Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 30
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Capítulo 30

Salió de su dormitorio y vio que Susan caminaba hacia ella por el pasillo.

—Ahora iba a por esos pastelitos —dijo Anne sonriendo.

—La señorita Lucille y la señorita Julie están abajo esperándola. —Susan caminó a su lado para no entretenerla—. Las he llevado al saloncito azul, ¿le parece bien?

—Muy bien. Me encanta ese salón. Tráenos té y esos pastelitos que me muero por comer.

Bajó la escalera corriendo y no paró hasta estar frente a sus amigas.

—¡Anne! —gritaron las dos corriendo hacia ella.

Las tres se abrazaron dando saltitos.

—¡Qué ganas tenía de veros! —exclamó Anne.

—Estás guapísima —dijo Julie repasándola de arriba abajo—. Tienes una piel luminosa.

Anne le devolvió el repaso con idéntica desvergüenza. Julie tenía una de esas caras que los retratistas no piden pintar y se lamentan por ello toda la vida. Su pelo, castaño y lacio, brillaba con reflejos dorados, y sus ojos color miel parecían estar siempre a medio camino de la carcajada.

—Tienes muchas cosas que contarnos —dijo Lucille ajena a su escrutinio—. Por carta no es lo mismo.

—Sentémonos. —Anne señaló el sofá y se colocó entre las dos—. No sabéis las ganas que tenía de veros.

—Nosotras a ti mucho más —dijo Lucille limpiándose una lágrima—. Menos mal que os tengo a las dos aquí para mi boda.

Anne interrogó a Julie sin palabras.

—Así está todos los días. Llora por cualquier cosa.

—Es que estoy muy sensible —se justificó su amiga.

—Ahora podré hablar de algo más que de esa dichosa boda —siguió Julie poniendo los ojos en blanco.

—También hemos hablado de tu escuela —puntualizó Lucille.

—No es mi escuela. Pero como si lo fuera —añadió con una expresión divertida que Anne conocía muy bien.

—¿La señorita Bledel se va definitivamente? —preguntó Anne.

—Va a casarse también. Pero seguro que viene a hacerme más de una visita.

Anne las miró a ambas alternativamente con el corazón henchido de felicidad.

Desde niñas se habían complementado muy bien.

Ella era la atrevida y la más revoltosa de las tres.

Lucille era la más sabia, siempre con la respuesta justa a cualquier pregunta.

Julie era la más tranquila, dulce y confiable.

Un poco miedosa, eso sí, pero adorable en todos los sentidos.

Anne siempre creyó que Julie sería la primera en casarse, pero tampoco le sorprendía que Lucille hubiese enamorado a un hombre, porque era maravillosa.

—Tienes que venir a ver la escuela, pero cuando no haya alumnos, que me tienen por una señorita seria y madura. —Se rio nerviosa—. Contigo cerca no podré mantener esa fachada.

—Tú ya eras seria y madura con doce años —dijo Anne cogiéndola de la mano.

—Desde luego —dijo Lucille convencida.

Betty y Susan entraron en el salón con las bandejas y acercaron dos mesitas para el servicio. Cuando las tres amigas tuvieron cada una su taza, las doncellas se retiraron y las dejaron solas de nuevo.

—¿Ya está todo solucionado? —preguntó Julie con sincera preocupación.

—Sí. Ya me han perdonado.

Lucille la cogió de la mano y se la apretó.

—Debiste de pasarlo muy mal. Todo ese tiempo fingiendo ser una joven responsable y modosa.

—¡Oye! —exclamó Anne soltándole la mano.

Julie se rio a carcajadas y las otras no tardaron en imitarla.

—Quiero saberlo todo de ese Oliver Tierney —dijo Anne.

Las mejillas de Lucille se colorearon.

—Pero bueno, estás muy enamorada —se burló Anne.

—No te imaginas cuánto —dijo Julie—. Solo habla de él y de la boda.

—¿A ti te gusta? —le preguntó Anne.

—Es un buen hombre y la trata con mucha consideración. Conocemos a su familia y se llevan todos muy bien. Tiene mi aprobación.

—¿Y tú? —preguntó Lucille sorbiendo por la nariz—. ¿Hay algún pretendiente del que no nos hayas hablado aún?

—Hemos sabido que no has venido sola —dijo Julie.

Anne se mordió el labio, consciente de que estaba ante dos personas que conocían bien sus sentimientos por el escocés.

—No es lo que pensáis. Ha venido porque Andrew quería que viese sus caballos. No hay nada más.

—¿Seguro? —Julie entornó los ojos—. Es imposible que hayáis pasado tiempo juntos y no haya caído rendido a tus pies.

—Pues te aseguro que nada más lejos de la realidad. Craig no tiene el menor interés por mí y me lo ha dejado muy claro. De hecho… quizá haya… alguien.

—¿Qué? —Lucille fue la primera en hablar—. No nos digas que vas a casarte.

—Es pronto para eso…

—¿Quién es? —preguntó Julie dejando la taza—. ¿Nos has hablado de él?

—Se llama Jonathan Fairfax y nos estamos conociendo.

—¿No lo conocías? —preguntó Lucille—. ¿Es como Oliver, que llegó a Aveldon hace un año?

—No. Los Fairfax viven en Kenford desde siempre.

—¿Y cómo ha sido ese acercamiento?

—Pues… Él siempre mostró algo de interés en mí, la verdad, pero yo estaba… distraída.

—Ya —asintió Lucille—. Con un escocés esquivo. Pero oye, me parece muy bien que hayas decidido dejarlo atrás y darle la oportunidad a otro. Si ese McEntrie no se da cuenta de lo que vales, es que no merece la pena.

