Capítulo 51
Anne y Julie salieron de la casa y echaron a andar continuando con la conversación que había comenzado mientras se arreglaban, había seguido en el desayuno con algunas interrupciones sosegadas y ahora llegaba a su punto álgido.
—No estoy de acuerdo en absoluto —decía Julie mientras Craig y Julian las seguían unos pasos por detrás—. Macready interpreta muchísimo mejor a Shakespeare que Charles Kean, y no vas a convencerme de lo contrario.
—Llevan toda la mañana hablando de teatro —dijo Julian en tono bajo.
—Acostumbran a no estar de acuerdo en muchas cosas —comentó Craig, al que no le importó que lo escucharan.
Anne redujo el paso.
—¿A usted le gusta el teatro, Julian? —preguntó colocándose a su lado.
—Muchísimo —dijo él, ofreciéndole su brazo, que Anne aceptó con discreción—. Tanto leerlo como asistir a su representación.
Craig le ofreció su brazo a Julie como respuesta y los dos se adelantaron unos pasos. Anne alcanzó a escuchar que Julie le preguntaba por la carrera del miércoles y no le pasó desapercibido que Julian aminoraba el ritmo para que se alejaran.
—Tengo entendido que ayer tuvo una conversación privada en su dormitorio con mi esposa.
Anne se detuvo y lo miró sorprendida. Hizo ademán de apartar la mano de su brazo y Julian trató de retenerla con la suya sin éxito.
—No sé de lo que hablaron —aclaró él haciéndole un gesto para que siguieran caminando—. Sea lo que sea, le ruego que no se deje intimidar por ella.
Anne miró hacia el camino tratando de respirar con normalidad. De que fuese capaz de mantener la calma dependía el éxito de su plan. Su intención era averiguar qué haría Julian si conociera la infidelidad de su esposa. Solo si parecía dispuesto a retenerla podría utilizar ese dato contra Imogen.
—Siento que su matrimonio… no esté yendo… bien.
Julian apretó los labios y durante un buen trecho no dijo una palabra. Se mantuvo pensativo y Anne se preguntó si se arrepentía de haber sido tan franco con ella.
—No tiene sentido negarlo —dijo el hombre al fin—.
Es más que evidente que nos resulta difícil incluso estar en la misma habitación.
Pero ¿cómo podría ser de otro modo? Mi esposa no es la mujer con la que me casé.
Me siento como uno de esos personajes literarios que son engañados para contraer matrimonio y descubren que la mujer con la que creían casarse no era más que una fantasía.
—¿Y no pueden intentar un acercamiento?
—Imposible. No tenemos nada en común. Nuestros gustos son diametralmente opuestos, no hay nada que podamos hacer juntos que nos satisfaga a ambos. Esto solo tiene una solución y de lo único que me alegro es de haberme dado cuenta tan pronto.
Anne enrolló un lazo de su vestido en un dedo. Parecía que Julian estaba dispuesto a dar por perdido su matrimonio. Pero no era eso lo que quería conseguir, al contrario. Necesitaba que quisiera retenerla, no que optara por deshacer su unión.
—No debí precipitarme —siguió hablando Julian—. Debí esperar a que usted…
Anne giró la cabeza mirándolo asustada.
—Siempre tuve cierta predisposición hacia su persona.
—¡Señor Timberlake! —lo detuvo—. No puede hablarme así, es usted un hombre casado.
—Lo sé, lo sé, y le pido disculpas por mi atrevimiento, pero tengo que decírselo o las palabras se me pudrirán dentro.
—Trató de cogerla de la mano, pero ella se apartó sin miramientos—.
Señorita Anne, habría pedido su mano. Puede estar segura de que era mi primera candidata, pero entonces sucedió lo de Doncaster y tuve que replanteármelo todo.
Soy un buen hijo y siempre he respetado la opinión de mis padres, pero en esta ocasión me aconsejaron mal. Muy mal.
Anne veía cómo su plan se desmoronaba ante ella y buscó algún modo de salir de aquella situación sin involucrar a sus dos amigos, que charlaban animados ajenos a lo que estaba pasando.
—Si usted quisiera, solucionaría este desaguisado en cuanto regresáramos a Londres.
Creo que tengo motivos más que justificados para pedir la nulidad del matrimonio —dijo en tono aún más bajo—.
Me avergüenza enormemente confesarle esto, pero mi esposa no era virgen cuando nos casamos y estoy casi seguro de que no me es fiel.
—Eso no es… posible.
—Oh, sí lo es —dijo con una risa desquiciada—. Me lo confesó ella misma en nuestra cama haciendo alarde de las artes de su amante. Nunca en mi vida me habían humillado tanto. He iniciado las pesquisas para averiguar quién es ese crápula y no pararé hasta encontrarlo.
