Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 54
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Capítulo 54

El lunes comenzó mucho antes de que la mayoría de los invitados despertara.

Cuando todavía quedaba oscuridad en los corredores, las cocinas ya tenían encendidos los fogones y en las cuadras resonaban cubos, cerrojos y cascos sobre la piedra.

Craig desayunó algo de pie y salió con Ephraim hacia las lomas.

Bentinck, el duque y Edward se reunieron con ellos poco después.

El último ejercicio de Seabhag antes de la carrera fue breve.

Craig no quería agotarlo con un galope innecesario, sino mantenerlo suelto y atento.

Ephraim lo condujo al paso durante un buen trecho, lo dejó avanzar en un galope corto y contenido y regresó sin permitirle emplear toda su fuerza.

El caballo protestó cuando tuvo que reducir la marcha, lo que satisfizo más a Craig que cualquier demostración de velocidad.

—Tiene ganas de correr —dijo Ephraim acariciándole el cuello.

—Tendrá que conservarlas hasta el miércoles —respondió Craig.

Bentinck observaba al caballo y al jinete sin hacer comentarios.

Solo cuando Seabhag inició el descenso hacia las cuadras preguntó cuánto peso tendría que llevar y volvió a revisar los nombres de los demás participantes.

Después de eso recorrió el trazado junto al duque.

Comprobaron la zona destinada al ensillado, la posición desde la que el juez observaría la llegada y el lugar en el que se reunirían los caballos antes de dirigirse a la salida.

Bentinck exigió que nombres, colores y pesos se consignaran sin discrepancias en los programas y recordó que ningún retraso sería tolerado.

En Goodwood no había gritos confusos para poner en marcha a los corredores.

La salida se daba con bandera y todos los jinetes lo sabían.

Cuando los hombres regresaron a la casa, el desayuno llevaba servido un buen rato.

Las fuentes calientes del aparador habían sido repuestas dos veces y los invitados entraban y salían del comedor sin demasiado orden.

Craig apareció con polvo en las botas y el cabello revuelto por el viento.

Bentinck, igualmente polvoriento, comió con rapidez mientras leía una lista colocada junto a su plato.

La duquesa le retiró el papel cuando pidió una segunda taza de café.

—Puede dedicar diez minutos a desayunar como un ser humano, George.

—Ya he dedicado siete.

—No tiene remedio —dijo ella conteniendo una sonrisa.

Anne había observado a la duquesa y a Bentinck desde la llegada de este.

No había percibido entre ellos nada que respaldase las malas lenguas de Londres.

A sus ojos, aquella familiaridad era la de una amistad antigua, no la de una pasión secreta.

Lord George parecía un buen amigo del duque, y la duquesa lo trataba con la confianza reservada a quienes pertenecían al círculo más cercano de su esposo.

—Anne y yo vamos a ir hasta las lomas para ver el recorrido que harán los caballos en las carreras de mañana —dijo Julie.

Craig levantó la vista de su plato y las miró a ambas.

—¿Iréis a caballo? —preguntó él.

—Por supuesto.

—Que os acompañe Dylan.

—Quiero hablar con Julie de un asunto y Dylan es un chismoso.

Craig torció una sonrisa.

—Estoy seguro de que podrás manejarlo para que no pegue la oreja.

—Buenos días —dijo Imogen entrando en el comedor como si todo el mundo estuviera esperándola—. Hace una mañana preciosa, ¿verdad?

Se sentó frente a Anne y al lado de Craig sin preguntar. Luego le hizo una seña a uno de los lacayos para que le sirviese té.

—Estoy deseando que empiecen las carreras. Estoy segura de que va a ser de lo más emocionante.

Silencio.

—A Anne le gustan mucho las carreras, ¿verdad, querida?

Anne posó sus ojos en ella y le dedicó su mejor sonrisa.

—Mucho, querida Imogen. Son muy emocionantes.

—Desde luego —afirmó Imogen cogiendo su taza—. Con todos esos jinetes y caballos y… gente. Sin saber las cosas que pueden pasar…

—¿A qué cosas se refiere? —preguntó Bentinck, interesado.

