Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 27
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Capítulo 27

—Aquí estáis —dijo Benjamin entrando en el salón donde se habían escabullido los dos McEntrie.

—Hay brandy —dijo Craig señalando el mueble con las botellas—. Por desgracia no tienen whisky.

—No quiero beber más —negó Benjamin sentándose en una butaca—. Lo que quiero es irme, pero le estropearía la fiesta a mi madre.

Adam bebió un largo trago.

—¿Qué ha pasado con Hannah? —preguntó Benjamin elevando una ceja—. La has hecho llorar.

El médico fijó la atención en su vaso y Craig masculló algo ininteligible.

—Te advierto que es muy rencorosa. Una vez, cuando éramos niños, se me ocurrió burlarme de ella y se pasó horas subida en un árbol, con una piedra en la mano, solo para dejarla caer sobre mi cabeza. —El inglés se la frotó como si aún le doliese.

Adam no disimuló su curiosidad.

—¿Desde muy alto? —preguntó sin entonación.

—Lo bastante como para dejarme inconsciente. Ándate con ojo.

Craig contuvo la risa y Adam le siguió el juego.

—Háblale de Constance —dijo Adam.

—Nunca hablo mal de mi hermana —respondió el otro.

—Pues de Nuna.

—Nunca hablo mal de las hermanas de mis primos.

—Podrías haber dicho que no hablas mal de tus primas.

—Podría —afirmó Craig y se llevó el vaso a los labios.

—¿Qué le pasa a Charles? —preguntó Benjamin.

Craig se frotó la nuca al sentir la atención de los dos hombres sobre él.

—Se ha largado en cuanto ha acabado la ceremonia —siguió Adam—. Y no parecía mantener muy bien el equilibrio.

—Aquí estás. —Anne entró en el salón y se fue directa hacia Adam—. ¿A ti qué te pasa?

—Hola, Anne.

—¿Por qué le has hablado así? ¿Qué tienes contra mi prima?

—No tengo nada contra ella, ha sido una conversación…

—¿Una conversación? Realmente eres horrible, Adam. Cuando estuvimos en el hospital quise excusarte, pero no tienes la menor compasión por nadie.

Adam se puso de pie sin acritud.

—No pretendía ofenderla, pero es difícil hablar con Hannah sin…

—¿Ahora es culpa suya? ¿No podías felicitarla sin más?

—No, no podía.

Anne se cruzó de brazos, ignorando por completo a los otros dos.

—¿Qué es lo que te molesta? ¿Que sea lista? ¿Temes que acabe sabiendo de medicina más que tú?

—Ese comentario es muy infantil.

—Claro, porque una mujer no puede saber de medicina más que un hombre.

—Hannah es enfermera, no médico. Con las diaconisas va a instruirse para ser mejor enfermera, no médico. No existe un futuro en el que Hannah Woodhouse acabe siendo médico y cuanto antes lo asuma, menos sufrirá.

Anne apretaba los puños furiosa.

—Es injusto —masculló con rabia—. Es tan injusto que quiero gritar.

—Sí, lo es —dijo él con la misma calma con la que había hablado—.

Y es injusto que un niño de tres años muera porque su médico no calculó bien la cantidad de medicación que debía darle.

Es injusto que las personas enfermen y mueran.

La vida es injusta, Anne. Hannah no puede ser médico, ¿y qué?

¿Acaso solo hay un modo de cumplir tus deseos?

¿No es más importante ser útil que el modo en que eres útil?

Anne respiraba agitada y, aunque su cuerpo seguía tenso, sus ojos ya no lanzaban llamaradas.

—¿Y tú no podrías ser un poco más amable?

—No. No está en mi naturaleza ser amable, lo siento.

Anne suspiró dándose por vencida y Adam salió del salón sin despedirse.

—Será mejor que regrese o mi madre pensará que me he ido —dijo Benjamin—. ¿Venís?

Ninguno de los dos dijo nada y Benjamin salió dejando la puerta abierta.

—Adam tiene razón y lo sabes —dijo Craig.

—Los McEntrie siempre haciendo piña.

—No es eso, Anne. Tiene razón. Eso de ahí —señaló el lugar en el que habían discutido— no ha sido solo por Hannah. También era por ti. Por lo que no te dejan ser. No puedes seguir peleando contra todo como si cada límite fuera una jaula puesta solo para ti.

—Es muy fácil decirlo. —Caminó hasta el sofá y se sentó resignada.

—¿Dónde está Hannah?

—Se ha marchado. Todos se están yendo ya. Y Charles… —Se dejó caer contra el respaldo, agotada—. Quería que la boda fuese perfecta.

—Ha sido perfecta. ¿Te has fijado en George? No he visto a un hombre más feliz en mi vida.

Anne sonrió aliviada.

—Sí, ¿verdad?

Craig fue hasta el mueble de bebidas y vertió un dedo de brandy en un vaso. Luego se lo ofreció a ella.

—Bebe despacio —dijo.

Anne dio un pequeño sorbo.

—Me gusta.

Craig se sentó en una butaca cercana.

—¿De qué hablaba Charles? —preguntó Anne.

—¿A qué te refieres?

—Cuando me ha dicho que no puede tener a la mujer que ama. ¿De quién hablaba?

—No tengo ni idea.

