Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 42
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Capítulo 42

Después de la cena, en la que Julie se pasó todo el tiempo hablando de la visita al túnel del Támesis y Anne se limitó a responder con monosílabos distraídos, pasaron al salón para tomar una copa y seguir la tertulia.

—… el señor Fairfax es un hombre muy inteligente, no solo culto —decía Julie con una sonrisa luminosa—. Creo que Anne es muy afortunada, señora Wilmot.

—Emma, Julie, me haces sentir anciana con el tratamiento.

—¿Anciana? —se rio la joven—. Pero ¡si tiene la piel más tersa que yo!

—No digas tonterías, muchacha.

Anne sintió una punzada de envidia al ver la alegría de su madre.

Todas las madres quieren hablar con sus hijas de cosas triviales y agradables.

Ella, en cambio, tenía la cabeza llena de ruido.

Era como habitar una casa con un millar de puertas y no atreverse a abrir ninguna más porque todas las que había abierto daban a un profundo abismo o a una pared de roca.

—¿Lo tenéis todo listo para mañana? —preguntó Edward acercándose a las damas—. Queremos salir temprano.

—He pedido que nos preparen el desayuno a las seis de la mañana. Estaremos en los carruajes a la hora acordada, tranquilo.

Anne dejó sobre la mesita la copa de jerez y se puso de pie.

—Me retiro ya —dijo.

Julie se puso de pie al instante para acompañarla.

—Tú quédate —dijo con cariño—. Mamá, Julie toca el piano como los ángeles, pero si no le insistes en que lo toque no se acercará a él.

—Pero bueno, Julie, qué callado te lo tenías. Quiero escucharte ahora mismo.

—Buenas noches a todos —dijo Anne antes de salir.

En el vestíbulo se encontró con el mayordomo.

—¿Está todo listo para mañana, Moseley?

—Sí, señorita. Susan irá con usted en su carruaje y Becca y Ben acompañarán a sus padres en el otro. Ya hemos bajado los baúles y el desayuno estará servido a las seis.

—Perfecto. Pues me retiro. Buenas noches, Moseley.

—Buenas noches, señorita Anne.

Dos horas después seguía despierta. Todos debían de haberse acostado hacía rato.

La casa estaba en silencio, pero Anne no podía dormir.

Había cambiado tantas veces de posición en la cama que ya solo le faltaba ponerse cabeza abajo.

Se sentó y escuchó atenta. Silencio. Bajó los pies al suelo y permaneció así un rato.

Su mente daba vueltas y más vueltas a la idea de que iba a permanecer durante horas en un espacio diminuto con Craig y Julie.

También estaría Susan, pero no creía que la doncella pudiera darle conversación suficiente como para no percatarse de cada palabra y cada gesto que esos dos intercambiaran.

¿Cómo se sentarían? Lo correcto sería que Julie y ella estuvieran en un lado y Craig se sentara en el otro con la doncella.

¿Se colocaría frente a Julie? Era lo más inteligente, así podían hablar sin incluirla a ella.

Bufó con cansancio y se levantó para ir hasta la ventana.

Hacía una noche preciosa. Si estuviera en Haddon Castle bajaría al jardín a ver las estrellas.

Se tumbaría en una de las sillas de George, se cubriría con una fina manta y contemplaría el cielo, añorando muchísimo a su hermano.

Pensar en George alivió un poco su corazón.

Al menos dos de los hijos Wilmot eran felices.

De Frederick no estaba tan segura. Suspiró al pensar en la visita que le había hecho a su hermano y a su esposa antes de irse a Aveldon.

En aquella casa había demasiado silencio.

El recuerdo de Frederick hizo que sus manos temblaran.

Desde lo sucedido el año pasado y las crueles palabras que le dedicó, su relación se había roto.

Admiraba a Frederick y envidiaba lo bien que se llevaba con Robert, pero lo cierto era que se sentía terriblemente incómoda en su presencia.

Por más que él se esforzase en mostrarle cariño, ella se sentía pequeña y despreciable a su lado.

Ahora, al pensar en él, se preguntó si no pasaría algo en su matrimonio.

Quizá su propia amargura lo había llevado a hablarle de aquel modo.

O tal vez pensaba todo aquello de verdad.

Nunca antes le había demostrado tal desprecio, quizá por eso sus palabras cayeron sobre ella como un montón de estiércol.

Sacudió la cabeza para quitarse esos pensamientos y se puso la bata y las zapatillas para salir del cuarto.

Si seguía allí rumiando acabaría por volverse loca.

Un té, eso necesitaba. Y algo de trabajo.

Revisaría los últimos capítulos que había escrito su madre.

El trabajo siempre calmaba su mente. Recogió el manuscrito y se lo llevó a la cocina, donde se preparó una buena cantidad de té.

Colocó en la bandeja la tetera, una taza, el manuscrito y un platito con galletas, seguro que en un rato tendría hambre.

Con todo ello se dirigió a la biblioteca.

Bajó la manilla con el codo y empujó la puerta con el trasero antes de girarse para entrar. La lámpara de su escritorio estaba encendida y había alguien tumbado en el sofá. Pensó que sería Charles y se lamentó de no haber traído dos tazas.