—Oh, lord George, ya sabe… imprevistos.

—¿Como cuáles?

Anne contuvo una sonrisa. Imogen no debía saber que para Bentinck no existían las medias tintas.

—Pues… no sé… Una caída… un abandono… Alguien que está donde no debería estar…

Bentinck frunció el ceño.

—Nadie estará donde no deba estar, de eso me encargo yo —dijo poniéndose de pie—. Vuestra gracia, ya he estado aquí más de diez minutos, ¿me da su permiso para regresar a mis ocupaciones?

—Vaya, hombre, vaya. Es usted un caso sin solución.

Bentinck hizo una reverencia y, al salir del comedor, se cruzó con Julian, que entraba.

—Esta noche tendremos una actuación musical —anunció la duquesa—. Durante el día llegarán nuestros últimos invitados y he preparado una velada tranquila para que todos puedan irse a dormir temprano.

—Jonathan Fairfax llegará hoy —musitó Julie para que solo Anne lo escuchara.

Craig no levantó la mirada del plato.

—¿Has terminado? —preguntó Anne dejando la servilleta sobre el mantel.

—Sí, ya podemos irnos. Que tenga un buen día, señor McEntrie.

—Igualmente, señorita Havelok.

Anne se acercó a la duquesa para despedirse y luego salió detrás de Julie.

Montaron a la mujeriega, como se esperaba de ellas, y Anne se removía inquieta mientras su amiga la observaba de reojo.

—Odias montar como una dama —se burló Julie.

—¿Tú no?

La otra se encogió de hombros como respuesta.

—En Aveldon montas a horcajadas —dijo Anne, y sonó a recriminación.

—Allí todos me conocen. No tengo que andarme con disimulos.

—¿Por qué no pueden dejarnos montar como nos dé la gana?

—Porque si lo hicieran pronto querríamos llevar pantalones, fumar en pipa y escupir.

Anne la miró con las cejas levantadas y las dos se echaron a reír.

—Yo jamás querría escupir —aclaró cuando dejó de reír—. Pero lo de los pantalones…

—Ya. También dicen que por montar así nuestros maridos se pueden llevar un disgusto la noche de bodas.

—¿Un disgusto por qué?

—Ya sabes. La virginidad.

—Ah. Eso.

Avanzaban al paso, disfrutando del paisaje, y Dylan las seguía a una prudencial distancia. Hacía viento, pero el cielo estaba despejado.

—Bentinck es un hombre muy apuesto, ¿no crees? —dijo Julie.

Anne la miró ceñuda.

—¿Cuántos años crees que tiene? —siguió Julie—. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?

—¿Te interesa lord George Bentinck?

—No he dicho eso. Pero tengo ojos en la cara.

—Creo que tiene alrededor de cuarenta. Es demasiado mayor para ti.

—Claro, si lo comparas con tu McEntrie…

—No es mi McEntrie —la regañó—. No digas esas cosas, Julie.

—¿Qué hay de malo en que una opine?

—Craig y yo somos amigos y solo amigos. Y así será el resto de nuestras vidas.

—Madre mía, qué dramática estás esta mañana. ¿De qué querías hablarme?

—Más tarde.

Julie la miró ceñuda.

—¿Más tarde por qué?

—Porque quiero que estemos sentadas. O al menos, no encima de un caballo y teniendo que mantener el cuello torcido para poder mirarte —dijo malhumorada.

Julie sonrió.

—¿Qué tal si galopamos? Así llegaremos antes y podremos desmontar. —Puso su montura al galope sin esperar contestación.

Anne le hizo un gesto al mozo y la siguió.

La tribuna todavía no estaba preparada para recibir al público.

Había hombres trabajando en las barandillas y empleados trasladando bancos, cuerdas y tablones.

Desde un extremo les llegaba el martilleo de los carpinteros.

Desde el otro, las voces de los mozos que conducían a varios caballos por la pista.

Anne y Julie dejaron a Dylan con los caballos e iniciaron un paseo sin alejarse demasiado.

—¿Nos sentamos o prefieres caminar? —preguntó Anne.

—Caminar.

