Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 38
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Capítulo 38

Después de pasar unos días en Aveldon, Londres le pareció sucio y ruidoso. Sonrió al ver las expresiones de fastidio de Julie.

—¿Por qué huele tan mal? —preguntó la joven al bajar frente a la casa de los Wilmot.

—No preguntes.

Anne caminó hacia la entrada, dejando que el cochero se ocupase de bajar el equipaje. Julie y Susan, la doncella de Ruby, la siguieron.

—Buenas tardes, Moseley. ¿Están todos bien por aquí?

—Buenas tardes, señorita Anne. Por aquí todo bien. Un poco ajetreados, pero bien.

—Esta es Julie Havelok, una amiga de Aveldon que pasará unos días con nosotros. Y esta es su doncella, Susan.

—Bienvenidas. —El mayordomo inclinó la cabeza cortésmente.

—Buenas tardes, señor Moseley —dijo Susan respondiendo al saludo como corresponde a una doncella—. Ayudaré en lo que pueda mientras esté aquí.

—Nos irá bien otra doncella. La señora aún no ha encontrado sustituta para Poppy.

A Anne le temblaron los dedos al quitarse los guantes.

—¿Dónde está mi madre?

—En el saloncito.

—¿Está escribiendo?

—Sí, señorita.

—Bien, entonces no la interrumpiré. Ya hablaré con ella más tarde. Mientras preparan una habitación para la señorita Havelok, estaremos en mi dormitorio. Avísenos cuando esté lista.

Subieron juntas las escaleras hasta la segunda planta. Julie lo miraba todo con expresión solemne. Los cuadros de las paredes, los apliques, las mullidas alfombras…

—Tienes una casa enorme, Anne. Aunque Haddon Castle debe de ser mayor aún. ¿Por qué venís a Londres si tenéis un castillo en el campo? Yo no vendría jamás.

—La temporada social —dijo Anne como si no hiciera falta más explicación.

—¿Tú quieres casarte con un londinense? —se burló su amiga.

Anne se rio al tiempo que abría la puerta de su dormitorio.

—Es tal y como lo imaginaba —dijo Julie al entrar.

Dejó su bolsa sobre una silla y se paseó por el cuarto sin perder detalle.

Acarició el dosel de la cama, echó un vistazo a las figuritas colocadas sobre la repisa de la chimenea apagada y se detuvo frente al espejo basculante situado junto al tocador de caoba.

Había una jofaina y un aguamanil de porcelana, además de un enorme ropero que seguramente estaba repleto de vestidos de baile.

Se acercó de nuevo al espejo para ver en detalle los carnets de baile que Anne había metido en el marco.

Se giró para observar a su amiga, que se encogió de hombros sin dar explicaciones y luego siguió con su escrutinio.

Le llamaron la atención las láminas de caballos que había enganchado en la pared junto a una acuarela de un purasangre.

—¿Uno de los McEntrie? —preguntó con sorna.

—Strathspey, el mayor campeón que han tenido hasta ahora.

Cogió entonces el tintero de una mesa y lo agitó antes de asentir. Anne se acercó y lo tomó de su mano.

—Está seco —musitó—. No me había dado cuenta.

—Esta habitación está tal y como la dejaste hace dos años. ¿Me equivoco? —dijo cogiendo un abanico y abriéndolo con un gesto de muñeca—. No veo nada aquí de la persona que eres ahora. Excepto esas láminas en la pared.

Anne se sentó en la cama y rompió a llorar. Julie corrió hasta ella y la abrazó sentándose a su lado.

—¿Qué te pasa? ¿Qué he dicho? No me hagas caso, Anne, soy estúpida.

—No eres estúpida, eres la persona menos estúpida del mundo, Julie —dijo limpiándose las lágrimas mientras sonreía con sinceridad—.

Eres la única que se ha dado cuenta. Todos creen que sigo siendo la misma de entonces, pero no es verdad.

