Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 31
43%

Capítulo 31

—No pienso hacer semejante cosa —se negó Anne, conteniendo la risa—. Ya he contravenido bastantes normas por una temporada.

—¿Por qué no? —se rio Julie—. La gente se sorprenderá, pero ¿qué van a hacer?

—Que no. Las damas siempre van detrás de la novia.

—Yo quiero que vayáis delante —dijo Lucille con cara de súplica—. No veo bien y temo tropezarme y hacer el ridículo. ¿Os acordáis de Mary?

—Claro que nos acordamos —dijo Julie riendo—. Casi tira a su padre en la caída.

—Eres cruel —dijo Lucille con fingido rencor imaginándose en el papel de Mary.

—Tú también te reíste, no te hagas ahora la digna —le recordó Julie.

—Si camináis delante de mí, podréis indicarme dónde está levantado el suelo.

—¿Y cómo hacemos eso? —Anne se sentó en el sofá, aunque su cansancio no era físico.

—Pues os lleváis la mano a la espalda y me hacéis algún gesto.

—Podríamos tirar pétalos de flores —dijo Julie sentándose en un sillón mientras la novia paseaba de un lado a otro, nerviosa—. Cada vez que veamos una de esas puntiagudas trampas, soltamos un pétalo.

—¿Y el pétalo sí lo verá? —se burló Anne.

—¡No estoy ciega! —gritó Lucille—. El suelo es gris y no se aprecian los… ¡Dejad de reíros de mí!

—¿Y si lo pintamos? —dijo Anne—. Si vamos a contravenir las normas podríamos pintarlo.

—¿Cómo?

—Con pintura blanca. Eso seguro que lo verías bien. Nos colamos en la iglesia antes de la ceremonia y pintamos las irregularidades del suelo para que las veas bien.

—Al párroco le dará un ataque —dijo Julie muy seria.

—El párroco debería haber hecho que arreglasen ese suelo —dijo Lucille con los brazos en jarras—. No sé cuántas veces se ha caído gente ahí.

—¿Entonces no caminaremos delante de la novia? —preguntó Julie recostándose en el respaldo.

—No —negó Anne—. Las damas caminan detrás y eso es lo que haremos.

—¿Y lo de los pétalos no podemos hacerlo igualmente? —Julie sonrió ufana—. Sería precioso.

—Y lo dejaría todo perdido —añadió Anne.

—Lo limpiaremos después.

—¿Después, cuándo?

—Nada de pétalos —dijo Lucille—. Va a asistir todo el pueblo y la iglesia estará abarrotada. Los pétalos lo pondrán todo perdido, Anne tiene razón. Pero lo de la pintura…

—Tu familia es muy querida en Aveldon —dijo Anne—. Pase lo que pase, te perdonarán.

—Desde luego —corroboró Julie.

—¿Entonces lo hacemos?

Anne y Julie asintieron. Lucille se dejó caer en el sofá junto a Anne.

—Gracias por mostrarte tan entusiasmada cuando mi madre te ha enseñado mi ajuar, Anne. La has hecho muy feliz.

—No he dicho nada que no pensara. Es todo precioso.

—Cuando tú te cases te regalaré un mantel de hilo como ese que tanto te ha gustado.

—¿Y a mí no? —preguntó Julie fingiendo estar celosa.

—Ya sabes que sí. Pienso ponerme a hacerlos en cuanto pase la boda.

—¿Cuál harás primero? —preguntó de nuevo Julie.

—Uy, uy, uy —se rio Anne—, parece que alguien tiene prisa. ¿Hay algo que quieras contarnos, Julie?

—En realidad lo decía por ti —se rio su amiga—. ¿Qué tal el paseo de vuelta con tu señor McEntrie?

Anne respondió con su mejor sonrisa.

—Eso se acabó.

—¿El qué se acabó? —Lucille se arregló el vestido.

—Craig McEntrie y yo somos casi familia. Ya lo he torturado bastante durante estos años y me he dado cuenta de que…

—¿Qué ha pasado? —Julie la interrumpió al tiempo que se enderezaba en el asiento.

—Ayer tuvimos una conversación sincera y me di cuenta de que todo esto era una estupidez. Craig nunca me ha visto de ese modo y yo me he comportado como una niña inmadura y caprichosa. Se acabó.

