Capítulo 36
—No vuelvas a hacer eso cuando montes conmigo —dijo Julie con expresión asustada—. Creía que ibas a matarte.
—Eres una exagerada. —Anne saltó del caballo al suelo sin soltar las riendas y Julie frunció el ceño.
—Sigo pensando que esos pantalones deberían ser más anchos —dijo su amiga desmontando con elegancia.
Anne se dio una palmada en el trasero y soltó una carcajada cuando Julie puso los ojos en blanco. Las dos enmudecieron al verlo salir de las cuadras.
—Craig. Ha vuelto —susurró Julie.
Anne fingió indiferencia.
—Buenos días, Anne. Buenos días, Julie —dijo él con tono suave.
—Buenos días, Craig —dijo Julie al ver que su amiga no lo saludaba—. Creíamos que se había marchado… definitivamente.
—Un asunto urgente me reclamó en Londres —dijo él.
Anne cogió las riendas de la mano de Julie.
—Yo llevaré los caballos —dijo tirando de ellos.
—Oh, no hace falta, yo…
—Tengo que hablar contigo, Anne —dijo él.
—¿Conmigo? —preguntó mirándolo a los ojos por primera vez.
—Sí.
Anne esperó que le diera alguna explicación, pero él no dijo nada más.
—¿Puedes esperar a que me dé un baño y me cambie?
Craig asintió.
—Dentro de media hora en la biblioteca —dijo ella.
—No. —Su voz sonó tajante—. Daremos un paseo.
Anne se mostró confusa.
—Julie…
—Yo acompañaré a la señorita Havelok hasta el pueblo. En media hora nos vemos en la entrada.
Anne apretó los labios, tiró de los caballos y se alejó de ellos. Craig no pudo evitar mirar aquellos pantalones y contuvo una maldición entre los dientes antes de respirar hondo y darse la vuelta.
—¿Vamos? —Señaló el camino.
Avanzaron unos pasos en silencio con cierta incomodidad.
—De verdad que no es necesario que me acompañe. Puedo regresar a casa sola. Lo he hecho muchas veces —dijo ella sonriendo afable.
—¿Qué es lo que ha hecho? —preguntó Craig con tono neutro.
—¿A qué se refiere?
—Cuando han llegado usted ha dicho que creía que Anne iba a matarse.
—¡Ah, eso! —se rio—. Está loca. Ha hecho saltar a su caballo por encima de unas piedras altísimas.
Ya sé que es una fabulosa amazona y que está muy acostumbrada a montar, pero estos caballos no son los suyos y no la conocen como los que tiene en Haddon Castle.
Me ha dado un susto de muerte. Por no hablar de que no se veía lo que había al otro lado de las piedras.
Enseguida se percató de que el escocés se había puesto tenso.
—Pero ya conoce a Anne —añadió rápidamente—. Seguro que ha analizado el terreno antes de hacerlo y yo no me he dado ni cuenta. No es una irresponsable.
Craig giró la cara para que no leyese en su expresión lo que pensaba al respecto.
—De verdad que no —insistió—. Lo parece, pero no lo es.
Lo que pasa es que es una persona muy observadora.
Por ejemplo con esas piedras. Seguro que cuando paseaba por esa zona estudió bien el entorno y sabía exactamente por dónde saltar.
Es lo que hace siempre, pero no lo explica y por eso nos llevamos estos sustos con ella.
Lucille siempre dice que el problema de Anne es que no deja que la vean y que por eso a veces parece que comete locuras, cuando en realidad es algo muy bien planificado.
—Ya.
Julie inclinó la cabeza para tratar de verle la cara que él seguía ocultándole.
—Usted la conoce desde que era una niña. Ya debe de saberlo.
Craig la miró entonces y su ceja levantada era una respuesta bastante elocuente.
—¿No? —insistió Julie.
—No me gusta hablar de personas que no están presentes.
—Oh. Lo siento.
—No tiene que disculparse. Es solo que prefiero que puedan defenderse.
