Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 43
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Capítulo 43

No había pegado ojo en toda la noche. Le dolían los músculos de la espalda por haber estado sentado en aquella silla durante tantas horas mientras trataba de encontrar una respuesta a sus preguntas, sin éxito.

La rabia y la impotencia bullían en su cerebro y amenazaban con desbordarlo.

No podía perdonarse por lo que había hecho, no podía quedarse quieto después de haber tenido a Anne en sus brazos, de haberla visto deshacerse en ellos y de haber sentido cómo su cuerpo respondía a sus caricias hasta hacerla estallar.

En su cabeza se repetía una y otra vez la imagen que se había grabado en su retina: sus labios entreabiertos, los gemidos que escapaban de su garganta, la cabeza hacia atrás como si no pudiera sostenerla.

Pero sobre todo sentía sus estremecimientos cuando el orgasmo la venció, su temblor incontenible y el modo en que se aferró a él como si temiera caer desde muy alto.

Nunca en su vida había necesitado ejercer tanto control.

El deseo le retorció las entrañas de nuevo y, a pesar de que se había aliviado dos veces en cuanto estuvo en la intimidad de su cuarto, la tensión en su entrepierna seguía sin calmarse.

Se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas, con los dedos enterrados en el pelo. Anne tenía que casarse con él, era el único modo de que todo aquello dejara de atormentarlo.

«Yo seré la mujer perfecta para mi esposo, la única capaz de hacerlo feliz. Jamás aceptaré ser un error en la vida de nadie».

Las palabras que había dicho con voz firme y mirada intensa volvieron a su cabeza una vez más.

Se había deshecho en sus brazos, ¿cómo pudo tener aquella entereza después?

Él había hecho lo correcto, le había dicho que se casaría con ella.

¿A qué venía actuar con tanto orgullo? ¿Acaso ella no lo recibió gustosa entre sus piernas?

Cerró el puño en su pelo hasta hacerse daño.

¿Cómo podía pensar eso? Ahora ya sabía que no era una niña inmadura, pero, aun así, no sabía nada de la vida ni de su cuerpo.

Anne no entendía lo que le pasaba y dejó que se lo mostrara porque confiaba en él.

Debería haberle dicho que la amaba, habérselo susurrado al oído mientras su cuerpo se dejaba ir.

Porque así era, la amaba. A pesar de todo, aun sabiendo que era una pésima idea y que de ahí solo podría obtener sufrimiento.

La amaba y quería que fuese suya. Total y completamente suya.

Nunca había deseado a nadie con tanta fuerza como la deseaba a ella.

Masculló en gaélico con voz rabiosa y se puso de pie. Necesitaba un baño de agua helada.

—Buenos días —dijo Craig cuando Anne entró en el comedor.

—Buenos días, Craig. Buenos días, Moseley —los saludó sonriente y fue directa hasta el aparador del desayuno mientras el mayordomo le servía té en una taza.

Craig la observó llenar su plato de salchichas, huevos y pan.

—Parece que te has despertado con apetito.

—Esta mañana me comería una vaca —respondió ella llevando el plato hasta la mesa.

Se sentó frente a él y desplegó la servilleta.

—Veo que somos los primeros —comentó mirando al mayordomo.

—Enseguida bajarán los demás —respondió Moseley—. Todo el mundo está despierto.

Anne comió con ganas y Craig no pudo esconder una sonrisa de satisfacción.

—¿Has dormido bien? —preguntó con retintín.

—Creo que nunca había dormido tan bien —dijo ella sin apartar la mirada y se llevó un pequeño trozo de pan a la boca—. ¿Y tú?

—No he pegado ojo —dijo con intención.

—Oh, lo siento. ¿Estás preocupado por la carrera? No deberías. Seabhag es un magnífico caballo y has hecho un buen trabajo con Ephraim. Seguro que todo saldrá bien.

—No pensé mucho en la carrera anoche. Tenía otras cosas en la cabeza.

—Estoy deseando llegar a Goodwood —siguió ella, ignorando su comentario—. Seabhag ya estará allí, ¿verdad?

—Sí. Ephraim y Dylan salieron de Kenford hace cinco días.

En ese momento entraron Julie, Charles, Emma y Edward y dieron los buenos días.

—Cómo se nota que tienes ganas de viajar, hija —dijo su padre cuando tomó asiento.

