Capítulo 29
El trayecto resultó más agradable de lo que Anne esperaba.
El hecho de que los dos hombres estuviesen claramente enfadados el uno con el otro le permitió disfrutar de un viaje tranquilo y en silencio.
Cuando creyó que iría sola con Craig se sintió abrumada por sus emociones, pero la compañía irritada de Charles relajó su espíritu.
Aveldon apareció al doblar la loma. Los tejados apiñados alrededor del campanario y los prados cayendo hacia el río en pliegues verdes. Anne aflojó las riendas y respiró hondo. Su cuerpo sabía que estaba ante el único lugar del mundo en el que no tenía que cumplir las expectativas de nadie.
—¿Por qué sonríes tanto? —preguntó su hermano.
—Hacía mucho que no montaba tanto rato —dijo ella mirando a todas partes y saludando a la gente con la que se cruzaban—. Además, tengo muchas ganas de ver a Julie y a Lucille.
—Ah, eso es verdad, tus amiguitas te estarán esperando.
—Lo dices como si te cayeran mal. Te recuerdo que cuando éramos niños decías que de mayor te casarías con Lucille.
—No digas tonterías.
—Si son tonterías, las decías tú.
Cuando bajó del caballo frente a la casa de los Greenwood, Anne gruñó de dolor, pero en cuanto vio la mirada que le echaban los dos hombres se enderezó y fingió estar perfectamente.
—Yo me encargo de los caballos —dijo Craig y su voz sonó rara después de seis horas sin hablar.
Charles bajó las bolsas de ambos y luego le tiró las riendas de su caballo de manera muy poco cortés. Anne le dio las suyas con un gesto que era a la vez agradecimiento y disculpa, y siguió a su hermano al interior de la casa.
—¡Ya estáis aquí! —exclamó Ruby al verlos entrar—. Casi llegáis antes que nosotros. Acaban de subir nuestro equipaje. Andrew está con los niños revisando el cuarto de juegos. ¿Dónde está Craig?
—Se ha ofrecido a llevar los caballos a las cuadras —dijo Charles con un tono que Anne conocía bien—. Supongo que le habréis puesto una cama allí, que es donde se siente más cómodo.
Su hermana apretó los labios y Ruby fingió no percatarse de nada.
—Ya sabéis dónde están vuestras habitaciones —dijo la anfitriona—. Perdonad que no me quede a charlar, pero tengo mucho que organizar. Nos vemos a la hora de la cena, supongo que habéis comido por el camino, pero si tenéis hambre, pedidle algo a la señora Cunningham.
—Tranquila, no te preocupes por nosotros —dijo Anne despidiéndola con la mano antes de encararse con su hermano—. ¿Se puede saber qué pretendes?
—No pretendo nada. —Se encogió de hombros.
—Espero que no tengas intención de comportarte así toda la semana.
—Tranquila, no me verás el pelo —dijo caminando hacia la puerta.
—¡Charles!
Su hermano no se detuvo y cerró tras él dejando claro que no le interesaba escucharla.
—¿Qué le está pasando? —dijo para sí con las manos en jarras y luego se fijó en los bultos que Charles había dejado en el suelo.
—Señorita Wilmot —dijo Betty, una de las doncellas, mientras caminaba hacia ella—. Avisaré al señor Brindle para que haga que le suban el equipaje. ¿Necesita algo? ¿Quiere que le preparemos un baño?
Anne bajó la cabeza para olisquearse.
—Huelo a caballo, ¿verdad? —Sonrió—. Creo que me irá bien un baño, sí. Pero estáis todos muy atareados. Yo puedo subir el equipaje si hago un par de via…
No se había percatado de la entrada de Craig y el escocés ya recogía los bultos repartiéndolos entre ambas manos.
—Te sigo —dijo escueto.
—El señor McEntrie ocupará la habitación del señorito George. —La doncella señaló las escaleras.
—Oh, muy bien. Ya puedes volver a tu… trabajo.
En cuanto la doncella se marchó, se volvió hacia Craig.
—Déjame llevar algo.
—No es necesario.
—Pero quiero hacerlo.
—No siempre podemos tener lo que queremos.
