Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 44
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Capítulo 44

Anne despidió con la mano a Moseley y al ama de llaves, que permanecían erguidos frente a la entrada de la casa.

El servicio de las lujosas casas de Londres comenzaba su jornada.

Una criada regaba la calzada para asentar el polvo frente a la casa de sus señores, y un gato saltó desde una barandilla hasta los pies de otra que cargaba una cesta con ropa.

Por las aceras caminaban criadas que iban a la compra y repartidores con sus lecheras relucientes.

Se fijó en un afilador que hacía sonar su flauta en una esquina…

—Creía que el señor McEntrie vendría con nosotras —dijo Julie y a Anne le pareció que su voz tenía un timbre triste y apagado.

—No te preocupes —dijo cogiéndola de la mano y mirándola con una enorme sonrisa—, lo verás en Goodwood.

—¿De verdad nos vamos a alojar en casa de los duques de Richmond los días que estemos en Goodwood?

Anne asintió.

—Y Craig también estará allí. El duque aprecia mucho a los McEntrie. Les ha comprado varios caballos de carreras y siempre habla maravillas de ellos.

Julie entornó ligeramente los ojos y la estudió durante unos segundos. Anne esperó a que dijese algo, pero su amiga acabó desviando la mirada hacia Susan y volvió a observar el paisaje por la ventanilla.

Pagado el peaje, el pontazguero las saludó tocándose el sombrero y cruzaron el puente de madera sobre el río, con las tablas tamborileando bajo las ruedas.

—Tranquila, el puente aguantará —dijo Anne al ver que Susan tenía un rictus de desconfianza.

—¿Seguro? —preguntó la joven.

—Seguro. ¿Tampoco habías salido de Aveldon, como Julie?

—No, señorita, nunca hasta ahora.

—¿Y qué opinión tienes hasta el momento?

—Londres es muy ruidoso. Y huele a algo… raro. —Arrugó la nariz.

—Estoy de acuerdo —afirmó Julie.

—Tenéis el olfato muy mal acostumbrado —se rio Anne.

Al otro lado del puente se extendían millas de huertas, sembrados y árboles frutales. Los carros pasaban junto a ellas cargados de productos para los mercados de Londres.

—Huele a fresas —dijo Susan aspirando con placer—. Y a heno recién cortado.

El sol ascendía y la berlina se llenaba de esa modorra dorada de los viajes de verano. Susan luchó contra ella cambiando de posición cada vez que sentía que el sueño iba a vencerla.

—Duérmete —dijo Anne con suavidad.

—¿Y si necesitan algo? —preguntó con voz somnolienta.

—¿Qué vamos a necesitar aquí? —se burló Julie—. Duérmete, tonta.

En dos minutos estaba roncando suavemente, con la cofia ladeada y la cabeza vencida contra el respaldo.

Julie y Anne se miraron divertidas.

—Es como Lucille —dijo Julie—. Se ha dormido en cuanto ha dejado de resistirse.

Anne asintió y recostó la cabeza dejando que el traqueteo la meciese.

—Ruby va a despedir a Susan —dijo Julie sin quitarle ojo a la muchacha—. Ha decidido enviarla a América con unos amigos. Aunque según sus últimas cartas están teniendo muchos problemas con los salvajes…

Anne la miraba boquiabierta sin entender nada y su amiga ahogó la risa contra el guante.

—Tendrías que verte la cara.

—¿De verdad Ruby va a…?

—¡No, mujer! Estaba comprobando que está bien dormida.

Anne miró primero a Susan y después a Julie.

—Menudo susto me has dado.

—Baja la voz, que tenemos que hablar. —Se acercó a ella dispuesta a seguir en susurros—. ¿Recuerdas todo lo que me contaste anoche?

Anne sintió que las mejillas se le calentaban y se llevó las manos a ellas instintivamente. Asintió sin responder.

—¿Y sigues decidida a no casarte con Craig?

—Por supuesto.

—Anne… Esta mañana estaba fuera de sí. Es evidente que no se siente cómodo con la situación.

—¿Que no se siente cómodo?

—Ya me entiendes. Después de lo que hizo… De lo que hicisteis…

—Yo no hice nada.

