Capítulo 37
Ruby la veía ir de un lado a otro sacando su ropa y tirándola sobre la cama con manos temblorosas.
—Anne…
—Si me olvido de algo ya me lo enviarás.
—Anne, ven, siéntate aquí conmigo —dijo dando palmaditas en el colchón a su lado.
—No tengo tiempo de hablar, Ruby, tengo que salir cuanto antes. Mi hermano… —La voz se le rompió y se cubrió el rostro con las manos, exhausta.
Ruby la hizo sentarse en la cama y luego ocupó el lugar junto a ella.
—Luego te ayudaré a hacer el equipaje, pero primero vamos a hablar de esto.
—No hay nada de lo que hablar. Charles se va a casar con Poppy —dijo entre lágrimas—. Se va a marchar para siempre, Ruby. No volveré a ver a mi hermano nunca.
—Eso no es cierto. Podrás ir a visitarlo y lo harás.
—Pero eso ocurrirá una vez, dos quizá. No voy a verlo todos los días. Ni siquiera una vez al mes. Es mi hermano, Ruby, lo quiero muchísimo.
—Ya lo sé. Pero piensa en esto, Robert no está tan lejos y tampoco lo ves una vez al mes.
—Pero es distinto —dijo mohína. Sorbió por la nariz—. Es Robert.
Ruby sonrió.
—No es que no lo quiera, los quiero igual, pero Robert siempre fue muy independiente y es el mayor y… Charles no es como él, siempre hemos estado unidos. O yo creía que lo estábamos. —Se enjugó los ojos—. No me dijo nada. Hace año y medio y no me dijo nada.
—Seguro que fue muy difícil para él.
Anne asintió y volvió a limpiarse las lágrimas. Ruby sacó un pañuelo y se lo dio. Esperó hasta que se hubo limpiado los ojos y sonado la nariz antes de volver a hablar.
—No es solo por Charles que estás así. Puedes callártelo si así lo deseas, no te obligaré a contármelo, pero quiero que sepas que estoy aquí y que te escucharé sin juzgarte y sin darte ningún sermón. Quizá pueda ayudarte. Sabes que mi relación con Andrew fue muy difícil al principio.
Anne asintió y jugó con el lazo de su vestido enrollándolo y desenrollándolo una y otra vez.
—Ya sabes lo que me pasa —musitó.
—Craig.
—Lo amo —dijo sin artificio—. Lo amo de verdad. Es extraño, pero lo supe muy pronto. Cuando está cerca de mí todo en mi cuerpo se calma. Mi mente se relaja y siento… paz. También siento otras cosas…
—Espero que esas cosas hayan estado bien controladas mientras habéis estado en mi casa —advirtió Ruby con una sonrisa juguetona.
Las mejillas de Anne se encendieron.
—No te burles de mí. Además, ya sabes que él no me quiere.
—Pues no, la verdad es que no lo sé. A juzgar por cómo te mira diría que esa afirmación no podría estar más errada.
Anne suspiró.
—¿Tú también lo has notado?
Ruby frunció el ceño e inclinó la cabeza, escrutándola.
—Sé que él me ama —dijo Anne y los ojos volvieron a verter un río de lágrimas—. Lo sé, pero no importa, porque decidió hace mucho tiempo que no soy digna de amor.
—No digas eso.
—Es la verdad. Me lo ha dicho de muchas maneras, todas muy crueles. —Su voz se volvió áspera, como si lacerara una herida—. Soy todo lo que detesta en una mujer. Me comparó con… Alana.
Ruby empalideció.
—Nunca tuve a Craig por un hombre cruel e injusto.
—Solo lo es conmigo. Me temo que le despierto algo visceral que no puede controlar. Lo que siente por mí le hace daño. No quiere amarme y, al parecer, escapa a su control.
—Hablaré con él…
—¡No! —exclamó Anne asustada—. No, por favor, no lo hagas. No debería haberte dicho nada…
Ruby la cogió de las manos y la sacudió sin apartar la mirada.
—No haré nada que tú no quieras que haga. Solo quiero que sepas que puedo intervenir si tú me lo pides.
—No quiero que lo hagas. Me moriría de la vergüenza. No tiene sentido, no se puede amar contra uno mismo. Yo no quiero que me ame así. Si me considera indigna de su amor, no lo quiero.
—Anne, tú no eres indigna. Esto no habla de ti, habla de él. Es un hombre que necesita tener el control de la situación. Está acostumbrado a manejar su vida y a saber qué esperar. Quizá tú le quitas ese control y es lo que teme.
Anne asintió y se limpió las mejillas con el pañuelo.