No sé qué hacen ahí esos carnets de baile ni por qué tengo el armario repleto de vestidos que no quiero ponerme.

Entro en este cuarto como si fuese el de otra persona y procuro no tocar nada para que no se moleste.

Me tumbo en su cama y duermo como si esto fuera una posada.

No he usado ese tintero desde la última vez que respondí a una invitación.

Nadie me ve en esta casa, Julie. Creen que sigo siendo la misma de antes, pero no es cierto, no lo soy.

—Sí lo eres. Lo que yo quería decir no es que no fueses tú, en realidad. Sí eres tú. Sigues siendo la alocada Anne que conocí desde niña, la que me hacía sonrojar al defenderme cuando Tobias Lowdon se metía con mis trenzas.

—¿Yo te hacía sonrojar? —Se limpió las lágrimas riendo.

—Te ponías a gritar lo maravillosa que era, enumerando todas mis virtudes de manera injustificada.

—Eso no es cierto. Solo decía la verdad.

—Esa Anne sigue aquí. —Señaló el espejo—. Y la de los bailes. Y la loca que cabalgaba por los campos de Aveldon montada a horcajadas y sin silla hasta que la duquesa de Greenwood le pidió por favor que al menos ensillara al caballo.

—Tía Katherine es una santa —musitó.

—También eres esa Anne y no tienes que avergonzarte de ella.

La otra desvió la mirada para que no leyera en sus ojos, pero a Julie no le hacía falta.

—Es por él, ¿verdad?

—No. No.

—Sí, es por Craig. Anne, no me mientas.

Anne la miró de frente y suspiró antes de asentir.

—Sí, es por él. Y por papá. Y por todos los que no tuvieron problema en creer que hice algo estúpido e indebido porque era una niña tonta y caprichosa. Sé que me quieren, lo sé bien, pero no me conocen.

Julie se quedó unos segundos pensativa. Jugaba con los dedos de su amiga mientras buscaba las palabras que quería decirle.

—¿No te parece arrogante? —La miró a los ojos—. ¿Creer que los demás deben conocernos aunque no les mostremos quiénes somos?

Anne retiró las manos con expresión confusa.

—Cuando ocurrió lo de la carrera te hiciste invisible. Ni siquiera viniste a Aveldon. En tus cartas no nos explicaste lo que había pasado, nos enteramos por tu prima Ruby. —Volvió a cogerle las manos—. ¿Sé acaso lo que ocurrió realmente? Soy tu amiga, lo sabes todo de mí. ¿Sé yo todo de ti, Anne?

La otra negó despacio sin apartar la mirada.

—No puedes exigir que los demás vean lo que tú no quieres mostrar.

—Y aun así, tú me conoces bien.

Julie sonrió.

—Te he visto comerte los mocos —dijo soltando una carcajada—. Eso une mucho.

—¡Qué asco! —exclamó horrorizada.

—Deja de esperar que los demás hagan todo el trabajo. Sé tú y te conocerán.

—Y tú deja de ser tan sabia —dijo Anne ceñuda—. Eso es cosa de Lucille.

Julie apoyó las manos en el colchón detrás de sí para reclinarse cómodamente.

—Alguien tendrá que sustituirla. Ahora estará demasiado ocupada asumiendo la envergadura de Oliver.

—¡Julie! —gritó tumbándose—. Te has vuelto loca.

Su amiga se tumbó también y las dos llenaron el cuarto de risas.

—¿Estás muy disgustada, mamá?

Anne le masajeaba los hombros como hacía siempre que la veía tensa después de horas de escritura.

—Triste más bien —reconoció Emma—. Y preocupada por ellos.

—¿Dónde está Charles? Quiero hablar con él. No me esperaba que siguiese haciendo vida normal después de la que ha liado.

—Es lo que le hemos pedido, hija. Él no quería, pero debe actuar con normalidad para no llamar la atención.

—¿Quieres una copita de jerez mientras hablamos? —preguntó rodeando la mesa para verla—. Sé que no te gusta beber antes de la cena, pero hagamos una excepción.