—Anne… —Lucille la cogió de la mano y su amiga se soltó con una risotada.

—No seas tonta. Estoy bien, de verdad. Craig y yo somos casi de la familia. Su tía es mi tía. Somos… primos, en realidad. Primos políticos, sí, pero primos.

—No compartís ni una gota de sangre —puntualizó Lucille—. Tu tía Elizabeth es su tía por matrimonio, nada más.

—Ya sabes lo que quiero decir. Pero no es eso lo importante.

—¿Y qué es lo importante? —preguntó Julie apesadumbrada.

—Yo soy el tipo de mujer que él detesta. Su esposa será una mujer tranquila, alguien que lo acompañe sin causarle sobresaltos. Madura, responsable, comedida…

—Julie, habla de ti —bromeó Lucille.

Su amiga se ruborizó hasta las raíces del pelo, lo que a Anne no le pasó desapercibido.

—¿Te gusta? —preguntó Anne.

—No digas tonterías, no lo conozco.

Anne ignoró por completo el pinchazo en su estómago y siguió mostrando su mejor sonrisa.

—Julie, no tienes que ocultarlo por mí.

—¿De verdad piensas que…? —se interrumpió enseguida—. No, no, no. Esto es una estupidez. Es algo que suele pasar, las bodas provocan este efecto. Lo he oído muchas veces.

Anne se percató del brillo en sus ojos.

—¿A ti te gusta? —insistió.

—Apenas he cruzado dos palabras con él. Solo lo vi un instante.

Lucille se había inclinado hacia ella con idéntica curiosidad.

—Estás roja como un tomate.

—Por supuesto que no. Es que hace calor. Dejad de mirarme así.

—Julie. —Anne hablaba con una serenidad que estaba muy lejos de sentir—. Craig no tiene ningún interés en mí, no tienes nada de lo que protegerme. Si te gusta, puedes decirlo con total tranquilidad. De hecho, no se me ocurre nadie mejor que tú para él. Eres exactamente la mujer que él quiere.

—No me conoce. Y jamás me acercaría a él sabiendo que tú…

Anne dejó escapar un sentido suspiro.

—¿Quieres que me vaya de Aveldon?

—¿Qué? ¡No!

—Entonces tienes que prometerme que vas a dejar de hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Anteponerme a tus deseos. Cuando regrese a Londres aceptaré el cortejo de Jonathan Fairfax, así que no tienes que preocuparte por mí.

—¿Así, sin más? —Julie no parecía muy convencida—. Dejarás de sentir lo que sientes y le abrirás tu corazón a otro.

—Es lo que hacen las personas maduras, ¿no? Aceptar lo inevitable. Amoldarse a la situación. No se aferran con uñas y dientes a un imposible.

—No hablas en serio —insistió su amiga.

—Hablo muy en serio. Y me decepcionarás muchísimo si no piensas en ti, Julie. Craig McEntrie es un hombre admirable y merece una mujer que esté a su altura. —Sonrió poniendo todo su esfuerzo en que no se notara lo mucho que le costaba—. Si no te importa vivir en Escocia.

—A Julie siempre le ha gustado Escocia —dijo Lucille.

—No estoy tan desesperada —dijo su amiga con tono ofendido—. Parece que creéis que no pienso en otra cosa que no sea encontrar marido.

—Prométeme que, hagas lo que hagas, no pensarás en mí —pidió Anne—. Julie, por favor, prométemelo.

La otra se resistió, pero el color de sus mejillas no se apagó.

—Si haces que se marche de Aveldon, no te lo perdonaré —apuntó Lucille.

Julie resopló y finalmente asintió con la cabeza.

—Está bien, te lo prometo. Pero ahora no empecéis a comportaros como casamenteras, que os conozco.

Anne y Lucille se cogieron de las manos riendo a carcajadas y ninguna de sus amigas supo que a Anne se le había roto el corazón.

—¿Qué le pasa a Charles? —preguntó Andrew señalando hacia el lugar en el que estaba.

Craig apartó la mirada del caballo que había estado revisando a conciencia y lo vio sentado bajo un árbol, con la cabeza apoyada en el tronco y los ojos cerrados.

—Pregúntale a él —dijo cortante, y levantó una de las patas traseras del animal para comprobar las herraduras.

Andrew lo miró ceñudo.

—¿Y a ti qué te pasa?

—Nada.

