Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 41
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Capítulo 41

Después de su visita a la posada, Anne estuvo meditabunda y aprovechaba cualquier excusa para estar sola.

Le resultaba evidente que Julie y Craig se llevaban bien y quiso darles espacio para que se conocieran sin su interferencia.

Además, Jonathan Fairfax solía visitarla por las tardes y Anne, que estaba dispuesta a cumplir a rajatabla su propósito de darle una oportunidad, lo atendía con simpatía en cada ocasión y conversaba con él con sincero agrado.

Si a esto añadimos que las comidas eran ineludibles, le quedaban pocos momentos del día para encerrarse en la biblioteca a leer o simplemente mirar por la ventana mientras encontraba el sosiego necesario para ordenar sus pensamientos.

Volvió a hablar con Charles después de ver a Poppy y se percató de que su hermano estaba preocupado por ella.

No era tonta y solo tuvo que atar cabos para saber que era cosa de Craig.

El escocés había hablado con su hermano y, probablemente, le había dicho más de la cuenta.

Cuando comprendió hacia dónde iba la conversación, la recondujo sin disimulo y Charles aceptó su deseo de no hablar de ello, pero siguió mirándola con aquella expresión triste que tanto le desagradaba. No quería que sintiera lástima de ella.

—¿Qué planes tenéis para mañana? —preguntó Emma después de que Edward y Craig acapararan la conversación en la cena con el inminente viaje a Goodwood—. Es el último día antes de nuestra partida, no os canséis demasiado.

—Jonathan nos invitó a ver el túnel del Támesis a Julie y a mí —dijo Anne, distraída.

—¿Jonathan? —preguntó Edward ceñudo.

—Me pidió que lo llamase por su nombre de pila —aclaró su hija.

—Vaya. ¿Hay algo que yo tenga que saber?

—Edward… —advirtió su esposa.

—¿Qué? Solo pregunto por si acaso.

—Me está cortejando —dijo Anne sin más.

—¿Te está…? —Edward miró a su esposa de manera elocuente y Emma suspiró con paciencia.

—¿Y yo cuándo me iba a enterar de esto? ¿No se supone que el padre tiene que dar su autorización?

—Papá, ¿das tu autorización para que el señor Fairfax me corteje?

Edward arrugó un poco más la frente y esperó confirmación de su esposa. Emma asintió y él carraspeó.

—Mmmm. Parece un buen muchacho, así que no veo inconveniente en que te visite.

—Gracias, papá.

—Pero la próxima vez quiero enterarme el primero.

—¿Próxima vez? —Emma enarcó una ceja—. ¿Cuántos pretendientes crees que va a aceptar tu hija?

—No lo sé, pero espero que no sea el candidato definitivo.

—No he tomado ninguna decisión aún, papá, tranquilo. Solo nos estamos conociendo.

—Julie. —Edward desvió la mirada hacia la joven—. ¿Qué opinas tú del señor Fairfax? Imagino que estarías presente durante esas visitas.

—Oh, sí, por supuesto. Es un joven muy agradable.

—¿Y vosotros…? —preguntó señalando a Craig y a Charles—, ¿creéis que es bueno para Anne?

—Papá… —dijo Charles impaciente—. ¿Qué importa lo que nosotros pensemos? Aquí la única a la que tienes que escuchar es a Anne.

—Pero me interesa saber vuestra opinión. ¿Qué dices, Craig?

El escocés trató de mantener una expresión serena.

—Por lo poco que he hablado con él, parece un buen tipo.

—Iréis con ellas —dijo señalando a los dos hombres con el cuchillo que sostenía en la mano derecha—. A eso del túnel, iréis también.

—¿Cuándo es? —preguntó Charles a su hermana.

—Hemos quedado mañana por la tarde.

—Yo no puedo ir, papá. Tío Joseph me va a presentar al capitán del barco que nos llevará a… nuestro destino. —Miró a Moseley de soslayo para que su padre entendiese.

—Pues tú, Craig. Irás con ellas. Quiero que estés bien atento a lo que pasa.