—¿Qué es lo que tramas? —Julie no había tardado ni dos yardas en preguntar.

—No tramo nada.

—Anne, nos conocemos desde niñas. Escucho la maquinaria de tu cerebro.

—Está bien, sí quiero decirte algo. Preguntarte algo, en realidad. —Se detuvo frente a su amiga y la miró con unos ojos grandes y brillantes—. ¿Tú harías algo por mí?

—¿Qué clase de pregunta es esa? Por supuesto.

—No aceptes tan rápidamente. Es algo muy importante. Y te va a parecer muy raro. Y probablemente me grites —dijo esto último para sí.

—¿Quieres que mate a alguien?

—Pero ¡qué bruta eres! —se rio Anne.

—Hija, es que lo has dicho de un modo…

—Es otra cosa. Más sencilla. Mucho más sencilla. En realidad no tienes que hacer nada.

Julie mostró una reluciente sonrisa.

—Pues si es tan fácil y no tengo que hacer nada, de acuerdo.

—Conoces a Charles.

—¿Te refieres a un Charles en concreto o a todos en general?

—Me refiero a mi hermano.

Julie soltó una carcajada.

—Ya lo sé, tonta. ¿Qué pasa con Charles?

—Alguien quiere hacerle daño. Y para protegerlo yo necesitaría que otro alguien hiciera algo. Ese alguien no sabría por qué lo hace. Y ese algo tendría ciertas…

—¡Basta! —Julie estiró el brazo mostrándole la palma de la mano—. No creo que quieras que resuelva un problema matemático. Dime qué quieres que haga, sin tanta palabrería.

Anne sacudió las manos y soltó el aire como si le costase respirar.

—Está bien —aceptó—. Necesito que me dejes decir que Charles está perdidamente enamorado de ti.

—¿Quééé?

—Sería algo platónico. Solo por su parte. Tú no lo estás y no hay nada entre vosotros, pero él te ama desesperadamente y se va a marchar de viaje para intentar olvidarte.

—Pero ¿para qué necesitas eso?

—¿No puede ser sin darte explicaciones?

—¡Por supuesto que no!

Había llegado el momento de decidir entre contarle la verdad y descartar el plan.

—¿Hay alguna posibilidad de que digas que sí? No quiero desvelarte el secreto y que luego no sirva de nada.

Julie inclinó la cabeza y estudió la mirada ansiosa de su amiga.

—Es algo serio.

—Muy serio —dijo Anne asintiendo—. Si no, no te lo pediría.

—¿Y yo qué tendría que hacer?

—Absolutamente nada, Julie. La historia que contaría es que mi hermano se enamoró de ti perdidamente, te confesó sus sentimientos y tú lo rechazaste. Desde entonces vive en la más absoluta desolación y va a hacer un largo viaje para tratar de olvidarte.

—¿Y es cierto que va a hacer un viaje?

—Sí.

Julie pensó durante unos segundos y suspiró resignada.

—De acuerdo.

—¿Lo harás sin saber los detalles?

—No. Quiero saberlo todo. No me meteré en este lío sin saber que el suelo que piso es firme. Pero cuando me lo hayas contado todo, aceptaré.

—Espera. Antes de seguir, tienes que saber otra cosa. La persona a la que tengo que decírselo es alguien… ruin y mezquino. Alguien que me está chantajeando con una mentira muy peligrosa.

Julie cambió de expresión y apretó los labios con evidente desagrado.

—Temo que esa persona dirija su ira hacia ti.

—Mientras no sea Imogen Timberlake —dijo Julie burlándose, pero, en cuanto vio la expresión en el rostro de Anne, comprendió que había acertado de pleno—. ¿La esposa de ese desgraciado te está chantajeando?

Anne asintió.

—Está bien, ahora es cuando me lo cuentas todo, porque la respuesta es sí. Rotundamente sí.

Anne la abrazó, aliviada y preocupada al mismo tiempo, y comenzó a relatarle lo ocurrido. Le contó lo de Poppy, Charles e Imogen, pero no mencionó a Craig para protegerlo. No quería que Julie se llevara una falsa impresión sobre él, así que convirtió al hombre de la posada en un desconocido.