—Por lo que nos ha contado de Craig McEntrie, parece un hombre sensato —dijo Julie.

—¿Sensato? Tiene que estar ciego para no percatarse de la joya que está despreciando.

—La considera demasiado joven, Lucille.

—¿Y desde cuándo eso es algo malo? La señora Dibble tenía diez años menos que su marido. Pero es que a su nieta, Holly, su marido le lleva quince años. Y son la pareja más estable y feliz de Aveldon.

—No tiene sentido hablar de esto —dijo Anne intentando atajar un tema que le hacía más daño del que quería reconocer—. Ya os he dicho que no está interesado en mí. Si el motivo es la edad u otra cosa, no importa. No se puede forzar a nadie a que nos quiera.

—Anne… —se lamentó Lucille y sus ojos volvieron a humedecerse.

—Ya te lo he dicho —intervino Julie sonriendo con cariño—, no hace más que llorar por todo.

—Es que soy una persona sensible.

—Yo quiero saberlo todo de ese señor Fairfax —dijo Julie—. Y no escatimes en detalles.

—Eso —afirmó Lucille—. ¿Es guapo?

Pasaron toda la tarde hablando de un millón de cosas. Acabaron con el té y los pastelitos y Anne se rio más de lo que se había reído en un año. Cuando sus amigas decidieron que era hora de marcharse, insistió en acompañarlas un trecho por el sendero que llevaba al pueblo, donde las dos vivían.

—No puedes ir más lejos —dijo Julie poniéndose delante de ella—. Anochecerá pronto y no vas a volver sola. Nosotras somos dos. Vuelve ya.

—Mañana vienes a mi casa —ofreció Lucille—. Te enseñaré mi ajuar y mi madre podrá presumir, ya sabes lo mucho que le gusta.

—¿Yo también tengo que ir? —se burló Julie.

—Mientras esté Anne aquí, no nos separaremos. Tenemos que disfrutar de ella al máximo.

Julie suspiró resignada y abrazó a su amiga para despedirse.

El suelo retumbó con los cascos de un caballo y las tres amigas se apartaron del sendero para dejarlo pasar.

Todavía no se había ocultado el sol, pero había que tener cuidado con los que galopaban como locos.

Anne reconoció la yegua desde lejos y su corazón se aceleró al instante.

Se mordió el labio inquieta tratando de encontrar una excusa creíble para que sus amigas aceptaran internarse entre los árboles hasta que el jinete pasara.

Sin duda ese comentario despertaría su curiosidad más que cualquier otra cosa.

Ealain disminuyó la velocidad en cuanto su jinete las vio y cuando llegó a su altura, se detuvo.

—Buenas tardes, señoritas.

—Buenas tardes, Craig —dijo Anne rogando porque no le temblase la voz.

Lucille y Julie miraron al escocés con atención y luego a su amiga.

—Craig, te presento a Lucille Blaney y a Julie Havelok. Chicas, este es Craig McEntrie.

Craig desmontó y se inclinó ante ellas cortésmente. Las dos jóvenes respondieron al saludo con la misma corrección.

—¿Le gusta Aveldon, señor McEntrie? —preguntó Julie ejerciendo de anfitriona.

—Lo que he visto hasta ahora, mucho —dijo él con amabilidad.

—Le recomiendo visitar los alrededores, tenemos un paisaje precioso en esta época del año, aunque es mejor en primavera.

—Lo tendré en cuenta si vuelvo alguna vez. La felicito por su próxima boda —dijo dirigiéndose a Lucille.

—Oh, muchas gracias. Por supuesto está usted invitado, si gusta. Será una celebración sencilla en la plaza del pueblo. Habrá baile y comida hasta altas horas de la noche —dijo Lucille y de nuevo se limpió una lágrima.

Craig frunció levemente el ceño y Julie sonrió afable.

—No se lo tenga en cuenta, está así desde hace un mes.

—Espero que sean lágrimas de alegría —dijo él en tono distendido.

—Oh, sí, estoy muy feliz —dijo Lucille sacando el pañuelo sin dejar de sonreír—. Soy tonta, no me haga caso. Qué bien que haya llegado, así Anne no tendrá que regresar sola. Se ha empeñado en acompañarnos este trecho y se está haciendo de noche.

—Apresuraos entonces —dijo Anne fingiendo naturalidad—, también será de noche para vosotras.

—En mi casa, no lo olvides —dijo Lucille—. A media mañana.

—Allí estaré.

—Hasta mañana —dijo Julie con cariño—. Encantada de conocerlo, señor McEntrie.

—Igualmente.

—Reitero mi invitación —comentó Lucille ya alejándose.

—Muchas gracias —respondió Craig antes de volverse hacia Anne con una sonrisa.

Ella comenzó a caminar hacia la casa y Craig se colocó a su lado tirando de las riendas de Ealain.

—Ya has conocido a mis amigas. ¿Qué te han parecido?

—Apenas hemos cruzado unas palabras, pero parecen buenas chicas. Aunque eso ya lo sospechaba, siendo amigas tuyas.

—Lucille es muy inteligente y tiene un corazón enorme.

Sabe de todo, siempre está leyendo y se fija mucho en los detalles.

Le encanta aprender. —Pensó un momento antes de seguir—.

Julie es… la calma personificada. Tiene un don para relajar a quien está a su lado.

Es dulce y sabe escuchar. Lo que más me maravilla de ella es que nunca pierde los nervios, no importa lo difícil que sea la situación, siempre se mantiene calmada y sabe qué hacer.

No entiendo por qué son amigas mías. No podrían ser más diferentes a mí.