Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 52
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Capítulo 52

Craig esperaba bajo el pórtico de entrada, con el hombro apoyado en una de las columnas y los brazos cruzados. No se movió cuando vio el carruaje que se acercaba por el camino.

—Señor McEntrie —lo saludó el señor Kerridge al bajar—. No le hemos visto en la iglesia.

—He tenido un imprevisto y no he podido llegar.

—Espero que no haya sido un problema con su magnífico purasangre.

—No es mío, es del conde de Kenford.

—Sí, por supuesto, ya me entiende —dijo el hombre, que al parecer tenía ganas de hablar.

—Señor Timberlake, ¿podría dedicarme unos minutos? —dijo Craig cortándole el paso cuando trataba de escabullirse.

—Iba a acompañar a mi esposa a…

—Por mí no te preocupes —dijo Imogen con una sonrisa nada amable—. Puedes quedarte a charlar con el señor McEntrie.

Craig no apartó los ojos de Julian mientras los demás entraban en la casa.

—Vayamos a otro lugar —pidió Julian mirando a su alrededor.

—Sí.

Fue lo único que dijo el escocés antes de agarrarlo de la solapa para tirar de él.

—Desde la casa aún pueden vernos —advirtió Timberlake cuando Craig lo empujó contra un árbol.

—Me importa muy poco. ¿Qué se cree que está haciendo con la señorita Wilmot?

—Yo… —Se arregló la ropa que se le había descolocado—. No estoy haciendo nada. Anne y yo somos… amigos. Nos conocemos desde hace años y nos une un fuerte… vínculo.

Craig apretó los puños haciendo acopio de todo su autocontrol para no deshacerse de ese vínculo con sus propias manos y para siempre.

—La señorita Wilmot y usted no son nada. No vuelva a llamarla por su nombre de pila. —Dio un paso hacia él—. No se acerque a ella, ni siquiera respire cerca de donde ella esté…

—Señor McEntrie, se está usted excediendo. Comprendo que después de lo sucedido se haya llevado una mala impresión de mí, pero ha sido un malentendido. Anne y yo estábamos…

Craig lo agarró de nuevo de la pechera y tiró de él obligándolo a ponerse de puntillas.

—He dicho que no la llame por su nombre —mordió cada palabra sin elevar la voz.

—Suélteme inmediatamente. —Julian miró hacia la casa y descubrió a Anne, que corría hacia ellos—. Señorita Wilmot, ayúdeme.

—¡Craig! —gritó Anne—. ¡Suéltalo!

El escocés apretaba la tela con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Todo su cuerpo estaba en tensión y cuando Anne puso una mano en su espalda lo sintió duro como una roca.

—Suéltalo, Craig, por favor. Se os ve desde la casa.

—No puede golpearme —dijo Julian asustado—. ¿Qué pensarán los duques?

Craig lo soltó asqueado ante su cobardía y dio un paso atrás.

—Váyase, señor Timberlake —pidió Anne sin apartar los ojos de Craig.

—Yo…

—Váyase, por favor.

—¿Por favor? —Craig la miró furioso—. ¿Se lo pides por favor? Deberías insultarlo.

Timberlake ya corría hacia la casa y Anne se colocó frente a Craig con las manos en la cintura.

—¿Te has vuelto loco?

—Si me hubiese vuelto loco, ese imbécil no caminaría sobre sus dos piernas porque se las habría roto.

—Hablas como un troglodita.

—Veo que a mí no tienes problema en insultarme —dijo girándose enfadado.

—Craig, ¿qué soluciona esto? —Lo agarró del brazo para que la mirara—. Yo os he visto desde la ventana. Cualquiera podría mirar y…

—No me importa —dijo irritado—. No me importa lo que piense de mí toda esa gente.

—Estás aquí por mi padre, Craig. Y a él seguro que sí le importa lo que piensen.

Él apretó los dientes y se le marcó la mandíbula.

—Me hierve la sangre —masculló.

—¿Por qué? No me ha hecho nada.

—¿Que no te ha…? ¡Ha intentado besarte!

—¿Y? ¿Qué es exactamente lo que te molesta? ¿Que lo haya intentado él o que algún día otro hombre pueda besarme?

Craig respiró hondo por la nariz, pero no respondió.

—Ya aclaramos esto —siguió ella—. Me van a besar, Craig. Y tú besarás a…

—Cállate —dijo apartándose de ella.

Lo agarró del brazo, pero él se negaba a mirarla.

—No hagas ninguna tontería más —pidió ella con voz queda—. Tenemos que solucionar lo de Imogen y pegar a su marido delante de todos no va a ayudarnos en nada. Por favor. Por favor, Craig.

El escocés bufó impotente y finalmente la miró.

—No quiero que te acerques a ese energúmeno.

—No me acercaré.

—Y si vuelve a intentarlo…

—No tendrá oportunidad.

—Anne…

—Volvamos a la casa, Craig —dijo ella dando un paso atrás.

—Maldita sea, Anne…

Ella se alejó con paso rápido y él la siguió. Cuando ya estaban bajo el pórtico de entrada escucharon un carruaje que se acercaba. Los dos se volvieron para ver de quién se trataba.

—¿Qué lleva detrás? —preguntó Anne en tono bajo, refiriéndose a un extraño carromato cerrado, más alto y estrecho de lo habitual, con varias aberturas en los laterales.

