Capítulo 34
—¿Adónde se cree usted que va con eso?
El párroco miraba a Anne con expresión severa. La joven sostenía un bote de pintura y una brocha, y se puso tan roja que le ardieron las mejillas.
—Yo… eh… hay… pensábamos… —Miró a Julie suplicante.
—Íbamos a pintar el suelo —dijo la otra sin más.
—¿Qué? —El hombre abrió tanto los ojos que Anne rogó porque los tuviera bien engarzados en sus cuencas.
—Está lleno de trampas y no queremos que nuestra amiga acabe con un chichón.
—¿Iban a profanar el templo con pintura blanca?
—Solo pensábamos marcar las…
—¡De ninguna manera! Llévense eso de aquí inmediatamente. Si vuelven a intentar algo semejante, les prohibiré la entrada a mi iglesia para el resto de sus vidas.
—Creía que la iglesia era de los feligreses —musitó Anne.
Julie la cogió del brazo para sacarla de allí lo más rápido posible, no fuese a decir algo más. Cuando estuvieron fuera, Anne rompió a reír a carcajadas y Julie la miró anonadada.
—¿Te ríes?
—¿Tú has visto su cara? ¡Dios mío, creí que se le saldrían los ojos!
—¡Anne!
—Lo sé, lo sé, no debería reírme del pobre hombre, pero es que…
Siguió riéndose un buen rato mientras Julie tiraba de ella llevándola hacia la casa de la novia.
Finalmente, Lucille tuvo mucho cuidado y no tropezó, aunque caminó por el pasillo como si creyese que el suelo podía hundirse en cualquier momento. Después, una vez del brazo de su ya esposo, se sintió más segura y pudo saludar a los congregados e incluso sonreírles.
En la plaza del pueblo se habían colocado mesas con toda clase de viandas preparadas entre todos.
La madre de Lucille, viuda y delicada de salud, solo había tenido que preocuparse de su atuendo y del ajuar de su hija.
Todo lo demás corrió a cargo del novio, que Anne observaba en ese momento, emocionada por el modo en que miraba a su amiga.
—Está muy enamorado —musitó.
Julie siguió su mirada y sonrió.
—Muchísimo. Lucille va a ser muy feliz.
—Se lo merece.
—Desde luego.
Anne buscó con la mirada hasta dar con Craig, que permanecía en un lugar apartado y sostenía una copa en la mano. Cogió a Julie de la muñeca y tiró arrastrándola con ella.
—¿Qué…?
La joven enmudeció al ver que se detenían frente al escocés.
—Craig, ¿por qué no le hablas a Julie de Slioscreige ? —Anne sonreía con expresión inocente—. Le gustan mucho los caballos y justo hace un momento me preguntaba cómo era eso de criar purasangres.
El escocés miró a la joven, cuyo sonrojo era más que evidente.
—¿Le interesan los caballos?
—Yo… ssssí.
—¡Oh! Perdonadme —dijo Anne—, le prometí a Noah que jugaría con él y sus amiguitos. Vosotros charlad, charlad.
Se alejó a toda prisa, pero en lugar de ir en busca de Noah, se metió en casa de los Dibble, de donde salían sin parar bandejas con panecillos.
—¿Puedo ayudar en algo? —dijo cogiendo un delantal que encontró sobre una silla.
—Pues no irían mal dos manos más —dijo Holly sonriendo—. ¿Qué tal se te da amasar?
—Bastante bien —dijo Anne, agradecida por poder hacer algo.
Las fiestas como aquella duraban hasta bien entrada la noche y se le antojaba un plazo demasiado largo para estar observando cómo sus amigas disfrutaban mientras ella se atiborraba de dulces.
Durante la tarde hubo juegos y baile hasta que se sirvió la cena.
La gente iba y venía de sus casas para descansar o cambiarse de ropa.
Cuando empezó a anochecer, a Anne le dolían muchísimo los pies, así que se escondió detrás de la casa de los Dibble y se sentó en una piedra para quitarse el zapato y masajearse el pie.
—Bonita estampa —dijo una voz que conocía bien.
Craig salió de detrás de un árbol.
—¿Qué hacías ahí? Mejor no respondas —añadió rápidamente.
El escocés sonrió y se agachó para arrancar un puñado de hierba con la que se frotó las manos. Después se sentó a su lado sin pedir permiso.
—¿Te duelen los pies? —preguntó burlón.
Ella no respondió y siguió masajeándose.
—Apóyalos en la piedra —ordenó él.
—¿Qué?
—Sube las piernas y estíralas hacia mí.
—¿Por qué haría eso?
—Mis manos son más fuertes.
—¡No! —exclamó bajando el pie al suelo y metiéndolo en el zapato.
—¿Quieres apostar?
La agarró por los tobillos, le subió las piernas y le colocó los pies sobre sus muslos.
Anne estaba tan perpleja y tan ocupada en mantener una postura digna que no acertó a protestar.
