Capítulo 49
Craig observaba cómo Anne trataba de librarse del aprieto en el que Julian la había metido.
Imogen contemplaba la escena con inquina mientras su esposo mantenía la mano extendida hacia otra mujer.
Craig conocía a Anne lo bastante para saber que estaba buscando una respuesta ingeniosa y educada y, precisamente por eso, temía que la cosa no saliese bien.
Atravesó la sala con paso decidido y llegó hasta ellos antes de que se escucharan las notas del primer vals de la noche.
—Es nuestro baile —dijo inclinándose ante Anne como si allí no hubiese nadie más.
Ella se agarró a su mano como a un clavo ardiendo y, haciendo una ligera reverencia, lo siguió hasta la pista.
—Una de las primeras cosas que me enseñaron sobre los bailes es que nunca puedes aceptar la invitación de un caballero tras haber rechazado a otro —dijo Anne con voz contenida mientras se dejaba llevar por su firme mano.
—Pues tienes suerte —respondió mirándola divertido—. Yo no soy un caballero y tú no has abierto la boca.
—No encontraba las palabras. —Sonrió desviando la mirada—. Y por supuesto que eres un caballero.
La mano de Craig se cerró ligeramente sobre la suya.
—Creo que Julian ha perdido el norte —dijo él fingiendo que esa sonrisa no le había hecho cosquillas en el corazón—. Te auguro una noche complicada.
—No deberían estar aquí. —Anne usó un tono tan bajo que él tiró instintivamente de ella para acercarla—. Gracias por salvarme.
—Se está convirtiendo en una costumbre. —Miró por encima de su hombro hacia el lugar en el que Timberlake los observaba.
—Julian parece muy amargado —dijo Anne después de unos cuantos giros.
—Con una esposa tan adorable, ¿quién podría haberlo imaginado? —ironizó él.
—No bromees. Es cruel reírse de la desgracia ajena.
—¿Quién se está riendo? Lo único que digo es que, si un escocés que viene a Londres de uvas a peras sabe que esa mujer es una víbora, alguien que ha vivido aquí toda su vida debería haber sabido leer las señales.
—No todo el mundo es tan listo como tú.
Craig torció una sonrisa.
—Tienes un don para convertir un halago en insulto.
Anne enarcó una ceja.
—¿Te ha parecido un halago? Debe de ser agotador tener siempre la respuesta a cualquier pregunta. Y gratificante, eso también. No puedo ni imaginar cómo sería saberlo todo y no dudar nunca de nada.
—¿Crees que tengo todas las respuestas? —La mano que rodeaba su cintura tiró de nuevo de ella un poco más.
—¿Vas a fingir que no? Esos diez años que has vivido más que yo te han dado una sabiduría tan extraordinaria que espero que durante los próximos diez años encuentres el modo de hacer que los caballos hablen.
—Los caballos ya hablan. Que no todos entendamos lo que dicen tiene que ver con nuestras capacidades, no con las suyas.
Anne frunció el ceño.
—¿Tú los entiendes?
—No, yo no, pero conozco a alguien que sí.
—¿Quién?
—Katie.
—¿Te refieres a la esposa de Daniel?
—Sí, a ella.
—¿Habla con los caballos?
—No solo con los caballos. También la he visto hablar con perros y ovejas.
—No es cierto —negó boquiabierta—. Te estás burlando de mí. Eso no es posible. ¿Habla con los caballos? ¡Me encantaría hablar con los caballos! No hablaría con nadie más.
Craig sonrió y sus ojos brillaron con auténtica alegría. Se sentía feliz estando con ella. Teniéndola tan cerca. Podía oler su aroma dulce y floral. Ver las pintitas oscuras que centelleaban en el azul de sus ojos…
—Te gusta Slioscreige —dijo de pronto y no se dio cuenta de lo juntos que estaban.
—Craig…
—Se te iluminan los ojos cuando te hablo de mi casa —siguió él con voz profunda.
—Craig…
Lo empujó suavemente y solo entonces él se percató de que la había pegado a su cuerpo. Sus ojos se toparon con los de Edward, cuyo ceño parecía intentar unir ambas cejas por contacto. La apartó de golpe manteniendo el brazo tieso.
—¿Qué haces? —preguntó Anne a punto de echarse a reír—. ¿Quieres enviarme a la otra sala?
—Perdón —dijo él retomando la posición correcta.
Anne miró a su padre con una sonrisa y el ceño de Edward se suavizó al instante.
—Voy a hablar con él —dijo Craig y, como si creyera que ella terminaría el baile enseguida, volvió a apretar la mano en su cintura—. Cuando regresemos a Londres.
—¿De qué? —La mirada de Anne se oscureció.
—De nosotros.
—No hay ningún nosotros.
—Anne.
—Craig, no.
—Es lo correcto —dijo impidiendo que ella lo soltara.
—No servirá de nada, no voy a cambiar de opinión. Solo conseguirás enfurecerlo. Y ponerme a mí en una situación insostenible.
—No es lo que pretendo.
