Capítulo 46
Craig despertó cuando ya había amanecido.
Se quedó inmóvil unos segundos evaluando las irritantes molestias en distintas partes de su cuerpo y maldijo su mala cabeza.
Se sentó en el borde de la cama y movió el cuello suavemente, dejando que sus músculos despertaran también.
Había dormido solo cinco horas, pero el baño mereció la pena.
Se vistió con movimientos rígidos agradeciendo que alguien hubiese adecentado su ropa quitándole el polvo del camino.
Hasta que llegase su equipaje iba a tener que seguir usándola.
Trató de no pensar en lo que dirían sus primos si lo vieran.
Anthony le recordaría aquella estupidez durante el resto de su vida y Cai lo relataría en cada reunión familiar, siempre en el momento más incómodo, por supuesto.
Sonrió aliviado. Por suerte, Lanerburgh estaba muy lejos de Goodwood.
—¿Ephraim duerme? —le preguntó a Dylan a modo de saludo al llegar a las cuadras.
—Sí. Se acostó bastante tarde.
Craig se acercó a Ealain y la yegua cabeceó al verlo.
—¿Estás enfadada? —preguntó acariciándole el cuello—. Sigue en pie lo de que me cocees si quieres.
—Ha comido y descansado bien —informó Dylan—. Y no hay signos de inflamación en sus patas.
Craig hizo caso omiso y la examinó con cuidado. Las patas y los cascos estaban bien y no había rozaduras en el lomo por culpa de la silla.
—Que descanse todo el día. —La yegua apoyó la cabeza en su hombro y él la abrazó—. Buena chica.
Salió de la cuadra de Ealain y se dirigió al fondo de las caballerizas, donde estaba Seabhag. El purasangre se removió al verlo y golpeó una vez el suelo con la mano.
—Buenos días, muchacho.
—¿Lo va a sacar, señor? Ephraim no se levantará hasta mediodía.
—Sí. Lo llevaré a la pista y daremos un paseo. Nada de correr, solo una vuelta de reconocimiento. —Le dio unas palmadas en el cuello y le revolvió las crines—. Voy a desayunar algo y regreso en una hora. Tenlo listo para entonces.
—Sí, señor.
Cuando entró en el comedor, el duque de Richmond estaba sentado en uno de los extremos de la mesa con varios papeles extendidos junto al plato.
A sus cincuenta y un años, aún conservaba la espalda recta y el porte marcial de su juventud.
Tenía el rostro estrecho, la nariz larga y marcada, el cabello oscuro retirándose de las sienes y una mirada alerta que parecía evaluar cuanto ocurría a su alrededor.
Vestía una chaqueta oscura y había dejado el periódico doblado en una esquina de la mesa.
—McEntrie —lo saludó al verlo—. Me han dicho que llegó anoche.
—Así es, vuestra gracia.
—Sesenta millas no son poca cosa. ¿Edward lo echó de su lado? Ese hombre tiene un genio de mil demonios.
—No, fue más bien una necesidad personal —dijo Craig llenando su plato con huevos y riñones asados—. Necesitaba pensar antes de la carrera y para eso va muy bien viajar solo.
—Ya. Además, los McEntrie están acostumbrados a esos viajes. Sus caballos son famosos en todo el país y me consta que venden muchos. Seguro que más de uno de mis invitados va a hacerle algún pedido después de ver a Seabhag y a Fraoch, que corre en la Stewards’ Cup.
Craig sonrió al recordar a ese caballo, estaba deseando volver a verlo.
—Por suerte no compiten, así no tendré el corazón dividido —dijo sentándose a la derecha del duque, que lo observó por encima de su taza.
—¿Qué tal está Seabhag? Seguro que ha ido a verlo antes de venir a desayunar.
—Así es. En un rato lo llevaré a recorrer la pista.
—Bien hecho.
El duque era un entendido y no hacía falta explicarle por qué un caballo debía familiarizarse con el terreno en el que iba a competir.