—Ya veo. Eso significa que tenía algo malo que decir.
Craig dejó escapar el aire de un bufido.
—Yo no tengo la percepción que usted manifiesta sobre Anne. Creo que es bastante irresponsable y si he de decirlo prefiero que ella esté delante para responderme.
Julie sonrió divertida.
—Es una postura muy considerada. Entonces debe de ser usted de los que cree que hay que decir la verdad ante todo.
—Por supuesto.
—¿Incluso si esa verdad duele?
—Especialmente si duele, porque nos resultará más difícil enfrentarnos a ella y haremos lo imposible por sortearla.
—Hay que estar muy seguro de nuestro criterio para dar un paso que sabemos que dañará a otro. ¿Cómo podemos estarlo? A veces la verdad no tiene una sola cara.
Craig frunció el ceño.
—La verdad es verdad.
—Ya, pero ¿no se ha encontrado con que a veces un hecho tiene distintos puntos de vista?
—No.
—Veamos… —Julie se llevó un dedo a la mejilla mientras pensaba—. Lo que le ocurrió a Anne el año pasado. Lo de la carrera de Doncaster…
—¿Estuvo usted allí? No la recuerdo.
—No, no estuve. Pero me contaron lo que ocurrió. Anne se vistió con las ropas del jockey y corrió en su lugar.
—Eso es.
—Conozco a Anne y sé que no puso a su padre en una situación tan terrible sin un buen motivo.
Y que yo desconozca ese motivo no significa que no exista.
Por lo tanto mi visión de la verdad es completamente sesgada.
Se necesita la información completa de un hecho para poder valorar lo que es verdad y lo que no.
Y entre esa información también han de incluirse todos los puntos de vista.
Craig estaba realmente sorprendido y Julie soltó una carcajada.
—¿De qué se ríe?
—Creía que yo era tonta.
—En absoluto —negó él—, pero es cierto que me ha sorprendido su discurso.
—Soy muy dada a elucubrar, señor McEntrie.
—Craig.
—Craig —sonrió coqueta.
—Así que usted cree que sin tener todos los puntos de vista no podemos conocer la verdad de un suceso.
—¿No está de acuerdo conmigo?
—No. En absoluto. La verdad es una y no importa quién la mire. Anne hizo esa carrera, esa es la verdad, y sus motivos son irrelevantes para establecer lo ocurrido. No digo que los motivos no importen al juzgarla, digo que no cambian los hechos.
—Pero cambian el modo en que nos enfrentamos a ella.
—Eso no voy a discutírselo, pero no cambian lo que es verdad.
—Es usted muy estricto.
—¿Le parece mal?
—No. Pero debe de hacerle la vida muy difícil. A veces tenemos que amoldarnos al entorno. El que no es capaz de doblarse se parte, señor… Craig. —Sonrió con timidez.
El escocés sonrió también.
—Estudié abogacía. Las leyes son bastante inflexibles, quizá eso haya afectado mi juicio.
Entraron en Aveldon y Julie saludó a varias personas con las que se cruzaron antes de detenerse frente a la puerta de su casa.
—Ha sido un paseo muy agradable —dijo ofreciéndole la mano para despedirse.
Craig la tomó y se inclinó adecuadamente.
—Muy agradable —dijo.
—¿Le apetecería venir a tomar el té? Mi familia es humilde y solo tenemos una criada y una cocinera, pero la señora Davis hace las mejores tartaletas de queso que haya probado nunca.
Mi padre es médico y, por lo tanto, un hombre instruido.
Mi madre es partera pero adorable, no lo atosigará contándole las dificultades de un parto.
No tengo hermanos, así que tampoco tendrá que aguantar impertinencias de nadie.
Craig sonrió divertido.
—Estaré encantado de tomar el té con su familia.
—¿Mañana le parecería bien?
Craig asintió, se despidieron y él regresó sobre sus pasos.
