Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 35
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Capítulo 35

—¿Crees que le ha dicho que no? —Andrew lo observaba ensillar a Ealain, con los brazos cruzados y el hombro apoyado en una de las vigas de las cuadras.

—No lo sé. Pero no ha vuelto, así que podría ser.

—O quizá le ha dicho que sí y se han marchado ya.

—No se prepara un viaje así en un día, Andrew. Charles tenía que hablar con ella y regresar aquí. Si se ha quedado o es porque le ha dicho que no y pretende convencerla o le ha dicho que sí y lo está preparando todo con Joseph.

—Sí, eso he pensado.

—Siento irme así.

—Sé de una jovencita que también lo sentirá.

Craig lo miró con una expresión que lo hizo reír.

—No pongas esa cara, hablo de Julie, no de Anne.

Las arrugas se marcaron más profundas en la frente del escocés.

—No soy estúpido, Craig. Lo que pasa entre Anne y tú es más que evidente y no voy a darte mi opinión. Pero hablaba de Julie. Ayer no se separó de ti durante la celebración.

—Es una joven muy agradable.

—Tú lo has dicho. Joven. Igual de joven que Anne. —Inclinó la cabeza y su sonrisa burlona le buscó las cosquillas—. ¿Por qué buscarías una sustituta si tienes a la original?

—¿No has dicho que no ibas a darme tu opinión?

Andrew bajó los brazos y se apartó de la viga para acercarse a él.

—Tienes razón. Pero ¿quieres que te la dé? Porque parece que quieras.

Craig se giró para quedar frente a él.

—Adelante. Dame tu opinión, señor parlamentario.

—Entiendo tu reticencia, conozco bien a mi prima y sé que el hombre que se case con ella va a necesitar una enorme paciencia para lidiar con sus locuras. Pero desde lo ocurrido en Doncaster ha cambiado. Está más centrada y…

—El párroco la pilló con un bote de pintura blanca ayer mismo.

—Ya. Pero es que ese suelo…

—Es una niña, Andrew. Cuando alguien le importa no mide las consecuencias de sus actos. —Resopló—. ¿Qué crees que pasará cuando se entere de que me acosté con la mujer de la que su hermano está enamorado?

A Andrew se le borró la sonrisa.

—Exacto. Es impredecible. Cuando sepa que su hermano la ama, querrá solucionarlo todo con alguna de sus locuras. Y cuando se entere de que yo me acosté con ella, querrá matarme.

—Anne no es ninguna tonta, lo entenderá.

—No, no es tonta, es peligrosa. Cuando sus emociones la superan hace cosas…

irresponsables. Y sus emociones la superan todo el tiempo, Andrew, ¿sabes por qué?

Porque es una niña. No está preparada para que la ame un hombre de verdad.

Necesita a alguien como ella, capaz de fantasear con un mundo que no existe.

Al que le hagan gracia sus tonterías y que tenga tiempo de madurar con ella.

Yo no estoy para jugar con niñas. —Se subió al caballo con maestría y salió de las cuadras seguido por Andrew.

—Y aun así…

La mirada de Craig fue suficiente para que no terminara la frase.

—Si hay algo que tiene Anne, Craig, aparte de todo eso que has dicho y que no voy a negar, ¿sabes qué es?

El escocés apretó los labios. Desde luego que lo sabía.

Perseverancia. La primera vez que ella le anunció que se casaría con él, la miró como si estuviese loca.

Era solo una cría revoltosa y divertida jugando con él.

Habían pasado años de aquello y ahora era una joven hermosa, adorable y problemática, que se le había metido bajo la piel y lo volvía loco sin estar presente.

Apretó los muslos para que Ealain supiera que estaba listo.

—Te enviaré noticias —dijo elevando la voz.

—¡Buena suerte! —exclamó Andrew. Y los dos supieron a lo que se refería.

Edward estaba dolido y Craig se preparó para recibir sus reproches. En cuanto el posadero le contó que Charles y Poppy se habían marchado a Londres se fue directo a casa de los Wilmot.

—Creía que éramos amigos —dijo Edward con una expresión fría en el rostro.

—Y lo somos.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—No hace mucho.

—¿Por qué no me lo contaste? Quizá habría podido hacer algo.

—Ya sabes por qué, Edward.

El otro resopló.

