Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 47
64%

Capítulo 47

Los carruajes de los Wilmot se detuvieron ante la casa de los duques. Cuando Anne iba a bajar, se sorprendió al encontrar la mano que Julian Timberlake le ofrecía.

—Señorita Wilmot, permítame que la ayude —dijo con voz suave y una sonrisa que llegaba con retraso a unos ojos demasiado atentos.

Anne aceptó el gesto disimulando su incomodidad y se apartó enseguida para dejar sitio a Julie, que salió tras ella. Julian repitió el gesto de cortesía y la ayudó a bajar.

—¿Han tenido buen viaje? —preguntó Julian.

—Sí, aunque estábamos deseando llegar. Le presento a mi amiga Julie Havelok. Julie, te presento a Julian Timberlake.

—Señor Timberlake.

—Señorita Havelok.

Julian inclinó la cabeza y Julie hizo la correspondiente reverencia.

—¿Su esposa está descansando del viaje? —preguntó Anne.

—Imogen está con la duquesa. Ha insistido tanto en que quería conocer los jardines que su gracia no ha tenido más remedio que complacerla. Yo me disponía a dar un paseo para estirar las piernas.

—Pues no lo entretenemos más —dijo Anne deseando que se marchara.

Julian le tomó la mano para besarla y mantuvo la mirada fija en ella unos segundos.

—Está usted… diferente.

—¿Diferente? —Frunció el ceño—. ¿En qué sentido?

—En el buen sentido —dijo soltándola con delicadeza.

Se tocó el sombrero y se alejó de ellas. Julie le dio la espalda para que no viese su expresión de asombro.

—No digas nada —susurró Anne.

—Pero…

—No digas nada —insistió dándose la vuelta para alejarse de ella a paso ligero.

En cuanto entraron al dormitorio que les habían asignado, Julie se dejó caer en la cama con los brazos abiertos y una sonrisa pícara que Anne se empeñó en no ver.

—Así que ese era Julian Timberlake. —Soltó una carcajada.

—No sé qué es lo que te hace tanta gracia.

—¿Y su esposa ya lo sabe?

—Julie, no hagas bromas con eso.

Su amiga se sentó en la cama y le dirigió una mirada elocuente.

—Anne, somos amigas, no me vengas con remilgos. He visto cómo te ha mirado. Ese hombre está loco por ti.

—Es un hombre casado.

—Pero tiene ojos. Y juraría que no podía despegarlos de ti. Parece que no se ha olvidado del beso que le diste.

—Eso fue una niñería. No debería habértelo contado —dijo para sí.

—Las amigas se lo cuentan todo. —Julie volvió a tumbarse—. Estoy muerta. No entiendo a la gente a la que le gusta viajar.

—Si por ti fuera no saldrías de Aveldon. Eres igual que Susan.

—Desde luego. Vivo en el mejor lugar del mundo, ¿por qué iba a querer salir de allí?

Anne se tumbó a su lado y juntó las manos sobre el estómago.

—En eso estamos de acuerdo. Aveldon es el mejor lugar del mundo.

—Creía que para ti el mejor lugar del mundo era Lanerburgh —se burló.

Anne giró la cabeza y la miró severa, pero su amiga siguió con la misma sonrisa burlona.

—Pronto podrás comprobar lo bonito que es. —Se sentó de golpe—. Te irás con Craig cuando se marche.

—¿Yo? —Julie se sentó también.

—Es lo que acordasteis, ¿ya te has olvidado?

—Eso fue un comentario sin importancia…

Llamaron a la puerta y Anne se levantó a abrir.

—Traemos el equipaje —dijo Susan entrando delante de dos lacayos—. Dejadlo ahí. No, en este espacio.

Los criados hicieron lo que les ordenó sin protestar y luego salieron de la habitación.

—Ustedes dos vayan a dar un paseo por ahí —dijo Susan—. Cuando vuelvan después del almuerzo ya tendrán todo colocado en su sitio. Vayan.

Anne miró a Julie, que se encogió de hombros y la siguió.

Los criados iban y venían llevando equipajes y Anne vio a través de la puerta abierta de la entrada que su padre hablaba con el duque en el exterior de la casa.

Dejaron atrás el gran vestíbulo, con sus columnas de granito y sus caballos pintados, y atravesaron un salón alargado.

Los dos grandes cuadros colocados sobre las chimeneas llamaron la atención de Julie, que se acercó a mirarlos con interés.

Anne esperó pacientemente hasta que su amiga terminó el escrutinio, y continuaron el recorrido.

El salón amarillo hizo que Julie se detuviera en el umbral.

La luz entraba a raudales por los altos ventanales y encendía la seda de las paredes, los dorados de los muebles franceses y los colores de la alfombra.

A través de una puerta abierta descubrieron una estancia circular en donde se exhibían tal cantidad de objetos de porcelana que Julie juntó las manos sobre su falda temiendo romper algo sin tocarlo siquiera.

