Capítulo 28
Ruby la estudiaba con fijeza, pero no había severidad en su expresión y quizá por eso mismo Anne se sentía tan mortificada.
—Estábamos discutiendo.
—¿Y para discutir tenías que cerrar la puerta? ¿Para discutir necesitabas que él te sujetara los brazos? No intentes engañarme, Anne, soy una mujer casada y conozco bien esa mirada. No voy a juzgarte, pero una puerta cerrada puede arruinarte la reputación, aunque no haya ocurrido nada reprobable.
—¿Qué mirada?
—La que tenía Craig cuando he entrado. La que tenías tú.
—No tenía ninguna mira…
—¿Qué está pasando entre vosotros? —la cortó—. Si no me lo dices, hablaré con Andrew. De ningún modo podéis venir los dos la misma semana a Aveldon.
—No puedes retirarle la invitación —dijo asustada—, eso no sería justo.
—Entonces no vengas tú.
Ruby aguantó un segundo más, pero la expresión de Anne terminó por vencerla. La cogió de las manos.
—Anne, por favor, explícamelo para que pueda ayudarte.
—No hay nada que explicar. Ya lo sabes.
Su prima política la estudió unos segundos antes de hablar.
—Estás enamorada de él.
Anne asintió.
—Y él está enamorado de ti.
Anne negó con firmeza, por lo que Ruby se mostró confusa.
—Sé lo que he visto.
—Has visto a un hombre que se siente atraído por una mujer, pero eso no significa que me ame. De hecho, me ha dejado muy claro que ni siquiera le gusto.
Ruby no era ninguna ingenua, sabía que los hombres podían sentir atracción por mujeres a las que no amaban, pero lo que había visto en los ojos de Craig…
—Sea como sea, ni siquiera se plantea tomarme en consideración. Está obsesionado con mi edad y con que soy inmadura y no le gusta la facilidad que tengo para meterme en líos. Y, además, no soy escocesa.
—No digas tonterías —se rio Ruby.
—¿A qué tontería te refieres concretamente? ¿A mi edad o a que me meta en líos?
—Tú no eres inmadura. Eres joven, que es distinto.
Para tener diecinueve años eres bastante razonable.
Lo de meterte en líos te viene de familia.
No hay una sola Wharton que no se metiera en líos más de una vez.
Y tu madre ya era mayorcita cuando publicó una novela que puso a medio Londres patas arriba.
—Eso no me ayuda —dijo Anne arrugando la frente—. Significa que aún me quedan años para mis mejores obras.
Ruby se rio de nuevo y le dio unas palmaditas en la mano.
—Dime una cosa, ¿quieres pasar esa semana con Craig en Aveldon o prefieres que le diga a Andrew que…?
—No le digas nada —se apresuró a decir—. No sería justo.
Ruby se ablandó.
—De acuerdo. Yo por mi parte no diré nada de lo que ha pasado aquí hoy, pero tienes que prometerme que cuando estemos en Aveldon confiarás plenamente en mí.
—Siempre confío en ti, Ruby.
Su prima sonrió con cariño.
—Sabes a lo que me refiero.
—No haré nada indebido, te lo prometo. Seré la Anne de siempre y dejaré a Craig en paz.
Ruby no pareció convencida, pero tampoco la contradijo.
—Julie y Lucille se pondrán muy contentas de verte —dijo pasándole el brazo por los hombros—. ¿Piensas ir a caballo o vendrás en el carruaje con nosotros?
Salieron del salón para regresar con el resto de la familia.
Anne observaba a su padre, esperando una respuesta a su pregunta sobre si le parecía bien que fuese a caballo hasta Aveldon y si le permitía montar a horcajadas.
—¿No estarías más cómoda en el carruaje de tus primos?
—Sabes lo que me gusta el paisaje hasta allí y hace tiempo que no hago un viaje largo. Me apetece mucho.
—¿Seis horas te parecen un viaje largo? —preguntó Charles, que había aparecido justo antes de la cena sin dar explicaciones.
Anne estaba muy seria y no le respondió.
—Si Craig te acompaña, me parece bien —dijo Edward y se percató de que el escocés detenía el tenedor en el aire—. Tú también vas, ¿no?
—Pensaba esperar un par de días…
—¿Para qué vas a esperar? Si acompañas a Anne no tendrá que llevarse a Lily. ¿Podrías apañártelas solo con Becca? —preguntó a su esposa.
—He intentado encontrar a alguien desde que Poppy se fue, pero ahora mismo no hay nadie disponible —explicó Emma—. Solo una doncella para una casa tan grande no es suficiente.
—¿Y si me llevo a un mozo para que se ocupe del equipaje? Dylan es…
—¿Tú sola con un mozo de cuadras? —Su madre negó con la cabeza.
¿Yo sola con Craig McEntrie?
—Lo mejor es el carruaje, hija —añadió su madre ajena a sus pensamientos.
