Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Craig se mantuvo en silencio y Anne lamentó que perdiese una oportunidad tan buena para hacerle un cumplido. Aunque conociéndolo lo más probable es que si hubiese dicho algo no habría sido para halagarla sino al contrario.

—¿Adónde has ido?

—Me apetecía galopar.

Anne ladeó la cabeza hacia él sin aminorar el paso.

—¿Echas mucho de menos Slioscreige ?

Craig respiró hondo y asintió.

—Debes de sentirte solo aquí. Allí estás rodeado de tus primos y tus tíos…

—Hay demasiada gente en Slioscreige —se burló—. Pronto nos quedaremos sin habitaciones en el castillo y eso que es realmente grande. Un día de estos mi abuelo decide que ya no entran más matrimonios y nos echa a la calle.

—No podrías vivir en otra parte.

—No. Lo cierto es que no.

Anne suspiró y él torció el gesto.

—¿Tú querrías vivir en otra parte que no fuera Haddon Castle? George acaba de dejar vuestra casa y estoy seguro de que a tu padre no le gustaría perder a su niña también.

—Quizá nunca tenga que hacerlo —musitó ella, de pronto muy interesada en los setos.

—Eso es una tontería —dijo él demostrando que la había oído perfectamente—. Cuando llegue el momento, te casarás.

—Cuando llegue el momento —repitió ella sin mirarlo.

—Por supuesto.

Ella aguardó, con la pregunta suspendida entre los dos.

—Dentro de unos años —añadió él.

—¿Cuántos años? Pareces tenerlo muy claro. ¿Cuántos años crees que necesito para…? ¿Para qué, Craig? ¿Exactamente qué tiene que pasarme para que sea digna de que alguien quiera casarse conmigo?

Él respiró hondo.

—¿Por qué no contestas? Lucille tiene mi edad y va a casarse pasado mañana.

—Lucille no es como tú.

—¿Ya la conoces? Madre mía, Craig, eres un portento leyendo a las personas.

—Sé lo que tú me has contado.

—¿Es porque he dicho que es inteligente?

—Tú eres inteligente.

—¿Entonces?

—Es… madura.

—A pesar de tener mi edad.

—No todo es la edad, Anne.

—¿Ah, no? Deberías habérmelo aclarado porque siempre has mencionado mi edad para desacreditarme.

Craig se detuvo y ella lo imitó.

—Es esto —dijo tenso.

—¿Esto?

—Sí, esto. Esto que haces. No sigues las reglas, no aceptas las normas sociales. Insistes e insistes hasta obligarme a hacerte daño.

—¿Yo te obligo a hacerme daño?

—Sí, Anne, me obligas. ¿Quieres que te diga por qué no estás lista para casarte?

—Contigo.

—Con nadie, Anne. Eres apasionada. Reaccionas como si tuvieras un resorte que te hace saltar cada vez que no estás de acuerdo con algo.

Dices lo que piensas. Dices lo que sientes sin protegerte.

Y arriesgas… Arriesgas todo lo que tienes y lo que eres por las personas que quieres, pero no prevés las consecuencias y, con ello, pones en peligro a aquellos a los que intentas proteger.

Ella no apartaba la mirada de él y Craig veía en sus ojos el dolor que le causaba, pero no podía parar, necesitaba decírselo de una vez.

—Eres la clase de persona capaz de acabar con un hombre.

No necesitas empuñar un cuchillo, tú eres el cuchillo.

El hombre que se casara contigo viviría entre el cielo y el infierno.

Lo harías feliz de un modo abrumador, pero luego lo lanzarías a las llamas que lo consumirían vivo.

Eres voraz, Anne, eres atronadora, incluso cuando estás en silencio.

No dejas que nadie se escape, lo agarras del cuello y aprietas hasta que se rinde.

Eres una niña en el cuerpo de una mujer.

Yo no puedo con ello y no estoy seguro de que nadie pueda.

Los ojos de Anne estaban anegados en lágrimas y sus puños cerrados eran lo único que impedía que se pusiera a gritar.

—¿Lo ves? ¿Ves lo que haces? Yo no quiero hablarte así. ¡Maldita sea!

Se dio la vuelta consumido por la rabia, pero fue tras ella en cuanto oyó sus pasos alejándose a la carrera. La sujetó del brazo y la obligó a mirarlo.

—¿No entiendes lo que te digo, Anne?

—No. No lo entiendo. ¿Soy horrible? ¿Tan horrible que no puedes soportar tenerme cerca?

—No, Anne, no eres horrible —dijo agarrándola también del otro brazo—. Eres maravillosa, adorable, divertida, excitante y muy, muy embriagadora. Eres hermosa y solo puedo pensar en besarte.

Ella echó la cabeza un poco hacia atrás con expresión confundida.

—¿Qué?

—No entiendes nada. Si me resisto a ti no es porque no te desee. Es porque sé que no funcionaría.

—¿Por qué?

—Porque lo sé. Lo sé bien. Sé lo que mi abuelo le hizo a Alana. Sé lo mucho que sufrió mi padre por su causa. Jamás estaré con una mujer inmadura, tan apasionada como para confesarle a un hombre que lo ama a los catorce años.

Ella se sacudió furiosa y se soltó de su agarre.

—¿Me estás castigando por lo que hizo tu abuela? ¿Eso es lo que me estás diciendo? ¿Que soy… como ella? Conozco bien la historia, Craig, la he oído muchas veces. ¿Me consideras capaz de torturar a un niño porque su padre no me ama? ¿Eso es lo que estás diciendo?

—Esa mujer no era nada mío —masculló—. Lo que estoy diciendo es que no sé si podría amarte como tú necesitas.

Y que si no pudiera, el amor que sientes se te pudriría dentro.

Porque no eres una persona capaz de superarlo, no eres lo bastante madura y serena para conformarte con que te amen solo hasta donde el otro alcance.

El dolor amenazaba con desgarrarla por dentro y apenas podía respirar.

—Vuelves a hacerlo —dijo con voz ronca—. Vuelves a decidir por mí. Y has decidido quién soy, cómo soy y lo que voy a hacer. No me das ni siquiera la opción de defenderme. No me preguntas, no me pides, solo dictas sentencia.

Craig se quedó lívido.

—Eres un cobarde, Craig. Un maldito y desgraciado cobarde, y te prohíbo que vuelvas a ponerme las manos encima.

Encontraré a un hombre capaz de amarme por cómo soy de verdad.

Que no decida por mí, que no piense por mí y, sobre todo, que no me castigue por algo que yo no he hecho.

Nunca pensé que podría odiarte, pero ahora mismo te odio tanto que no puedo ni respirar.

—Anne…

Ella echó a correr y Craig la dejó marchar, consciente de que había ido demasiado lejos y no había vuelta atrás. Se acercó a Ealain y le acarició el cuello con suavidad.

—Parece que esta vez sí lo he conseguido, amiga mía.

Puso el pie en el estribo y le costó un esfuerzo enorme alzar su propio peso.