—Pero es lo que pasará. Volverás a ponerlo contra mí, como hiciste en Doncaster.
—Yo no lo puse contra ti —dijo dolido.
—¿Ah, no?
La música acabó y Anne se alejó de él sin esperar a que la acompañase. Cogió a Julie de la mano y las dos muchachas salieron juntas del salón. Craig hizo ademán de seguirlas, pero Edward le salió al paso.
—¿No te han enseñado modales? ¿Quieres poner a mi hija en evidencia?
Craig miró a su alrededor como respuesta y Edward bajó el tono.
—¿A qué juegas, Craig?
—No juego a nada.
—¿Hay algo que quieras contarme?
El escocés respiró hondo varias veces y finalmente negó con la cabeza.
—Bien —dijo Edward aliviado—. Pues mantente en tu sitio la próxima vez que bailes con Anne.
Craig asintió y en cuanto Edward se alejó satisfecho, él abandonó el salón.
—Julie, déjanos solos —pidió cuando las encontró en una sala repleta de tapices y cuadros.
—No, Julie, no te vayas —negó Anne.
—Julie, necesito hablar con Anne. A solas. —La mirada severa de Craig no dejaba lugar a dudas de que la sacaría él mismo si no obedecía—. Deja la puerta abierta.
—Estaré ahí fuera —dijo antes de salir—. Aquí mismo. Te oiré si me llamas, Anne.
Su amiga asintió juntando las manos sobre la falda.
—Yo no puse a tu padre contra ti —dijo enfadado.
—Os oí aquella noche, después de la carrera. A Frederick y a ti. —Sus ojos echaban chispas—. Oí todo lo que dijisteis. Y mi padre también lo oyó.
Craig entornó los ojos mientras trataba de recordar aquella conversación. Al parecer, Anne la recordaba a la perfección.
—Estábamos enfadados…
—Sí, lo estabais, y por eso dijisteis lo que pensabais.
—Eso no es así, Anne, y lo sabes. Cuando estamos enfadados decimos cosas que no pensamos. No recuerdo mis palabras, pero seguro que dije un montón de estupideces que no pienso.
—Ni siquiera me disteis la oportunidad de explicarme. Me juzgasteis y sentenciasteis sin opción a defenderme.
Craig se frotó la nuca con expresión culpable.
—Los tres me veíais como a una niña y me tratasteis como si hubiese hecho una travesura imperdonable. Ni siquiera os planteasteis la posibilidad de que tuviese un motivo serio para hacer lo que hice.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le reprochó él.
—¿Me habrías escuchado?
—Yo siempre te escucho, Anne. Siempre —dijo rotundo dando un paso hacia ella—. Incluso cuando dices bobadas, te escucho.
Anne apretó los labios y elevó el mentón con orgullo, aunque el leve temblor de sus manos la traicionaba.
—¿Sabes cuándo eres más inmadura? Cuando haces esto. —La señaló—. Cuando niegas algo evidente, algo que los dos sabemos.
—No sé de lo que hablas.
—Ahí está.
Anne se cruzó de brazos para protegerse de su cercanía, pero no podía eludir la mirada que la tenía presa.
—Lo que hay entre nosotros no puede negarse y casarnos es la única solución. Lo sé yo y lo sabes tú. Pero, además… —Extendió la mano para apartar un mechón de pelo que se le había escapado del recogido—. Tú quieres casarte conmigo, Anne.
—Pero tú no —dijo ella apartando su mano de un manotazo.
—Eso no es cierto.
—Si pudiera darte lo que Poppy te dio, ¿te casarías conmigo?
—Anne —dijo entre dientes con rabia.
—Contéstame.
—No, no voy a contestar a semejante bajeza.
—Entonces contestaré por ti. —Hablaba con una suavidad estremecedora—. No te casarías conmigo, me tomarías y después regresarías a tu vida aliviado por no tener que cargar con alguien que, a todas luces, no crees apta para ti.
—Eso no es cierto —repitió con cansancio.
—¿Ahora quién es el inmaduro, Craig McEntrie?
No reconocer algo que los dos sabemos que es cierto no hará que desaparezca.
Ya te dije que no me casaré contigo y no era ninguna treta para despertar tu interés.
No soy esa clase de persona y jamás haría algo tan burdo.
Siempre he dicho lo que siento y lo que quiero, tú lo sabes mejor que nadie.
Y ya no quiero casarme contigo, ni ahora ni nunca.
Se giró para salir de allí, pero él la detuvo agarrándola por el brazo.
—No vas a soltar tu verdad e irte, como haces siempre.
Ella se revolvió para soltarse, pero él la agarró también del otro brazo.
—Mírame, Anne, y dime qué quieres que haga.
Lo miró incrédula.
—Me vuelves loco, loco, Anne. No sé si subes o bajas, no sé si vienes o vas. Intento seguirte el paso, pero haces que me sienta torpe y estúpido. Me dices que me amas y que me casaré contigo y trato de alejarme de ti para que me olvides, porque yo no soy lo que tú necesitas…
—Di las cosas como son. —Se sacudió librándose de su agarre—. ¡Yo no soy lo que tú necesitas! Me lo dejaste bien claro.
