Capítulo 33
La posada estaba llena. A esa hora todo el mundo cenaba, y el salón principal hervía de ruido y ajetreo. En cuanto entró, sus ojos se clavaron en la muchacha de pelo oscuro y ademanes resueltos que daba un manotazo a uno de sus clientes.
—Las manos quietas —advirtió con mirada felina—. Soy muy buena descoyuntando huesos.
—Vale, vale… —se rio el hombre y Poppy regresó a la cocina para seguir con su trabajo.
Charles avanzó hasta la barra y el posadero lo observó ceñudo.
—¿Qué hace usted aquí? No quiero jaleos, hay mucho trabajo a esta hora.
—Necesito hablar con usted.
—¿Conmigo?
El tío de Poppy dudó un momento y finalmente le hizo un gesto para que lo siguiera. Charles se volvió antes de entrar en el cuartucho al que el hombre lo condujo y la vio salir de la cocina con más platos. Ni siquiera se había percatado de su presencia.
—Ya le he dicho que no es buena hora para perder el tiempo. Diga lo que ha venido a decir y márchese.
—Quiero a Poppy, usted ya lo sabe.
—Yo no sé ni quiero saber nada —respondió el hombre cruzándose de brazos.
—Quiero a Poppy —repitió Charles.
El posadero aflojó un poco la dureza de su expresión y relajó los hombros.
—Está bien. Quiere a Poppy, me ha quedado claro. ¿Algo más?
—Vamos a marcharnos de Inglaterra.
—¿Vamos?
—Sí. Ella y yo.
—¿Y Poppy lo sabe?
—No, aún no lo sabe.
—Ya veo. —Se encogió de hombros, dando la conversación por terminada—. Buena suerte, muchacho.
—Tiene que ayudarme —lo detuvo antes de que llegara a la puerta—. Señor Radcliff, voy a dejarlo todo por su sobrina, pero la conozco y usted también, no me lo va a poner fácil.
El hombre se giró despacio e inclinó la cabeza poniendo mucha atención en su rostro.
—Estás hablando en serio —dijo tuteándolo de pronto.
—Muy en serio —afirmó rotundo.
—¿Lo sabe tu familia?
—No. En cuanto haya solucionado las cosas aquí, iré a Londres para hablar con mis padres.
El posadero suspiró.
—Estáis los dos locos de atar. Esa tonta se pasa las noches llorando.
No habla, no come y hace una eternidad que no la veo reír.
Y en Poppy eso no es cualquier cosa, siempre fue una muchacha risueña a pesar del desgraciado de su padre.
—Se puso las manos en la cintura—. Hablando de ese cafre, no lo permitirá.
—Por eso necesitaré su ayuda. —Bajó la cabeza avergonzado—. Por eso y porque Poppy no querrá hablar conmigo.
Radcliff se rascó la oreja pensativo.
—Si ella no quiere hablar contigo, no habrá forma humana de obligarla.
—Podría esperarla en su cuarto… —dijo con cuidado—. No voy a hacer nada indebido, se lo prometo.
El hombre enarcó una ceja.
—Sé de sobra que todo lo indebido que podías hacer ya lo has hecho, no soy estúpido. Y conozco a mi sobrina, no toleraría que me metiese en sus cosas.
—Solo déjeme subir y esperarla. Tengo que hablar con ella y no creo que a usted le convenga que se ponga a gritarme delante de toda esa gente.
Radcliff lo pensó un momento sopesando sus opciones.
—Está bien. Habla con ella, pero sigo sin entender cómo vas a hacer lo que planeas. Es menor y su padre no os dará su consentimiento. Mi hermano es un desgraciado que no deja de sangrarla, cada vez que necesita dinero viene aquí para quitárselo a ella.
—¿Por qué lo consiente? —La dureza en la voz de Charles iba acorde con su expresión.
El posadero relajó la postura y movió la cabeza.
—Porque es su padre. Puedo darle una paliza de vez en cuando.
Lo hago y lo disfruto, no creas. Pero si le impidiera sacarle los cuartos no dejaría que viviera aquí.