Anne no se inmutó, segura de que el escocés encontraría una excusa para…

—Estaré encantado de acompañarlas —dijo ignorando la mirada irritada de Anne—. Hace días que quería visitar el túnel.

—No es nada del otro mundo —dijo Edward con un gesto despreciativo—. La octava maravilla del mundo, dicen. Menuda estupidez.

—A mí me gustó —dijo Emma.

Anne clavó la vista en su plato y se obligó a mantener la boca cerrada.

Jonathan le contó todos los detalles de la construcción del túnel durante el trayecto. Anne lo escuchaba admirada, no solo por su conocimiento de la obra, sino por la pasión que ponía en sus palabras.

—Entiendo que le guste tanto la arquitectura —dijo atenta a dónde apoyaba el pie al descender por la escalera de caracol.

—¿Soy demasiado vehemente? —preguntó él con tono relajado.

—Me gusta mucho la gente que habla con entusiasmo de los temas que le importan. Es… inspirador.

Craig bajaba el último y apretó los dientes para no emitir el menor sonido. ¿Es que nunca se cansaba de hablar? Fairfax llevaba todo el camino hablando y, al parecer, iba a tener que seguir escuchándolo mientras hacían la visita.

—Hace frío aquí —dijo Julie girándose hacia él cuando llegó al final de la escalera—. No se derrumbará, ¿verdad? ¿Cuántos pies ha dicho el señor Fairfax que nos separan del lecho del río?

—Unos veinte —masculló Craig.

Anne observaba los dos arcos gemelos iluminados por lámparas de gas.

Olía a humedad y al humo de las lámparas.

De las paredes encaladas rezumaba de cuando en cuando una gota del Támesis que venía a recordarles dónde estaban.

El aire tenía una densidad extraña, como de iglesia.

Las voces llegaban hasta ella multiplicadas por el eco y sonrió al escuchar a su amiga insistir en que alguien calmara sus temores.

—No te preocupes, Julie, si se derrumba yo te sacaré nadando.

—No digas eso ni en broma. Sabes el miedo que me da el agua.

—Puede estar tranquila, señorita Havelok. Este túnel se diseñó con un cuidado extraordinario. Le aseguro que no se dejó nada al azar.

Julie le pidió que le explicara qué precauciones habían tomado exactamente para asegurarse de que el túnel no se cayera. Y, mientras Fairfax repetía lo que ya le había contado a Anne, esta se acercó a un puesto de los arcos laterales que vendía estampas del túnel.

—Será un recuerdo precioso para su esposa, caballero —dijo el vendedor.

Anne se giró y vio que tenía a Craig justo detrás.

—Él no es mi esposo —dijo tajante.

Craig cogió la estampa y sacó unas monedas.

—La pagaré yo —insistió Anne, pero Craig hizo caso omiso.

—Considéralo un regalo de cumpleaños atrasado —dijo al entregársela.

Anne apretó los labios y buscó a los otros dos.

—¿Dónde están esos dos? —preguntó.

—Se han adelantado —dijo él señalando.

Anne se unió a la multitud que recorría el túnel a aquella hora y avanzó en la misma dirección.

—No sabía que estaría tan concurrido —dijo intentando sonar distendida.

—Es la atracción de la temporada. Los londinenses se alimentan de las novedades.

—Esa es otra cosa que Julie y tú tenéis en común. —Lo miró con una sonrisa burlona—. Ella también odia Londres.

—Yo no odio Londres. Que no quisiera vivir aquí no significa que no disfrute de sus… peculiaridades.

—¿Por qué cuando tú dices «peculiaridades» yo oigo «estupideces»?

Craig giró la cara para ocultarle la sonrisa.

—No tenías por qué venir —siguió ella.

—Cierto.

—¿Te estás riendo?

—¿Por qué iba a reírme?

Anne suspiró y observó a la gente que iba en procesión. De pronto se sintió un poco estúpida por estar allí.

—¿Crees que Seabhag tiene posibilidades de ganar la Harroway Plate?

—Desde luego que sí.

—Ojalá lo consiga. Me gustaría ver a papá feliz.

Craig sabía que estaba pensando en la última vez que su padre tuvo un caballo de carreras.