—Si me sueltas que no era asunto tuyo…

—No era asunto mío, Edward. No sois mi familia, estoy aquí como invitado.

Contarte algo que Charles compartió conmigo como una confidencia habría sido una traición en toda regla.

Tu hijo era el único que podía decidir quién lo sabía y quién no.

Y en su descargo diré que solo pretendía encontrar una solución antes de ponerte delante el problema.

—¿Solución? ¡Quieren irse a Isla Refugio como dos criminales!

—Lo sé.

—Están locos. Ahora mismo están con Joseph planificando el viaje. Los meterá en uno de nuestros barcos y…

—Tienen que casarse antes —lo cortó Craig—. Pueden ir a Lamberton o a Coldstream en la frontera. Así el padre de Poppy no podrá hacer nada contra ellos si lo descubre antes de su partida.

Edward lo sopesó reticente.

—En Isla Refugio los casará el pá…

—No pueden esperar. Seguro que ese hombre tiene vigilada a su hija de algún modo y no tardará en darse cuenta de que trama algo. Si se presenta antes de que hayan partido, podría montar un escándalo que salpicaría a toda tu familia. Especialmente a Anne.

El rostro de Edward se contrajo al pensar en las implicaciones que ese escándalo tendría para Anne. Sus posibilidades de encontrar marido caerían en picado.

—Lo mejor es que partan inmediatamente hacia Escocia y allí se casen. Después regresarán como marido y mujer y podrán emprender el viaje.

—Su padre puede montar un escándalo igual.

—Cierto, por eso mientras ellos van a Escocia, yo iré a ver a ese desgraciado.

—¿Tú? Acabas de decirme que no somos tu familia.

—Pero sois mis amigos y esto es lo que se hace por un amigo. Tú no puedes, y tus otros hijos, tampoco. Es mejor que lo haga alguien que no es de la familia.

—¿Y qué vas a decirle?

—Lo que tú me digas que le diga.

Edward apoyó el trasero en la mesa y se agarró a la madera con fuerza, tratando de derivar la tensión. Durante unos minutos permanecieron en silencio.

—Esto era lo que menos necesitaba justo antes de la carrera —masculló poniéndose de pie—.

Lo más eficaz sería borrarlo del mapa, desde luego.

Es una alimaña que no hace más que daño a su familia, y matarlo sería un alivio para todos.

Pero no soy un asesino y tú tampoco. Así que mi única opción es darle dinero.

—Si haces eso lo tendrás aquí cada dos por tres pidiéndote más. Además, en una de sus borracheras podría hablar más de la cuenta.

—Cierto. ¿Estás sugiriendo que lo mate?

Craig sonrió burlón.

—Como has dicho, no somos asesinos.

—¿Entonces qué hago?

—Que no muera no significa que no pueda desaparecer. —Craig caminó hacia la puerta—. Vamos a casa de los Burford.

Poppy miraba a Craig visiblemente incómoda y Charles no le soltaba la mano, con los dedos entrelazados en los suyos.

—Lo de Lamberton nos retrasará aún más —dijo Charles.

—El barco de Joseph no saldrá hasta final de mes, es demasiado tiempo para que estéis en Londres. Juntos. —El rostro de Craig no mostraba expresión alguna—. Da tiempo de ir a Escocia y volver ya casados.

Charles miró a Poppy y luego a Joseph.

—Tiene razón —dijo Joseph—. Ya os dije que aún no tengo todo el material que vamos a enviar en ese barco. Falta por lo menos un mes, como ha dicho Craig. Y cada día que pasáis aquí corréis el peligro de que os descubran.

—Que esté casada con él no lo detendrá —dijo Poppy—. Mi padre no se arredra ante nada.

Harriet tenía la mirada perdida en la ventana y su esposo sabía bien que esa cabecita estaba tramando algo. Llevaban mucho rato dándole vueltas al tema y ella no había dicho una palabra.

—¿Harriet?

—¿Sí, querido?

—¿Vas a compartirlo con nosotros?

—Todavía no —dijo sin mirarlo.

—Si mi padre se entera de que hemos escapado, los chantajeará —dijo Poppy con los ojos llenos de lágrimas—. Por no decir que cuando se emborracha habla demasiado…

—¿Alguien está en contra de que desaparezca para siempre? —preguntó Joseph con expresión burlona.

—No vamos a matarlo —dijo Edward tajante.