—Dejaste que… pasara.

—Pero no pasó nada, Julie, ya te lo dije. —Miró de reojo a Susan—. No me siento bien hablando de esto aquí.

—De acuerdo, no mencionaremos ese detalle. —Se quedó unos segundos pensativa—. Lo llamaremos «vestido verde».

—¿Qué?

—Llamaremos «vestido verde» a lo que pasó y así las dos sabremos de lo que hablamos sin que nadie pueda interpretar nuestras palabras.

—¿Cómo…?

—Muy sencillo, verás. El vestido verde te gustó —dijo Julie, burlona.

Anne se olvidó de cerrar la boca y no supo si echarse a reír o estrangularla. En cambio Julie contenía la risa sin disimular lo bien que se lo estaba pasando.

—El verde no me sienta bien.

—De eso nada, te sienta estupendamente. Anoche, cuando viniste a contármelo, tenías una expresión de felicidad que jamás te había visto.

—Eso fue… —Se mordió el labio, incapaz de encontrar las palabras.

—¿Maravilloso? ¿Agradable? ¿Espectacular? —Julie no pudo aguantarse más y se tapó la boca para que su risa no despertase a Susan.

—Eres una mala amiga —susurró Anne entre dientes y se apartó de ella pegándose a la pared del carruaje.

—Vamos, Anne, reconoce que es divertido. ¿No te reirías si yo estuviese en tu lugar?

Fingió estar ofendida, aunque las dos sabían que la respuesta era que sí, se reiría a carcajadas si fuera Julie la que hubiera experimentado lo que ella sintió.

Las mejillas se le enrojecieron tanto que tuvo que asomar la cabeza por la ventanilla.

Cuando volvió a sentarse como es debido, Julie ya había dejado de reír.

—¿Qué vas a hacer al respecto? —preguntó su amiga.

—Nada.

—Anne…

Se giró para quedar frente a Julie.

—Anoche te lo conté todo. Absolutamente todo. ¿Es que no me escuchaste? Dijiste que estabas despierta.

—Con tu narración sobre lo agradable que había sido el roce de tu vestido verde, me habría despertado de golpe.

Anne apretó los labios y Julie le pidió perdón de nuevo.

—No te enfades, tómatelo a risa, Anne, sabes que en casi todas las situaciones es la mejor opción.

Su amiga aguantó unos segundos la cara de disgusto, pero finalmente una sonrisa afloró a su rostro.

—No te imaginas lo agradable que es, Julie.

—Oh, sí que me lo imagino.

Anne frunció el ceño, pero enseguida parpadeó despacio con total incredulidad.

—¿Qué? —preguntó en un tono demasiado alto.

Julie asintió varias veces.

—¿Quién? —preguntó de nuevo Anne.

—Yo misma.

—¿Qué significa que tú…?

—No necesitas que sea un vestido verde. También sirven unas simples enaguas, Anne —dijo mostrándole la mano.

Anne miraba la mano como si tuviera ante sí el Santo Grial y le pareciese un zapato.

—No es posible —dijo convencida.

—Ya lo creo que sí. Puedes experimentarlo tú misma.

—Pero… ¿cómo?

—Pues más o menos como con el vestido verde, solo que sin tela de por medio.

Anne abrió los ojos de par en par y contuvo un grito, mientras Julie disfrutaba descaradamente de su desconcierto.

—Lo descubrí por casualidad —siguió la experta—. Siempre me ha llamado la atención la anatomía, ya lo sabes. Teniendo un padre médico y una madre comadrona…

—Pero una cosa es saber cómo se llaman los huesos y otra muy distinta… eso.

—Esa parte de mi cuerpo también es mía. Quería saber… cosas.

—¿Cosas? —Anne torció una sonrisa.

—¿Qué? No hago daño a nadie y es muy… satisfactorio. Como ya has comprobado.

—No puede ser lo mismo.

Julie se encogió de hombros y Anne se dejó caer contra el respaldo. Se quedaron en silencio mientras Anne asimilaba la información.

—Entonces… eso… podemos… nosotras… —Negó con la cabeza—. No puede ser.

—Ya lo creo que sí.