—Craig…
—Si lo que quieres es que no cargue con el peso, quizá no deberías darme conversación mientras cargo con él.
Anne resopló impaciente, pero caminó delante de él.
—Siento lo de mi hermano —dijo subiendo las escaleras—. Está insoportable.
—No me había dado cuenta.
Ella no pudo evitar contagiarse de su sonrisa.
—Estás muy contenta de estar aquí —dijo él.
—Sí. Ya te dije que es mi lugar favorito.
Avanzaron por el pasillo que llevaba a los dormitorios y Anne se detuvo delante de una puerta.
—¿Es esta? —preguntó Craig señalando.
—Esta es la de Charles —dijo ella haciéndose a un lado para dejarlo pasar.
Craig soltó el equipaje de su hermano y volvió a distribuir el resto entre sus dos manos. Le hizo un gesto con la cabeza para que lo guiase y ella continuó avanzando por el pasillo.
—Este es el dormitorio en el que instalan a George siempre que viene. Aunque lo cierto es que hace años que no visita Aveldon.
Craig dejó sus cosas sin prestarle atención a la estancia.
—¿No te gusta? —preguntó ella—. Puedo cambiártela por la mía si quieres. Está al final del pasillo y…
—Está bien así —dijo saliendo del cuarto con las cosas de Anne.
Ella lo siguió.
—¿Esta? —preguntó Craig antes de entrar.
Anne asintió. Enseguida una sonrisa le iluminó el rostro al ver las cortinas meciéndose por la brisa, el papel con florecitas de la pared y la colcha bordada.
La respiración de Craig se le acompasó. Anne tenía las mejillas sonrosadas, los labios entreabiertos y una chispa de sincera alegría brillando en sus ojos. Se quedó sin aliento.
—No sé por qué me gusta tanto este cuarto —dijo ella caminando hacia la ventana para contemplar el paisaje.
Anne respiró hondo y luego lo dejó salir en un largo y silencioso soplido antes de girarse hacia él. Torció el gesto al ver que seguía con las bolsas en la mano.
—Puedes dejarlas sobre la cama —dijo, como si él necesitara instrucciones.
El escocés se fijó en lo que sostenían sus manos y luego hizo lo que le decía.
—Se está convirtiendo en una costumbre. —Anne se acercó para abrir la bolsa de viaje.
—¿El qué?
—Subir el equipaje a mi cuarto. También lo hiciste cuando regresamos de Londres.
—Ah. —Se metió las manos en los bolsillos del pantalón como si no supiese qué hacer con ellas.
—¿Te gusta? —preguntó ella.
—Prefiero otras tareas, pero no me importa.
—Me refería a Aveldon.
—Acabo de llegar —dijo nervioso.
—Pero ¿hasta ahora?
—Creo que sí.
—Yo viviría aquí, si pudiera —dijo mientras desplegaba los vestidos sobre la cama—. No me malinterpretes, amo Kenford y adoro Haddon Castle, pero es que aquí se respira un aire… distinto, ¿no crees?
Sí lo creía. No había más que verla para darse cuenta de que aquel aire le hacía algo. Y temió que fuese contagioso.
—Ten paciencia con Charles. Es evidente que está pasando por un mal momento… —Dejó lo que estaba haciendo y se acercó a él—. Sé que no vas a decirme quién es esa mujer, pero ¿puedes decirme al menos si está casada? ¿O a punto de casarse?
—No es Imogen, ya te lo dije.
—No me lo dijiste.
Él se puso tenso al repasar aquella conversación que los llevó hasta… No iba a pensar en aquello. Nada de bocas tocándose. Se dio la vuelta para salir de aquella trampa.
—¿No puedes tranquilizarme un poco? ¿Tan terrible es?
Craig se detuvo. La voz de Anne sonaba tan angustiada que se obligó a girarse y aguantar el chaparrón.
—No está casada. No es Imogen. Es lo único que voy a decirte, Anne.
—Mi hermano está sufriendo mucho, ¿verdad?
El escocés asintió despacio y Anne no disimuló su disgusto.
—¿No puedo hacer nada para ayudarlo?
—Sí. No te metas.
—¿En serio? —dijo enfadada.
