Capítulo 53
La llegada de lord George Bentinck terminó de transformar Goodwood House. Hasta entonces, la residencia había tenido el aspecto de una casa de campo ocupada por demasiados invitados, pero con él allí las carreras tomaron protagonismo en todas y cada una de las conversaciones.
El primer día, tras el almuerzo, Edward, Anne y Craig se reunieron con el duque y Bentinck en la biblioteca.
Durante casi una hora, los dos hombres escucharon la narración de lo sucedido en Doncaster partiendo de las diferentes visiones de sus interlocutores.
El primero en hablar fue Edward, que les contó cómo había contratado a Mike y quién se lo había recomendado.
Después, Craig les habló de las impresiones que le había causado el jockey mientras entrenaba a Blue y de las discrepancias que habían tenido por la falta de interés de Mike y su trabajo mediocre.
Pero a quien más les interesaba escuchar era a Anne.
Ella no trató de justificarse ni adornó en absoluto lo que hizo.
Contestó a todas sus preguntas, incluidas aquellas que todavía dolían porque la obligaban a recordar la humillación que sufrió aquel día.
—¿Por qué no acudió a los comisarios de carrera? —preguntó Bentinck cuando terminó.
—Me asusté.
—¿Y a su padre? ¿Acaso teme a su padre hasta el punto de poner a toda su familia en entredicho?
—No había tiempo. Tenía que protegerlos.
Bentinck la observó unos segundos antes de volverse hacia Edward.
—¿Granger le confesó quién le pagaba?
—No. Nunca me habló de esto. Lo sé solo porque mi hija me lo contó… hace poco.
—¿Hay algún testigo de todo esto?
—No he investigado aún —dijo Edward—, pero lo haré. Estoy decidido a que todo esto salga a la luz, aunque acabe salpicado. Yo contraté a Mike y debería haberme asegurado de la clase de persona que era.
Bentinck entrelazó las manos detrás de la espalda y caminó hasta la ventana. Nada de lo que había escuchado absolvía a Anne de su mal comportamiento, pero distinguió con claridad entre el fraude de Granger y la temeridad de una muchacha demasiado impulsiva.
—No puedo acusarlo públicamente sin pruebas —concluyó—. Pero no permitiré que ese hombre vuelva a acercarse a ninguna carrera de la que yo sea responsable. Además, haré algunas averiguaciones. Quizá consiga reunir las pruebas necesarias.
—Hay algo… más —dijo Anne con timidez—. Alguien me está… chantajeando.
—¿Cómo? —Bentinck la miraba anonadado.
—¿Qué dices, Anne? —Su padre se acercó a ella con expresión inquisitiva—. ¿Quién te está chantajeando y por qué?
—No puedo decir su nombre, pero tiene contacto con Mike y le ha ofrecido dinero para que haga una declaración ante el Jockey Club.
—¿Qué tipo de declaración? —preguntó Bentinck ceñudo.
—Una que inculpará a mi padre.
—¿Está dispuesto a dar falso testimonio? —El duque no daba crédito.
—¿Le sorprende? —preguntó su amigo con voz severa—. De un hombre así podría esperarse cualquier cosa.
—La persona que me chantajea asegura que hay varios hombres dispuestos a confirmar una frase que mi padre le dijo a Mike antes de la carrera. Una frase inocente que, fuera de contexto, podría malinterpretarse.
Craig estaba en un rincón, con la espalda apoyada contra una de las librerías y los brazos y tobillos cruzados. Su expresión era inescrutable.
—¿Cuándo piensa hacer eso? —preguntó Bentinck.
—Cuando regresemos a Londres.
El duque miró a Edward con pesar.
—Supongo que espera que su caballo gane la carrera para luego poner en entredicho esa victoria, sembrando la duda sobre su honorabilidad.
—¿Quién es, hija? —Su padre la miraba severo—. Dime ahora mismo quién quiere atacar a nuestra familia.
—No puedo decírtelo, papá. Eso solo provocaría que actuase con mayor inquina. Debo solucionarlo yo.
—¿Cómo? —preguntó Edward—. ¿Cómo vas a solucionarlo? ¿Qué quiere de ti?
—Algo que no le puedo dar.
—¿Entonces?
—Lo solucionaré, papá. Confía en mí.
—Yo no puedo hacer nada por usted en estas circunstancias —dijo Bentinck—. En cuanto a Seabhag, mantengo lo que le dije a McEntrie, el caballo competirá en igualdad de condiciones. Es todo lo que les puedo prometer.
