Capítulo 50
Anne y Julie bailaron varias piezas de cuadrilla y acompañaron a la señora Burtin hasta sus aposentos cuando la mujer se quedó dormida en un sofá.
—Voy a cambiarme de zapatos, estos me han hecho rozaduras —dijo Anne apoyándose en la pared para frotarse el tobillo.
—Te dije que te los cambiaras después de la cena —recordó Julie con las manos en la cintura.
—Vuelve al salón de baile —dijo su amiga con una sonrisa.
—De ningún modo. Te acompaño.
—No. Te toca bailar con Craig. Dijiste a las once, te estará esperando.
—Pues que espere.
—Julie…
—Os he oído hablar antes, Anne.
—Pues entonces sabes que con esto me ayudas muchísimo.
—No digas tonterías.
Anne bajó el pie y se acercó a su amiga.
—Necesito sacarlo de mi cabeza.
—No creo que sea en la cabeza donde lo tienes, sino en el corazón —respondió Julie con pesar.
—No te estoy pidiendo que te cases con él. Tan solo te pido que… lo dejes acercarse a ti.
—¿Cómo voy a hacer eso sabiendo lo que sentís los dos?
Anne se mordió el labio para ocultar su temblor. Hablar de eso con Julie la debilitaba, porque con ella le resultaba muy difícil fingir.
—Va a ser muy doloroso cuando lo vea con otra. Cuando… se enamore de otra. Solo quiero que pases tiempo con él para hacerme a la idea.
—Anne…
—Por favor, Julie. Ve, baila con él, charla con él. Sé su amiga como lo eres mía.
Julie suspiró impaciente, pero finalmente asintió.
—Está bien. ¿Volverás al baile o fingirás que te has dormido?
—Volveré. En un rato. Te lo prometo.
Julie asintió y se dio la vuelta para regresar sola, mientras Anne se dirigía a su dormitorio.
Una vez dentro, se sentó en la cama frente a la ventana y permaneció allí sin hacer nada, repitiendo en su mente cada palabra que habían dicho, cuestionándose cada una de ellas.
No supo cuánto tiempo llevaba allí cuando alguien llamó a su puerta.
—Imogen… —dijo sorprendida al verla.
—¿Ya te has cansado de llamar la atención? —dijo la otra entrando en el cuarto sin preguntar.
Anne cerró la puerta despacio. No quería que nadie escuchara lo que hubiera venido a decirle.
—¿Qué quieres?
—Vaya, ya no te molestas en fingir educación.
—Las dos sabemos que esta no es una visita de cortesía. Quiero bajar antes de que el baile termine y solo falta media hora para la medianoche —dijo después de comprobarlo en el reloj de la repisa.
—Tranquila, no tardaré mucho. —Se giró hacia ella y sonrió—. ¿Con quién va a casarse tu hermano? Dímelo y me iré.
—¿Quién te ha dicho que vaya a casarse?
—Tú.
—¿Yo? —Rio mientras se sujetaba las manos para que no la traicionasen—. Dije que estaba enamorado, no que fuera a casarse.
—Las dos sabemos que ese es el proceso lógico y que no me lo habrías dicho de no ser algo serio.
Anne volvió a maldecirse por haber dejado que se le escapara.
—¿Quién es ella? Seguro que la conozco. Quizá incluso estuvo en mi fiesta de compromiso. —Soltó una carcajada pasando la mano por las molduras de la cama—. Me encantaría poder imaginarme su cara mientras tu hermano me hacía suya en el invernadero de los Timberlake.
Anne enrojeció, pero se abstuvo de hacer el menor comentario.
—Estoy esperando —insistió Imogen.
—Pues seguirás esperando hasta que mi hermano quiera hacerlo público, porque no voy a decirte nada. Así que, si has venido a eso, ya podemos bajar.
—Te contaré lo que voy a hacer —dijo la intrusa mientras continuaba con su paseo por la estancia—.
Voy a dejar que tu padre gane esa carrera, que lo feliciten, que todos lo traten como a un hombre admirable.
Y luego, cuando regresemos a Londres, Mike hará una declaración ante el Jockey Club.
Confesará que había aceptado hacer perder al caballo por orden del conde de Kenford.
Anne empalideció.
—Nadie lo creerá.
—¿Estás segura?
La maldad en su mirada hizo que Anne dejara de respirar. Imogen siguió deambulando por el cuarto hasta detenerse frente a la cama.
—Hay varios testigos que afirmarán que oyeron a tu padre decirle a Mike que si perdía no se acabaría el mundo.
Ya, ya lo sé, es un comentario inocente que haría un hombre amable a su jockey para tranquilizarlo.
