Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 32
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Capítulo 32

Andrew estudiaba a Charles con mucha atención mientras su primo rellenaba su copa por segunda vez.

—Ni se te ocurra emborracharte —le advirtió—. No le darás un disgusto a Ruby.

—No es mi intención —dijo Charles antes de beber un largo trago.

Andrew suspiró y dejó su copa sobre la mesilla.

—Tal y como yo lo veo, no hay solución.

—Bienvenido a mi mundo. —Charles se tumbó en el sofá.

—¿Cuánto hace que no duermes una noche entera? —preguntó Andrew.

—No me acuerdo. Tengo una niebla en la cabeza que no me deja pensar con claridad. A veces no sé si estoy despierto o dormido. No sé si esto es un sueño o el sueño es lo que me pasa cuando cierro los ojos.

Andrew y Craig se miraron con preocupación.

—Tienes que olvidarte de ella… —dijo Andrew y Charles gruñó—. Espera, deja que termine lo que iba a decir. Ya sé que has pensado en esto…

—No puedo pensar en otra cosa —musitó.

—Es una criada, no hay manera de que puedas casarte con ella.

Charles giró la cara hacia él.

—Tiene gracia que lo diga el hombre que se casó con la niñera de su hijo.

—Eso es diferente.

—Sí, porque tú eres conde y algún día serás duque. Yo no tendré nunca un título.

—Ruby era la protegida de los Woodhouse. Y nunca fue una verdadera niñera para Noah, me estaba haciendo un favor.

—¿Y a quién le importa? Todo Londres habló de vosotros durante al menos un año, no me fastidies, Andrew.

Su primo suspiró y luego bebió un trago antes de volver a hablar.

—Está bien, no quería ser hiriente, pero veo que voy a tener que serlo.

—Dejó de nuevo la copa en la mesilla y se inclinó hacia delante—.

Ruby y Poppy no tienen nada que ver. Ruby siempre estuvo protegida por los Wharton y los Woodhouse.

Era maestra, no criada. Y llegó virgen al matrimonio, Charles.

Su primo se sentó de golpe, con los ojos de un desquiciado.

—Antes de que me arranques la cabeza, voy a hacerte una pregunta que sé que te va a alterar mucho, pero intenta controlarte. ¿A qué se dedicaba Poppy en la posada?

—¿Qué?

—¿Cuál era su… trabajo?

El dolor de Charles era más que evidente.

—Lo siento, Charles, pero tengo que hacerte estas preguntas, porque estas son las preguntas que se haría todo el mundo si esto saliese a la luz. ¿Poppy solo se acostó contigo? ¿No ha habido nadie más? ¿No aparecerá alguien que…?

Se detuvo al ver que Charles dirigía sus ojos hacia Craig. El escocés dijo algo en gaélico que sonó a una maldición y Andrew se dejó caer contra el respaldo.

—No sabía quién era —dijo Craig—. Creía que era un servicio más de la posada.

Charles apretó los puños.

—Lo hizo para castigarme. Quería arrancarme de su vida porque le hice mucho daño. ¡No es una puta!

—No sé cuántas veces voy a tener que decírtelo, Charles. No la habría tocado de haberlo sabido.

Eso no parecía aliviarlo en absoluto, a juzgar por la mirada asesina que tenía clavada en él.

—A eso me refiero —señaló Andrew—. Todo esto se sabrá si…

—¡No! —exclamaron los dos hombres al unísono.

—Sabéis que las noticias vuelan. Si intentas formalizar tu relación con Poppy todos hablarán de ella. No eres un cualquiera, Charles. Aunque no vayas a heredar el título eres hijo del conde de Kenford. Se sabrá. Todo. ¿Qué pasaría con tu hermana? No podría casarse, ¿no lo entiendes?

—¿Que no lo entiendo?

Charles se puso de pie. Todo el cuerpo le temblaba de rabia.

—¿Que no lo entiendo? —repitió furioso—. ¡Maldigo a mi familia! ¡Maldigo a Anne por existir! No puedo comer, no puedo dormir, porque tengo que renunciar a la mujer que amo. ¡La amo!

—Cálmate, Charles —ordenó Craig.

—Vete a la mierda —le escupió—. No puedo ni mirarte sabiendo que te metiste dentro de ella.

—¡Charles! —Andrew se interpuso entre los dos—. Esta es mi casa y aquí no permito estas formas.

Su primo se metió los dedos en el pelo tratando de hacerse daño físico. Eso solía calmar el otro dolor.

—Me voy a volver loco —musitó—. No puedo pensar con claridad. La vida me parece un mal sueño. La idea de seguir adelante sin ella me resulta… insoportable.

—Pues necesitas pensar, Charles. —Andrew lo empujó suavemente hasta el sofá y los dos se sentaron—. Escúchame, tenemos que pensar en una solución, pero para ello tienes que soltar ese veneno que llevas dentro.