—Pues sería una solución. —Joseph se encogió de hombros antes de volver a sentarse en la butaca.

—No hará falta —dijo Harriet al fin—. Su debilidad va a ser nuestra mejor baza.

Dio un manotazo en el brazo del sillón y se puso de pie con una sonrisa dedicada a su marido. Joseph se puso cómodo para escucharla sin disimular el orgullo que sentía.

—Lo meteremos en un barco —sentenció Harriet—. No uno nuestro, para que no nos relacione con el suceso. Se despertará en alta mar después de una borrachera sin saber cómo llegó hasta allí e incapaz de regresar durante una larga temporada.

—Espera… —Edward dio un paso hacia ella—. ¿Cómo demonios piensas hacer eso?

Joseph miró a su cuñado con severidad.

—Déjala hablar —ordenó—. De la logística me encargaré yo.

Harriet lo miró con una pícara sonrisa y Joseph le guiñó un ojo.

—Cuando su padre regrese, ellos ya estarán en Isla Refugio.

No le diremos a nadie dónde están. A nadie, ni siquiera al servicio, así que jamás averiguará nada.

Cualquier cosa que diga será tomada por los delirios de un borracho.

Incluso podría acabar en prisión por difamar a la familia de un conde sin tener pruebas.

—Eso… está muy bien pensado —dijo Edward.

—¿Acaso te sorprende? —Joseph parecía molesto—. Harriet es la mujer más lista del mundo, ya deberías saberlo.

—Callaos, que me distraéis —pidió ella ignorando los halagos partidistas de su marido—.

En cuanto a Lamberton… Era un buen plan, Craig, pero lo cierto es que no hace falta viajar a ninguna parte.

Basta un documento firmado por dos testigos de apellido escocés que juren haberlos visto darse palabra de matrimonio en Escocia.

—Se plantó delante de los novios con las manos en jarras—.

En Isla Refugio nadie os pedirá un certificado de matrimonio ni amonestaciones.

Bastará con que digáis que estáis casados.

Craig frunció el ceño.

—Eso es fraude.

—Sí, Craig —afirmó Harriet sin pudor—. Pero lo importante es que lo único falso de ese matrimonio será la geografía. Ellos se aman y quieren casarse, viajar hasta Escocia solo aporta incomodidad y un gasto innecesario.

—¿Y quién firmará ese documento? —preguntó Edward.

—De eso me encargo yo —dijo Joseph—. Tengo hombres en Escocia.

Craig movió la cabeza.

—No —dijo—. Se lo pediré a mis primos.

—No podemos involucrar a los McEntrie —dijo Edward.

—Creo que llegas tarde para eso —dijo Craig burlón—. Es el único modo de que esto no salga jamás a la luz. Si se lo pedís a dos empleados, podrían irse de la lengua. Lo mejor es que sean personas de total confianza. Y para eso, no encontraréis a nadie mejor que un McEntrie.

Por primera vez, solo vio agradecimiento en los ojos de Charles.

—¿A quién se lo vas a pedir? —preguntó Edward con evidente incomodidad.

—Dejaré que ellos lo decidan. Les escribiré hoy mismo.

—Pídeles que destruyan la carta después de leerla —dijo Joseph, a lo que Craig asintió.

—Durante los próximos veinte días no os dejaréis ver por nadie —dijo Edward a su hijo—. Permaneceréis ence…

—No es necesario. —Harriet se arrancó una diminuta piel junto a la uña—.

Charles y Poppy no podrán abandonar Isla Refugio en al menos diez años, así que ese documento no lo verá nadie en Inglaterra.

Es una salvaguarda para entonces, cuando a nadie le importe ya dónde estuvo cada cual esta semana.

Lo único que debéis evitar es llamar la atención.

Por ejemplo, paseando por Londres cogidos de la mano —dijo burlándose.

Poppy lo soltó al instante y Charles la miró ceñudo.

—Lo ideal es que hagáis vida normal, es el mejor modo de que nadie se fije en vosotros —añadió Joseph—. Tú, Poppy, vuelve a la posada de tu tío. Y tú, mantente alejado de ella. Yo me encargo de su padre.

Poppy y Charles se miraron y Craig sintió que se le abría un agujero en el pecho. Se amaban y él había mancillado ese amor. Sin decir nada abandonó el salón y Edward arrugó el ceño con preocupación.