—Sí, Anne, en serio. Que sigas presionando no hará más que empeorarlo todo. Deja que él resuelva sus asuntos.
—¿Por qué está tan enfadado contigo?
—Por algo que hice.
—¿Qué? —Dio un paso hacia él y Craig endureció su expresión—. ¿Qué pasa? ¿Ahora no voy a poder ni hablar contigo?
Él suspiró e hizo ademán de salir.
—Espera —pidió ella—. Perdóname, no te presionaré más. Pero deja de actuar como si me temieras. Prometo no hacer nada… indebido.
Craig giró la cara y ella se sorprendió al ver que sonreía.
—No prometas cosas que no puedes cumplir, Anne —respondió antes de marcharse.
Anne volvió a su equipaje y empezó a colocar las cosas en el armario mientras tarareaba una cancioncilla.
Su mente, ya relajada, fue repasando todo lo que sabía con respecto a su hermano.
Estaba enamorado de alguien a quien no podía tener.
Pero esa mujer no estaba casada, así que el impedimento debía venir por otra parte.
Craig estaba involucrado de algún modo. Hizo algo que Charles consideraba una traición…
—Pero ¿qué? —preguntó sosteniendo un vestido entre las manos y mordiéndose el labio concentrada.
Lo colgó en el enorme ropero. Solía pasar largas temporadas allí todos los veranos.
Solo había faltado el verano anterior, que pasó en Berksham con Victoria, y el año de la muerte de Claire.
Pensar en ella le produjo una gran tristeza.
Estaba feliz por Andrew y quería mucho a Ruby, pero Claire no se merecía morir tan joven. Cogió otro vestido.
—Señorita Anne, ¿por qué está haciendo mi trabajo? —dijo Susan entrando como un torbellino—. Si la ve la señora Morton, me regañará.
—¿Ha venido?
—Sí. Desde que la señora y el señor se casaron, viene cada año. —Bajó el tono después de quitarle el vestido de las manos—. Creo que ella y el señor Brindle tienen algo.
Anne abrió los ojos sorprendida.
—¿Y qué pasa con el señor Keating?
—Oh, yo diría que son buenos amigos, pero nada más.
—¿Estás segura? Siempre pensé que entre ellos…
La doncella puso cara de no dar crédito.
—¿En serio? Vaya con la señora Morton. Viuda y con dos pretendientes. —Susan se rio bajito y Anne vigiló la puerta de reojo.
—Si nos oye, nos lo hará pasar muy mal —dijo recordando lo severa que podía ser el ama de llaves.
—¿Y usted, señorita? ¿No tiene nada que contarme?
—No, Susan. Nada en absoluto.
—Pues qué pena, me encantan los chismes.
Siguieron guardando las prendas hasta que la doncella volvió a hablar.
—¿Y qué me dice de ese guapísimo caballero que ha venido con su hermano y con usted?
—Es Craig McEntrie, un buen amigo de la familia.
—Así que amigo, ¿eh? —Susan fingió indiferencia, pero Anne entornó los ojos.
—No te inventes cosas, que te conozco.
—¿Yo? ¡Dios me libre! La última vez que conté una de mis fantasías, la señora Cunningham me tuvo comiendo gachas una semana.
—Pues no lo olvides. —Anne intentó contener la sonrisa—. ¿Y tú, Susan? ¿No piensas casarte?
—No, señorita. Los mozos que me rondan no me gustan. Y los que me gustan ya están casados.
—¡Susan!
—¿Qué? Es la verdad. Los buenos caen rápido y solo quedan los moscones.
—¿Entonces no quieres casarte? —preguntó colocando los artículos de tocador.
—Claro que quiero, aunque para alguien como yo no es tan fácil como para una señorita como usted. Quedarse soltera es mucho peor. Yo tengo suerte de trabajar en esta casa, pero conozco a muchachas cuyos señores tienen las manos muy largas.
Al instante, la imagen de Charles apareció en la mente de Anne y desvió la mirada, un tanto avergonzada.
—Por no hablar de las que acaban como… —Enmudeció de golpe—. Mejor me callo.
Anne la observó ceñuda.
—¿Qué ibas a decir?
—Nada, señorita.
—Susan, creía que éramos amigas.