Anne la miró con fijeza y finalmente se irguió estirándose la falda.

—Explícamelo.

—¿Aquí? —Julie miró a Susan.

—Sí, aquí. Y quiero todos los detalles. El cómo, el cuándo y el dónde. Todo muy claro. Nada de vestidos verdes.

Ahora fue Julie la que se mostró turbada.

—Es algo muy íntimo, Anne, no se puede explicar con detalle.

—Pues como sea, pero tienes que explicármelo. Y ya hablaremos de por qué no me lo habías contado antes. Quizá no habría pasado lo que pasó con… ese vestido verde si yo hubiera… sabido.

—Oh, querida, me temo que habría pasado igual o peor. Si hubieras sabido lo que sabes ahora, el vestido habría sido efectivo mucho antes y probablemente lo habrías anhelado más.

—Te has vuelto loca.

—No, Anne. Cuando sabes algo como esto, ya no puedes fingir que no lo sabes.

Anne cogió aire hasta llenar sus pulmones.

Eso era totalmente cierto. No había podido dejar de pensar en ello desde que sucedió y agradecía enormemente que Craig se hubiese marchado con su caballo.

En un espacio tan reducido como aquel su presencia habría resultado abrumadora.

Aspirar su aroma, sentir su mirada y saber que ambos recordarían lo ocurrido…

El corazón se le aceleró y un extraño cosquilleo le bajó por el vientre.

—Lo estás reviviendo —sentenció Julie.

—No.

—Ya lo creo que sí —se rio—. Ay, Anne, como no lo controles se va a dar cuenta en cuanto te vea.

Su amiga la miró asustada.

—¿Y cómo lo controlo?

—Está bien —se rindió Julie—. Voy a contártelo todo y espero que te sirva para calmar esa necesidad que ahora tienes.

—No tengo ninguna necesidad.

Julie sonrió divertida y las mejillas de Anne volvieron a traicionarla en cuanto su amiga empezó a hablar.

—Tu cuerpo reaccionó de manera natural. No cometiste ningún pecado por ello.

—¿Estás segura?

Julie asintió convencida. No dejó de hablar hasta que llegaron a Kingston, donde se detuvieron para cambiar de caballos y estirar las piernas.

—Hija, ¿estás bien? —le preguntó Emma cuando se acercó a verlas—. ¿Quieres que descansemos un rato? Pareces acalorada.

—No, mamá, estoy bien.

Emma miró a las dos muchachas entornando los ojos.

—¿Hace mucho calor en vuestro carruaje? —Se acercó para asomarse y vio a Susan dormida apaciblemente.

—Estamos bien, mamá. Hemos estado hablando y riendo, nada más.

Emma enarcó una ceja, pero no insistió más. Caminaron un poco cerca de los coches y en cuanto los dos postillones estuvieron sobre sus caballos, Edward dio la orden de regresar a los carruajes para seguir el trayecto.

—¿Has oído hablar de la histeria? —preguntó Julie después de asegurarse de que Susan seguía dormida.

Anne asintió.

—La hija pequeña del conde de Lovelace la padeció antes de casarse. Al parecer sufría espasmos y ataques descontrolados.

—Mi padre dice que es un invento muy útil para cuando no se tienen respuestas. Si una mujer se desmaya, es histeria. Si no duerme, también. Si llora demasiado o se enfada más de lo que los médicos consideran decoroso, el mismo diagnóstico.

—La trató el doctor Brelsford y no es ningún charlatán.

—No digo que no estuviese enferma, no tengo el gusto de conocer a esa señorita, pero no creo que todas las mujeres con alguno de esos síntomas lo estén.

Era cierto que Julie no tenía pelos en la lengua a la hora de hablar de cosas que a Anne siempre le había costado mucho tratar, como la menstruación o las partes del cuerpo que nunca se mencionan. Pero jamás habría imaginado que sus conocimientos llegaban a tanto.

—¿Y nosotras? —preguntó con preocupación—. ¿Estamos enfermas?

—No, Anne. Estamos sanas, somos jóvenes y estamos vivas.

Susan abrió los ojos somnolienta.

—¿Ya hemos llegado?