Si ha permitido que esté con nosotros, es porque aquí gana dinero y él puede quitárselo.
—Su voz se volvió más grave y su expresión más triste—.
No sabes lo que ha sufrido esa muchacha, Charles.
Su infancia fue un tormento y su madre es una desgraciada que se pudrirá en el infierno por proteger a mi hermano antes que a sus hijos.
¿Te ha contado que su padre casi la mata?
Charles asintió con los puños apretados y un peso enorme en el corazón.
—Y a pesar de eso ella siempre fue una niña dulce y cariñosa. Mi mujer la quiere como a una hija.
—Me la llevaré lejos de él —dijo Charles con la voz ronca—. Le daré la vida que merece.
—La amas de verdad.
—Con toda mi alma.
—¿Y tu familia? ¿Vas a dejarlos por ella?
Las lágrimas empañaron los ojos de Charles y Radcliff le puso una mano en el hombro.
—Si lo que dices es cierto, te ayudaré todo lo que pueda. Ya sabes cuál es su habitación. Tendrás que esperar un buen rato, tenemos el comedor a rebosar. Y cuando suba, atranca la puerta y haz que te escuche. Aunque te grite hasta quedarse sin voz.
Charles se limpió los ojos con el dorso de la mano.
—Bien. Espera un minuto y sal. Yo la distraeré. Está claro que no te ha visto o sus gritos se escucharían hasta en Londres.
Hizo lo que le había dicho y esperó. Cuando salió del cuartucho la buscó y la vio hablando con su tío de espaldas a la puerta. Se apresuró a ir hacia las escaleras y subió los peldaños de dos en dos. Luego fue directo a su dormitorio y cerró la puerta con cuidado.
El cuarto era sencillo y tan pequeño que la primera vez que estuvo allí le dijo a Poppy que aquella estancia cabría en el hueco de la chimenea de su dormitorio.
Sonrió al recordar que ella lo había mordido y una punzada de deseo le atravesó la entrepierna.
Deambuló por la estancia revisando sus cosas con ternura y devoción.
Acarició su cepillo y las pequeñas baratijas que tenía sobre el tocador.
Se fijó en el pañuelo que envolvía un canto rodado, y se le encogió el corazón.
—¿Para qué quieres esa piedra?
—Para recordar este día —dijo ella riendo—. Será un amuleto del día más feliz de mi vida.
Él la tomó en sus brazos y la llevó de nuevo hasta la poza en la que hacía unos minutos le había hecho el amor.
—¿Este es el día más feliz de tu vida? —preguntó y Poppy enlazó las piernas alrededor de su cintura.
—Sí.
—Pues voy a darte más recuerdos para esa piedra.
El dolor se le arremolinó en el pecho y se aferró a la madera del mueble. Tenía que salir bien. Tenía que salir bien.
Dos largas horas después, escuchó pasos que se acercaban y rápidamente se escondió tras un biombo situado en una esquina del cuarto, que Poppy usaba como vestidor.
Cuando ella entró la oyó echar el cerrojo y sonrió.
Sabía que su tía tenía la costumbre de abrir sin llamar y que a ella le daba apuro regañarla por ello, así que le había pedido a su tío que instalase un cerrojo en su cuarto.
Oyó que se quitaba los zapatos y luego se dejaba caer sobre el colchón.
—Estoy muerta —musitó.
Charles tragó saliva y se frotó las manos, muy nervioso.
Se había pasado dos horas planificando cómo la abordaría, qué le diría, cómo impediría que escapase de él…
Y en el momento preciso en el que debía poner todo eso en práctica, no hizo más que salir de detrás del biombo para plantarse delante de ella.
Poppy no gritó, tan solo lo observó desde la cama un segundo y luego giró la cara como si no soportase verlo.
—Márchate —musitó.
—¿No vas a preguntarme qué hago aquí?
—No quiero saberlo.
—Lo siento, Poppy. —Su voz sonó demasiado ronca.
—Lo sé.
—No, mírame. Por favor.