—¿Tiene algo que ver con lo que le pasa a él?

—No.

Andrew lo observó en silencio mientras revisaba las cuatro patas del caballo.

—¿Veredicto? —preguntó cuando acabó la inspección completa del animal.

—Un magnífico caballo y está en perfecto estado.

—¿Te apetece una carrera? —preguntó el inglés.

Craig alzó una ceja al tiempo que su boca se torcía en una mueca burlona.

—¿Una carrera?

—Eso he dicho.

—¿Conmigo? —La arrogancia le salía por todos los poros.

—No creo que Charles esté en condiciones de competir.

Craig miró por encima de su hombro.

—¡Charles! —lo llamó.

El otro les dedicó una expresión desganada.

—Dice Andrew que no eres capaz de ganarle en una carrera.

Charles se levantó despacio y se sacudió los pantalones. Después caminó hacia ellos.

—¿Qué nos apostamos?

Unos minutos más tarde, el misterio quedó resuelto. Craig McEntrie seguía siendo imbatible y Charles y Andrew perdieron lo que habían apostado al convencerse de que uno de ellos ganaría esta vez.

—Maldito McEntrie —rezongó Andrew jadeando por el esfuerzo—. Esa yegua es demasiado rápida.

Craig acarició el cuello de Ealain y le dijo palabras cariñosas en gaélico. Charles saltó de su caballo y se puso a estirar los músculos entumecidos.

—¿Cuánto hacía que no te esforzabas en algo, Charles? —se burló el escocés.

—Vete a la mierda.

—¡Vaya! —exclamó Andrew—. Tus modales son cada día mejores.

—Con Craig no hay modales que valgan —dijo Charles.

Andrew los miró primero a uno y luego al otro.

—Ah, no, de eso nada. No voy a ser el único que no sabe de qué va esto.

—No preguntes, primo. —Volvió a subir a su caballo.

—Estáis en mi casa, pero no confiáis en mí. Muy bonito.

—Sí confío en ti —dijo Charles ceñudo—. Pero es algo personal.

—Algo personal que os incumbe a los dos… Espera, ¿tiene algo que ver con Anne?

Charles se mostró confuso y Craig dirigió a Ealain para regresar.

—¿Qué pasa con mi hermana? Tú, McEntrie, contesta ahora mismo.

—Volvamos —dijo Craig.

Al pasar junto a los otros dos, Charles agarró las riendas de su yegua y tiró de ellas.

—¿Qué pasa con mi hermana?

Andrew se dio cuenta de que había metido la pata.

—Lo he dicho por decir.

—No. —Charles no apartaba los ojos de Craig—. Lo has dicho por algo. ¿Estás tratando de seducir a Anne? Porque como se te ocurra intentarlo, te rompo la crisma.

Craig lo obligó a soltar las riendas, pero no eludió sus ojos.

—No estoy haciendo nada con tu hermana, descuida.

—Ella está loca por ti, pero es una niña que no sabe lo que eso supone. Si se te ocurre aprovecharte de ella te juro que te mato.

—¿Ah, sí? Parece que tú no tienes tanto recato a la hora de aprovecharte de mujeres vulnerables.

Charles palideció y Andrew no disimuló su preocupación.

—¿De qué estás hablando? ¿Charles?

—Eres un desgraciado, sabes que jamás me he aprovechado de ella.

—No creo que sea mucho mayor que Anne. ¿Cuántos años tiene? ¿Veinte?

Charles apretaba los dientes y Andrew no perdía detalle.

—A mi hermana no te acerques.

—Eso intento.

—¿Que eso…? —Charles se movió para poder alcanzarlo y agarrarlo de la chaqueta.

—¡Ey, ey, ey! —exclamó Andrew intentando apartarlo—. Pero ¿qué pasa entre vosotros?

—Pregúntale a él —dijeron los dos al unísono.

Craig lo empujó con firmeza y Charles a punto estuvo de perder el equilibrio y caerse de la silla. Su caballo relinchó con ganas.

—¡Parad! —ordenó Andrew—. Vamos a regresar a casa y me contaréis qué está pasando mientras nos tomamos una copa de brandy.

Los otros dos se retaron con la mirada, pero no protestaron y Andrew le indicó a Charles que se pusiera en marcha antes de ir tras él. Craig resopló, con los puños apretados sobre las riendas, y los siguió.