—Probablemente una de esas tazas valga más que nuestra casa en Aveldon —musitó admirada.

Anne se rio ante su ocurrencia, aunque lo cierto era que no tenía la menor idea de cuánto costaba ninguna de las dos cosas.

Continuaron hasta el salón de baile. Sus pasos resonaron bajo el techo altísimo y Julie la cogió de las manos y comenzó a tararear un vals al tiempo que la guiaba como si fuese su pareja de baile.

Anne le siguió el juego y se deslizaron por la sala con elegancia y agilidad destacables.

Alguien carraspeó con demasiadas ganas y Anne se giró hacia la voz para ver a Imogen junto a la duquesa, que las observaba con expresión divertida.

Las dos jóvenes interrumpieron el baile y se acercaron a ofrecerle una reverencia.

—Vuestra gracia —dijo Anne bajando la cabeza.

—No hay duda de que se les da muy bien bailar —dijo la duquesa con simpatía—. ¿Quién es esta joven que danza cual bailarina?

—Le presento a Julie Havelok, es una amiga de Aveldon.

—¡Oh! Precioso lugar, sin duda. Estuve hace unos años invitada en casa de los duques de Greenwood y pasé unos días deliciosos.

—Havelok… Havelok… —dijo Imogen elevando levemente una ceja—. No me suena el apellido.

—Mi padre es médico y mi madre partera, no creo que los conozca —dijo Julie con absoluta naturalidad.

Imogen abrió los ojos con sorpresa y miró a Anne interrogadora, pero la hija de los Wilmot no dijo una palabra y siguió sonriendo relajada.

—Un médico y una partera —dijo la duquesa—. Debe de estar usted muy familiarizada con todo lo referente a la salud, señorita Havelok.

—Así es. Soy hija única y crecí oyendo hablar de enfermedades y partos. Mientras mis amigas tiemblan ante una gota de sangre, yo no tengo el menor reparo en atender cualquier clase de herida.

—Espero que no sean necesarias sus habilidades estos días, aunque en las carreras siempre ocurren accidentes. ¿Es usted enfermera?

—No, vuestra gracia, soy maestra.

—Oh, admirable labor la de educar a los futuros hombres y mujeres de Inglaterra.

—Disculpe, vuestra gracia. Necesito consultarle una cuestión sobre el almuerzo —dijo el ama de llaves.

—El deber me llama —dijo la duquesa sonriendo con agrado—. Dejo a la señora Timberlake con ustedes, seguro que lo pasa mucho mejor con jóvenes de su edad. Nos veremos en el almuerzo.

En cuanto la duquesa salió del salón, un silencio incómodo inundó la sala.

—Estábamos paseando —dijo Julie tratando de distender el ambiente.

—¿Paseando? —Imogen arrugó la nariz—. No es de buena educación fisgonear en casas ajenas.

—Tranquila, Imogen, no hemos entrado en los dormitorios ni robado la plata —dijo Anne con evidente fastidio.

—¿Has venido con toda tu familia? —preguntó la otra con descaro.

—Solo mis padres.

—¿Charles no ha venido? —Imogen frunció el ceño—. ¿Cómo es posible? Le encantan las carreras de caballos.

—Tenía asuntos que atender en Londres.

—¿Qué asuntos? Quiero decir, es extraordinario que Charles Wilmot se pierda un evento tan importante. Sé que tu padre tiene un caballo inscrito en la Harroway Plate.

—Como te he dicho, tenía asuntos que atender. —Anne sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos como el hielo.

—Es… extraño —musitó Imogen desviando la mirada hacia la ventana.

—Hemos conocido a su esposo hace un momento —dijo Julie.

—¿Ah, sí?

—Sí. Salía a dar un paseo cuando hemos llegado.

—Sí, a Julian le gusta caminar —dijo como si le desagradara.

—Caminar es un ejercicio vigorizante —continuó Julie mientras Anne la observaba interesada sin saber qué pretendía—. Mi padre lo aprobaría.

—Supongo que es algo habitual en el campo.

—Por eso la gente del campo vive más. Si quiere vivir tanto como su esposo, debería acompañarlo.

Imogen la miró horrorizada.

—¿Quiere que salga a caminar con mi esposo?

—Lo dice como si fuese un desconocido. ¿Con quién mejor que con él? Después de todo, se casaron para toda la vida. No es mala idea compartir actividades.

—¿Eso también es un consejo de su padre? —Imogen se llevó la mano a la frente—. ¿Podría hacerme un favor? Estoy un poco mareada y me vendría bien tomar algo fresco. ¿Puede ir a la cocina y preguntar?

—Iré yo —dijo Anne.

—No. —Imogen la agarró del brazo—. Tú quédate conmigo.

Anne sintió los dedos clavándose en su brazo y asintió para que Julie supiese que estaba bien. En cuanto se quedaron solas, Imogen la soltó y su expresión cambió por completo.

