver a su amiga hasta que desapareció dentro de la casa.

Se conocían desde niñas y Anne sabía perfectamente cuándo Julie estaba rara.

Y ahora lo estaba. Claramente le había afectado lo que le había pedido, pero no quería decírselo para no preocuparla.

Se sintió culpable por meterla en ese lío.

Imogen podría resultar muy desagradable si la tomaba con ella, por eso no se lo diría hasta que Julie estuviese fuera de su alcance.

Una vez en Londres tendría muy pocas oportunidades de molestarla porque la maestra no se quedaría mucho tiempo más.

Siguió paseando hasta que se le hizo de noche y al entrar en la casa su madre le salió al paso.

—Anne, ¿dónde estabas? Me ha parecido muy raro no verte con Julie.

—Me apetecía un poco de ejercicio y he estado caminando. Ella prefería leer un rato porque estaba cansada.

—¿Cansada? Pues lleva toda la tarde jugando al whist con lady Fairfax, su hijo y Craig, y parecía la mar de entretenida.

Anne frunció el ceño sorprendida y caminó hacia el salón que su madre le había señalado.

Se asomó desde la puerta y vio que estaba bastante concurrido.

En una mesa al fondo estaban sentados los cuatro, tal y como su madre le había dicho, y todos parecían estar pasándolo muy bien.

Julie y Craig competían contra Jonathan y su madre, y Julie no paraba de reír ante las quejas de Fairfax.

Craig se veía muy relajado y Anne se obligó a sonreír.

El escocés estaba haciendo lo que ella quería, ¿no?

Pues debía alegrarse. Se dio la vuelta y caminó con paso firme hacia las escaleras.

—Anne, qué bien que te encuentro.

La voz de Imogen a su espalda era lo que menos necesitaba en ese momento. Respiró hondo para calmarse y se giró despacio.

—Tenemos una conversación pendiente, espero que no lo hayas olvidado.

—No lo he olvidado, Imogen. Te daré el nombre el viernes antes de marcharnos.

—¿Por qué?

—Porque prefiero estar tranquila estos días. Quiero disfrutar de las carreras y si te digo el nombre de esa mujer vas a pasarte el resto de la semana despotricando contra ella.

Imogen apretó los labios.

—Yo no despotrico.

—Me pediste un nombre y voy a dártelo. Dame una tregua.

Imogen se acercó a ella con una sonrisa taimada.

—¿Te haces la mosquita muerta conmigo, Anne? ¿Te crees que no sé qué pie calzas?

Anne alzó la vista al cielo y después dejó escapar el aire en un lento y largo suspiro.

—Voy a subir a refrescarme y a vestirme para la cena. La duquesa ha organizado una velada musical y quiero disfrutar de ella. —Se giró, pero Imogen no había terminado.

—Sé lo que estás haciendo con Julian.

Imogen subió dos peldaños para colocarse por encima de ella.

—Ese estúpido está coladito por ti —dijo en voz muy baja para que solo Anne pudiera oírla—. No creas que me importa lo más mínimo, por mí puedes quedártelo. Si lo dejas meterse en tu cama me quitarás un peso de encima. Nunca mejor dicho.

Imogen echó la cabeza atrás riendo y Anne se puso tan roja que le ardieron hasta las orejas.

—¿Cómo te atreves…? —masculló furiosa.

—Tranquila, no te sulfures. No he dicho que te hayas deshonrado aún.

—Sonrió perversa—. Julian sigue alimentando su amor por ti, es tan ridículo ver cómo te mira.

Hasta la señora Burtin me preguntó anoche si no me molestaba la evidente debilidad que siente mi marido por cierta señorita, hija de un conde.

Anne cerró los puños con el cuerpo temblando de rabia.

—Mira, Anne, siempre tengo un as escondido bajo la manga.

—Se inclinó hacia delante mirándola a los ojos—.

Charles es mi juguete. Si quiere casarse, que lo haga, no me importa, siempre y cuando esa desgraciada esté dispuesta a compartir.

Espero que no me menosprecies. Si planeas jugar conmigo, vas a ver lo cruel que puedo llegar a ser.

Cuando bajó los dos escalones y pasó a su lado, Anne tuvo que dominarse para no agarrarla de los pelos y arrastrarla por todo el vestíbulo.

—No tardes, querida —dijo Imogen alejándose—. Solo falta una hora para la cena.

Apoyó la espalda en la puerta de su dormitorio con la mirada clavada en su cama.

¿La señora Burtin? ¿Acaso había hecho ella algo mínimamente inapropiado?

¿Qué culpa tenía ella de que Julian la mirase como un cordero camino del matadero?

Atravesó el dormitorio y se detuvo frente al espejo apoyando las manos en el tocador.

Tenía una mirada fiera, casi salvaje. Sentía un cúmulo de emociones atravesándola como flechas y casi podía notar la sangre caliente sobre la piel herida.

¿Qué pasaría si esos rumores llegaban a oídos de lady Fairfax?

No creía que la mirase entonces con buenos ojos. ¿Era alivio eso que sentía?

Comenzó a quitarse la falda, pero se dejó las enaguas y buscó en el armario la ropa que se iba a poner.

Se desprendió después del corpiño que había llevado durante el día y lo cambió por uno de los pocos vestidos que podía ponerse y abrocharse sin ayuda.

Revisó el gran lazo de la espalda para asegurarse de que lo había hecho bien y luego se observó de frente con las manos en la cintura.

¿Qué era lo que tanto la molestaba? Había analizado todo lo sucedido y no podía discernir…

No, eso era ridículo. ¿Estaba celosa de Julie?

Entrecerró los ojos y le dio la espalda al espejo en un gesto airado.

Sí, los dos caballeros debían de saber que ella se había quedado paseando sola por los jardines.

Sin duda habían preguntado por ella cuando vieron a Julie. Y aun así…

Se pasó la mano por el pelo y luego se sentó en la banqueta frente al tocador.

Se quitó algunas horquillas y volvió a colocarlas atrapando con el cepillo los rizos que se habían escapado.

Sentía tal rabia y desprecio hacia sí misma por tan mezquinos sentimientos que no podía sostenerse la mirada.

¿Qué esperaba? ¿Que fueran a buscarla en lugar de quedarse jugando a las cartas con Julie?

Dejó el cepillo con violencia y apretó los dientes.

Estaba celosa. Celosa de su amiga. Se le habían retorcido las entrañas al verla riendo con los dos hombres.

Gruñó con el corazón acelerado. ¿A quién quería engañar?

Jonathan no le importaba en absoluto. Lo que le dolía era la simpatía que Craig mostraba hacia Julie y aquella sonrisa relajada que le había visto.

—Maldito escocés arrogante. Desgraciado, presuntuoso…

La imagen del agua cayendo por su cuerpo le aceleró aún más el corazón y apretó las piernas con un deseo punzante entre ellas. Cogió el abanico y lo agitó frente a su cara. Se sentía como si tuviese fiebre.

Estaba claro que Craig había decidido concederle su deseo.

Sus atenciones hacia Julie no iban a parar.

Y ella iba a tener que verlos juntos durante la cena.

Después de la cena. En las carreras. Dejó el abanico en el tocador y comenzó a desvestirse.

Estaba enferma y se quedaría en la cama.

Quizá si dormía mucho conseguiría calmar su desasosiego y esa angustia que le estaba abriendo un hueco en el centro del pecho.

Se metió bajo las sábanas y cerró los ojos.

Julie sería la protagonista de esa velada y ella no interferiría de ningún modo.

Si pudiera, se marcharía a Londres esa misma noche.

Estaba agotada y lo único que quería era que la dejasen en paz.