—La Harroway Plate será la tercera carrera del miércoles —dijo Richmond, golpeando con un dedo uno de los papeles—. Hay varios caballos inscritos que finalmente no correrán, pero la participación será muy buena, puede estar tranquilo.
—Lo estoy.
El duque sonrió apoyando la espalda en el respaldo sin dejar de estudiarlo.
—Los McEntrie no son fáciles de sorprender.
—Mi familia lleva en esto demasiados años. Crecí escuchando las historias de mi abuelo, de mi padre y de mis tíos. —Se encogió de hombros—. Al final se trata de tener un buen caballo y saber entrenarlo.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil. —Se llevó el tenedor a la boca.
—Supongo que un buen jockey también es necesario.
—Por supuesto, pero de eso tienen mucho en Inglaterra, ya no es cosa nuestra.
El duque se rio divertido por su arrogancia.
—Yo también iré esta mañana —dijo cuando se calmó su risa—. Y me gustaría saber su opinión sobre el estado del terreno.
—Será un honor.
—Los Wilmot llegarán para el almuerzo, probablemente. Desde Liphook son unas tres horas y media viajando con mujeres. Las damas podrán disfrutar del baile que ha organizado mi esposa para esta noche.
—¿Esta noche? ¿Tan pronto?
—Ya veo que no le gustan los bailes.
—No es que no me gusten… aunque no me gustan. Lo decía porque pensaba que el baile se celebraría después de las carreras, no antes.
—Ay, amigo mío, para las damas nunca hay suficientes bailes.
Y debemos entender que pasarán varios días aguantando la tensión de las carreras por sus esposos, ¿qué menos que recompensarlas con algo de música y baile?
—Se frotó la barbilla en un gesto aprendido—.
Hablando de damas… ¿Debo preocuparme por la señorita Wilmot?
Craig levantó la vista del plato y clavó en el duque una mirada demasiado intensa.
—¿Por qué habría de preocuparse?
Si el duque percibió la tensión, no lo demostró.
—Los sucesos en Doncaster no me son ajenos. Reconozco que cuando me enteré de lo sucedido me enfadé bastante. Si una hija mía me hiciese algo así, no sé lo que haría.
Hizo una pausa para que Craig dijese algo y al ver que no tenía intención de hacerlo, siguió hablando.
—El recuerdo que yo tengo de Anne es el de una muchacha dulce, agradable y muy educada. No entiendo cómo pudo poner a su padre en una situación tan comprometida.
De nuevo el silencio por respuesta, aunque ahora era bastante evidente el mal humor del escocés.
—¿No está de acuerdo conmigo en que hizo algo irresponsable? Vestirse con las ropas de su jockey y correr con un purasangre que a su padre debió de costarle un…
—Anne Wilmot es una persona extraordinaria y puede estar seguro de que lo hizo por una buena razón.
—¿Una buena razón? —El duque frunció el ceño—. Entonces… ¿es cierto lo que dicen de ese Mike Granger?
Craig no pudo ocultar su sorpresa y el duque asintió repetidamente.
—Ya veo. Lord George Bentinck mencionó algo sobre este tema, aunque no recuerdo los detalles. Mi buen amigo siempre está persiguiendo estos amaños. ¿Me está diciendo que hubo algo de eso en el meeting de Doncaster?
Craig asintió en silencio.
—Pero no debe callarse —dijo el duque con evidente desagrado—.
Estas cosas ocurren porque la gente se calla.
Si ese jockey es corrupto debe de saberlo todo el mundo.
El lunes, en cuanto lord George llegue, le preguntaré al respecto.
Seguro que querrá hablar con usted del tema.
Incluso con la señorita Wilmot. ¿Conoce a lord Bentinck?
—Sí —dijo escueto y algo incómodo, aunque en su rostro no se movió ni un músculo.
No era inglés, pero estaba al tanto de los rumores que hablaban de la especial devoción de lord Bentinck por la duquesa.