Cuando Anne salió de la casa, Craig la esperaba sentado en los escalones de la entrada. El escocés se puso de pie, se sacudió los pantalones y la miró satisfecho.
Mucho mejor. Un vestido como Dios manda .
—¿Adónde vamos? —preguntó Anne.
A un lugar desde el que no te oigan cuando me grites .
La guio hasta el sendero y caminaron en dirección contraria al pueblo.
—¿Julie ha llegado bien?
—Perfectamente. Mañana tomaré el té con su familia.
—Oh. —Entrelazó las manos con los brazos estirados—. La señora Davis hace unas tartaletas de queso deliciosas.
—Eso he oído.
Siguieron caminando y a Anne se la veía cada vez más nerviosa e impaciente.
—¿De qué me querías hablar?
—Todavía no —dijo él y se giró para mirar hacia atrás. Aún se veía la casa.
—¿Qué tal tu viaje? —preguntó Anne.
—Rápido y ajetreado.
—¿Has visto a mi familia? ¿Están todos bien?
—Todos bien, sí.
—¿Tengo que regresar ya?
—No.
Siguieron un trecho en silencio y Anne no dejó de retorcerse las manos. Subieron una colina y se detuvieron en lo alto observando el paisaje durante unos momentos. Craig ordenó sus pensamientos y, finalmente, se colocó frente a ella.
—Tengo que contarte algo y quiero que me escuches con atención. No te precipites en tus conclusiones, deja que…
—¡Por Dios, Craig, di lo que sea! La incertidumbre me está matando.
—Tu hermano Charles va a casarse.
—¿Qué? ¿Casarse? ¿Cuándo? ¿Con quién? ¿Por…?
—Lo de «quiero que me escuches» no te ha quedado muy claro, por lo que veo.
—Cierto. Perdón. Adelante, no te interrumpiré.
—Va a casarse enseguida. Con Poppy.
—¡¿Qué?! ¿Poppy? Pero… ¿Poppy, Poppy? ¿Mi Poppy?
—Anne…
—¿Poppy era la mujer de la que Charles estaba enamorado? Tengo muchas preguntas.
—Y voy a responderlas todas, pero deja que acabe de hablar porque la mayoría de ellas quedarán contestadas con mi explicación. ¿Puedes estar tranquila mientras te lo cuento todo?
—No me trates como si fuera una niña tonta.
—Anne…
Ella respiró hondo y se cruzó de brazos.
—Adelante, habla. No te interrumpiré más.
—Charles y Poppy se aman desde hace año y medio.
—La súbita palidez de su rostro no le pasó desapercibida y sabía exactamente en lo que estaba pensando—.
Sí, yo tuve aquel encuentro hace un año después de la Doncaster.
Yo no sabía quién era Poppy, ya te lo dije.
Bueno, nada de eso importa ahora, la cuestión es que van a casarse y tendrán que marcharse de Londres.
Un matrimonio entre el hijo de un conde y una criada no es posible, así que el único modo de que puedan estar juntos es que tu hermano desaparezca para siempre.
—¿Para siempre? —Bajó las manos despacio—. ¿No voy a volver a ver a Charles?
—Vivirán en Isla Refugio. Podrás ir a visitarlos. Eso sí, sin decírselo a nadie fuera de la familia. Y no podrás llevar doncella.
Anne estaba tan blanca que Craig buscó dónde sentarla.
—¿Mis padres lo saben?
—Sí. Hablamos de todo esto en casa de los Burford.
De hecho, todo el plan ha sido idea de tu tía Harriet.
El padre de Poppy sabe de su relación con tu hermano y amenaza con contarlo.
Tu tío Joseph aprovechará su afán por la bebida para subirlo a un barco.
Cuando se le pase la borrachera estará en alta mar y no regresará en meses.
Anne dejó salir el aire que se le había atascado en los pulmones y luego respiró hondo tratando de serenarse, mientras Craig le explicaba el resto del plan, con la falsa boda incluida.
—Entonces no estarán casados, en realidad.