—Porque es lo que creo —dijo resignado—.
Lo creo de verdad. Nos volveremos locos el uno al otro, yo con mi estabilidad y tú con tu caos.
Tendré que decirte que no alguna vez y tú no aceptas que te digan que no.
Lucharás contra mí y yo no cederé, porque nunca cedo ante lo que creo justo.
Te haré daño, joder, Anne, sé que te haré daño…
—Ya me has hecho daño —dijo ella recobrando la calma.
—Pero será peor porque serás mía y yo seré tuyo. Cada herida dormirá con nosotros en nuestra cama. Estará presente cuando te haga mía y tendrás que fingir que me has perdonado.
—¿Por qué habrías de dañarme?
—Porque no te diré a todo que sí. No lo haré, sin importar lo mucho que sufras.
—No quiero que me digas a todo que sí.
—Acabarás odiándome. O yo acabaré odiándome. No eres una persona fácil de amar, Anne.
Ella dio un paso atrás y él masculló una blasfemia en gaélico.
—¿Eso quieres? —preguntó ella con los ojos húmedos—. ¿Alguien fácil de amar?
Craig asintió con pesar, pero sin esquivar la pregunta. Había ido dispuesto a abrir su corazón si era necesario y Anne no iba a perder la oportunidad de desgarrárselo.
—Quiero que seas tú, Anne. Quiero que seas esa persona.
—Pero no lo soy.
—Ya no sé ni lo que pienso. Un día me despierto decidido a hacerte mía y al siguiente solo quiero subirme a Ealain y cabalgar lo más lejos de ti que me sea posible.
—Pues espero que no hagas las cosas en ese orden —dijo llorando y riendo a la vez.
Él gruñó al tiempo que cerraba los puños.
—No pasa nada, Craig —dijo acercándose a él. Puso una mano en su mejilla y lo acarició con ternura—. Lo entiendo. De verdad que sí.
—¿Ah, sí? Pues explícamelo, por favor.
—Me amas. —Se limpió la lágrima que escapó de uno de sus ojos—.
De eso no me cabe la menor duda. Hay algo entre nosotros que escapa a cualquier deseo o premisa previa.
Algo que estaba ahí y que yo detecté mucho antes que tú.
Pero soy todo aquello que te causa sufrimiento: impulsiva, decidida, apasionada…
Pienso algo y ya lo estoy haciendo, no mido las consecuencias cuando estoy protegiendo a quien amo.
Crees que nuestra vida juntos sería una constante lucha de voluntades.
Y crees que yo me consumiría porque nunca podría vencerte.
—Aunque me vencieras.
—Cierto. —Sonrió y luego se mordió el labio—. Y lo más triste es que no hay salida. Cuando me convertí en la mujer que creía que tú querrías, no te gustó.
—No.
—Porque esta es la única Anne que puedes amar. Con sus virtudes y sus defectos.
Craig asintió sin apartar la mirada. La humedad de sus ojos grises hacía que pareciesen de cristal.
—Deja de torturarte —pidió ella—. Hoy, aquí, acabaremos con esto.
Disfrutaremos de estos días, de las carreras y de la victoria de Seabhag, porque va a ganar, te lo digo yo.
Y luego tú te marcharás a Slioscreige con tus caballos y tu enorme familia.
Encontrarás a una buena mujer que sepa amarte como tú necesitas y a la que puedas amar sin culpa.
—¿Y tú?
Anne se encogió de hombros.
—Yo… —Dejó escapar el aire—. Me quedaré soltera.
—Anne…
—Es broma —dijo riendo—. Seguro que también encontraré a un buen hombre.
—¿Fairfax?
Ella elevó una ceja evasiva.
—¿Quién sabe?
—Mejor Fairfax que Julian. Al menos él está soltero.
—Eso ha sido un golpe bajo, McEntrie.
Craig se moría por besarla. Mucho más que eso, anhelaba tomarla en sus brazos y hacerla suya. Todo su cuerpo lo empujaba hacia ella, tenía que ejercer un control descomunal para mantener esa corta distancia. Pero, sobre todo, deseaba decirle que cuidaría de ella, que estaría a su lado, que…
—Estaré bien —dijo Anne como si pudiera leerle el pensamiento—. Y un día, cuando seamos viejos, te recordaré que hubo un tiempo en el que me consideraste una niña tonta e inmadura.
Se puso de puntillas y lo besó en los labios. Un beso dulce y tierno que Craig sintió como un puñetazo en el centro del pecho. Cuando ella se separó, él seguía con los ojos abiertos.
—Me voy yo primero, pero no quiero que digas que estoy huyendo. Es que no deberían vernos salir juntos.
—Anne… —la llamó cuando ella ya estaba en la puerta.
—Lo sé —dijo ella con una sonrisa y los ojos brillantes—. Yo también.
Y desapareció.