El escocés le quitó un zapato y le agarró el pie con las dos manos.
Después comenzó a masajearlo con destreza y Anne tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no gemir de gusto.
La sonrisa de suficiencia de Craig hizo que apretara los labios con rabia. Sabía que debería bajar los pies al suelo inmediatamente, pero es que nunca en su vida había sentido nada tan placentero.
—A mi hermana le encantaban estos masajes en los pies —dijo él—. Me obligaba a hacérselos a menudo y eso me ha hecho un experto en la técnica.
Anne sonrió inevitablemente.
—Constance es toda una tirana.
—No lo sabes tú bien —dijo él sin detener sus manos—. Tenía un don para enterarse de todo lo cuestionable que hacía y luego lo usaba para chantajearme.
—Tan modosita que parece. —Apoyó las manos en la piedra recostándose.
—¿Te alivia?
Ella asintió. No estaba preparada para reconocerlo con palabras.
—Llevas todo el día trabajando sin parar. ¿A qué ha venido eso? Es la boda de tu amiga, deberías estar disfrutando.
—Y he disfrutado. He bailado muchísimo. En cambio tú… —Inclinó la cabeza con expresión burlona—. Solo te he visto bailar una vez con Julie. Esto no es Londres, Craig, nadie te llamará la atención si bailas más de una vez con ella.
El escocés apretó un poco más de la cuenta y ella lanzó un gritito sorprendido.
—Eso ha dolido —dijo tratando de apartar el pie, pero Craig la tenía bien sujeta.
—Deja de hacer de casamentera.
—¿Yo? No sé de qué me hablas.
—Lo sabes perfectamente y se te da fatal. No tienes la menor delicadeza. Eres un potro recién nacido intentando organizar la vajilla.
Anne volvió a tirar para soltarse y Craig volvió a evitarlo. Durante unos segundos se retaron con la mirada hasta que Anne cedió y él pudo seguir con el masaje.
—No me interesa Julie.
—¿Por qué no? —La pregunta le salió más ofendida de lo que pretendía.
El escocés contuvo la sonrisa.
—¿Tengo que darte explicaciones?
—En este caso sí. ¿Por qué no te gusta Julie?
—No he dicho que no me guste. Es una joven encantadora y preciosa. He dicho que no me interesa.
—¿Por qué? —volvió a preguntar, insolente.
—Porque no.
—Esa no es una respuesta adecuada. —Miró sus manos, que de pronto habían suavizado sus movimientos haciendo que se asemejasen más a una caricia que a algo terapéutico.
—¿Crees que no sería capaz de encontrar una esposa por mí mismo en caso de desearla?
—No.
Craig soltó una carcajada que hizo que Anne mirase hacia la casa temiendo que alguien pudiese haberlo oído.
—Shsssssss —dijo llevándose el dedo índice a los labios—. No te rías tan fuerte, podrían oírte.
—Todo el mundo está en la plaza bebiendo y bailando, Anne.
—La señora Dibble debe de estar ya en cama —musitó ella.
—Esa anciana tiene más aguante que tú y yo juntos. Está sentada en su trono vigilando que nadie haga nada que ella no apruebe.
Anne sonrió consciente de lo bien que esa imagen la representaba.
—Mi abuela Meredith es todo lo contrario.
—Te pusieron Anne por tu otra abuela —dijo Craig cambiando de pie.
—Sí. La madre de mi padre. ¿Te he contado alguna vez su historia? ¿O Robert?
—Sé que fingió su muerte durante años para que tu padre aceptase vivir con el conde, con el que no estaba casada. Y también que se casaron para garantizar que tu padre heredase el título.
—Se casaron porque se amaban. Mi abuelo era un botarate que se empeñó toda su vida en ser infeliz. —Sonrió perversa—. Me recuerdas a él.
Craig entornó los ojos y sus manos acariciaron suavemente sus pies.
—¿Crees que me empeño en ser infeliz?
—Sin duda. Que no quieras cortejar a Julie lo confirma sin ambages. Es perfecta para ti. Es adorable, dulce, buena, recatada, responsable y, además, guapísima. Solo un estúpido o alguien muy empeñado en ser infeliz la rechazaría.
—Visto así…
Anne se libró de su agarre, aprovechando que no la tenía firmemente sujeta, y bajó los pies al suelo.
—No hay otra manera de verlo —dijo poniéndose los zapatos.
Craig dejó escapar el aire con un sonoro suspiro.
—¿Te parece que se me acaba el tiempo? ¿Tan viejo me ves?
—No eres ningún niño, desde luego. —Miró su pelo con atención—. ¿Eso de ahí es una cana?
Craig volvió a sonreír divertido.
—¿Qué opina Julie de tus intentos de emparejarla conmigo? ¿Le has pedido permiso?
—Eso no te incumbe.
—Si va a ser mi futura esposa, creo que merezco conocer los detalles.
Anne le lanzó una ojeada de soslayo y se concentró en sus zapatos.
