Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 48
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Capítulo 48

Anne y Julie se preparaban para el baile de bienvenida que los Richmond organizaban para sus huéspedes.

Sería una celebración sencilla, dentro de lo que la duquesa consideraba sencillo.

A juzgar por el ajetreo de los criados, Julie no habría descartado que la propia reina Victoria figurase entre los invitados.

De pie frente al espejo, Julie se contemplaba emocionada.

Había aceptado ponerse el vestido de tafetán de seda de Anne, porque ella solo tenía un vestido de fiesta.

El suyo era muy sencillo, pero pensaba llevarlo la noche del gran baile de la duquesa, de manera que, cada vez que volviera a ponérselo, el recuerdo de esa noche le viniera cosido a la tela.

Estudió su reflejo y sonrió complacida. El color rosa, cálido y apagado, hacía que los destellos de su cabello castaño se viesen dorados.

El cuerpo estaba cortado en punta y tenía un escote recatado.

Se movió para verse de lado. La esclavina de blonda color marfil que rodeaba los hombros descendía sobre el pecho en pequeñas ondas.

—Me encanta —dijo con sinceridad mientras daba una vuelta entera—. ¿Has visto estas mangas abullonadas? ¿Y el volante?

Anne sonrió satisfecha pensando que Julie estaría preciosa con cualquier cosa que se pusiera.

—Estás guapísima —dijo al tiempo que le daba los guantes de seda a juego.

Julie la miró de arriba abajo con admiración.

—El color azul te sienta de maravilla.

Anne llevaba un vestido de muselina de seda azul muy pálido sobre un fondo de satén blanco.

El cuerpo ajustado dejaba al descubierto la línea de los hombros, con un escote ancho al que le habían cosido diminutas flores blancas de seda que solo podían verse si te acercabas lo suficiente.

La falda nacía de la cintura en pliegues apretados y se abría en una campana amplia, sostenida por varias enaguas, como la de Julie.

—A Susan no se le da mal esto de peinarnos —dijo la maestra fijándose en el recogido trenzado de Anne y comparándolo luego en el espejo con el suyo propio—. Si mi pelo no fuese tan lacio, el recogido tendría tanto volumen como el tuyo.

—Está perfecto así —dijo Anne cogiendo algo de su joyero—. Date la vuelta.

Julie obedeció al instante y Anne le ató una cinta de terciopelo al cuello con una piedra rosa en el centro.

—Es perfecto —dijo Julie acariciando la piedra.

Anne se puso entonces un fino collar de perlas que su madre le había traído una hora antes con los pendientes a juego.

—¡Listas! —exclamó, dando por terminado el arreglo.

—Creo que llevo el corsé demasiado apretado —dijo Julie.

—No estés nerviosa, tonta. Lo vamos a pasar muy bien, ya lo verás.

—Echo de menos a Lucille.

—Ella tiene a Oliver —dijo Anne caminando hacia la puerta.

—Cierto —afirmó Julie siguiéndola al pasillo—. Y nada puede competir contra un vestido verde.

Anne se paró en seco y la miró severa.

—¿Qué? —dijo la otra sin detenerse hasta llegar al final del pasillo, donde las esperaban Edward y Emma.

—Estáis encantadoras —dijo la madre de Anne con expresión complacida.

Se dirigieron al salón de reunión, donde se encontraron con los duques y sus huéspedes. Saludaron a los anfitriones y después al resto de invitados. Cuando les tocó el turno a los Timberlake, Anne no se sorprendió de que Imogen pareciese contenta de verla.

—Anne, querida, estás preciosa. Y usted también, señorita Havelok, por supuesto.

Anne fingió no percatarse de la intensa mirada de Julian, pero tuvo que hacer grandes esfuerzos para disimular. Sin darse cuenta, sus ojos barrieron la sala en busca de…

—Buenas noches.

Su voz era inconfundible y erizó el vello de todo su cuerpo.

Se giró despacio y contuvo el aliento. El frac negro hacía que se viera imponente.

Se había afeitado con pulcritud y había domado su pelo, que a la luz de las velas ardía en un rojo oscuro.

Pero lo que alteró el ritmo de su corazón fueron sus ojos grises, que brillaban con una chispa algo desvergonzada.

—Buenas noches —respondió en tono suave.

Craig miró por encima de su hombro e hizo un ligero movimiento de cabeza para saludar a Julian Timberlake.