—Un caballo —dijo Craig.

El carruaje se detuvo frente a la casa. Un lacayo se apresuró a desplegar el estribo, pero el caballero que viajaba en su interior saltó con agilidad antes de que terminara de hacerlo.

Era un hombre alto y delgado, de unos cuarenta años, vestido con una levita oscura y una corbata de satén color crema de lo más elegante.

Se quitó el sombrero de copa y dirigió una breve inclinación a Anne antes de sonreírle a Craig.

—McEntrie —dijo con simpatía, ofreciéndole la mano.

Craig se la estrechó con firmeza.

—Lord George…

El recién llegado desvió su atención hacia el vehículo que transportaba al caballo.

—Tomen la curva más abierta al llevarlo a las cuadras, por favor —indicó a uno de los mozos—. No quiero que el animal se lesione a cincuenta yardas de su destino.

—¡George! Llegas un día antes de lo que anunciaste —dijo el duque, que había salido de la casa sin que nadie se percatara—. Y yo que creía que confiabas en mí. ¿Qué llevas ahí?

—Un potro que traigo de Newmarket —respondió estrechándole la mano—. Y sabe bien que confío plenamente en usted, Richmond. Es en los otros doscientos hombres que llegarán mañana en quienes no confío.

—La duquesa te regañará por viajar en domingo.

—No he encontrado a nadie por el camino, ¿qué mejor motivo para escoger este día que ese?

—¿Quién es? —preguntó Julie, que había salido de la casa detrás del duque.

Anne se giró sorprendida y sonrió.

—Lord George Bentinck —susurró.

—Richmond asegura que su caballo tiene posibilidades —dijo el recién llegado volviendo a poner su atención en Craig.

—El duque aprecia a mi familia —respondió el escocés.

—El caballo es magnífico —insistió Richmond.

Bentinck observó a Craig con atención.

—¿Cuál es su pronóstico para la carrera? —preguntó poniéndose serio.

—Ganaremos, por supuesto.

—¿Ha visto a los otros caballos?

—No a todos.

—¿Y aun así…?

—Seabhag es el mejor, sin duda.

Lord George le sostuvo la mirada unos segundos y después se fijó en Anne, que observaba las maniobras para girar el carruaje en dirección a las cuadras.

—¿Le interesa mi invento, señorita?

El duque la miró también.

—La señorita Anne Wilmot, hija del conde de Kenford. Y su amiga, la señorita Havelok.

Bentinck las saludó a ambas con una inclinación.

—Nunca había visto transportar así a un caballo —explicó Anne.

—Hice construir el primero para llevar a Elis hasta Doncaster.

—Y ganó el St Leger —sentenció ella.

—Vaya. Veo que sabe de carreras. —Miró a su amigo el duque—. ¿Ha dicho que es la hija de Edward Wilmot?

Richmond asintió y Bentinck la miró entonces con expresión seria.

—Monta usted muy bien.

Anne sintió que las mejillas se le encendían. Bentinck no necesitaba añadir nada, estaba claro que la había visto montar en Doncaster el año anterior.

—Quiero ver a Seabhag —dijo lord Bentinck dirigiéndose de nuevo a Craig.

—Cuando guste —respondió el escocés.

—Pero tenga por seguro que su caballo competirá en las mismas condiciones que los demás. No habrá ninguna clase de excepción.

Craig arrugó el ceño y su mirada se afiló, pero se mantuvo expectante.

—Justo ahora nos disponíamos a almorzar —intervino el duque poniéndole la mano en la espalda—. Vamos, George, ya tendrás tiempo de…

—Si no le importa, Richmond, me quedaría más tranquilo si pudiera ver a Seabhag antes de almorzar —dijo Bentinck—. ¿Le importa retrasar su almuerzo, McEntrie?

—En absoluto.

—Acompáñeme —dijo haciéndole un gesto—. Vamos a ver a ese purasangre.

—¿Siempre da por hecho que todo el mundo hará lo que ordena? —preguntó Anne viendo cómo los dos hombres se alejaban.

—Parecía enfadado —añadió Julie.

—No —respondió el duque con aire socarrón—. Hoy parece estar de excelente humor.

Después de supervisar el descenso de su propio caballo, Bentinck examinó a Seabhag ante la mirada experta de Craig. El escocés tuvo que reconocer, una vez más, que ese hombre sabía de caballos.

—Excelente —dijo Bentinck mientras se limpiaba las manos con el pañuelo—. Richmond no exageraba. Habrá que verlo correr. ¿Quién es el jockey ?

—Ephraim Vale.

—Mmmm. He oído hablar de él. Es un poco bocazas, pero buen jinete.

Craig sonrió. No podía rebatírselo.

—Esa señorita… Anne Wilmot. Supongo que no se acercará a…

Craig se detuvo y lo enfrentó con serenidad.

—Lord Bentinck, lo que ocurrió el año pasado fue un desafortunado malentendido.

El otro se cruzó de brazos y enarcó una ceja.

—¿Llama malentendido a que una joven suplante a un jockey y tome la salida bajo un nombre falso?

—Precisamente quería hablar de esto con usted —respondió Craig—. Lo ocurrido en Doncaster oculta algo mucho más turbio, lord Bentinck.

—¿Tiene que ver con Granger?

Craig lo miró con atención.

—Todo empezó con él.