—Voy a contarte algo… No puedes contárselo a nadie. Ni siquiera a Andrew.
—Sabes que jamás haría eso.
—Craig y Poppy… Ellos… ¡Dios! No sé ni cómo decir esto en voz alta.
Ruby estaba confusa. No entendía qué relación había entre esos dos.
—Poppy trabajaba en la posada de su tío el año pasado cuando Craig regresó a Escocia tras la Doncaster. Ella había dejado a mi hermano por una terrible discusión y… pasaron la noche juntos.
Los ojos de su prima se abrieron sorprendidos.
—Por eso Charles y él se llevaban mal de repente —siguió hablando y dejó caer el pañuelo sobre su regazo—.
Poppy tiene mi edad. Craig se ha pasado la vida diciéndome que soy demasiado joven para él, que nunca estará con una niña.
Pero en realidad lo que decía es que nunca estará conmigo, porque conmigo tendría que casarse y en cambio con ella…
Ruby cerró los ojos un momento y respiró hondo para calmarse.
—Pero Poppy quiere a Charles —dijo como si le resultara incomprensible.
Anne asintió.
—No sé qué sucedió entre ellos para que hiciera una cosa tan horrible, pero si él la ha perdonado será porque lo entiende, ¿no?
—No se me ocurre ningún escenario en el que Andrew entendiera algo así.
Permanecieron unos minutos en silencio durante los cuales Ruby se preguntó si su marido estaba al corriente de lo sucedido entre Craig y Poppy.
Andrew le había contado la conversación que mantuvieron los tres hombres antes de que Charles se marchara, pero no mencionó ese asunto.
Si lo sabía, que era lo más probable, estaba claro que él también tenía secretos para ella.
No podía reprochárselo, pues eran secretos de otros, no suyos.
—¿Cómo es? —preguntó saliendo de su mutismo—. Has dicho que Poppy tiene tu edad, descríbemela físicamente.
—¿Para qué quieres saberlo?
—Tú sígueme el juego. Descríbemela.
—Pues… tiene el pelo oscuro y ondulado. Ojos almendrados, claros, aunque no sabría decirte el color. Nariz respingona, boca pequeña… Es más o menos de mi estatura y complexión.
Ruby la miraba con fijeza y las arrugas del ceño de Anne fueron cada vez más pronunciadas.
—Craig la eligió porque se parece a ti.
Anne sintió esas palabras como un puñetazo en el estómago.
—No.
—Yo creo que sí, Anne.
—Pero eso… es horrible.
—No creo que él lo sepa, si eso sirve de algo.
—No, no me sirve de nada —sollozó—. Es injusto para mí y para ella.
—No creo que a Poppy le importe lo que sienta Craig. Supongo que lo usó para vengarse de Charles porque él le hizo algo que consideró digno de una traición como esa.
—Qué suerte la de todos —dijo Anne con una amargura nueva—. Cada uno tiene sus motivos, y a mí ninguno me consuela.
Los sollozos regresaron y Ruby la abrazó para consolarla.
Durante unos minutos permanecieron abrazadas en silencio, hasta que Anne se calmó.
—Dios, estoy cansada de llorar —dijo recomponiéndose—.
No quiero seguir con esto, Ruby. No quiero pensar más en él ni en Poppy ni en mí.
Lo que quiero es ver a mi hermano y hablar con él.
Quiero pedirle perdón por no haberme dado cuenta de lo mucho que estaba sufriendo.
Me siento estúpida hablando de mis sentimientos, cuando él va a abandonarnos a todos para poder estar con la mujer que ama.
No hay un ápice de miedo en Charles. Es el hombre más valiente que he conocido.
Se puso de pie dispuesta a terminar de hacer su equipaje. Ruby suspiró consciente de que la conversación había terminado.
—Te ayudaré —dijo poniéndose a ello.
—Déjame ir contigo.
Julie y Lucille se habían presentado en su casa en cuanto se enteraron de que se marchaba.
—¿Quieres venir a Londres? —Anne miró a Julie confusa—. No te gusta Londres. Si lo dices para que no vaya sola, me acompañará Susan, no tienes de qué preocuparte.
—No, no me gusta Londres, pero necesitarás a una amiga allí y yo soy la más indicada.
—Supongo que Craig no viajará contigo —dijo Lucille—. Os hemos oído discutir cuando hemos llegado. Se os escuchaba a través de la puerta de entrada.
—En realidad no ha sido una discusión —añadió Julie—. Para eso habría tenido que dejarlo hablar.
—Es que no tenía nada que decir. No es de mi familia y no puede decidir por mí.
