Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 39
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Capítulo 39

Anne revisaba su correspondencia en la biblioteca cuando escuchó la voz de Charles.

—¿Dónde está mi hermanita?

Ella se levantó de un salto, corrió al encuentro de su hermano y se abrazó a su cuello mientras él le rodeaba la cintura con ternura.

Charles enterró la cara en su pelo en cuanto ella empezó a llorar y caminó con ella hasta uno de los sofás para sentarse, pero Anne no lo soltaba y él tuvo que esperar unos minutos a que se calmara.

Cuando por fin cesaron los sollozos sin que ninguno de los dos hubiese emitido palabra alguna, Anne se apartó lo suficiente como para que viera su cara.

—Tonto —dijo golpeándolo con los puños—. Tonto, tonto, tonto.

Charles sonrió con tristeza.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No podía —musitó con voz ronca.

Se acomodaron uno frente al otro.

—¿De verdad vas a irte para siempre?

—Debo hacerlo.

—Pero… —Anne sorbió por la nariz negando con la cabeza—. Tiene que haber otra solución. ¿Por qué no puedes casarte con ella sin más? ¿Qué importa lo que digan todos?

—Importa y mucho, Anne.

—A mí no me importa —dijo rotunda—. No me importa si nadie quiere casarse conmigo. Prefiero estar soltera y tener a mi hermano cerca.

—Jamás te haría eso.

—Pero vas a dejarme para siempre, eso es mucho peor —insistió con fiereza.

—Anne, podrás ir a Isla Refugio, ¿no has pensado en eso? Siempre has querido ir.

—¿Cuántas veces? ¿Cuántas, Charles? ¿Dos en toda mi vida?

¿Tres, siendo generosa? Llevo viendo tu cara todos los días desde que abrí los ojos a este mundo.

¿Cómo puedes pensar que verte dos veces será suficiente?

—Se mordió el labio tratando de contener las lágrimas y su hermano bajó la cabeza sin apenas poder dominar su propia congoja.

—La amo, Anne. La amo más que a mi vida. He tratado de arrancármela del corazón, no por mí, por Poppy, porque temía lo que mi amor iba a hacerle. Pero no puedo. No puedo vivir sin ella.

—Claro que no, y yo no te pido que lo hagas. Lo que te pido es que no te preocupes por mí. Casaos aquí y que hablen cuanto quieran. Vivid en esta casa, Charles, por favor.

Él le acarició el rostro.

—Anne… no eres solo tú, aunque jamás haría nada que te perjudicase a ti.

Están papá y mamá. A ellos también les afectaría y lo sabes.

Vamos, hermanita, siempre has sido más lista que yo, sabes lo que pasaría.

Todo el mundo nos daría la espalda. Papá sería llamado ante la reina y…

a saber qué ocurriría. Los títulos deben protegerse y lo sabes.

—Vas a irte —musitó Anne dejando caer los hombros—. Vas a irte de verdad.

—Lloraste mucho cuando Robert se marchó a Escocia —dijo él con tristeza—, pero ¿a que no te duele tanto ya?

Ella apartó la mirada, tratando de no derrumbarse.

—Sabes que no es lo mismo —susurró casi sin voz.

Durante unos minutos permanecieron en silencio. Charles tenía las manos de su hermana entre las suyas y recorría con el pulgar el contorno de sus dedos mientras los recuerdos ocupaban su mente.

—La primera vez que mamá te puso en mis brazos —dijo de pronto—, dejé de respirar.

Cuando George nació, yo era muy pequeño y apenas lo recordaba.

Lo que más llamó mi atención fueron tus diminutas manos, eran tan pequeñas que no podía dejar de tocarlas, como si no me creyera que pudieran ser manos.

—Los dos se rieron nerviosos—. Y entonces me agarraste.

Cogiste mi dedo y lo apretaste y sentí que me explotaba el corazón.

—Mamá dice que lloraste a moco tendido. Siempre has sido un llorón, Charles.

Las lágrimas caían por su rostro mientras la miraba con una sonrisa.

—Estoy destrozado, Anne. Destrozado por tener que renunciar a las personas que amo. A mi familia. Pero no puedo dejarla a ella. Lo siento mucho. Siento causarte esta pena. A todos. A mamá… ¿Cuidarás de ella, Anne?

Su hermana asintió y colocó la palma de la mano en el pecho de Charles unos segundos, hasta que él la abrazó y rompió a llorar.

Nunca había estado en esa posada, pero no vio nada en ella que la distinguiera de otras en las que sí había estado.

Julie y Susan la esperaban en el salón principal mientras ella hablaba con Poppy.

Observó la estancia sin disimulo. A pesar de ser muy humilde, tenía detalles que delataban una sensibilidad especial en quien vivía allí.

Las cortinas, cortas y de batista, llevaban un bordado en la parte inferior hecho con hilo del mismo color a modo de encaje.

La cama no era muy grande y estaba cubierta por una colcha de retales, algunos de los cuales reconoció porque habían pertenecido a vestidos que ella había desechado.

Deambuló por la estancia sin que Poppy la interrumpiera.

La joven permanecía de pie junto a la ventana estudiándola en silencio.

Cuando Anne cogió la piedra que descansaba sobre un pañuelo en el tocador, la joven dio un respingo y Anne la miró enarcando una ceja.

La sostuvo en la palma de una mano mientras la acariciaba con los dedos de la otra.

Era suave y tenía una veta rojiza y brillante.

—Es bonita —dijo.

La mirada de Poppy seguía siendo de temor, como si creyera que Anne podía romper la piedra con solo apretarla en su mano.

—¿Qué es? —preguntó con curiosidad.

—Una… piedra de río.