—Señor McEntrie —lo saludó Julie cuando terminó de hablar con Imogen, a la que había agradecido su peculiar y distraído halago.

La duquesa organizó la entrada al comedor, indicando a cada caballero qué dama debía acompañar.

Anne no tuvo más remedio que agarrarse del brazo de Julian, mientras que su amiga se cogía al de Craig con visible agrado.

La comitiva ocupó sus asientos tal y como la duquesa había dispuesto.

Con Julian a su lado y Craig enfrente, la cena se presentaba entretenida.

Durante el primer plato, Anne pudo relajarse, ya que el tema de conversación se centró en las distintas carreras y las predicciones de los presentes para los ganadores.

Craig fue requerido en varias ocasiones para dar su opinión y Anne disfrutó enormemente de sus apreciaciones.

Con el segundo plato, Julian se animó a abordarla sacándola del tema que a ella le interesaba.

—¿Permanecerá en Londres hasta que acabe el verano, señorita Anne?

—No lo creo —dijo tratando de no perder el hilo de lo que Craig decía.

—Será una pena si se marcha. Lady Cavendish organizará una velada musical en la que se interpretarán obras del señor Chopin, entre otros.

—¿Sí? —dijo con toda su atención puesta en la discusión que acababa de iniciar el coronel Anson con el duque de Richmond acerca de Blue Bonnet.

—Recuerdo que le gustaba mucho la música de Chopin —insistió Julian.

—Desde luego.

—Me encantaría verla en casa de los Cavendish.

Anne lo miró. Quería que leyera en sus ojos la incomodidad que le provocaba.

—¿A su esposa le gusta Chopin? —preguntó con intención.

Julian apretó los labios y antes de responder cogió su copa y bebió un largo trago de vino.

—No —respondió con voz serena—. Mi esposa no es amante de la música. Y tampoco lee, ¿no le parece increíble?

Habría podido responder muchas cosas a semejante pregunta, pero Anne sonrió levemente.

—Lo dice como si le sorprendiera.

—La primera vez que nos vimos fue en un concierto —dijo él en tono quedo con la mirada clavada en su plato, aunque a Anne le daba la impresión de que no le importaba que lo oyeran—.

Cuando me casé con ella estaba convencido, no solo de que era una experta en Mozart, sino también de que la música era su mayor pasión. Y resulta que… le aburre mortalmente.

Anne no pudo evitar sentir lástima por él. Aquella era la voz de un hombre derrotado.

—También creía que le gustaba el arte, había mantenido con ella largas charlas sobre pintura. —La miró con una sonrisa amarga—. Debe de pensar que soy patético.

Anne miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo había oído.

—No debería hablar así —musitó con temor.

—¿Cree que no lo saben todos? En el poco tiempo que llevo casado ya he oído cosas de mi mujer que harían sonrojar incluso a su amigo el escocés —dijo mordiendo las palabras.

Anne empalideció y sus ojos se desviaron hacia Craig, que escuchaba la argumentación del coronel Anson.

—¿Qué opina usted, señorita Wilmot? —preguntó Imogen en ese momento, sentada frente a ella, un par de asientos a la izquierda.

—Discúlpeme, señora Timberlake, ¿sobre qué quiere que opine?

—Lady Eleanor Kerridge cree que la siguiente en casarse después de su hermano George será usted. ¿Hay algún candidato a la vista?

—En absoluto —dijo tratando de que no se le notara la tensión.

—Estuvo en casa de lady Fairfax hace poco, ¿no es cierto? —siguió Imogen—. ¿Una visita de cortesía?

—Lady Fairfax me invitó amablemente a tomar el té con ella.

Imogen amplió su sonrisa y cada vez más comensales se sintieron atraídos por la conversación.

—Según la informante de lady Eleanor —siguió—, su hijo también estuvo presente.

—Señora Timberlake, me está dejando usted en evidencia —protestó lady Eleanor sin el menor sonrojo.

—Vamos, vamos, estamos en confianza —dijo Imogen quitándole importancia.

Anne observó la larga mesa repleta de comensales, entre los que había algunos a los que acababa de conocer. Intentó que no hubiera expresión alguna en su rostro cuando respondió.

—Sí, Jonathan Fairfax tomó el té con nosotras.

Imogen se rio de manera afectada.