—¿Estás despierto? —preguntó dejando la bandeja en una esquina del escritorio.

Vertió té en la taza y se giró con ella en la mano para ofrecérsela. Pero no era Charles el que estaba tumbado, con un brazo tapándole los ojos.

—No se le pregunta a alguien si está despierto, Anne.

Ella se dio la vuelta, volvió a colocar la taza en la bandeja y la levantó de la mesa dispuesta a marcharse a otro sitio. Trabajaría en…

—¿Adónde vas? —preguntó el escocés sentándose.

—Sigue durmiendo —dijo ella y la taza llena tintineó contra el platillo.

—No te vayas.

Lo dijo de un modo que ralentizó los latidos de su corazón. Se giró despacio.

—¿Has bebido?

—Un poco. —Se apoyó en el respaldo y recostó la cabeza cerrando los ojos—. Me duele la cabeza.

Ella lo pensó unos segundos y finalmente regresó hasta la mesa, dejó la bandeja, tomó la taza y se la acercó.

—Tómatelo, te sentará bien.

Él abrió un ojo y luego volvió a cerrarlo.

—No. Lo has traído para ti.

—Craig…

—No voy a quitarte tu té.

Ella le cogió la mano.

—Coge la taza —ordenó.

Craig abrió los ojos y obedeció. Anne volvió hasta el escritorio y se apoyó en él cruzándose de brazos.

—¿Te parece inteligente emborracharte la noche antes de un viaje?

—No me he emborrachado —dijo y bebió un poco más.

—Lo que tú digas.

Bajó los brazos y fue a sentarse en la silla frente al escritorio. Cogió el lápiz y abrió el manuscrito por el último tercio.

—¿Qué haces? —preguntó Craig.

—Intento trabajar.

—Son las doce y media de la noche, Anne.

—Lo sé.

—Deberías estar durmiendo plácidamente en tu cama. —Sonrió con cara de bobo—. ¿Estás nerviosa por el viaje?

—Mmmm.

—¿O es por Fairfax?

Anne frunció el ceño y tardó unos segundos en girarse para mirarlo. Su expresión era más que elocuente, pero Craig no tenía la cabeza para sutilezas.

—Le gustas mucho.

Anne cogió el manuscrito, se levantó y pasó por su lado para marcharse, pero Craig la agarró de la muñeca y tiró de ella. El té que quedaba en la taza se derramó sobre sus pantalones.

—Vaya —dijo sin soltarla.

Anne tiró para recuperar su brazo y Craig la soltó poniéndose de pie.

—Por suerte no he manchado la tapicería del sofá —dijo llevando la taza hasta la bandeja—. Ya me voy yo.

—Vete a la cama —dijo cuando él le dio la espalda—. Tenemos un viaje largo y luego vas a tener que estar en plena forma.

Craig se volvió hacia ella.

—Yo no voy a montar a Seabhag.

—Igualmente. Ephraim te necesitará.

—Nadie me necesita, Anne.

Aquello fue un pellizco en su corazón y se abrazó al manuscrito porque necesitaba aferrarse a algo.

—No digas tonterías. Mi padre te necesita. Y Julie…

—No empieces con eso.

—También le gustas mucho —dijo sin pensar.

—¿También? —preguntó burlón.

—Has dicho que yo le gusto a Jonathan —aclaró irritada.

—No lo llames por su nombre.

—¿Y cómo quieres que lo llame?

—Llámalo imbécil. O presuntuoso. O mejor, llámalo segundo plato.

—Vete, Craig.

En lugar de obedecer, se acercó y se detuvo a un palmo de distancia.

—Es lo que es.

Anne apretó los labios.

—¿Lo sabe? —masculló él con una mirada peligrosa—. ¿Sabe que me amas a mí?

Anne palideció y el manuscrito se le escurrió de las manos.

—¿Cómo te atreves…?

—¿Vas a negarlo? No puedes. Tus ojos te delatan.

—Eres un desgraciado.

—Oh, sí, lo soy. Ni te imaginas lo desgraciado que soy.

—Márchate, Craig.

—¿O qué? ¿Te pondrás a gritar? ¿Y qué les dirás cuando acudan a salvarte? «Protegedme de mis sentimientos», ¿eso? —Hizo una pausa, como si le estuviera dando tiempo para reaccionar—. Pues empieza a gritar.

Le cogió la cara entre las manos y aplastó sus labios en un beso desesperado.

Anne se quedó inmóvil al principio y de repente el ruido desapareció de su cabeza.

No podía pensar, solo sentir. Toda ella era esa boca que él tomaba sin pedir permiso, y Anne respondió entregándosela por completo.

Se lo daría todo si él lo quisiera. Lo abrazó, aferrándose a su cuello y Craig gruñó contra sus dientes antes de meterle la lengua sin recato.

El sabor del té mezclado con el brandy, la voracidad de su caricia que parecía no querer dejar un resquicio sin probar…

El tiempo dejó de existir y pasaron los minutos sin que sus bocas se separaran.

Anne sentía los labios hinchados y un hambre en la parte baja de su vientre, que más que hambre era otra cosa.