Emma sonrió al tiempo que asentía. Mientras Anne servía las copas, su madre se sentó en el sofá a esperarla.

—¿Lo has pasado bien en Aveldon? ¿Cómo están todos?

Anne le entregó su copa y se sentó junto a ella colocándose de lado para mirarla de frente.

—Están todos muy bien. Noah se disgustó cuando supo que me iba. Ese niño es adorable.

—Lo es, sí. Ruby lo está haciendo muy bien. En cambio yo…

—Mamá, no digas eso.

Emma bebió un sorbo y luego suspiró con cansancio.

—No me di cuenta de lo que pasaba en mi propia casa. Tu hermano ha sufrido mucho. Y tú también. El único que parece estar bien es George. Soy una madre desastrosa.

Anne le cogió la mano libre y se la apretó con una sonrisa.

—Eres una madre maravillosa. Tus hijos han crecido felices y somos buenas personas.

—Pero no sois felices.

—Tú no puedes darnos la felicidad, mamá, solo puedes querernos y eso ya lo haces con creces.

Emma la miró con cariño.

—Mira a mi niña, habla como su abuela.

—¿Me estás llamando vieja? —se rio.

—¿Estás bien, hija? Tu padre está muy arrepentido por cómo te trató.

—No debería. Yo no le dije lo que había pasado de verdad —dijo recordando lo que Julie había dicho—. Voy a intentar ser más abierta, para que no tengáis que hacer cábalas sobre mí.

—Eso está muy bien.

—Mamá… quería preguntarte algo —dijo con timidez—. ¿Qué opinas de Jonathan Fairfax?

—Oh. Ya hemos hablado de él alguna vez. Me parece un buen hombre.

—¿Te parece un buen hombre para que tu hija se case con él?

Emma dejó la copa en la mesita y luego miró a su hija con expresión severa.

—Eres demasiado joven para casarte. Y no creo que conozcas a ese joven lo suficiente para…

—Quiero saber tu opinión antes de conocerlo…

más. —Respiró hondo intentando encontrar las palabras—.

No sé si acabaré casándome o no. Solo voy a darle la oportunidad de cortejarme.

Creo que es una buena persona y me sentí bien hablando con él.

Pero necesito la opinión de mi madre al respecto. Confío mucho en tu criterio.

Emma reflexionó antes de responder.

—Creo que sería un buen marido para ti. Pero solo si tú estuvieras enamorada de él. No aceptaré que un hijo mío se case sin amor. Y menos tú.

—¿Menos yo? —Intentó reírse, pero solo fue capaz de mostrar una mueca.

—Sí. No permitiré que te cases con el corazón roto. Me opondré y haré que tu padre también se oponga.

—Mamá…

Emma le cogió las manos.

—No digo que no puedas olvidar y volverte a enamorar, pero necesitas tiempo. Y me parece que tú no quieres darte ese tiempo.

La palidez en el rostro de Anne iba acorde con su sorpresa.

—Tú…

—¿Que si sé que estás enamorada de Craig McEntrie? Hija, te declaraste delante de todos. Y no dejaste de decir que te casarías con él en cuanto fueses lo bastante mayor.

—Eso eran cosas de niña.

—¿Acaso ya no lo amas? Has dicho que ibas a mostrarte más.

—Tienes razón.

—¿Entonces? ¿Lo amas?

Anne suspiró.

—No sé lo que es el amor, mamá. Creía que sí, que lo amaba, pero ¿se puede amar a alguien que no te conoce? ¿Alguien que te desprecia?

—Craig no te desprecia, hija, no digas eso.

—Ay, mamá. —Sonrió con tristeza—. Craig me detesta.

Está enamorado de mí, pero antes se dejaría cortar un brazo que estar conmigo.

Al principio creí que no me conocía, que tenía una imagen distorsionada de mí.

Una muchacha alocada, irresponsable e inmadura.