—No puedo —musitó el otro—. No puedo soltarla. Todo el tiempo quiero matar a alguien. A su padre, a su tío. Y, sobre todo, a Craig.

El escocés se sentó con un gruñido.

—Es una bruja —siguió Charles—. Sabe muy bien cómo hacerme daño. Pero también sabe cómo amarme. Me conoce mejor que yo. Se me ha metido por todas partes. Está en mi cabeza, en mi corazón, en mi po…

—Cuidado —le advirtió Andrew.

—Le he dado un millón de vueltas, no encuentro el modo de hacerlo posible, pero te juro, Andrew, que no puedo vivir sin ella.

Sé que parece una locura, que parezco un borracho desquiciado que no sabe lo que dice.

Lo intenté. Lo intenté de verdad. Y aguanté dos semanas.

Después de eso fui a buscarla, me arrodillé ante ella, pero no me escucha.

—¿Estás seguro de que ella te ama? —preguntó Andrew con mucho tacto.

Los ojos de Charles se clavaron en él.

—Eso es de lo que estoy más seguro, Andrew.

Me ama más que a su vida. No quiere nada mío.

Nada que tenga que ver con mi dinero. Le ofrecí comprarle una casa, dejar su situación arreglada para siempre de manera que no tuviese que confiar en mi palabra.

Casi me saca los ojos —gimió—. Es una bruja, ya te lo he dicho.

Nadie me ha besado y golpeado al mismo tiempo.

Andrew contuvo la sonrisa que afloraba ya a sus labios. Carraspeó antes de hablar.

—Entonces solo te queda una opción.

Charles se mostró confuso. Que Andrew pensase que había una opción era mucho más de lo que él había llegado a imaginar.

—Marchaos —añadió su primo—. Huid de Inglaterra.

—¿Adónde?

—Adonde sea, pero lejos. Escoge un lugar al que tu familia pueda ir a visitarte de vez en cuando, porque tú no podrás volver. Al menos, no con ella.

—¿Marcharme a otro país?

—Tu padre tiene parte de la empresa del tío Joseph. Comercian con medio mundo, seguro que hay algún sitio en el que…

—Isla Refugio —dijo Craig.

Andrew se sorprendió por no haber pensado en ello.

—Si de verdad la amas tanto como para aislarte de todo lo que conoces, es una buena opción.

Charles asintió repetidamente. Se frotó la cara para aclarar sus ideas y volvió a fijar la vista en su primo.

—¿Has dicho todo esto o me lo he imaginado? ¿Isla Refugio?

—Yo estuve una vez —dijo Craig—. No es mal sitio para vivir. Mucho mejor que Londres, en mi opinión.

Por primera vez en meses Charles no lo miró con odio.

—¿Tú crees?

—Desde luego. Ya no es un refugio de piratas. Ahora hay negocios y una comunidad bastante sólida. Allí nadie os molestaría. Cada uno va a lo suyo.

—Tendrás que hablar con el tío Joseph —apuntó Andrew—. Y con tus padres. Espero que no me odien por darte la idea.

Charles se puso de pie nervioso.

—Puedo llegar a Londres para cenar si salgo ya. Hablaré con ellos enseguida y…

—Espera, espera. Lo primero que tienes que hacer es hablar con… ella —dijo Andrew—. Tienes que estar seguro de que ella aceptará tu propuesta antes de meter a tu tío y a tus padres en todo esto.

—Aceptará. Nunca le he ofrecido… todo.

—Muy bien, pero tienes que preguntárselo.

—Tienes razón. Iré a hablar con ella primero —dijo, y caminó hacia la puerta decidido—. Saldré ahora mismo.

—¡Charles! —lo llamó Andrew, pero su primo no se giró siquiera.

—No sé si funcionará —dijo Craig cuando se quedaron solos.

—¿Por qué?

—Hay algo más y tiene que ver con el padre de Poppy. Ese hombre se aprovecha de su hija.

—¿Cómo que se aprovecha? ¿A qué te refieres?

—Es un borracho y un jugador empedernido. Necesita el dinero de su hija para pagar sus vicios.

—¿Puede impedirle que se vaya?

—Es muy joven. Charles tendría que ser su esposo para que el padre perdiera la potestad. Pero Poppy es menor, no puede casarse sin consentimiento paterno. —Sonrió burlón—. A no ser que vayan a Escocia antes de partir hacia Isla Refugio.

Andrew se frotó la mandíbula con expresión admirada.

—Se nota que eres abogado. Has pensado en todo. Habrá que ayudarlos con eso. ¿Su tío estará dispuesto a colaborar?

Craig se encogió de hombros.

—No lo conozco, solo he pasado allí alguna noche. Pero, por lo que Poppy me contó de él, creo que sí.

—Bien. Esperaremos a que vuelva Charles con noticias y, si ella acepta, empezaremos con los preparativos del viaje.

Craig no dijo nada y se metió las manos en los bolsillos con una creciente incomodidad en el estómago.