—Está bien —dijo apesadumbrada.
Edward, ceñudo, intentaba entender qué era lo que pasaba entre ella y Craig. El escocés sintió la misma incomodidad que cuando su tío Dougal lo miraba como si pudiera atravesarle los huesos del cráneo.
—Yo la acompañaré —dijo al fin.
Edward enarcó una ceja.
—Claro que sí —dijo Charles cogiendo la copa de vino—. Solo te falta la armadura para ser un completo caballero.
—Hijo… —lo regañó su madre.
—¿Necesitas otro baño, Charles? —intervino Anne con severidad.
Su hermano apretó los labios. Durante unos segundos, el silencio se impuso en el comedor y solo se escucharon los sonidos de los cubiertos al chocar con los platos.
—George estaba muy feliz, ¿verdad? —dijo Anne tratando de relajar el ambiente.
—El regalo de Eva ha sido precioso —comentó Emma—. Lo quiere muchísimo.
—Sí, ha tenido mucha suerte con esa muchacha —dijo Edward cogiendo su copa—. Es adorable y viene de buena familia.
Charles soltó el tenedor con brusquedad para coger la copa otra vez. Bebió hasta apurar el contenido y cogió la jarra para servirse antes de que Moseley pudiera hacerlo.
—Puedo servirme solo —dijo entre dientes.
—¿Se puede saber qué te pasa, Charles? —preguntó Edward.
—¿A mí? ¿Qué quieres que me pase? Nada. A mí nunca me pasa nada, papá.
—Si tienes algún problema, cuéntanoslo y lo solucionaremos entre todos.
—No, gracias. —Volvió a beber.
—Charles, para —musitó Anne con preocupación.
Su hermano sonreía, pero tenía la mirada más triste que ella hubiese visto nunca.
—No te preocupes, hermanita. Todo está bien.
—Deja de decir eso. —La voz de Emma sonó como un trueno en el comedor—. Charles.
Su hijo se resistió todo lo que pudo, pero el silencio que inundó el comedor le dejó claro que no tenía escapatoria. Cuando posó los ojos en su madre, sus labios temblaron. Emma comprendió que estaba al borde de las lágrimas y se puso de pie apartando la silla.
—Ven conmigo —dijo, y sin esperar respuesta salió del comedor.
Charles se puso de pie despacio, dejó la servilleta en la mesa y fue tras ella.
Emma esperó a que su hijo entrase en el salón y cerró la puerta tras él antes de dirigirse a su butaca preferida.
—Siéntate —ordenó señalando la gemela en la que se sentaba Edward frente a ella.
Charles obedeció y se recostó en el respaldo con el ánimo de un niño al que su madre va a regañar sin remedio.
—Cuéntamelo —dijo Emma juntando las manos en su regazo.
—No puedo.
—Claro que puedes. Soy tu madre, por si lo has olvidado.
Te llevé en mi vientre durante nueve meses, te arrancaron de mi cuerpo y sangré mucho para traerte a este mundo.
He cuidado de ti, igual que de tus hermanos, y no voy a tolerar que insinúes siquiera que no eres tan importante para mí como lo son ellos.
—No he dicho eso —musitó.
—No lo has dicho, pero te comportas como si lo creyeras.
Charles apoyó el codo en el reposabrazos y sostuvo la barbilla en el puño.
—¿Qué te pasa, hijo?
Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, pero no hizo nada por detenerlas. Su madre era la única persona en el mundo que lo había visto llorar. Su madre y Poppy.
—¿Quién es ella? Dilo de una vez. Sea quien sea puedes…
—Poppy.
La sangre abandonó el rostro de su madre y Charles comprobó cómo todas sus certezas se materializaban en una expresión incrédula y desolada.
—¿Poppy?
—Sí, mamá, Poppy. Nuestra doncella.
—Pero… ¿Cómo…? ¿Tú…? Solo ha estado aquí tres meses, Charles.
—Me enamoré de ella hace mucho, mamá. Vino a trabajar aquí para estar cerca de mí.
Emma tardó un momento en recomponerse. Enderezó la espalda.
—Cuéntamelo todo. Ahora. Y no te guardes nada o te juro que la traeré aquí a rastras para que me lo cuente ella misma.
Charles hundió los dedos en su pelo, inclinado sobre las rodillas.
Le costaba respirar y no estaba seguro de poder pensar con claridad.
Las lágrimas seguían cayendo y sentía los ojos de su madre clavados en él.
La estaba decepcionando. Era la persona en el mundo a la que más quería complacer y la estaba decepcionando.
—La conocí por casualidad. Se estaba metiendo en un lago vestida.
Llevaba un enorme abrigo masculino y era evidente que había llenado los bolsillos con algo pesado.
Me acerqué a ella y le pedí que esperara, que no lo hiciera aún.
Que para eso siempre hay tiempo y que después de hablar me iría y la dejaría hacer lo que quisiera.
Emma no perdía detalle y sus manos se enlazaron buscando consuelo.
