Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 55
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Capítulo 55

Anne y Julie esperaron pacientemente a que los Fairfax hablasen con la duquesa. No tenían ni idea de si Jonathan había avisado de su llegada ni qué causa había propiciado su cambio de parecer.

—¿Crees que ocurre algo? —preguntó Julie con preocupación—. Espero que esté bien. ¿Te ha parecido que su madre estaba contenta?

—Sí, Julie. No te preocupes. Si ocurriese algo malo, no habría mostrado tanto entusiasmo al bajar del carruaje. Seguro que en cuanto acaben de hablar, el señor Fairfax preguntará por nosotras y vendrá a saludarnos.

—¿No sería conveniente que fuésemos nosotras a saludarlos? Después de todo, los hemos visto llegar.

Anne miró a su amiga con curiosidad, pero no se atrevió a formular la pregunta que le bailaba en los labios.

Transcurrió media hora antes de que la puerta de la biblioteca se abriera y Jonathan Fairfax apareciese ante ellas.

—Me alegro mucho de verlas —dijo después de los saludos de rigor.

—¿Y su madre? —preguntó Julie, y al darse cuenta de que él no la había mencionado, sus mejillas se colorearon—. Es que… los hemos visto llegar.

Jonathan sonrió con timidez.

—Mi madre se ha quedado hablando con la duquesa y con su madre, señorita Wilmot.

—Oh.

Anne no quiso profundizar en si eso significaba algo. No estaba para pensar en compromisos ni nada parecido. Su mente estaba demasiado ocupada buscando el mejor modo de dejar caer la información falsa en manos de Imogen.

—Les habrá sorprendido vernos aparecer. Mi madre decidió hace dos días que quería venir y tuve que cambiar mis planes. Por suerte en Liphook había habitaciones libres y pudimos pasar la noche bastante cómodos.

—¿Y a qué se debió ese cambio de opinión? —preguntó Anne sin pensar—. A lady Fairfax no le gustan las carreras de caballos.

—No creo que su interés por acompañarme tenga nada que ver con las carreras, señorita Wilmot. Me temo que son otros sus motivos.

Anne esperó a que entrase en detalles.

—Me ha pedido que les pregunte si podrían tomar el té con ella esta tarde.

—Por supuesto que sí —dijo Julie enseguida—. No tenemos ningún plan, ¿verdad?

Anne frunció el ceño levemente, pero asintió. Habría sido una descortesía negarse.

—Bien, entonces las veré en el almuerzo —dijo e hizo una inclinación—. Iré a refrescarme y a cambiarme de ropa.

Las dos jóvenes lo despidieron y, en cuanto se quedaron solas, Anne se volvió hacia su amiga con preocupación.

—¿De qué crees que está hablando con mi madre?

—¿Qué?

—Lady Fairfax, ¿qué crees que quiere de mi madre?

—No creo que…

—Está claro para qué ha venido. De este modo puede acercarse a mis padres y tantearlos.

—¿De qué estás hablando, Anne?

—¿No lo ves? Jonathan va a pedir mi mano.

—¿Crees que va a pedir tu mano aquí? Eso no tiene ningún sentido.

—Ah, ¿no? Y entonces, ¿por qué ha venido? ¿Y por qué no ha contestado él cuando se lo he preguntado? Yo te lo diré, porque no podía hacerlo sin revelar sus intenciones.

—¿Y por qué querría ocultarte sus intenciones?

—Para que me sorprenda. O quizá quiera sonsacar a mis padres antes. No lo sé, pero está claro que no han venido por las carreras, Julie.

Su amiga se puso seria.

—¿Y no era eso lo que querías? Le dijiste que podía cortejarte.

—Pero es pronto para tomar una decisión. No deberíamos precipitarnos.

Julie bajó la mirada y entrelazó los dedos con demasiada fuerza.

—Me duele un poco la cabeza —dijo caminando hacia la puerta—. Preguntaré en la cocina si tienen algo que me lo quite.

—¿La cabeza? ¿Cuándo…?

Anne la vio marcharse y se quedó mirándola sorprendida.

No recordaba que hubiese mencionado ningún dolor.