—¿Dónde está tu hermano?

—Ya te lo he dicho, tenía asuntos en Londres.

—¿Qué asuntos?

—Imogen, estamos en casa de los duques de Richmond, tu esposo está…

—Me importa muy poco dónde está ese sinsangre .

Anne se esforzó en no demostrar su turbación.

—¿Cuándo llegará Charles?

—No va a venir.

—¿Qué? De ningún modo. Quedamos en encontrarnos aquí.

Anne miró a su alrededor con preocupación. La casa estaba llena de gente y los criados iban de un lado para otro todo el tiempo.

—Esto se te está yendo de las manos, Imogen, vas a ponerte en evidencia.

La otra apretó los puños visiblemente furiosa.

—Le dije a tu hermano que viniese. Me he preparado para él. Si crees que aceptaré que me deje tirada…

—Londres está a sesenta millas, Imogen, no hay nada que puedas hacer —sentenció Anne perdiendo la paciencia—. Mi hermano no es nada tuyo y quiere que lo dejes en paz. Ama a otra y…

En cuanto las palabras abandonaron su boca, supo que había metido la pata.

—¿¡Qué!? —El grito se escuchó amplificado en aquel salón.

Anne abrió los ojos asustada.

—Imogen…

—¿Has dicho que ama a otra? ¿A quién?

—No es asunto…

Imogen la agarró del brazo y la zarandeó.

—¡Que me digas quién es ahora mismo!

—Imogen…

Anne no vio venir la bofetada. Imogen la golpeó con tanta fuerza que le giró la cara.

—Me las pagarás —amenazó la otra—. Esto es cosa tuya, ¿verdad? No podías dejarnos en paz. Tú deberías haberte casado con ese insulso, ese bueno para nada, ese medio hombre… ¿Por qué no te casaste con él?

Anne se frotó la mejilla, confusa. No podía creer que aquello estuviese pasando.

—No te saldrás con la tuya, te voy a demostrar que no es buena idea meterse conmigo.

Levantó la mano de nuevo, pero Craig se la sujetó con firmeza.

—¿Quién…? —Imogen miró al escocés, que tenía una expresión indescifrable.

—Estoy seguro de que no ha pensado bien lo que iba a hacer.

—Craig… —musitó Anne.

—Anne. —Inclinó la cabeza a modo de saludo y sus ojos se clavaron en la mano que aún tenía en la mejilla. Su expresión se endureció y obligó a Imogen a bajar el brazo—. Será mejor que se retire, señora Timberlake.

—¿Cómo se atreve a interrumpirnos? La señorita Wilmot y yo…

—La señorita Wilmot ha terminado con usted. Haga el favor de marcharse.

Imogen apretó los labios furiosa y Craig dio un paso hacia ella. Imogen retrocedió intimidada, pero elevó la mandíbula con orgullo. El escocés siguió mirándola con una clara advertencia en los ojos hasta que ella se dio la vuelta y se fue.

—No deberías haber intervenido —dijo Anne apartándose la mano de la cara.

Craig la miró entonces y apretó los dientes al ver lo roja que tenía la mejilla.

—Te ha pegado —masculló.

—No ha sido nada.

—Te ha pegado.

—Craig, no te metas en esto. Ya te dije que Imogen sabe…

—Me importa muy poco lo que sepa. Si vuelve a ponerte la mano encima, será ella la que acabará con una mejilla roja.

Anne torció una sonrisa.

—¿A quién quieres engañar? Jamás le tocarías un pelo. Tú no eres de esos.

—No me hace falta, solo tengo que hablar con su marido.

—No harás semejante cosa —dijo asustada.

—Si vuelve a tocarte, vaya si lo haré.

—¡Craig! Sabes lo que…

—¿Dónde ha ido la señora Timberlake? —dijo Julie al entrar en el salón con un vaso de limonada en la mano—. Craig, estás aquí. Anne, ¿qué te ha pasado?

Se acercó a su amiga con preocupación.

—Imogen le ha dado una bofetada —masculló Craig como si considerara a Julie culpable.

Julie lo miró asombrada y luego fijó la vista en su amiga.

—¿Te ha pegado? Pero…

—No deberías haberlas dejado solas.

—Pero yo… no creí…

—Julie no tiene la culpa de nada —lo regañó Anne—. Imogen le pidió un favor y no podía negarse.

—Sí podía —insistió él—. Y debió hacerlo.

—Basta, Craig —ordenó Anne.

El escocés respiró hondo, tratando de contenerse.

—No se me pasó por la cabeza lo que pretendía —dijo Julie apesadumbrada—. Lo siento mucho, Anne.

—No has hecho nada malo —dijo su amiga sin dejar de mirar a Craig con severidad—. Y tú vete a cambiar para el almuerzo. Hueles a caballo.

El escocés se dio la vuelta y salió de allí a grandes zancadas.