Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 40
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Capítulo 40

Charles se apoyó en la pared de las caballerizas mientras Craig le quitaba la silla a Ealain.

—¿Qué quieres? —preguntó el escocés colgándola de un gancho.

—Viéndote manejarla cualquiera diría que esa silla es de papel —dijo Charles sin ocultar su admiración.

Craig terminó de retirarle las correas y el bocado y cogió un cepillo. Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de las suaves cerdas sobre la piel del animal.

—He hablado con Anne —dijo Charles de pronto.

Craig no se inmutó y continuó con su trabajo.

—Ha ido a la posada.

Ahora sí se detuvo y Charles vio cómo se le tensaban los músculos. Craig se giró despacio y lo miró con los labios apretados.

—¿Y tú la has dejado?

—¿Y por qué no iba a dejarla? Además, es Anne, no puedes impedirle que haga lo que quiere, ya deberías saberlo.

Los movimientos de Craig se volvieron más agresivos y Ealain relinchó para advertirlo. El escocés se detuvo de inmediato y acarició el lomo del animal hablándole en gaélico con cariño. Después volvió a cepillarlo con cuidado.

Charles se apartó de la pared y se acercó a él con las manos en los bolsillos.

—¿Por qué rechazaste a Poppy en mi casa? Aún no sabías que estábamos juntos.

—En ese momento no estabais juntos —masculló y luego lanzó el cepillo al cesto del que lo había cogido.

Se giró para encarar a Charles.

—¿Quieres que tengamos esta conversación justo antes de irte?

—No creo que tengamos otra oportunidad. —Sonrió burlón—. ¿O es que piensas venir a visitarnos?

Craig respiró hondo.

—No hay nada que explicar. La primera vez creí que me acostaba con una prostituta. La segunda, Poppy era doncella de tu familia. Yo no me acuesto con la mujer de nadie, pero tampoco me acuesto con doncellas.

Charles enarcó una ceja.

—Ya. El código de honor de los McEntrie.

—¿Lo dices con retintín? Te iría bien aprender algo de honor, Charles. Te recuerdo que tú te acostaste con Imogen Timberlake.

—Entonces todavía era Imogen Lynott.

—¿Cambia eso algo, acaso? No tienes nada que reprocharle a Poppy. Y mucho menos a mí.

Charles le sostuvo la mirada unos segundos, pero finalmente bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Bien. —Guio a Ealain hasta su cuadra y la metió dentro tras asegurarse de que tenía agua suficiente.

Cuando volvió a salir no se sorprendió de que Charles todavía siguiese allí.

—¿Estás enamorado de mi hermana?

Craig se paró en seco y tardó un momento en girarse, pero cuando lo hizo tenía una expresión de lo más reveladora.

—¿Estás seguro de querer tener esta conversación? —repitió la pregunta.

Charles asintió.

—¿Para qué quieres saberlo?

—Ya me has respondido —adujo Charles—. Si la respuesta fuese no, me la habrías dado sin más.

Craig no movió un músculo y se mantuvo expectante.

—¿Ella lo sabe?

—Con tu hermana uno nunca sabe lo que sabe.

—Mi madre se alegrará. Te tiene verdadero aprecio. —Sonrió cruzándose de brazos—. Mi padre defenderá su terreno al principio. Siempre ha sido el primero para ella y que lo relegue no…

—No voy a casarme con tu hermana, si es lo que estás pensando.

Charles frunció el ceño.

—¿Estás diciendo que no la amas?

—Estoy diciendo lo que he dicho.

—No entiendo nada. Si la amas, ¿por qué no habrías de casarte con ella? ¿Crees que te rechazaría? Lleva años anunciando que…

—No va a rechazarme porque no voy a pedírselo.

El rostro de Charles se endureció.

—Si intentas algo con ella fuera del matrimonio, estás muerto, McEntrie.

—¿Crees que respetaría a una doncella y no a la hija de un amigo?