—¿Está dispuesta a vivir en Escocia? Porque yo no voy a vivir en Inglaterra.
Anne clavó sus ojos en él, ceñuda.
—¿Ni siquiera por el amor de tu vida?
—No, ni siquiera por el amor de mi vida.
—Vaya, no has dudado siquiera.
—Es que es algo que tengo muy claro. Puedo alejarme un tiempo, pero pronto empezaría a consumirme si no regresara.
Ella lo imaginó perdiendo la musculatura hasta quedar convertido en piel y huesos.
—Lo dices en serio.
—Totalmente en serio.
—¿Es por los caballos?
—Probablemente.
—¿Tanto los quieres?
Craig asintió.
—Por eso no ejerces de abogado.
—Eso es.
—Yo no tengo nada así —dijo sincera—. Nada que me ate a un lugar de ese modo.
Se miró los zapatos mientras dejaba que sus pensamientos vagaran libres.
—¿Te gustaría tenerlo? —preguntó él.
—Sí. Me gustaría mucho.
—Pues deberías buscarlo. Encontrar algo que te apasione y que llene tu espíritu por completo.
Anne asintió. Durante unos minutos permanecieron en silencio. Ella tratando de pensar en algo que la hubiese hecho vibrar con fuerza suficiente. Él mirándola a ella.
—Me marcho mañana —dijo él de pronto.
Anne se sintió como si alguien hubiese absorbido todo el oxígeno del mundo.
—¿Qué?
—Tu hermano no ha vuelto.
—¿Y por eso tienes que irte? —La alarma le afiló la voz.
—Sí. Debo ir a buscarlo.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? Me estás asustando.
Craig no eludió su mirada y la sostuvo con absoluta transparencia.
—No puedo decírtelo, es algo que solo le incumbe a él.
—¡Otra vez con eso!
—Quería despedirme.
Ella se puso de pie.
—Me iré yo también.
Craig se colocó frente a ella.
—No, Anne. Tú te quedas.
—No puedes dejarme aquí. Vinimos los tres juntos. Si me dejas, ¿cómo volveré?
—Andrew te acompañará.
—Pero…
—Anne, escúchame. A tu hermano le están pasando cosas y necesita mi ayuda.
—¿Qué le está pasando?
—Solo puedo decirte que es por su bien y que si lo resolvemos como es debido, conseguirá lo que desea.
—Odio que hagas esto.
—¿El qué?
—Que me hagas sentir agradecida sin saber por qué.
Craig sonrió con ternura.
—En el fondo me marcho para no tener que aguantar tus tejemanejes.
—Julie es perfecta para ti.
—No, no lo es.
No, porque lo soy yo, imbécil.
—¿Quién lo es, Craig?
—Anne…
—Dímelo. ¿Hay alguna mujer en el mundo que sea buena para ti? ¿Alguna vez has… dudado?
Él suspiró. Había un fuego fatuo flotando en sus iris.
—Me voy, Anne. Quiero salir en cuanto amanezca.
—¿No puedes responderme a eso? No te pido mucho, solo quiero saber si alguna vez ha habido alguien que…
—Sí, Anne. Sí, ha habido alguien. Hay alguien. Y la tengo delante.
Su corazón dejó de latir y el aire se le quedó atascado. Una fuerza descomunal comenzó a abrirse paso en su pecho, pero él la aplastó al instante.
—Pero nada ha cambiado para mí —añadió, cortando de raíz cualquier esperanza.
—Eres muy cruel conmigo.
—Lo sé y me mata saberlo.
—Pero lo haces igual.
—Porque me obligas. Una y otra vez. Y está claro que no vas a parar de hacerlo cada vez que tengas oportunidad.
—¿He sido yo la que te ha buscado? ¿Yo la que ha puesto tus manos en mis pies? ¿Yo la que te ha obligado a acariciarme? Porque eso es lo que has hecho, Craig, acariciarme. Y tú puedes contarte la historia que…
—No necesitas buscarme —dijo furioso—. Estás dentro de mi puta cabeza todo el tiempo.
—¿Hablarme mal te alivia?
—Nada me alivia —dijo mordiendo las palabras—.
¡Nada! Escucho tu voz en mi cabeza, percibo tu olor aunque no estés.
Quiero tenerte cerca todo el tiempo y me paso el día huyendo de ti.
Acabaré por volverme loco. Tengo que irme de aquí.
De Londres. De Inglaterra. Tengo que irme lejos, donde no estés al alcance de mi mano…
Tiró de ella hasta pegarla contra sí. Anne mantuvo los brazos caídos a ambos lados del cuerpo y esperó. Esta vez no le suplicaría, no lo abrazaría. Tendría que ser él. Sin excusas.
La soltó sin apartar la mirada. Luego se dio la vuelta y se marchó. Anne sintió aquella retirada con cada fibra de su ser y no pudo emitir el menor sonido. Pasó mucho rato antes de que pudiera moverse.