Pensé que si cambiaba eso, conseguiría que me mirase de otro modo.

Emma asintió recordando el año en que había sido su ayudante para todo.

—Por eso te convertiste en una sombra.

—Sí —asintió—. Por él y por papá. Quería ser la mujer que ellos necesitaban. Creía que así conseguiría que me quisieran.

—Tu padre siempre te ha querido muchísimo. Y Craig…

—Tranquila, mamá. Lo sé. Fui yo la que se metió en la cabeza la estúpida idea de que podemos diseñarnos a imagen y semejanza de lo que creemos que los demás esperan de nosotros.

Estos pocos días en Aveldon he pensado mucho.

Ver a Lucille casarse tan enamorada de Oliver.

Y verlo a él… Mamá, la adora. Cuando la mira es como si todos los demás desapareciéramos.

Le gusta todo de ella, hasta esa manía que tiene de que todo esté alineado, ¿sabes?

A él le hace gracia. Eso es amar a alguien no solo por sus virtudes, sino también por sus defectos.

—Sé lo que quieres decir.

—Claro que lo sabes. Así es como os amáis papá y tú. Y así es como yo quiero que me amen. No sé si Jonathan Fairfax será esa persona, pero sé que Craig McEntrie no lo es.

Su madre la cogió de las manos preocupada por la dureza que vio en sus ojos.

—Hija, no dejes que esto te amargue.

Anne volvió a sonreír.

—Tranquila, no voy a dejar que nadie me cambie. Craig no me debe nada. Nunca me hizo creer que fuese especial para él. No puedo reprocharle que no quiera estar conmigo.

—Has dicho que está enamorado de ti.

—Y lo creo firmemente. Se ha enamorado de alguien a quien no quiere como compañera de vida. No puedo hacer más que aceptarlo.

—¿Te ha tratado mal? No consentiré que…

—Mamá… —dijo con mirada intensa—. Escúchame, por favor.

No quiero que intervengas de ningún modo.

Es muy importante para mí que lo entiendas.

Eres la persona en la que más confío de todo el mundo, no me quites eso, por favor.

Quiero poder abrirte mi corazón y que me aconsejes qué es lo que crees mejor para mí.

Pero para ello tienes que mantenerte al margen, porque si veo que lo que te cuento influye en cómo tú te comportas con los demás, no podré hacerlo.

Emma la miró durante unos segundos sopesando sus palabras.

—Podríamos hacer una lista.

—¡Mamá! —exclamó Anne soltándose de su agarre, mientras intentaba que no se le notase la sonrisa.

—¿Qué? A tu tía Katherine le funcionó.

—Tío Alexander ni siquiera estaba en esa lista.

Emma se encogió de hombros.

—Pero le sirvió para darse cuenta de que no había ninguno que pudiera competir con él. No puedes centrarte solo en un candidato, a no ser que estés enamorada de él.

Anne suspiró impaciente.

—No quiero estar recibiendo pretendientes, mamá. Lo que quiero es conocerlo de verdad.

—Hagamos una cosa —dijo Emma enderezando la espalda—.

Organicemos un baile. Tú prepararás una lista que solo tú y yo leeremos.

En ella incluirás a los jóvenes que conoces y que te resultan…

interesantes. Invitaré a sus familias y a ellos, por supuesto, y tú podrás bailar con cada uno de ellos aprovechando para charlar con intención.

—¿Con intención?

Emma asintió.

—Te aconsejo que toques temas incómodos, no hables del tiempo. Menciona algo que no esperarían.

—¿Cómo qué?

—Pues… Menciona la Doncaster.

—¡Mamá!

—Es lo mejor, hija. Seguro que así los que no sean válidos se descartan solos.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente en serio.

Anne entornó los ojos. Le parecía una magnífica idea.

—Jonathan Fairfax me preguntó qué había sentido ese día —confesó en tono quedo.

Emma inclinó la cabeza y sonrió.

—Entonces irá el primero de la lista.