—Ahora mismo no sé qué creer.

—No importa lo que creas, lo único que necesitas saber es que no voy a casarme con Anne.

—¿Por qué? —espetó desconcertado—. ¿Tienes algún compromiso previo? ¿Le has dado tu palabra a otra mujer?

Craig resopló al tiempo que apartaba el pelo de la frente.

—Los Wilmot sois perros de presa. Cuando mordéis, no soltáis.

Charles dio un paso hacia él con expresión amenazadora, aunque era consciente de que en una pelea contra Craig no tendría nada que hacer.

—Anne es una mujer maravillosa. Cualquier hombre debería sentirse afortunado de que ella lo amase.

Craig siguió en silencio y Charles maldijo para sí.

—¿Por qué? Dime de una vez qué te impide casarte con ella si la amas.

—No tengo que darte explicaciones. La única persona que puede pedírmelas ya lo sabe.

—¿Has hablado con Anne de esto? ¿Le has dicho que no quieres casarte con ella?

Craig asintió una vez.

—Eres un desgraciado. ¡Le habrás roto el corazón!

—Mejor ahora que cuando ya fuese demasiado tarde.

Charles se apartó con una intensa angustia. Anne lo había consolado cuando era ella quien tenía el corazón roto. No lo detuvo cuando Craig se alejó a grandes zancadas.

Adam observaba a su primo, que paseaba arriba y abajo por su despacho en el hospital.

—No tengo mucho tiempo libre, Craig.

El otro se apoyó en el escritorio y lo miró con fijeza.

—Tú me entiendes, ¿verdad? Eres un hombre pragmático que no se deja arrastrar por sus emociones. Si no, no podrías rajar a la gente con tanta tranquilidad.

Adam se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa torcida.

—Me has descrito bastante bien.

—No te casarías con una mujer que sabes a ciencia cierta que va a ser tu desgracia.

—Evidentemente no.

—Conoces a Anne. ¿Cómo la describirías? No me lo digas. Pensarías que es una jovencita adorable, pero con una inusitada facilidad para meterse en problemas.

—Iba a decir…

—Ya, ya sé lo que ibas a decir. Que el que se case con ella tiene que ser un santo y tener la paciencia de diez hombres.

Es lo mismo que pienso yo. La he visto cometer auténticas barbaridades sin tener en cuenta las consecuencias.

No dudaría en ponerse en peligro para proteger lo que ama.

¿Sabes qué peligros entraña eso? Sí, lo sabes, claro que lo sabes.

—Pero…

—¿Qué importa si la amo? —dijo sentándose—. El amor es una emoción como otra cualquiera. Puedo sentir hambre y no comerme a mi yegua.

—Hombre…

—Ella lo entenderá. Con el tiempo. Sabrá que era lo mejor para los dos. Se enamorará de otro, se casará y tendrá hijos. Será feliz, ¿verdad, Adam? Anne tiene que ser feliz. Es absolutamente imprescindible porque si no lo es…

Adam se puso de pie y rodeó el escritorio para dirigirse a la puerta.

—Como veo que no me necesitas voy a volver al trabajo.

—¿Qué haces? —Se levantó también—. ¡Claro que te necesito!

Adam se giró con las manos en la cintura.

—No me has dejado meter baza.

—Habla. Di lo que quieras.

Adam lo pensó un momento antes de responder.

—¿Por qué crees que no funcionará?

—Sabes por qué. Es una niña y hace cosas de niña.

—De acuerdo —dijo levantando las manos en señal de rendición antes de darse la vuelta—. Buena charla.

—¡Que no te vayas, joder!

—No quieres hablar, Craig. Solo quieres convencerte de algo y eso significa que no estás seguro. Dime de verdad qué es lo que te da tanto miedo de Anne, porque ni por asomo es porque sea joven.

—Mi abuela.

—¿Violet? —preguntó extrañado.

—No, Alana.