Las otras dos se miraron conminándose a no decir nada.
—¿Por eso quieres venir? ¿Para estar cerca de él? Te advierto que se marchará a Goodwood enseguida.
La expresión dolida en el rostro de su amiga hizo que maldijera en su cabeza y se insultara de maneras muy elaboradas. Se acercó a ellas y las cogió a cada una de una mano.
—Nada de lo que diga hoy puede ser tenido en cuenta por el tribunal de nuestra amistad —pidió—. No estoy en mis cabales y digo cosas irracionales que no pienso en realidad.
—Le has dicho a Craig que es un zopenco —dijo Lucille como enriqueciendo su argumento.
—Pero eso es cierto —respondió Anne.
Julie no contuvo la risa y acabó contagiándolas.
—¿Entonces me dejas acompañarte? Iré a hacer mi equipaje si dices que sí.
—¿Querrías venir? Me hará bien tenerte cerca. No va a ser fácil lo que me espera en Londres.
—Claro que quiero ir. —Julie la abrazó con cariño—. Tampoco odio tanto Londres.
—Ruby ha dicho que me deja un carruaje —explicó cuando se separaron—. Podrá traerte de vuelta cuando quieras regresar. No hace falta que te quedes mucho, si no quieres.
—Me quedaré lo que haga falta. A lo mejor hasta te acompaño a la carrera esa.
La sonrisa cariñosa de Julie caldeó su corazón.
—Sois las mejores amigas que podría tener —dijo sincera.
—Yo no puedo decir lo mismo —apuntó Lucille sentándose en el sofá que tenía detrás—. Ni siquiera me habéis preguntado por mi vida de casada.
Las otras dos se sentaron una a cada lado y le cogieron una mano.
—Cuéntanoslo todo —pidió Julie.
—Todo no —puntualizó Anne—. Lo que ocurre en el dormitorio, se queda en el dormitorio.
—Habla por ti. Yo sí quiero saber.
Anne no daba crédito.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto. ¿Quién mejor que nuestra mejor amiga para explicarnos lo que vamos a encontrarnos la noche de bodas?
Lucille contenía una sonrisa tímida mientras sus mejillas se iban coloreando por momentos.
—Yo no quiero saberlo —insistió Anne—. Tengo la información básica, no me hace falta conocer los detalles.
—¿Sabes que no todos los hombres son anatómicamente iguales? —Julie irguió la espalda con orgullo—. Se lo oí decir a la señora Davis cuando hablaba con Leah en la cocina. Al parecer algunos están más «dotados» que otros.
—¿Dota…? ¡Julie!
—¿Qué? Es lo que ella dijo.
—¿Y qué sabe la señora Davis? Que yo sepa solo se ha casado una vez.
—Pero al parecer no llegó virgen al matrimonio.
Las otras dos amigas se mostraron escandalizadas, pero Julie parecía la mar de tranquila cuando miró a Lucille.
—¿Dirías que Oliver está bien dotado, Lucille?
La novia se tapó la cara para que no pudiera leer en su expresión y Anne puso los ojos en blanco.
—Será mejor que vayas a preparar tu equipaje. Nos iremos mañana temprano.
Las acompañó hasta la salida, se despidió de Lucille con besos, abrazos y buenos deseos y quedó con Julie para el día siguiente.
Cuando cerró apoyó la espalda en la puerta y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Las palabras de Julie la habían alterado sobremanera.
No quería pensar aquellas cosas. Ninguna señorita debería pensar en esas cosas.
Y, sin embargo, ahí estaba ella, pensando en que Julie tenía razón.
Había visto desnudos a sus hermanos desde pequeña porque, al parecer, el hecho de que ella fuese una chica nunca había sido motivo suficiente para que dejaran de bañarse sin ropa.
Por eso, siempre había percibido esa parte de su anatomía como un apéndice necesario para algo totalmente fisiológico que las mujeres realizaban de un modo menos…
cómodo. Pero ahora esa cuestión había adquirido una connotación completamente distinta.
Una en la que, por supuesto, nunca había pensado.
Eso era algo que debía encajar con total lógica.
Pero para ello debía de haber una medida…
común, ¿no? El corazón se le aceleró golpeando su caja con violencia.
¿Cómo se sabe si hay una correlación entre ambos sin comprobarlo antes?
Sacudió la cabeza y se apartó de la puerta como si de repente quemara.
Estaba perdiendo la cordura. Se agarró las faldas y echó a correr hacia las escaleras.
Ni siquiera se detuvo cuando Ruby la llamó.
Estaba segura de que, si le daba la oportunidad, podría leer en sus ojos lo que estaba pensando.