—Uy, no, señorita, amigas no somos. Si la oye hablar así la señora Morton, me correrá a palos. Yo soy una doncella y usted es mi señora.
—La señora Morton no tiene nada que decir aquí. Esto es entre tú y yo. Nos conocemos desde hace años, si no quieres decir que somos amigas, de acuerdo, pero lo somos.
Susan sonrió divertida.
—Y ahora dime de qué hablabas —sentenció Anne.
La joven doncella se acercó de nuevo para cuchichear.
—Pues hay algunas doncellas que han acabado siendo las queridas de su señor.
Anne se cubrió la boca horrorizada y Susan lo corroboró con una inclinación de cabeza.
—Les compran una casita en un lugar donde nadie las conozca y van a visitarlas de vez en cuando. Todo el mundo sabe quiénes son y a qué se dedican, pero nadie dice nada por temor a las represalias. Suelen ser hombres con posibles, ¿sabe?
—¿Hombres casados?
La doncella bajó aún más la voz para confirmarlo y Anne se sentó en la cama como si de repente le pesara el cuerpo.
—Viven muy bien, no se crea. Pasan de ser criadas a tener que ocuparse de su casa. Y de él cuando las visita, claro, pero usted ya me entiende.
—Pues no, Susan, lo cierto es que no entiendo nada. Esas jóvenes no solo no tienen decencia, tampoco tienen la menor compasión. Es cruel hacerle eso a otra mujer.
—¿Compasión por quién? ¿Por la esposa o por la muchacha que no tiene a nadie?
—Ella sabe que hay una esposa esperándolo en casa.
—Pero el esposo es él. Ellas solo tratan de vivir mejor.
—¿Lo estás justificando, Susan?
—Es mejor no hablar de esto —dijo terminando de guardar la ropa interior.
—De eso nada. —Anne se acercó a ella y la agarró del brazo—. Quiero que me digas lo que piensas.
La doncella lo pensó un momento, valorando sus posibilidades.
—Está bien, ya que insiste, le diré lo que opino, pero no se enfade.
—Sabes que nunca me enfado por escuchar la verdad.
—Bien. Es muy fácil hablar desde nuestra posición, señorita.
Usted lo tiene todo. Yo tengo familia, y mis hermanos me molerían a golpes si se me ocurriese perder mi honra de esa manera, pero hay muchachas que no tienen a nadie.
Nadie que mire por ellas, quiero decir. Y cuando un hombre se acerca con buenas palabras, con regalos, con promesas…
La doncella movió la cabeza con pesar.
—Luego pierden su honra y se encuentran entre la espada y la pared. Si rechazan a quien se la robó, puede hacerles la vida muy difícil. Así que muchas aceptan lo que les ofrecen y sacan partido. ¿Quién soy yo para juzgarlas?
Anne dejó que las palabras entrasen en su mente. Se dio cuenta de que no sabía nada de la vida. En su mundo las cosas estaban muy claras, pero en cuanto salía de él…
—¿Y viven así toda la vida? —musitó.
—Ay, no, señorita. Esos hombres acaban cansándose de ellas y cambiándolas por otra más joven.
—¿Y qué hacen ellas?
—Pues, si han sido listas habrán guardado todo el dinero que hayan podido y tendrán suficiente para comprar una casita y vivir con lo justo.
Pero muchas son tontas y avariciosas y cuando las abandonan no tienen nada.
Ya no pueden volver a trabajar en una casa decente, así que imagínese el futuro que les espera.
A Anne se le retorcieron las tripas.
—Hay muchas vidas diferentes, señorita, y todas están en este mundo. —Cerró el cajón de la cómoda y se puso las manos en la cintura—. ¿Le apetece un té? La señora Cunningham ha preparado pastelitos de huevo, los preferidos de la niña Rebecca.
—Bajaré enseguida —dijo Anne.
—No piense en estas cosas, señorita. No tienen nada que ver con usted.
La muchacha se fue y Anne se acercó de nuevo a la ventana.
«Hay muchas vidas diferentes, señorita, y todas están en este mundo».
Susan tenía razón. Ella era una tonta estúpida que no tenía derecho a quejarse por nada.