—Lady Eleanor, parece que usted tiene razón —dijo—. A mí me habían llegado noticias de que sería su hermano Charles el siguiente en contraer matrimonio, pero está claro que me equivocaba.

Anne se preguntó si nadie más veía la mirada perversa que había en sus ojos. Imogen no sabía nada, solo estaba tanteándola.

—Querida, no creo que este sea un tema para hablar en una cena como esta —dijo Julian con tono cortante.

—Querido esposo, este es precisamente el lugar para hablar de estos temas, ¿verdad, señoras? No hay nada que interese más que saber con quién se van a casar nuestros amigos.

—La señorita Wilmot es todavía muy joven para pensar en eso —insistió Julian.

—¿Joven? Somos casi de la misma edad y yo estoy casada.

Julian apretó los labios y Anne percibió la tensión que emanaba de su cuerpo.

—¿Han tenido la oportunidad de visitar el túnel del Támesis? —preguntó Julie de repente—. Anne me llevó a verlo y me pareció una experiencia de lo más sensorial.

—¿Sensorial? ¿A qué se refiere? —preguntó la joven sentada frente a ella.

—En cuanto se desciende, se agudizan todos los sentidos: el olfato, el oído, el tacto…

—¿También el gusto? —se burló Imogen—. Espero que no, por favor.

Las otras damas se rieron también, pero Julie no se inmutó. A continuación pasó a describir las impresiones sobre su visita y Anne pudo continuar comiendo tranquila. Craig la miró un instante, pero no le dirigió la palabra en ningún momento.

Una vez acabada la cena, la duquesa abandonó el salón seguida por todas las damas y se reunieron en una sala contigua para tomar té y comer dulces mientras los hombres bebían oporto antes del baile.

—Esa mujer no va a dejarte tranquila.

Se habían sentado en un sofá con la señora Burtin, cuya trompetilla estaba dirigida hacia el lugar que ocupaba la duquesa. Julie hablaba sin apenas mover los labios y en un tono tan bajo que incluso a Anne le costó esfuerzo escucharla.

—Lo sé —respondió utilizando el mismo método.

—Su marido no debería haberte defendido. Lo ha hecho aún más evidente.

—No me ha defendido.

—Ya lo creo que sí. Y delante de todos. Ese hombre tiene tan poca delicadeza como su esposa. Son tal para cual.

Anne suspiró impaciente y miró su taza de té con desgana.

—Lo último que necesito es té —masculló, más alto de lo que pretendía.

—¿Qué dice? —preguntó la señora Burtin con exceso de entusiasmo.

Su tono llamó la atención del resto de damas.

—¿Necesita algo, señora Burtin? —preguntó la duquesa.

—Yo no necesito nada —respondió la mujer elevando la voz—. Es esta muchacha que no sé qué quiere.

—No quiero…

—¿Qué? —la interrumpió cambiando la trompetilla de lado—. Repítalo ahora, es que no oigo bien.

—Lo sé, señora Burtin.

—¿El qué sabe?

—Que no oye bien.

—Ah, sí, eso le he dicho.

—Sí.

—¿Sí a qué?

Julie desvió la mirada mientras repasaba la tabla del siete para no reírse.

—Señora Burtin, la señorita…

—¿Qué? —La mujer volvió a cambiarse la trompetilla de oreja para escuchar lo que decía lady Eleanor Kerridge.

—Le digo —respondió la mujer elevando el tono— que la señorita Wilmot está incómoda.

—Pero si este sofá es de lo más cómodo. —La anciana movió la cabeza nada complacida—. En mis tiempos las jóvenes nos sentábamos en sillas de madera para educar la espalda.

—¿No quiere un pastelito? —le ofreció lady Eleanor y Anne pensó que lo hacía para que tuviera la boca ocupada.

Cuando la señora Burtin estuvo distraída comiendo, la conversación continuó con calma por diferentes temas, despertando especial interés la última visita de la duquesa a su majestad la reina.

—¿Estás más tranquila? —preguntó Julie muy bajito después de unos minutos.

—Sí —dijo Anne dejando la taza de té intacta en una mesita.

—Parece que no te apetece mucho el té.

Anne percibía la risa en la voz de su amiga y la miró con severidad. Julie hizo un gesto para indicarle que mantendría la boca cerrada y en ese momento las puertas dobles se abrieron para dar paso a los caballeros.

—Querida —dijo el duque caminando hasta su esposa—. Los músicos ya están listos.