Algo que ella no comprendía, pero que necesitaba de manos, de contacto, de algo que no era suyo.

Se pegó a él y se movió por instinto. Craig gimió en su boca y se separó lo justo para poder articular palabra.

—No hagas eso, por Dios, Anne. ¿Quieres matarme?

Estaba duro contra ella y Anne tenía la mente nublada y el cuerpo en llamas.

—Quiero… —susurró sin dejar de mirarlo con aquella ansiedad que lo estaba volviendo loco—. Quiero…

La empujó contra la mesa y la subió sin esfuerzo. Se colocó entre sus piernas y presionó su erección contra su lugar más sensible.

—¿Quieres esto?

Ella casi gritó y él la enmudeció con su boca al tiempo que se movía entre sus piernas.

Anne no entendía lo que le pasaba, lo único que sabía era que no quería que parase.

¿Era eso lo que llamaban placer? ¿Eso de lo que había escuchado hablar a las criadas y a alguna de sus primas?

Sentía un vacío intenso que la desesperaba y cada vez que él se movía contra ella, aquella parte de su cuerpo respondía buscándolo.

La tensión se concentró entre sus piernas, como si algo tirase desde dentro.

—¿Qué me pasa? —susurró echando la cabeza hacia atrás.

Craig le mordió el lóbulo de la oreja.

—Déjate llevar, Anne —pidió con voz ronca—. Deja que ocurra.

Ella no sabía de lo que le hablaba. No estaban haciendo nada.

Él solo… Un gemido largo y profundo escapó de su garganta y anegó sus pensamientos.

Su sexo se contrajo una y otra vez en oleadas rítmicas.

Las lágrimas le resbalaron por las mejillas, una extraña congoja la aletargó y la dejó sin fuerzas.

Craig seguía sosteniéndola y enterró la cara en su cuello mientras soltaba una retahíla en gaélico que Anne no entendió, pero que le sonó a maldiciones.

Permanecieron así unos minutos y cuando Craig se apartó, ella se bajó de la mesa, roja de vergüenza.

—¿Qué…? —No encontraba las palabras para hacer la pregunta, pero no hizo falta.

—Lo siento —dijo él conmocionado—. Lo siento muchísimo, Anne.

—¿Por qué? No me has… obligado. Yo… quería.

La miró con tal intensidad que ella estuvo a punto de abrazarlo.

—Dios, Anne, ¿por qué tienes que decir siempre lo que sientes?

—¿Por qué no habría de hacerlo?

—Debes protegerte.

—¿De ti?

—¡De todos! No puedes mostrarte tan vulnerable. Tan… necesitada.

Ella frunció el ceño.

—¿Me estás regañando? ¿He hecho algo malo?

Craig se echó el pelo hacia atrás con un tirón brusco.

—No sé lo que estoy haciendo —dijo furioso consigo mismo—. No tengo ni puñetera idea de lo que estoy haciendo.

Anne comprendió entonces. Nada había cambiado. Lo que acababa de pasar no cambiaba nada para él. Sintió que se quedaba sin fuerzas y se aferró al escritorio para que él no lo notara.

—No tienes que preocuparte —dijo y se sintió extraña, como si esa voz no fuese la suya.

—¿Qué? —La miró anonadado.

—No tienes que preocuparte —repitió—. No voy a reclamarte nada. No has… hecho nada… Tú no…

—Eso no importa, Anne. No debería haberte…

Anne negó con la cabeza y trató de sonreír, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Has aliviado una necesidad. Mía. Tú… —Le señaló el pantalón, que evidenciaba a las claras su erección—. Tú no has… Olvidémoslo.

—¿Qué?

—Haremos como si no hubiese pasado. —Cogió el manuscrito del suelo y lo limpió con la mano—. Me voy a… dormir.

—No. —Craig se interpuso en su camino—. No dejaré que te vayas así.

—Craig…

—¿Por quién me tomas? Te casarás conmigo.

Durante un instante, la alegría le corrió por las venas, pero en cuanto la sangre llegó al cerebro, se desvaneció.

—¿Tú quieres casarte conmigo, Craig?

—Debo hacerlo.

—No te he preguntado eso. ¿Quieres casarte conmigo? ¿Soy la mujer que deseas como esposa?

—No hay la menor duda de que te deseo.

—No hablo de eso —dijo ella muy seria—. ¿Soy la mujer que tú necesitas, Craig?

El escocés apretó los puños.

—Eres la mujer con la que me voy a casar y no hay más que hablar.

Anne sentía el cuerpo tan tenso que si su tía la golpease con el jō la quebraría.

—No, Craig. Te agradezco lo que has hecho para… aliviarme. Pero no me casaré contigo.

—Sí lo harás.

—No, no lo haré. Yo seré la mujer perfecta para mi esposo, la única capaz de hacerlo feliz. Jamás aceptaré ser un error en la vida de nadie.

—Hablaré con tu padre —masculló enfadado—. Le contaré lo que he hecho.

—Hazlo y perderás a un amigo. Pero te juro por Dios que así no lograrás que me case contigo.

Salió de allí con paso firme y Craig no fue capaz de detenerla.