—Alana no era nada tuyo. Y mío tampoco, por cierto —puntualizó Adam.

—Ya sabes lo que le hizo a mi padre y cómo acabó.

—No veo qué tiene eso que ver con lo que estamos hablando.

Craig se frotó la nuca y luego se sentó en una butaca visiblemente agotado.

—Siéntate, me pone nervioso verte ahí de pie. Parece que te vas a ir en cualquier momento.

Adam hizo lo que le pedía, aunque habría preferido marcharse.

—Tu abuelo fue un hombre malvado —dijo Craig.

—Te refieres a Bhattair, claro.

—Evidentemente.

—Vale. ¿Qué tiene él que ver en esto?

—Imagina que pensaras que tú puedes hacerle a una mujer lo que él le hizo a Rosslyn o a tu madre.

—Eso es imposible. Yo jamás actuaría así.

—Ya, es un mal ejemplo.

—Habla claro de una vez para que pueda irme, Craig.

Su primo resopló con nerviosismo.

—El abuelo se casó con Alana y no pudo amarla como ella necesitaba. Eso la volvió loca y por eso actuó del modo en que lo hizo. Era demasiado joven para entender las circuns…

—Mira, Craig, los dos sabemos que esto no tiene nada que ver con Alana, ni con la edad de Anne ni con ninguna otra cosa tras la que te hayas estado escudando todo este tiempo.

Dime lo que sientes de verdad y, quizá, pueda ayudarte.

Aunque yo no apostaría nada valioso a esa carta, porque soy un absoluto negado para las emociones de los demás.

Craig se mantuvo un buen rato callado. Con los codos apoyados en las rodillas y los dedos agarrados al pelo dejó que sus pensamientos abrieran las compuertas que había mantenido ocultas durante años.

—Tengo miedo —musitó—. Tengo un miedo atroz a que un día piense que no soy suficiente.

A decepcionarla. A que esa imagen que se ha construido de mí durante todos estos años se caiga como un castillo de naipes.

Tengo un miedo tan arraigado a ver en sus ojos la decepción más absoluta que no hago otra cosa que intentar provocársela.

Quiero que me mire así de una vez y que me destroce el alma para poder seguir con mi vida.

En Aveldon creí conseguirlo, pero aún seguía la esperanza bailando en sus ojos cuando se marchó.

Adam arrugó la frente y se rascó la cabeza.

—¿Y qué quieres de mí?

Craig se incorporó para mirarlo.

—Pues que me ayudes a sacarme este veneno de dentro, ¿qué voy a querer?

—Nunca he amado a nadie, Craig. No sé por qué piensas que puedo ayudarte con esto.

—Eres médico.

El otro se rio con sorna.

—¿Crees que tengo un antídoto para lo que te pasa? Si alguien inventara algo así, en poco tiempo sería rico.

—¿Qué harías tú en mi situación?

—No lo sé. Ahora, aquí sentado, lo único que tengo claro es que me alegro de no estar en tu piel. Pero no sé cómo actuaría si sintiera eso que sientes.

—Menuda ayuda.

Adam valoró la cuestión como si fuese un problema médico.

—No sé cómo quitarte el miedo a decepcionarla. Pero tú no has venido a preguntarme cómo casarte con ella, sino cómo dejar de amarla. ¿Es así?

Craig asintió.

—Si regresas a Slioscreige sin haber extraído el veneno, es probable que no te cures nunca. Yo te aconsejo que te expongas a él de manera repetida y que dejes que sea Anne la que lo extraiga con sus actos.

—No entiendo nada.

—No la evites. Obsérvala sabiendo que nunca será tuya. Acostúmbrate a la idea de que un día pertenecerá a otro. Quizá con el tiempo deje de afectarte.

—¿Y si no puedo?

—Entonces tendrás que aceptar que nunca te curarás.

Craig se puso de pie y salió de allí sin despedirse. Adam se encogió de hombros y lo siguió, cerrando la puerta con cuidado.