—Conseguí que se sentara conmigo en el suelo y nos contamos nuestra vida.
No sé por qué lo hice, mamá. A veces pienso que algo me llevó hasta allí, hasta ese preciso momento.
Otras me digo que fue casualidad y que no estamos hechos el uno para el otro.
Pero cuando estoy con ella… —Escondió la cara entre las manos para ahogar los sollozos.
—La amas.
—Con toda mi alma —dijo y a continuación gruñó con rabia—. ¿Por qué me siento como un niño cuando hablo contigo?
—Porque eres mi niño, tesoro, y siempre lo serás.
—Sé que es imposible, mamá. Sé que no puedo tenerla.
Emma suspiró y mantuvo el silencio durante un buen rato.
—Lo es —dijo después de pensarlo mucho—.
Ella es una criada y tú eres hijo del conde de Kenford.
Si te casaras con ella tendrías que renunciar a todo.
Tendrías que marcharte de aquí y nosotros no podríamos recibiros ni visitaros sin arrastrar a toda la familia al escándalo. La reputación de tu hermana…
—Lo sé, mamá, lo sé.
—¿Por eso se marchó tan inesperadamente? ¿Le dijiste que no podía ser?
Charles gruñó de nuevo antes de hablar.
—Le dije que cuidaría de ella, que no me casaría nunca, que la visitaría…
—Le ofreciste que fuera tu amante.
Charles asintió.
—Ya se lo había ofrecido y su reacción aquella primera vez fue terrible.
Tuvimos una discusión espantosa y dije cosas que no sentía.
Ella juró que no volvería conmigo y luego hizo algo…
imperdonable. Algo con lo que estaba segura de que yo la despreciaría para siempre.
La muy estúpida no sabía lo mucho que yo la amaba y que no podía vivir sin ella.
Volvimos a estar juntos, por supuesto, y fuimos realmente felices, mamá. Nunca había sido tan feliz.
—Hizo algo imperdonable… y aun así la perdonaste.
—No lo supe entonces, no me lo dijo hasta… hace poco. Cuando le propuse venir a trabajar… aquí.
—¿Con qué finalidad, hijo? Si los dos sabíais que no podíais estar juntos, ¿cuál era la finalidad de una decisión tan peligrosa?
—No lo pensé, mamá. Solo sabía que necesitaba tenerla cerca.
Emma dejó escapar el aire, rendida a lo que ya sabía.
—Y le ofreciste ser tu amante otra vez.
—Sí. Y eso desató una tormenta. Me dijo lo que había hecho un año atrás. Eso que te he dicho que era imperdonable. No me preguntes qué fue.
—No quiero saberlo.
Charles asintió. Conocía a su madre lo suficiente como para saber que no lo obligaría.
—Me volví loco, mamá, completamente loco.
—¿Le hiciste daño? —Emma se había puesto rígida—. ¿La golpeaste, Charles?
—¡No! —exclamó—. Deseé hacerlo, pero me habéis educado bien.
Nunca he empleado la fuerza contra alguien más débil que yo, aunque te juro que en ese dormitorio ella era mil veces más fuerte que yo.
Me destrozó, mamá, me hizo pedazos porque todo lo que me dijo era cierto.
Que soy un cobarde, que digo que la amo, pero os antepongo a todos a ella.
Que nadie me conoce, que vivo dentro de un personaje que he creado para vosotros.
—Esa muchacha es demasiado inteligente para ser una doncella.
Charles se sintió confuso.
—¿Crees que no lo sé? —sonrió Emma—. Eres mi hijo, claro que sabía que no te mostrabas como realmente eres.
Pero lo achaqué a que eras el tercero y tus hermanos mayores tenían responsabilidades que creías que eran más importantes que las tuyas.
Pensé que necesitabas madurar para darte cuenta de que lo importante no es el cargo, sino la persona que lo ostenta.
Da igual si eres conde, escritor o te gustan las estrellas como a tu hermano, lo importante es la persona en la que te has convertido.
—Yo no soy nadie, mamá. No hago nada. Vivo del dinero de mis padres. Deambulo por el mundo, me divierto sin una meta. No tengo que hacer nada para vivir bien. Tengo todo lo que pueda desear.
—Eso no es cierto. Te encanta viajar y tus cuadernos de viaje son una auténtica maravilla. Si tú quisieras, estoy segura de que Augustus Reynard los publicaría.
—Qué gran labor para la sociedad —masculló él autocompadeciéndose.
—¿Y qué vas a hacer? Sobre Poppy, ¿cuál es el plan?
—No tengo un plan. Solo tengo una rabia que me come por dentro.
—Emborracharte todo el tiempo no solucionará nada.
—Lo sé, pero es el único modo en que puedo soportarlo.
Su madre respiró hondo y se dio un golpe en la falda.
—Ve a preparar tu equipaje. Mañana te vas a Aveldon con tu hermana.