Anne empezaba a ver borroso y el corazón le latía muy despacio.
—Si usted me da esperanzas, repudiaré a mi esposa en cuanto tenga pruebas de su flagrante engaño. Hablaré con sus padres y les presentaré la situación para que vean que lo mejor es actuar a mi favor y no ponerme dificultades. Una vez resuelto ese problema, me casaré con usted y…
—No —musitó asustada—. No, no, no…
—Pero… —Comprobó que la otra pareja estaba lo bastante lejos—. Señorita Anne, yo la amo.
—¡No! —Se paró en seco.
—Por supuesto que sí. Siempre la he amado. Y usted también me ama.
—¡No! —repitió. Su mente buscaba una salida sin encontrarla y sentía un hormigueo en la punta de los dedos que aumentaba a medida que su vista se nublaba.
—No está comprometida. Nadie ha pedido su mano aún. He oído lo del señor Fairfax, pero ese hombre no la merece, no es mejor que yo y de ningún modo puede elegirlo a él sabiendo que yo la amo.
—Señor… Timberlake… no…
—No soy el señor Timberlake, soy Julian, Julian, querida Anne, el mismo al que besó hace años, ¿lo recuerda? Yo no he podido olvidar el sabor de sus labios. No he dejado de pensar en ello y no puedo resistirme más, que Dios se apiade de mi alma…
La cogió de la cintura y se inclinó hacia ella sin que Anne pudiese evitarlo.
Sentía las manos de mantequilla y los pies flotando en el aire.
Gritó apenas sintió la cercanía de sus labios y empleó toda la fuerza que le quedaba en empujarlo.
Craig corrió hacia ella y consiguió sujetarla antes de que cayera al suelo desmayada.
—¿Qué ha pasado? —Julie miraba a Timberlake angustiada.
—Yo… no… lo sé… solo… —Se llevó la mano a la cabeza y hundió los dedos en su pelo—. He perdido el control, no sé qué me ha pasado…
Craig lo miró iracundo y sin decir una palabra la alzó en brazos y caminó de vuelta hacia la casa. Julie lo siguió dejando a Timberlake atrás.
—¿Qué me ha…? —Parpadeó varias veces confusa—. ¿Por qué estoy en tus brazos?
—Te has desmayado —dijo Craig sin mirarla.
—Bájame.
—No.
—Craig… Estoy bien.
—Anne, cállate —dijo Julie con voz severa.
Su amiga la miró y vio la determinación en sus ojos. Recostó la cabeza en el pecho del escocés, y obedeció. Craig la llevó hasta una zona arbolada y la dejó sentada sobre una piedra a la sombra sin hacer caso a sus protestas.
—Solo ha sido un pequeño mareo —se quejó ella.
—¿Pequeño? ¡Te has desmayado!
—La gente se desmaya constantemente.
—Tú no.
—¿Qué te ha hecho Julian? —preguntó su amiga con preocupación.
—Nnnnada.
—Anne… —masculló Craig.
—Ha intentado besarme, pero no lo ha conseguido —aclaró rápidamente.
—Voy a matarlo —gruñó el escocés paseándose de un lado a otro—. En cuanto vuelva a verlo le parto la cara.
Anne miró a su amiga y Julie frunció el ceño.
—¿Quieres que me vaya?
Craig las miró a ambas y después centró toda su atención en Anne.
—Es que… —Anne titubeó—. Tenemos que hablar de algo…
Julie asintió un poco molesta.
—Lo entiendo. Regresaré a la casa.
—¿No te importa? Luego te explico…
—No te preocupes. No tienes que darme explicaciones —dijo alejándose.
Anne suspiró y Craig se llevó las manos a la cintura.
—¿Qué ocurre?
—Julian sabe que Imogen estuvo con alguien antes de casarse con él y está decidido a averiguar quién es.
—¿Qué?
—Anoche vino Imogen a mi cuarto. El día que me dio la bofetada se me escapó que Charles estaba enamorado de otra. Insistió en que le dijera quién era ella y, cuando me negué, volvió a amenazarme. —Sacudió la cabeza como si quisiera ordenar sus pensamientos.
—¿Te amenazó con qué? ¿Mike otra vez? —Esperó hasta que Anne asintió—. ¿Qué te dijo exactamente?
—Mike hará una declaración en el Jockey Club y confesará que iba a perder en Doncaster por orden de mi padre.
—Nadie se lo creerá.
—Eso mismo dije yo, pero dice que tiene testigos que declararán haber escuchado la conversación entre ellos.
No le importa no poder demostrarlo, solo quiere ensuciar nuestro apellido.
Cree que el mal carácter de mi padre hablará en su contra.
Y que todo esto volverá a sacar a la palestra lo que yo hice…
El escocés se acercó a ella con una gélida mirada.