Ella giró la cabeza despacio y posó sus tristes ojos en él.
—Lo siento, Poppy. Siento haber nacido donde nací. Siento no ser un hombre sencillo y humilde. Siento haber tenido miedo y haber volcado ese miedo en ti. Siento no haberme comportado como debería. Siento lo que te dije. Siento lo que hice.
Ella se sentó en la cama. Su expresión no había cambiado.
—Lo sé —repitió—. Pero tienes que irte, por favor.
Oír aquel tono de voz, sin rastro de enfado y cargado de una abrumadora tristeza, lo destrozó por dentro.
—No pensaba lo que dije. —Se puso de rodillas frente a ella—. Nada de lo que dije. Era la rabia la que hablaba por mi boca. La impotencia, Poppy. Me arrancaste el corazón a mordiscos.
Ella cogió aire con ansia, se había olvidado de respirar.
—Tienes que irte —advirtió—. Si mi tío te ve…
—He hablado con él. Le he dicho que vamos a escaparnos juntos.
—No —dijo asustada.
—Sí, Poppy. Tú y yo nos vamos a ir de aquí esta noche y no volveremos.
—No. —Se puso de pie y él la imitó con la clara intención de cortarle el paso si trataba de salir—. Ya hablamos de esto.
—No, no lo hablamos. No de la forma en que lo hemos pensado ahora.
—¿Hemos?
—He tenido algo de ayuda, sí.
—No voy a ser tu amante. Te lo he dicho un millón de veces.
—Sí, me quedó claro. Podrías ser la amante de cualquiera, pero no la mía.
—No, la tuya no —lo retó con rabia—. La tuya, jamás.
Charles sonrió levemente al verla recuperar las fuerzas.
—No hace falta que repitamos nuestra última discusión. Lo he entendido. En ese momento no lo entendí, pero ahora sí.
—¿Ah, sí? ¿Qué es lo que entendiste? ¿Que soy una puta que podría ser la amante de cualquiera?
—¿Quieres que me arrodille de nuevo? Lo haré. Te pediré perdón todos los días del resto de mi vida. Estaba ciego y loco de rabia. Suéltame un poco la cuerda, Poppy. Acababa de enterarme de que te habías acostado con Craig. ¡Joder! Esas palabras me queman la garganta.
Ella no bajó la cabeza, aunque sus ojos mostraban su vergüenza.
—Y me merezco casi todo lo que me dijiste. Me volví loca, el dolor me nubló la mente. Saber que me habías tratado como a una puta me destrozó.
—Yo no te traté como a una puta, Poppy. Jamás pensé eso de ti. No es lo mismo ser mi amante que una puta, por Dios.
—Para mí era lo mismo. Pretendías pagarme por meterte entre mis piernas.
—¡No! Quería cuidar de ti y no se me ocurría cómo hacerlo. Quería que fueras mi esposa, mi compañera, mi todo. Y no sabía cómo conseguirlo. Pero jamás lo dije porque te considerase una puta. Te amo con todo mi ser, no puedo vivir sin ti.
—No me acosté con él porque quisiera hacerte daño.
Charles empalideció y sus brazos cayeron a ambos lados del cuerpo sin fuerzas.
—Me acosté con Craig porque quería sacarte de mí.
Tenía que sacarte de mí. Creía que me despreciabas, que me veías como un cuerpo caliente que te daba placer.
Querías ponerme una casita en las afueras, visitarme de vez en cuando mientras te casabas y tenías hijos con una mujer «decente».
¡Dijiste «decente», Charles! Lo dijiste.
Cuando te marchaste perdí la cabeza. No sabía adónde ir ni con quién hablar.
No tenía a nadie en quien buscar consuelo y me dolía el corazón porque tú me lo habías arrancado y lo habías pisoteado en el suelo.
—Me asusté… —musitó él.
—Sí, te asustaste y me llevaste por delante.
Me hiciste sentir sucia y usada. No lo pensé, no podía pensar.
Me metí en su cuarto y dejé que él también me usara.