Pero ¿quién creería que Edward Wilmot es un hombre amable?
—Se le escapó una risita irritante, y Anne la vio levantar el bajo del camisón que Susan le había dejado preparado para esa noche—. Bonito bordado. ¿Los haces tú misma?
—Sí —respondió Anne, confusa.
—Menuda pérdida de tiempo —dijo soltando la prenda con desgana—. Si de algo tiene fama tu padre, es de su mal carácter. Una peculiaridad de los Wilmot, sin duda.
Imogen se acercó a ella con una mirada tan fría que a Anne se le puso el vello de punta.
—No tengo interés en llevar a tu padre a la cárcel, Anne, me basta con hundir lo que más aprecia. Hay muchas personas que se alegrarán de su desgracia y yo les proporcionaré algo que lanzarle a la cara.
—Como has dicho, mi padre no es un hombre amable. Te arrepentirás si te atreves a ir contra él.
—¿Qué me va a hacer? Solo soy una pobre mujer.
Espera. ¿Crees que intentará desacreditar a mi esposo?
—Volvió a reírse con desprecio y a Anne le dieron ganas de abofetearla—.
Ojalá lo haga, llevo apenas unas semanas casada y ya no puedo soportarlo.
No soporto que me toque, no soporto que use mi cuerpo… Es asqueroso.
—¿Él es asqueroso?
Toda hilaridad desapareció del rostro de Imogen, que la miró con odio.
—Sí, estúpida Anne. Ni te imaginas lo que es estar casada con un hombre que te repugna. Las cosas que tienes que hacer…
—¿Por qué te casaste con él?
—¿Por qué? ¿Te crees que todas tenemos una familia como la tuya?
¡No tuve más remedio! Esa boda estaba pactada entre nuestros padres y, si no me hubiera casado, mi padre no me habría perdonado jamás.
Ni dote ni nada, ¿lo entiendes? Mi padre no me habría buscado otro marido de su posición.
Julian era lo único a lo que podía aspirar.
Si hubiera tenido más tiempo, quizá habría podido convencer a tu hermano…
Imogen se sentó en el taburete del tocador y dejó caer los hombros con cansancio. Anne casi sintió lástima por ella. Miró el reloj de la chimenea.
—Faltan quince minutos para la medianoche. Tenemos que bajar ya.
Imogen endureció el gesto y se puso de pie arreglándose el vestido. Cuando se dirigía hacia la puerta, se detuvo a su lado.
—El escándalo destruirá a tu padre —dijo con voz suave—. Mike arrastrará su nombre por el fango, querida. Y si el fango no basta, tengo con qué hundirte a ti también.
Anne giró la cabeza y posó sus ojos en ella con total incredulidad.
—Si me dices con quién va a casarse tu hermano, te consideraré mi aliada, Anne. Si no, serás mi enemiga. Tú decides. —Salió del cuarto sin esperarla.
A Anne le costaba respirar y necesitó un par de minutos para calmarse.
Cuando bajó, Julie y Craig charlaban con Emma y Edward.
Al ver a su padre sintió una punzada detrás de los ojos y perdió el paso, pero compuso una sonrisa en cuanto llegó hasta ellos.
Julie vio que llevaba los mismos zapatos y frunció levemente el ceño, pero no dijo nada.
—Craig propone que mañana vayamos andando a Chichester para el oficio —explicó Julie—. ¿Tú qué opinas, Anne?
—Son tres millas y media —puntualizó Craig—. Si salimos a las nueve, llegaremos de sobra al oficio de las once.
—Conmigo no contéis —dijo Emma—. Yo voy con la duquesa cómodamente en carruaje.
—Por mí está bien —dijo Anne, y su voz sonó más baja de lo que habría deseado.
Craig clavó su mirada en ella.
—¿Están hablando de ir mañana a Chichester caminando? —preguntó Julian tras ella.
Anne dio un pequeño respingo y se acercó apenas a Craig.
—Así es, Julian —dijo Emma con simpatía—. Los jóvenes prefieren dar un paseo antes del servicio. Usted y su esposa deberían unirse.
—A mi esposa no le gusta nada caminar, pero yo estaré encantado de acompañarles. De ese modo el señor McEntrie tendrá compañía masculina para atender a las damas.
Craig elevó ligeramente una ceja. Anne desvió la mirada hacia Imogen, que se había situado cerca de la duquesa, aunque esta no le hacía el menor caso. Una idea apareció en su cabeza. Después de todo, nadie tenía más autoridad sobre una mujer que su esposo. Miró a Julian con una sonrisa amable.
—Me parece una magnífica idea —dijo ignorando a propósito el gesto del escocés que estaba a su lado.