Capítulo 45
El guardés abrió la verja en cuanto lo reconoció.
—Señor McEntrie. No lo esperábamos esta noche.
—Me he adelantado.
—Bienvenido —dijo el hombre echándose a un lado.
—Gracias, Oscar. ¿Ha llegado ya mucha gente?
—No, señor. Usted es el primero.
—Vaya, qué honor.
—¿El conde de Kenford no viene con usted?
—Llegará mañana. Los Wilmot pasan esta noche en Liphook.
Ealain se puso en marcha a paso lento.
—He visto su caballo —dijo el guardés caminando a su lado—. Es un ejemplar magnífico, como siempre.
—No es mío, Oscar, es del señor Wilmot.
—Tiene un porte extraordinario —siguió el hombre—. Va a dar mucha guerra en la Harroway Plate.
—Eso espero.
Craig se despidió y continuó por la larga calzada que avanzaba entre setos y árboles dispersos.
Aún le faltaba un trecho para llegar a la casa y apenas se distinguía el suelo de grava, pero sabía que podía confiar en la buena vista de Ealain.
Aunque había permitido que la yegua descansara y bebiera durante el camino, estaba agotada, y él tenía la cabeza abotargada de tanto pensar.
Había sido una insensatez empeñarse en llegar en un día, pero no reconocería ni bajo tortura que lo había hecho para evitar que ese estúpido y estirado inglés demostrara más resistencia que él.
Si Jonathan Fairfax podía completar el trayecto en una sola jornada, él no sería menos.
Acarició el cuello del animal y lo palmeó con cariño.
—¿Quieres patearme el lomo, amiga mía? Te dejaré hacerlo cuando desmonte. Como ves, me he vuelto estúpido del todo. ¿Desde cuándo me comporto como un crío celoso? Ese hombre no significa nada para mí y, sin embargo, aquí estamos.
El olor cálido del campo fue sustituido poco a poco por el de los caballos.
Escuchó un relincho apagado, golpes contra una puerta y risas masculinas.
Las luces bailaron entre los árboles y, finalmente, la casa apareció al fondo.
Era más baja de lo que recordaba, pero parecía extenderse interminablemente en la oscuridad.
Los muros de sílex apenas reflejaban la luz de las ventanas.
Las columnas del pórtico surgían pálidas bajo los faroles y, por encima de los tejados, las cúpulas de las torres se confundían con el cielo.
Goodwood no era tan imponente como Slioscreige , pero recordaba que su interior era mucho más lujoso.
Siguió hasta las cuadras y atravesó el arco de entrada con la espalda encorvada, las manos apoyadas en el pomo de la silla y el cuerpo meciéndose pesadamente al paso de Ealain.
—Señor McEntrie, tiene usted una pinta horrible —dijo Ephraim levantándose de un taburete cuando lo vio desmontar con rigidez.
Craig saludó con la cabeza al corrillo de hombres con el que estaba el jockey y Dylan corrió hasta él.
—Buenas noches, señor. No lo esperábamos hasta mañana.
—Me he adelantado —repitió lo que le había dicho al guardés y revisó las patas de Ealain.
—¿Ha cabalgado todo el día? —preguntó Dylan—. Ealain debe de estar agotada. Deje que yo me encargue de ella, señor.
—Trátala bien. Y que descanse todo lo que necesite —masculló el escocés frotándose los riñones.
Dylan tiró de las riendas y se alejó con la yegua. Craig se volvió hacia Ephraim con las manos en la cintura para aliviar la espalda.
—¿Todo bien con Seabhag?
—Todo perfecto.
—Entonces, ¿qué haces que no estás descansando a estas horas?
—Estábamos… pasando el rato —dijo el jockey señalando al grupo que charlaba animadamente.
—Pensaba que no bebías antes de las carreras.
—No voy a emborracharme, solo es una copa de vino.
Craig movió la cabeza, no tenía ánimo para discutir.
—No olvides que nos jugamos mucho —dijo antes de darse la vuelta para ir hacia la casa.
—¿Qué ha ocurrido con los Wilmot? —Ephraim caminó a su lado.
—Están de camino. Pasarán la noche en Liphook.
—Era lo planeado, pero en ese plan usted viajaba con ellos.
Craig suspiró impaciente.
—Estoy molido, solo quiero darme un baño y dormir a pierna suelta.
—El duque y su familia ya estarán durmiendo.
—Lo sé.
—¿Todo está bien? Solo respóndame a eso. ¿La carrera no peligra?
Craig levantó una ceja y negó con la cabeza.