Anne la dejó en su sitio y habría jurado que escuchó un suspiro de alivio.

—¿Estuvo en este cuarto?

Poppy se sonrojó.

—¿Su hermano?

—No. Craig McEntrie.

El color abandonó el rostro de la criada, que entrelazó los dedos sin dejar de temblar.

—No, señorita.

—Entonces, ¿fuiste tú a su cuarto?

Poppy tragó saliva. Anne la miró de frente y su expresión no fue amigable.

—¿De verdad quieres a mi hermano?

Poppy asintió con vehemencia.

—Sabes que va a dejarlo todo por ti. Que va a dejar… a su familia.

Poppy tardó unos segundos en responder. Se le notaba la lucha interna que estaba teniendo, pero finalmente las lágrimas se desbordaron de sus ojos.

—¿Lo amas de verdad, Poppy? —No quería romperse delante de ella, pero le estaba costando un imperio.

—Más que a mi vida.

Anne suspiró mirando al techo antes de buscar un lugar en el que sentarse. Escogió una silla y a ella le señaló la cama, que estaba enfrente.

—Hablemos —dijo.

Poppy se sentó donde ella había dicho y apoyó las manos en el regazo.

—¿Qué quiere saber? —preguntó al ver que Anne esperaba—. Le contaré todo lo que quiera, pero necesito que me lo pregunte.

Anne se encogió de hombros, visiblemente derrotada.

—Cuéntame por qué voy a perder a mi hermano. Por qué te elige a ti, una desconocida, antes que a su familia.

Poppy sorbió, se secó la cara con las manos y se arregló el pelo. Anne fue testigo de cómo se transformaba ante sus ojos y dejaba de ser la joven que se asustó al verla entrar en la posada un rato antes.

—Charles y yo nos amamos. Desearía que no tuviese que abandonar a su familia por mí, pero no soy yo la que dicta las normas de su clase.

Nunca quise que esto pasara, no me enamoré de su hermano porque yo lo buscase.

Fue él el que se acercó a mí, señorita Anne, y le aseguro que lo rechacé muchas veces.

Pero es tan persistente… —Desvió la mirada mientras decía esto último para sí.

Anne respiró hondo intentando calmar su ánimo.

—¿Cómo… lo supiste? —preguntó con timidez.

Poppy frunció el ceño. Claramente no esperaba esa clase de pregunta.

—No puedo explicárselo. No lo sé. De repente me encontré pensando en él a todas horas.

Mi corazón se aceleraba si estaba cerca y me sentía vacía cuando se marchaba.

Le pedí que me dejara un millón de veces y él me aseguró que lo haría otras tantas, pero siempre regresaba y derribaba mis muros con tanta facilidad que me volvía loca.

Permanecieron unos segundos en silencio. Anne quería preguntarle, pero no se atrevía.

—Quiere saber por qué me entregué al señor McEntrie.

—La voz de Poppy sonó áspera como un papel de lija—.

Quería morirme y creí que eso me mataría.

Su hermano me dijo cosas horribles y de pronto me vi convertida en su ramera particular.

Él me mantendría y me usaría a su voluntad.

Yo pariría hijos sin padre y me consumiría de dolor mientras él acababa casándose con otra, formando una familia respetable y teniendo hijos legítimos.

Me volví loca, completamente loca. Lo golpeé, le arañé y juré que le haría tanto daño que no volvería a mirarme siquiera.

—Se encogió de hombros—. Lo habría hecho con cualquiera si el señor McEntrie me hubiese rechazado. Tuve suerte de que fuese él.

Anne sintió un escalofrío y giró la cabeza, incapaz de soportar la imagen de Craig y Poppy juntos.

—Fue bueno y cálido, a pesar de creer que yo era una puta.

Me trató con delicadeza y se preocupó por mi bienestar.

Luego quiso pagarme y ni siquiera pude enfadarme con él.

Perdí la cordura cuando Charles quiso convertirme en su amante, pero no cuando ese hombre intentó pagarme convencido de que era una ramera, ¿se da cuenta de la ironía?

Anne sentía el suelo inestable bajo sus pies. Saber que no había sido él quien la había buscado, que de verdad no sabía quién era… No, no podía darle alivio. Eso no era bueno para su maltrecho corazón. No importaba, nada de eso importaba.

—Entonces… Craig no sabía…

—No, no sabía de mi relación con su hermano. Y la segunda vez, tampoco.

—¿La segunda…?

—No pasó nada, señorita, se lo juro. Entré en su cuarto, pero él me rechazó.

—¿En su cuarto? —Seguía anonadada—. ¿Te refieres a…?

—Cuando llegó a Kenford —dijo Poppy asintiendo avergonzada—.

Sé lo que está pensando y tiene razón. Soy estúpida y busco mi desgracia cuando algo me hace daño de verdad.

Y no lo entiendo, desde niña solo he conocido golpes y maltrato.

Pero el dolor que me causaba su hermano era imposible de soportar para mí.

Si me hubiese golpeado, no me habría afectado apenas.

¿Y sabe qué es lo peor? Lo peor es que él no quería hacerme daño, solo trataba de encontrar una solución que no lo obligase a abandonar a su familia.

Porque los quiere muchísimo. Y al final va a tener que dejarlos por mí. ¡Por mi culpa!

Los sollozos de Poppy fueron desgarradores y Anne tuvo que abrazarla.

—Tranquila —susurró con cariño—. Tranquila, todo se arreglará. En Isla Refugio podréis iniciar una nueva vida juntos y todo esto no será más que una oscura pesadilla.

Cerró los ojos mientras acariciaba el pelo de Poppy y la consoló durante mucho, mucho rato.