El duque se levantó de la butaca para acompañar a su amigo y los dejó a los tres solos. Edward miró a Craig.
—¿Sabías algo de esto?
El escocés asintió.
—¿Conoces la identidad del chantajista?
Craig volvió a asentir.
—¿Y no vas a decirme quién es?
—No. Anne tiene razón, es mejor que no lo sepa.
—¿Por qué hace esto? ¿Qué espera conseguir?
—Hacerle daño a usted.
—Sé que tengo enemigos, pero que pretendáis mantenerme al margen es intolerable. Por última vez, decidme de quién se trata.
Al ver que ninguno de los dos respondía, el conde cerró los puños, tenso como la cuerda de un violín.
—Ahora mismo estoy tan enfadado que es mejor que no hable más con vosotros —dijo antes de darse la vuelta y salir de allí sin pensar siquiera en que los dejaba solos tras una puerta cerrada.
Craig observaba a Anne con atención, temiendo que fuese a desmayarse. Un temor que lo aquejaba desde el instante en que la había visto desplomarse en sus brazos.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.
—¿Vamos? —se burló ella y después dejó escapar un largo y profundo suspiro.
—No puedes decirle quién es. Ni siquiera a tu padre.
Anne clavó la vista en el suelo.
—Si papá supiera que es Imogen iría a por ella sin medir las consecuencias. Se volvería loco.
—Yo hablaré con ella —dijo Craig caminando hacia la puerta.
Anne corrió delante de él y apoyó la espalda en la madera.
—Sabes que puedo quitarte de ahí sin esfuerzo, ¿verdad?
—Craig, escúchame, no puedes hablar con ella. Solo empeoraría las cosas. Hasta que acabe la semana, tenemos tiempo de pensar en algo.
—¿Pensar en qué? No vas a delatar a Poppy. Eso daría al traste con todo nuestro plan.
—Por supuesto que no.
—¿Entonces?
—Aún no lo sé. Estoy pensando en ello. Llevo pensando en esto desde que… metí la pata.
Craig la miró divertido.
—Deberías estar acostumbrada.
—Muy gracioso.
—¿Qué le dijiste exactamente?
—Que Charles estaba enamorado de otra.
—¿Solo eso?
Anne asintió y el escocés cruzó un brazo sobre el pecho y se llevó la otra mano a la barbilla. Durante unos segundos permanecieron en silencio. Hasta que ella se apartó de la puerta con expresión sorprendida.
—En realidad, solo tengo que darle un nombre, ¿verdad? Podría decir que es… cualquiera.
—¿Cualquiera?
—Claro. Le dije que Charles estaba enamorado, no que fuese correspondido. Podría decirle que a él le pasa lo mismo que a ella. Que ama a alguien que no lo ama.
—¿Y en quién estás pensando?
—¡En Julie! —dijo asustada—. ¿Estoy loca?
¿Me matará? Seguro que me mata cuando se lo cuente.
Pero a ella no la perjudica en nada, ¿verdad?
No podemos decidir quién se enamora de nosotras.
No pueden culparnos por ello. Además, sería un amor platónico que Charles habría sentido por ella en secreto.
Tendré que hablar con Charles y prepararlo, pero primero…
Craig soltó una carcajada y se inclinó hacia delante con las manos apoyadas en las rodillas.
—¿Qué te hace tanta gracia?
Pero el escocés no podía parar de reír. Se alejó de ella y apoyó el trasero en el escritorio situado junto a uno de los ventanales.
—¿Quieres dejar de reírte? ¿Qué pasa?
—Tú —consiguió decir mientras recuperaba el aliento—. Esta idea es tan… tan tuya.
—¿Es otra manera de llamarme estúpida?
—No, Anne. Es una buena idea, pero no creo que convenzas a Julie de que acepte. Además, ¿cómo piensas explicárselo? ¿Le vas a contar todo el asunto? ¿Charles e Imogen? ¿Charles y Poppy?
—Sé que puedo confiar en ella, si no hay más remedio se lo contaré todo.
—Demasiada gente para algo que debería seguir siendo un secreto.
Ella se frotó la sien que había empezado a dolerle y sin responder salió de allí dejándolo solo.
Craig se agarró al escritorio, ya sin el menor deseo de reír, al sentir que la biblioteca se había quedado sin oxígeno de repente.