Enseguida volvió a darle vueltas al tema que le preocupaba.

Se sentó junto a la ventana y repasó cada uno de los momentos que se le ocurrían para abordar a Imogen.

El primero que descartó fue el que requería que la invitase a dar un paseo por el jardín.

Si estaban las dos lejos de la casa y la esposa de Julian la sacaba de sus casillas, quizá no pudiese contenerse y le arrancase los pelos de la cabeza.

Solo había una persona que pudiera ayudarla a tomar una decisión.

Se levantó y salió de la biblioteca con paso firme.

Craig cepillaba a Ealain cuando Anne entró en las cuadras como si la persiguiese un toro enfadado.

—Tengo que hablar contigo —dijo sin preámbulo.

—Hola a ti también. —Dejó el cepillo en un cubo para después guiar a la yegua hasta su compartimento.

Lo siguió hasta la cuadra.

—Señorita Wilmot —la saludó Dylan.

—Hola, Dylan. Craig, ¿puedes hacerme caso un momento?

Él salió de la cuadra después de comprobar que Ealain tenía todo lo que necesitaba y cerró la hoja inferior de la puerta antes de volverse hacia Anne.

—¿No puedes esperar a que me lave?

—No.

El escocés se encogió de hombros.

—Entonces, sígueme.

Ella lo hizo observando el trajín de los mozos y sin saber adónde la llevaba.

Craig se detuvo en un pequeño patio de servicio situado detrás de las cuadras.

Una bomba alimentaba una pila de piedra adosada al muro y el ala de los compartimentos los ocultaba de quienes entraban y salían por el arco principal.

—¿Qué es tan urgente? —dijo desabotonándose el chaleco.

—Ya he hablado con Julie.

El escocés la miró expectante.

—Nos ayudará.

—¿Le has contado todo?

—Menos lo que te incumbe a ti.

—¿Y está de acuerdo? —preguntó colgando el chaleco de un gancho y fingiendo que esa frase no lo había tocado.

—Te he dicho que nos ayudará.

Craig se soltó los tirantes de los hombros, dejándolos caer a ambos lados de la cintura, y se quitó la camisa por encima de la cabeza. Anne se quedó sin habla.

—¿Qué haces? —dijo casi sin voz.

—Te he dicho que tenía que lavarme.

—¿Aquí? —Señaló a su alrededor—. Estoy yo.

Craig torció una sonrisa.

—Tengo entendido que conoces bien la anatomía masculina.

Anne se puso tan colorada que el escocés tuvo que hacer enormes esfuerzos para no echarse a reír.

—Tranquila, los pantalones no van a moverse de donde están.

Y, antes de que ella dijera nada, cogió un cazo, lo llenó y se lo echó por encima.

El agua le caía del cabello, resbalaba por su piel y acababa empapando la cinturilla de los pantalones.

Anne no podía dejar de mirarlo. Craig llenó de nuevo el cazo y, mientras vertía el agua sobre su cabeza, con la otra mano se frotaba la axila para eliminar todo rastro de sudor.

—¿No usas… jabón? —preguntó ella con la mirada clavada en los músculos de su torso, que se movían con cada gesto.

Él se lo señaló para que se lo diese. Anne lo cogió y estiró el brazo para ofrecérselo. Craig cerró la mano en torno a la de ella y la sostuvo durante unos segundos sin dejar de mirarla. Después la soltó. Anne giró instintivamente para darle la espalda mientras él se lavaba.

—Ya solo me queda hablar con Imogen, pero no sé si es mejor hacerlo antes o después de la carrera del miércoles.

—Después —dijo él mientras se enjuagaba.

Ella giró la cabeza, pero enseguida volvió a darle la espalda.

—¿Por qué?

—Mientras estemos aquí, su amenaza no tiene fuerza, no va a hacer nada hasta que regrese a Londres. Mike no está en Goodwood. Darle información es arriesgarte a una reacción con la que no cuentas.

—Entonces, ¿debería esperar a que nos marchásemos?

—Ya estoy vestido —dijo él.

Anne se dio la vuelta y vio que se había puesto la camisa, pero toda la ropa se le pegaba al cuerpo por estar mojada y marcaba cada detalle de su anatomía.