—Bien. —Ephraim comenzó a caminar hacia atrás—. Que descanse, señor McEntrie. Buenas noches.
Craig levantó una mano sin responder y siguió su camino.
El mayordomo le confirmó que la familia ya se había retirado hacía rato, pero que no había inconveniente en que hubiese llegado antes.
Cruzaron el vestíbulo y atravesaron un salón largo, iluminado por lámparas colocadas junto a dos chimeneas monumentales.
Sobre ellas, Craig entrevió ciudades, ríos y cielos pintados, pero no se detuvo.
En aquel momento cambiaría todos los Canalettos de Inglaterra por sumergirse en una bañera y relajar los músculos.
El mayordomo se hizo a un lado para dejarlo entrar en el dormitorio que le habían asignado.
—Daré orden de que le preparen el baño y, si lo desea, podemos servirle algo de carne fría y una jarra de cerveza.
Craig asintió y miró la cama con expresión embobada.
—Señor… —El mayordomo llamó su atención—. ¿Su equipaje…?
El escocés frunció el ceño.
—Llegará… con los Wilmot.
—Bien, señor. Haré que le traigan una camisa de dormir.
Craig asintió y esperó hasta que el hombre hubo cerrado la puerta. Después se dejó caer sobre la cama con la mirada clavada en el techo. Apoyó el antebrazo sobre la frente respirando despacio.
«Jamás aceptaré ser un error en la vida de nadie».
Había recorrido sesenta millas para alejarse de Anne.
Y la había llevado consigo durante todo el camino.
La ausencia de Craig había dejado libre una de las habitaciones reservadas en la posada de Liphook, de modo que Julie y Anne pudieron disponer de una cada una.
En la intimidad del cuarto, Anne se contempló desnuda frente al espejo.
Nunca antes lo había hecho con aquella atención.
Deslizó la mirada por todo su cuerpo, deteniéndose en cada detalle, mientras las palabras de Julie se repetían en su cabeza.
Levantó la mano derecha y cubrió con ella el pecho izquierdo apretándolo con delicadeza.
Percibió su firmeza y suavidad, pero no sintió nada.
Hizo lo mismo con el otro con idéntico resultado.
Tenía el pezón duro y lo pellizcó levemente.
Una punzada despertó algo entre sus piernas y lo hizo de nuevo con más fuerza.
Su corazón se aceleró. Prestó atención a su rostro y vio en sus ojos una expresión extraña que no conocía.
¿Era eso lo que Craig había visto cuando se colocó entre sus piernas?
Llevó la mano hasta su sexo y percibió la humedad de sus pliegues.
Se miró los dedos brillantes asombrada por lo poco que se conocía.
Había vivido diecinueve años en un cuerpo que le ocultaba secretos.
Se puso el camisón y se metió en la cama.
Con la mirada fija en el techo recordó lo ocurrido en la biblioteca.
Ya nunca iba a poder estar tranquila allí.
Craig también le había quitado eso. Apretó los ojos tratando de borrar las imágenes, pero en lugar de eso su respiración se agitó y el corazón comenzó a latirle más deprisa.
Se mordió el labio ansiosa y el vientre se le contrajo como si algo tirara desde dentro.
—Cálmate —susurró sin el menor efecto.
El calor le subió por el cuello hasta las mejillas.
Se sentía como si tuviera fiebre. Se tocó la frente y la encontró fría.
Metió la mano debajo de las sábanas y se acarició entre las piernas por encima del camisón.
El contacto la sobresaltó. Se volvió de lado sin retirar la mano y la atrapó entre los muslos, presionando contra sí.
Al principio movió las caderas con cautela, pero a medida que las sensaciones se hacían más intensas, dejó de resistirse y buscó la fricción cada vez más rápido.
Sus ojos cerrados le mostraban a Craig tan vívidamente que podía percibir su olor en aquella cama.
Gimió al borde de las lágrimas. No sabía lo que quería, pero su cuerpo lo buscaba sin contar con ella.
La tensión le bajaba por el vientre y se acumulaba en su centro, allí donde su mano hacía contacto.
Siguió moviendo las caderas y presionando su punto más sensible con un ritmo constante.
Su respiración se convirtió en un jadeo y mordió la almohada cuando una espiral imparable y radiante de placer la arrastró.
Veía lucecitas detrás de los párpados y sus músculos internos se contrajeron una y otra y otra vez.
Y los gemidos se convirtieron en sollozos.
Y se abrazó a la almohada porque necesitaba abrazarse a algo.
Y se dijo que podía, aunque sabía que no.
Y lloró hasta quedarse dormida.
Con el cuerpo satisfecho y el corazón triste.