—Mike ya no es jockey —dijo buscando desviar el tema.
El duque apretó los labios al tiempo que movía la cabeza.
—Si ocurrió lo que imagino, la muchacha debió pedir consejo y no actuar por su cuenta. Usted estaba allí, debería haberlo involucrado.
—Me temo que actuó con urgencia, vuestra gracia.
—Pues cometió un error, sin duda, pero no debemos juzgar a las personas solo por sus actos, también debemos conocer la intención que había detrás de ellos.
—Anne Wilmot tiene un corazón enorme y no dudaría en arriesgarse a ser vilipendiada si creyera que el buen nombre de su padre estaba en riesgo.
El duque inclinó la cabeza como si quisiera verlo desde otro ángulo.
—Está claro que esa señorita cuenta con su total admiración. Y no se moleste en negarlo, lo veo en sus ojos cuando habla de ella.
—No pensaba negarlo.
El duque asintió.
—¿Son campanas de boda eso que escucho?
—Entre la señorita Wilmot y yo tan solo hay una buena amistad.
Richmond dejó la taza en su platito después de apurar el contenido y guardó silencio unos instantes antes de volver a hablar.
—Reconozco que después de esta conversación me siento aliviado. Aprecio mucho a Edward y a Emma y sé que sus hijos son buenos chicos. Solo espero que esa muchacha no vuelva a verse mezclada en ningún asunto turbio.
—Anne ha aprendido la lección y sabe que puede confiar en mí.
—Me alegra saber que está dispuesto a protegerla, pero le pido que tenga paciencia. Es muy posible que estos días tenga que oír algún que otro comentario desagradable respecto a lo ocurrido en Doncaster. A la gente le encantan los cotilleos, yo lo sé bien.
Craig prestó atención al escaso contenido de su plato y el duque sonrió levemente.
—Relájese, hombre. Los rumores y los cotilleos forman parte de la vida de esta sociedad en la que vivimos. Lo único que podemos hacer al respecto es ignorarlos. Así que estos días haga oídos sordos a cualquier comentario sobre esa jovencita y todo irá bien.
Craig no dijo nada, aunque por dentro le bullía la sangre. Desde luego no era tan flemático como el duque. Si alguien incomodaba o criticaba a Anne…
—¿Qué opina de Cotherstone? —preguntó Richmond, sacándolo de sus pensamientos.
Craig se obligó a pensar en el magnífico caballo y la conversación continuó por esos derroteros hasta acabar el desayuno.
Después quedaron en encontrarse en el hipódromo a las once de la mañana, de manera que Craig tuvo tiempo de inspeccionar la pista y mostrarle a Seabhag el recorrido con total tranquilidad.
A las once en punto llegó el duque y pasearon juntos hablando con detalle del terreno, de las carreras y de los posibles ganadores.
A las doce del mediodía llegó un mozo para avisar de que los demás invitados empezaban a llegar y Craig tensó la mano que sostenía las riendas al escuchar el apellido Wilmot.
Se quedó allí con una excusa que olvidó en cuanto el duque se fue.
Llevó a Seabhag hacia una colina al paso y eso le dio tiempo para pensar en cómo iba a comportarse con Anne.
Tendría que centrarse en la carrera y en Seabhag.
Cuando regresaran a Londres hablaría con Edward y le contaría lo sucedido, no podía soltar aquella bomba en casa de los duques.
Y menos antes de una carrera tan importante para Edward.
Probablemente acabara con algún hueso roto, pero era su deber.
El comportamiento que había tenido con Anne era del todo imperdonable.
El deseo que lo invadió en aquella biblioteca fue tan explosivo e inesperado que le nubló la mente.
Por eso actuó de manera tan irresponsable.
Lo arreglaría. Era un hombre adulto y jamás había eludido sus obligaciones.
Anne aceptaría casarse con él, solo tenía que jugar bien sus cartas y recordarle que lo amaba.