—Disfruta de las carreras y de tu estancia aquí. El último día, antes de marcharnos, se lo cuentas y de ese modo dejas que sea Julian el que cargue con su mal humor todo el viaje. Lo que, por otra parte, me parece de justicia poética.

Anne no pudo evitar sonreír.

—Te gusta la idea, ¿eh? —dijo él, divertido.

—Me gusta mucho.

—Pues ya está. Decidido. El viernes, antes de irnos, tienes una conversación con Imogen. Si vuelve a abordarte, puedes decírselo, así te dejará en paz.

—¿Decirle qué?

—Que responderás a su pregunta antes de marcharte.

—Mmmm. Reconozco que sabes dar buenos consejos, McEntrie.

—¿Y te das cuenta ahora?

Ella lo miró de un modo extraño y Craig entornó los ojos.

—¿Qué?

—Jonathan Fairfax está aquí —dijo Anne, y no se le escapó la leve tensión de su mandíbula—. Ha venido con su madre.

Craig trataba de organizar sus pensamientos.

—¿En carruaje?

—Sí.

—¿Por qué?

—No lo sé. No me lo ha dicho.

—¿Os habéis visto?

Anne asintió.

—¿Y no le has preguntado?

—Sí. Pero no ha respondido.

El escocés apretó los labios y se apartó el pelo de la frente.

—¿Qué piensas?

—¿Tengo que decirlo?

Anne suspiró e hizo ademán de darse la vuelta.

—¿Qué responderás?

—¿Qué? —preguntó volviendo a mirarlo.

—Sabes lo que te estoy preguntando. ¿Qué vas a responder, Anne?

—No… lo sé. —Era la verdad.

Craig se llevó las manos a la cintura.

—¿Te gusta él?

Anne se encogió de hombros.

—Anne, por Dios…

—¿Qué? No lo sé. Apenas lo conozco.

—Esas cosas se saben enseguida.

—¿Ah, sí?

—Sí, Anne. Te gusta o no te gusta.

—Me parece un hombre inteligente, amable y agradable.

—Conozco por lo menos una docena de personas que encajan en esa descripción y no por eso estoy pensando en casarme con ellas.

—¿Y hay alguien con quien sí lo estés pensando? —tanteó con timidez.

—Anne…

—En serio, no hay nada oculto en mi pregunta. ¿Hay alguien?

—Sé lo que me estás preguntando.

—Os he visto juntos. Te hace reír. Y a ella le gusta mucho estar contigo. Cree que eres un hombre maravilloso.

Él giró la cabeza hacia un lado, como si no soportase mirarla, y negó varias veces para sí mismo.

—Hacéis buena pareja. Julie es muy divertida…

— A Dhia, thoir dhomh foighidinn —masculló él en tono grave.

—¿Qué has dicho?

La miró como si estuviese valorando si estrangularla o dejarse matar.

—Que Dios me dé paciencia, eso he dicho. ¿Qué quieres que haga? Dime qué quieres que haga. ¿Quieres que la bese? ¿Lo soportarás? ¡Dímelo!

Aquel grito sonó atronador y su mirada era furiosa.

—Craig…

—Este juego ya no tiene la menor gracia. Disfrutas empujándome a ver si me resisto, pero ya estoy harto.

—Yo…

Dio un paso hacia ella.

—Contesta. ¿Quieres que bese a Julie?

Anne asintió despacio sin poder decir las palabras. La rabia fulguró en los ojos del escocés. Se inclinó hacia ella y bajó la voz.

—Pues yo no quiero que lo beses a él, ¿me oyes? Si te veo besarlo, le arrancaré el corazón con mis propias manos. —Dio un paso atrás—. ¿Estás contenta? ¿Esto era lo que buscabas?

—¿Por qué iba a querer eso? ¿De qué me sirve a mí?

—De nada. A ninguno de los dos nos sirve de nada.

Cogió el chaleco que había colgado de un gancho y se alejó de allí a grandes zancadas. El pecho de Anne subía y bajaba con respiraciones cortas y tardó unos segundos en recuperar el aliento.

—No es justo —sollozó—. No es justo.