—Sí, papá, lo estoy deseando.

—¿Jonathan Fairfax irá también? —preguntó Charles sentándose al lado de Craig.

—Sí —respondió su hermana—. Aunque él saldrá el lunes de Londres y tiene intención de hacer el viaje en un solo día.

—¿Sesenta millas en un día? —Charles negó con la cabeza—. No creo que sea buena idea.

—Me da la impresión de que es de esos hombres que, cuando se proponen algo, lo consiguen —comentó Julie mirando a su amiga con expresión divertida—. ¿Verdad, Anne?

Anne sonrió con cierta turbación y Craig arrancó un trozo de pan con los dientes sin dejar de mirarla.

—¿No irá su madre con él? —preguntó Edward—. No creo que la mujer aguante un viaje tan duro.

—Eso le dije yo —confirmó Anne—, pero a lady Fairfax no le gustan las carreras.

—¿Por qué comes tan deprisa, hija? —preguntó su madre al ver cómo se metía el último trozo de salchicha en la boca.

—Quiero asegurarme de que no me olvido de nada importante. —Cogió la taza de té y bebió al tiempo que se ponía de pie—. No he tenido tiempo de revisar mis cosas antes de bajar a desayunar y quiero comprobar si llevo los zapatos de satén.

—Esos zapatos te quedarán preciosos con el vestido dorado —dijo Julie siguiéndola con la mirada hasta la puerta.

—Solo me lo pondré si ganamos —dijo antes de salir.

—¿Por qué está tan contenta? —preguntó Charles mirando a Julie.

—No lo sé. Anoche me despertó de madrugada y dijo muchas cosas, pero yo estaba demasiado dormida y apenas la entendí. —Se encogió de hombros—. Creo que está muy ilusionada por la carrera.

—¿Fairfax puede tener algo que ver con esa «ilusión»? —preguntó Charles y miró a Craig ceñudo cuando el escocés arañó el plato con el cuchillo—. Ese beicon ya está muerto, no tienes que volver a matarlo.

—¿Qué? —Craig lo miró confuso y luego contempló el destrozo en su comida.

Soltó los cubiertos y dejó la servilleta en la mesa con evidente mal humor.

—Iré a ensillar a Ealain —dijo poniéndose de pie.

—¿Ensillarla? —preguntó Edward sorprendido—. ¿No vas en el carruaje?

—No —dijo tajante—. Si me disculpan.

Salió del comedor a grandes zancadas. Subió los escalones de dos en dos y no se detuvo hasta estar frente a la puerta del dormitorio de Anne. Tocó con los nudillos y esperó hasta que Anne abrió.

—Craig, ¿qué…?

El escocés entró en el cuarto y cerró tras de sí. Anne lo miró asombrada.

—No puedes…

—Tenemos que hablar.

—Craig, sal de mi dormitorio ahora mismo. Alguien podría…

—Están desayunando. No podemos irnos sin solucionar esto.

—No hay nada que solucionar —dijo poniéndose seria—. Sal de…

—Tenemos que casarnos, Anne. Lo que pasó anoche…

—No pasó nada.

Él apretó los labios con furia.

—Llevas años diciendo que te casarías conmigo y ahora que has conseguido que me rinda…

—Sal de mi cuarto —ordenó, y cada palabra fue un golpe.

—Eres una cabezota, Anne Wilmot.

—Y tú un estúpido, Craig McEntrie. No me casaría contigo ni aunque fueras el único hombre sobre la tierra.

Él dio un paso atrás, dolido.

—¿Por qué? Maldita sea, ¿qué quieres de mí?

—Que tengas que preguntarlo lleva implícita la respuesta. —Abrió la puerta y la sostuvo esperando a que él saliera.

—¿Prefieres a Fairfax antes que a mí? —dijo él pasando a su lado.

—¿Quién es ahora el niño?

Cuando Craig se giró para responderle, ella le cerró la puerta en las narices. Él atravesó el pasillo a grandes zancadas y bajó las escaleras para ir a por Ealain.

—¿Su equipaje va…? —Moseley lo siguió por el vestíbulo hasta la puerta.

—Haga lo que quiera —lo cortó sin detenerse—. Yo me marcho ya.

Subió a su yegua y se alejó al trote. Estaba harto de Londres. Harto de los Wilmot. Pero, sobre todo, estaba harto de sí mismo.