Quería saber lo que se sentía cuando otro me usaba.
¿Y sabes qué? No sentí nada. ¡Nada! —sollozó—.
Me pasé días llorando por lo que había hecho y por cómo me sentí.
Llorando por las cosas horribles que me dijiste y añorando cada instante que pasamos juntos.
Me odiaba por desearte tanto, por quererte tanto.
Sentí que me había convertido en mi madre y me pregunté qué haría si les pegases a nuestros hijos.
Me pregunté si me pondría siempre de tu parte y los dejaría desprotegidos.
Los sollozos la sacudieron con tanta fuerza que tuvo que abrazarla. La apretó contra su pecho y ella lo usó para ahogar su desesperación. Durante mucho rato lloró desconsolada mientras él la sostenía con ternura.
—Lo siento, amor mío —dijo él cuando los sollozos se amortiguaron y ella le rodeó la cintura con los brazos—.
Me volví loco de dolor y dije cosas que no sentía.
Te amo y quiero que seas mi esposa. Nos iremos de Inglaterra para siempre.
Serás mi esposa y la madre de mis hijos.
Y los dos los querremos y los cuidaremos con mucho amor.
Poppy se apartó lo suficiente para verle la cara.
—Volví a intentarlo —dijo con absoluta determinación—. Me colé en el dormitorio de Craig en tu casa y traté de…
—Lo sé —la interrumpió colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja—. Y vamos a tener que trabajar en ello, porque no puedes ir acostándote con otros cada vez que te enfades conmigo.
—Me he enfadado más veces contigo de las que recuerdo y me acosté con otro una única vez.
Charles sonrió con tristeza.
—Lo sé.
—Sentí ese impulso cuando quise arrancarte de mí.
—No puedes —dijo cogiéndole la cara entre las manos—. No puedes arrancarme de ti, Poppy. Eres mía y yo soy tuyo. Me amas y eso no cambiará.
—Lo siento, Charles —dijo entre lágrimas—, lo siento tan…
Él la besó como si quisiera arrancarle hasta el último aliento. Cuando se apartó, la mirada de Poppy había cambiado.
—Dime que vendrás conmigo —dijo empujándola suavemente hacia la cama.
Ella asintió despacio y le ayudó a quitarse la chaqueta.
Charles se sacó la camisa por la cabeza y volvió a besarla.
Había una desesperación primitiva en sus gestos.
Ninguno de los dos fue delicado al desvestirse, y en cuanto estuvieron desnudos, él se hundió en ella de un solo movimiento, llenándola por completo.
La luz de la luna la bañaba entera, pero él apenas podía verla por las lágrimas que le nublaban la visión. Amaba desesperadamente a esa mujer.
—Dime que vendrás conmigo —exigió retirándose sin llegar a salirse.
Poppy enlazó las piernas alrededor de su cintura como si eso le diese el control.
—Charles… —suplicó.
—Dilo, Poppy.
—Tu familia…
—He dicho que lo digas —la cortó tajante.
Entró de nuevo en ella y sintió cómo palpitaba a su alrededor. Le apartó el pelo de la frente húmeda por el sudor y la miró fijamente. Inmóvil. Expectante.
—Por favor… —suplicó.
Poppy le cogió la cara entre las manos y tiró para acercarlo a su boca.
—Soy tuya. Iría al fin del mundo contigo.
Charles gruñó y ya no se contuvo. Sus movimientos se hicieron más profundos y atrapó uno de sus pezones con la boca.
No necesitaban más espera, llevaban soñando con ese momento demasiado tiempo.
Poppy se tapó la boca para que sus gemidos no se escuchasen en toda la posada, pero no podía impedir que el cabecero golpease la pared.
—Amor mío —musitó él cambiando de pecho—, no voy a aguantar mucho más. Déjate ir, por Dios.
Poppy se arqueó contra él y sintió las contracciones de su sexo tratando de sujetarlo. Gimió al verla llegar al orgasmo, empujó una vez más y se derramó dentro de ella arrastrando un gruñido de alivio.