Dejó caer la cabeza con pesar. Apenas le quedaba una semana en Inglaterra, después regresaría a Slioscreige .
La calma volvería a su vida y ya no tendría que preocuparse más de las locuras de Anne.
No tendría que volver a escuchar esa voz que lo irritaba, ni ver esos ojos que a veces parecían un mar embravecido y otras contenían la mansa calma de un cielo despejado.
Se acabaría el caos para él y regresaría a una vida en la que nadie pondría su mundo patas arriba por una ocurrencia descabellada.
No habría sorpresas. Ni disgustos. Ni peleas.
Ni Anne… Apretó con más fuerza el borde del escritorio y de su garganta emergió un gruñido de profunda impotencia.
El resto del domingo transcurrió con aparente tranquilidad.
Julian hizo todo lo posible por no coincidir con Craig.
En la cena consiguió, Dios sabe cómo, que lo sentaran lejos del escocés y apenas levantó los ojos del plato.
Su esposa no parecía preocupada por la súbita prudencia de su marido y se mostró más animada que en los días anteriores, conversando con los caballeros que tenía a ambos lados.
Después de la cena, las señoras se retiraron al salón mientras algunos caballeros se quedaron rezagados disfrutando de un buen oporto.
Un grupo organizó una partida de whist y la hija de los Somerville se sentó al piano y varios invitados se reunieron alrededor de los programas provisionales de las carreras.
Lord George Bentinck regresó al salón con el duque y se dejó convencer para participar en una partida de cartas, aunque dedicó más atención a una conversación sobre los pesos asignados que a sus propios naipes.
La duquesa le reprochó dos veces que no supiera descansar y él aceptó la reprimenda con la familiaridad de quien la había escuchado muchas veces.
Julie pasó parte de la velada hablando con Craig.
Anne los observaba a hurtadillas mientras escuchaba la interminable cháchara de lady Eleanor Kerridge.
Su amiga estaba disfrutando de la conversación y, como siempre que los veía juntos, él la hacía reír con facilidad.
Para Anne, la risa era el lenguaje del amor.
De pronto se acordó de aquel verano en Slioscreige .
Craig la había encontrado llorando porque le había picado una abeja, y Anne no dejó de hacerlo ni siquiera cuando él le sacó el aguijón.
Craig tenía veinte años y se rio cuando ella le explicó que no lloraba porque le doliese, sino porque no entendía que la abeja la hubiese picado si eran amigas.
Él trató de explicarle que la abeja solo estaba defendiendo a su reina, pero Anne insistió e insistió en que las amigas no hacen eso.
La subió a su caballo y le prometió que si dejaba de llorar la llevaría a la playa y dejaría que se mojase los pies.
Anne dejó de llorar al instante y él cumplió su promesa.
La vigiló mientras jugaba y luego le contó un montón de historias divertidas sobre sus primos que la hicieron reír a carcajadas.
Se rio tanto que le dolieron las costillas y tuvo que pedirle que se callara o acabaría por ponerse enferma.
Durante el resto del paseo, él solo le habló por señas, lo que la hizo reír de nuevo.
Desde aquel día, Craig se convirtió en su McEntrie favorito, aunque para él ella no fuese más que la irritante hermana pequeña de Robert Wilmot.
La carcajada de Julie la sacó de su ensimismamiento y se dio cuenta de que tenía los ojos puestos en el escocés cuando él la miró.
Una cálida sensación la envolvió, pero enseguida se tornó en otra amarga.
Giró la cara para sonreírle a lady Eleanor, que no había dejado de hablar en ningún momento, y asintió como si supiera de qué hablaba.
Seguía sintiendo el calor de aquellos ojos grises clavados en ella y se preguntó si él tampoco sabía muy bien de qué se reía Julie.
Si, en realidad, su cuerpo estaba en aquel sofá, pero su mente y su corazón estaban con ella.
Lady Eleanor se giró hacia la señora Somerville, que le decía algo, y Anne cerró los ojos un momento.
Lo imaginó sentado junto a ella, sintió el roce de su hombro, el aroma que desprendía…
Miró de nuevo hacia donde estaba sentado con Julie y ahora era él el que reía de alguna ocurrencia de su amiga.
Un dolor acerado la traspasó al verlo reír.
Escuchó las últimas notas de una pieza al piano y se puso de pie como impulsada por un resorte.
—Discúlpenme —dijo con urgencia y salió de aquel salón como si un monstruo la persiguiese.