—¿Y cuándo ibas a contármelo?
—Se me ocurrió una idea… Quería ver si funcionaba.
—No ibas a contármelo.
—Sí, pero después.
—¿Después de qué?
—De tantear a Julian.
—¿Tantearlo? ¿Qué pretendías?
—Imogen me dio la idea. Julian es la persona con más autoridad sobre ella.
Si la amenazaba con contarle lo que hizo con Charles, quizá comprendería que tenía tanto que perder como nosotros.
Pero antes debía asegurarme de que él no le haría una barbaridad si llegaba a saberlo.
No esperaba que estuviese dispuesto a deshacerse de ella ni que quisiera… ¡Oh, Dios, no sé qué hacer!
—¿Qué le has contado?
Anne lo vio demasiado calmado y sabía que eso, en un McEntrie, no era nada bueno.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu hermano.
—¿Es que no has oído lo que he dicho? Si le cuento lo de Charles, Julian tendrá la excusa perfecta para librarse de su esposa.
—No puede anular el matrimonio por algo que ocurrió antes —precisó Craig—. Y para volver a casarse tendría que probar un adulterio posterior y obtener un divorcio parlamentario. No es tan fácil, Anne.
—¿Y cómo sabemos que no ocurrió nada después? Julian podría afirmar que sí. ¿Cómo demostraría Charles lo contrario?
—¿Por qué estás tan segura de que pretende divorciarse? Podrían ser las palabras de un hombre despechado.
—¡Quiere casarse conmigo!
—¿Qué? —La serenidad en su voz contrastaba con el fuego de su mirada.
—Eso no va a pasar.
—Ya lo sé. ¿Qué te ha dicho exactamente?
—Ay, Craig, eso no importa ahora. Julian va a remover cielo y tierra para averiguar con quién se ha estado viendo su esposa. Charles está en peligro.
—Y tu amenaza podría conducirlo hasta él.
—Solo si la cumpliera, y no pensaba hacerlo. Pero Imogen no podría estar segura. Me ha puesto en una situación insostenible y sabe que podría actuar por desesperación.
Craig se cruzó de brazos.
—¿Y después de asustarla?
—Eso iba a preguntarte a ti. Cuando regresáramos de la iglesia pensaba contártelo todo y pedirte que me ayudases a perfeccionar el plan.
—Querrás decir que te ayudase a trazarlo, porque solo tenías media estrategia.
—No tengo tanta práctica como los McEntrie en solucionar problemas.
Craig sonrió involuntariamente, aunque enseguida recuperó la seriedad.
—De todas maneras, ya no importa. Después de lo que ha hecho Julian, mi plan queda descartado.
—¿Por qué? Si consiguiera divorciarse de Imogen por adulterio, la destruiría.
—O la liberaría. Lo detesta tanto que creo que preferiría el escándalo a seguir atada a él. —La expresión de Anne se ensombreció—. Creo que de verdad ama a Charles.
Craig enarcó una ceja.
—¿No lo crees? —lo desafió ella.
—No estoy seguro de que una mujer como esa pueda sentir un sentimiento tan profundo.
—No seas cruel.
—Entonces, ¿cuál es el siguiente paso?
—No lo sé. No contaba con esto.
—¿Con que Julian estuviese dispuesto a abandonar a su esposa para casarse contigo?
—Ni siquiera lo había imaginado.
—Solo tenías que ver cómo te miraba. Lo llevaba escrito en los ojos.
—Eso es una tontería. Reconoce al menos que esta vez no he actuado impulsivamente.
—Eso te lo reconozco.
—Bien —dijo ella asintiendo—. ¿Volvemos a casa?
—Sí —dijo él caminando a su lado en silencio.
Anne observaba el paisaje fingiendo interés, aunque su cabeza ya estaba tejiendo otros asuntos.
—He visto que Julie se reía mucho contigo —dijo después de unos cuantos pasos.
—Le he contado algunas anécdotas con los caballos.
—Julie es muy divertida.
—Lo sé.
—Y muy inteligente.
—Me he dado cuenta.
—Y tendrías que ver cómo trata a los niños. La adoran.
—Anne…
—¿Qué? Solo te comento cosas de mi amiga.
—Ocúpate de tus asuntos —dijo él.
Ella se encogió de hombros y aguantó casi diez yardas sin hablar.
—¿Te ha dicho que sabe suturar heridas? A los McEntrie os sería…
—Anne.
—Vale, ya me callo. Pero…
—No.
—Es que…
—He dicho que no. Y si no te callas te pondré sobre mi hombro y te llevaré como un saco de patatas hasta Goodwood.
—Siendo rigurosos, ya estamos en Goodwood —dijo ella entre dientes.
Y Craig resopló irritado.