—Hay que reconocer que Poppy tiene serios problemas para sobrellevar su dolor. ¿Tu hermano es consciente de ello?

—Sí. Y ella también.

Julie movió la cabeza, nada convencida.

—¿Y se marcharán para siempre?

—Sí.

—Tus padres deben de estar muy disgustados.

—Y yo también, Julie. No puedo pensar en ello sin ponerme a llorar —dijo limpiándose una lágrima.

—¿Y no podríais decirle a Imogen un nombre falso? Podrías decir que es escocesa. Una de las primas de Craig.

—No me creería. Sabe que Charles no ha estado en Escocia desde la boda de Robert.

—¿Y por qué crees que Imogen desistirá si hay otra?

—No necesito que desista de Charles. Solo que crea que le he dado el nombre que exige y deje de buscar a la verdadera mujer.

—Tendrás que avisar a Charles por si se encuentran en algún momento.

—Sí, en cuanto llegue a casa. Aunque no creo que se vean porque Charles y Poppy se irán enseguida. Pero, Julie, si le digo a Imogen que eres tú, es muy posible que monte en cólera. Quizá haga algo en tu contra por puro despecho.

—No le tengo miedo a esa víbora. Que lo intente. Ahora explícame con qué te chantajea.

Anne le contó entonces lo de Mike, la declaración que pretendía hacer ante el Jockey Club y los hombres dispuestos a tergiversar una frase inocente de su padre, y su amiga se olvidó de cerrar la boca.

—No puede demostrar nada, pero sabe lo fácil que es extender un rumor. Mira lo que dicen de la duquesa y Bentinck.

—¿Qué?

—En Londres hay quien cree que están… enamorados.

—¡Qué dices! Pero el duque… ¿cómo iba…?

—No hace falta que algo sea cierto para que el rumor se extienda, Julie. La gente cree lo que quiere creer, lo que es más divertido o más gratificante para sus pobres vidas. Si Mike dice que mi padre sabía lo de sus artimañas, habrá quien se lo crea.

—¡Dios santo! No se atreverá a tanto.

—Fui una estúpida irresponsable y ahora estoy pagando las consecuencias.

—Ya las pagaste. Y con creces.

—Pues, al parecer, no.

—¿Esto se lo has contado a tu padre?

—Sabe que alguien está pagando a Mike, pero no sabe que es Imogen ni lo que exige a cambio. Si se lo dijera, iría directamente a por ella y Charles lo perdería todo.

—Cuenta conmigo —dijo cogiéndola de las manos—.

Te ayudaré, Anne, claro que sí. Dios, quiero arrancarle los ojos a esa bruja.

Ahora casi comprendo a ese pobre desgraciado que se casó con ella.

No me extraña que quiera librarse de ese matrimonio.

Y admiro mucho más a Craig por estar a tu lado. Es un hombre maravilloso.

—Sí, lo es.

—Ojalá encuentre algún día a un hombre así.

Julie tenía la mirada perdida en el horizonte y una expresión ensoñadora. Anne la observó en silencio con un peso en el corazón, pero no dijo nada.

Cuando regresaron a Goodwood House, la actividad había aumentado.

Habían llegado otros invitados, las cocinas preparaban pasteles de carne, panes, frutas y provisiones para los días de carreras, y en las cocheras se revisaban los vehículos que trasladarían a la comitiva.

Los lacayos llevaban mensajes de una habitación a otra y los criados discutían sobre baúles que habían aparecido en dormitorios equivocados.

El lugar menos concurrido de la casa era la biblioteca, y allí se refugiaron las dos amigas ajenas al trajín.

Julie se concentró enseguida en la lectura.

Anne, en cambio, sostuvo el libro abierto entre las manos sin pasar una sola página.

Una hora después aún no había discernido si el mejor momento para su revelación era antes o después de la carrera del miércoles.

—Llega otro carruaje —dijo Julie de pie frente a la ventana—. Espera… ¿El señor Fairfax no llegaba esta noche a caballo? Porque se acaba de bajar de un carruaje y… lo acompaña una dama de mediana edad.