—¿Has comprado algo? —preguntó Julie cuando llegaron a su altura.

—Una estampa —dijo mostrándosela.

—Me habría gustado regalársela yo. —Jonathan se mostró contrariado.

—Anne —intervino su amiga—, ¿sabías que el señor Fairfax va a asistir a las carreras en Goodwood?

—Sí, me lo dijo —afirmó con una sonrisa.

Volvieron a colocarse en parejas. Anne y Fairfax iban delante, mientras que Julie y Craig caminaban tras ellos.

—Lo que más ilusión me hace no es la carrera —dijo Fairfax con voz suave—. Es el baile de la duquesa de Richmond. Espero que me dedique dos piezas esa noche.

—¿Quiere que todos hablen de nosotros?

—No me importaría en absoluto si los cotilleos fuesen porque usted me ha hecho más caso que a ningún otro invitado.

Julie miró a Craig, a cuyo alrededor parecía crepitar la tensión como el aire antes de caer un rayo.

—A usted no le gustan mucho los bailes, señor McEntrie. En la boda de Lucille solo bailó conmigo.

—¿Y de eso deduce que no me gustan? —replicó—. Quizá no había nadie más con quien quisiera bailar.

Anne envaró ligeramente la espalda al escucharlo.

—Estaré encantada de bailar con usted dos veces, Jonathan. Le reservaré el primero y el último baile, si le parece bien.

—Me parece una idea excelente. Los jardines de los duques de Richmond son preciosos. ¿Los ha visitado alguna vez?

—Sí, pero entonces yo era una cría y no me fijaba demasiado en esas cosas.

—Entonces aprovecharé para enseñárselos. Así la espera entre un baile y el siguiente se me hará menos insoportable.

Julie sonrió abiertamente ante tal galantería y Craig mantuvo un silencio seco.

—¿Es usted aficionado al paisajismo, Jonathan?

—Lo cierto es que sí. Me gusta todo lo que tiene que ver con la arquitectura y los jardines de una propiedad son una carta de presentación muy interesante.

—Estoy de acuerdo. Aquí en Londres tenemos un jardín pequeño, pero Haddon Castle cuenta con un jardín enorme y muy bien cuidado. Cuando venga a visitarnos, tendré mucho gusto en escuchar su opinión al respecto.

—¿Es una invitación, querida Anne?

Ella tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no girarse cuando escuchó el resoplido a su espalda.

—Por supuesto, considérese formalmente invitado.

Siguieron caminando un trecho en silencio, hasta que se escuchó la voz de Julie.

—Su familia vive en un castillo escocés, ¿verdad? Anne me ha hablado mucho de Slioscreige . Siempre dice que es un lugar mágico.

Craig asintió levemente.

—Mágico no lo sé, pero es un lugar magnífico, eso seguro. Tiene más de seiscientos años y ha pertenecido a los McEntrie la mayor parte del tiempo, excepto algunos años oscuros en los que los MacDonald nos arrebataron las tierras con sucias artimañas.

—¿Es cierto que desde algunas habitaciones se oye como si el mar rompiese contra sus muros?

—Sí, es cierto. El castillo es enorme, y menos mal, porque allí vivimos muchos.

Julie sonrió divertida.

—No puedo imaginármelo —dijo dándole pie a que la invitara.

Pero Craig no pareció darse cuenta.

—Podrías ir —dijo Anne mirándolos—. Los McEntrie son muy buenos anfitriones, seguro que te recibirían con los brazos abiertos.

—Qué cosas dices, Anne. No me conocen de nada.

—Seguro que te adorarían. Cuando Craig regrese podrías irte con él y llevarte a Susan.

—Anne… —Julie se puso seria.

—De verdad que te encantaría. Es el único lugar en el mundo por el que yo dejaría Haddon Castle.

En el mismo instante en que lo dijo en voz alta, se arrepintió.

—Quiero decir… Sí, es un lugar… magnífico.

Craig la miró con fijeza y tardó unos segundos en dirigir la atención hacia Julie.

—Considérese invitada, señorita Havelok. Puede visitarnos cuando guste.

Anne miró hacia delante y no dijo nada más.