—Es solo una formalidad, Anne. Ellos se quieren y de ser otras las circunstancias, se casarían con todas las de la ley.
Tu tía tiene razón al pensar que viajar a Lamberton era un gasto innecesario.
Además entrañaba el riesgo de que alguien reconociera a tu hermano.
De este modo, se evitan el despilfarro y las sorpresas.
—Tengo que volver a Londres —musitó con voz ronca. Estaba aguantándose las lágrimas y Craig era plenamente consciente de ello.
—Anne…
—Quiero verlo. Quiero ver a mi hermano. Quiero decirle… cuánto lo siento.
—¿Qué sientes? Tú no has hecho nada malo.
Ella lo miró dolida y con los ojos anegados en lágrimas.
—¿Lo hiciste? ¿La tomaste, Craig?
El momento que tanto temía había llegado. Ahí estaba, mirándolo con anhelo y súplica. Recordó en ese instante las palabras de Julie, «¿Incluso si esa verdad duele?».
—Sí, Anne, la tomé.
Ella tragó saliva y se llevó el puño al pecho.
—Por eso mi hermano te… odia. —Suspiró cuando él asintió—. Ahora lo entiendo todo.
—Yo no lo sabía, Anne.
—Es curioso —dijo ella sonriendo de un modo extraño—.
Todo este tiempo me dije a mí misma que no habías llegado hasta el final.
Que solo habíais… jugado. La idea de que te entregases a Poppy era casi ofensiva.
Y no porque ella sea una criada, eso no me importa.
Pero siempre te has llenado la boca diciendo que soy demasiado joven para ti…
¿Ella tenía mi edad y no era una niña? ¿Solo yo lo soy?
—Anne… —masculló—. Fue solo un alivio físico.
—Lo sé —asintió—. Pero a Charles le debió de doler igual. Ahora entiendo por qué bebía tanto y por qué estaba tan triste. Mi pobre hermano…
Se alejó con paso rápido y Craig tuvo que correr para impedir que bajara la colina.
—Ya lo sabías, te dije lo que había pasado. ¿A qué viene esta reacción?
—Déjame ir, Craig.
—Un día conocerás a un hombre bueno y te enamorarás y todo esto te parecerá una pesadilla.
—Sí, Craig. Gracias por explicármelo tan bien. ¿Puedes apartarte?
—Siempre te dije que yo no sería ese hombre —dijo con dureza.
Ella lo miró calmada y con una fría sonrisa en los labios.
—Lo sé. Me lo advertiste aquel día en Slioscreige . Yo tenía catorce años y no lo he olvidado.
—No quería que las cosas llegaran tan lejos.
—Lo sé. Sé que no querías enamorarte de mí. Sé que no querías acostarte con la mujer con la que mi hermano va a casarse, a pesar de todo. Sé que no querías besarme, ni decirme todas las cosas que me dijiste. Sé que no quieres pensar en mí a todas horas, ni desearme, ni…
—Cállate.
—Siempre me has tachado de inmadura e irresponsable. Me has traído aquí pensando que me pondría a gritar como una loca y no querías que los criados de Ruby me oyeran. ¿Estoy gritando, Craig?
Él negó levemente con la cabeza y ella sonrió complacida.
—Nunca he hecho nada por cobardía y ¿sabes qué, Craig?
Jamás en toda mi vida me he arrepentido de nada de lo que he hecho.
¿De las consecuencias? Sí, no soy estúpida, pero no de los motivos que me llevaron a hacer lo que hice.
Tú eres diez años mayor que yo, pero en el fondo eres un niño asustado, que teme tanto dañar aquello que ama que prefiere apartarlo de su lado.
Ahora voy a ser yo la que prediga tu futuro, Craig McEntrie.
Un día conocerás a una mujer buena, te casarás con ella y tendrás una vida vacía y triste.
—Puso el dedo índice sobre su pecho—. Porque no seré yo.
Lo empujó para apartarlo y se alejó de él, bajando la colina.