—No me mientas, Craig. Sé que lo sabes. He escuchado todas las tonterías que ha dicho antes en casa. Tú lo sabes y vas a decírmelo.

—No —negó rotundo, ya sin disimulo—. No voy a decírtelo.

—¿Está casada? ¿Es… Imogen?

Craig bebió tomándose su tiempo.

—No puede ser Imogen, se casó con Julian la semana pasada —siguió Anne—. Charles no puede amarla.

—¿Qué te dijo cuando fuiste a verla? —Ahora fue él el que preguntó.

—Nada.

—Así que tú tampoco vas a hablar.

—Imogen me amenazó —dijo para contradecirlo.

—¿Con qué?

—Con Mike. Con mentir sobre mi padre.

—¿Mentir cómo?

—Diciendo que lo sabía. Que se benefició de sus artimañas.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Por lo mismo que tú no me dices las cosas.

Esperó a que él respondiese algo, pero el escocés se mantuvo expectante.

—Dime quién es la mujer de la que está enamorado mi hermano. No pararé hasta saberlo y es probable que pregunte a quien no deba.

—Anne…

Se puso de pie y Craig la imitó.

—Dímelo, Craig. Deja de darle vueltas tratando de distraerme. Dime qué es lo que le pasa a Charles.

—No puedo. —Parecía realmente mortificado—. Sería traicionar a tu hermano. Solo él puede decírtelo. Y, sinceramente, creo que sería mejor para ti no saberlo.

—Deja de hacer eso —lo cortó dolida—. Deja de tratarme como a una niña.

—Anne…

—No soy ninguna niña. Tengo edad de casarme.

—Lo sé.

—Podría ser tu esposa.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué te comportas así conmigo? ¿Por qué te empeñas en tratarme como si no fuera suficiente?

—Eso no es lo que hago.

—Sí, es exactamente lo que haces.

—No, Anne. —Dio un paso hacia ella—. Intento protegerte.

—¿Protegerme de qué? Soy una mujer adulta y sé lo que quiero.

—No lo sabes.

—Otra vez vuelves a hacerlo. Decides por mí, Craig, y ya te quité esa potestad.

—Anne, apenas has vivido. No sabes…

—¿Ese es el problema? ¿Mi inexperiencia? —Ahora fue ella la que dio un paso hacia él—. ¿Si tuviera experiencia te gustaría más?

—Anne, por favor… —Apretó la mandíbula.

—¿Por favor qué? ¿Por favor, quítate de mi vista? ¿Por favor, ten experiencia? ¿Por favor qué, Craig?

—Por favor, cállate —dijo con demasiada dureza.

Anne apretó los labios para contenerse e hizo ademán de marcharse.

—Lo siento —dijo él sujetándola del brazo—. Lo siento, Anne, no quería hablarte así.

Ella lo encaró resuelta.

—He visto cómo me miras, Craig. No estoy ciega, no soy tonta y tampoco soy una niña.

—No… Anne.

—Bésame.

—¿Qué?

—Bésame —exigió—. Bésame y si después no quieres que vuelva a acercarme a ti, no lo haré.

—Te has vuelto loca.

—No, no me he vuelto loca. Nunca me han besado de verdad, quiero que tú seas el primero.

Craig bajó la mirada a su boca, y aquella súplica amenazó con quebrarle la poca cordura que le quedaba.

—Bésame, Craig. Solo una vez. Por favor.

Él giró la cabeza. Los músculos de sus brazos se tensaron bajo la levita, como si resistirse le doliera físicamente.

—Está bien —dijo Anne con la voz rota de vergüenza—. Se lo pediré a otro.

Craig llegó antes que ella hasta la puerta y la cerró de un puntapié. Luego se giró hacia ella visiblemente furioso.

—Deja de hacer esto.

—¿El qué?

—Provocarme para que haga algo indebido.

—¿Eso hago? Pensaba que te estaba quitando la máscara tras la que te escondes.

—Soy un hombre y tú eres hermosa, que te desee no significa nada. Te recuerdo que besé a Poppy. Y mucho más que eso.

Anne sintió que la desgarraba por dentro y no pudo escondérselo como habría deseado.

—Eres un desgraciado.

—Sí, lo soy. Y tengo diez años más que tú. ¿Qué crees que pasará si te beso? ¿Que de repente dejaré de ser el hombre que soy? ¿Que dejaré de pensar como pienso? Eres la hija de Edward, no voy a cruzar esa línea jamás.

—¿Entonces ser la hija de mi padre no me permite ser amada?

—No he dicho eso.

—No, no lo has dicho, pero lo demuestras con cada gesto.

—Si creyera que te amo…

—¿Qué? Si creyeras que me amas, ¿qué harías, Craig? Yo te lo diré, ¡te arrancarías el corazón de cuajo!

—No seas dramática.

—Déjame salir.

—No hasta que solucionemos esto de una maldita vez. Estoy harto de tus jueguecitos, de tener que estar siempre protegiéndome porque no sé por dónde vas a salir. ¿No puedes comportarte como se esperaría de una jovencita de tu edad? ¿Quieres avergonzar a tus padres y ponerme en evidencia?

—Bésame y lo solucionaremos. Bésame y luego dime que no sientes nada por mí. Yo lo aceptaré y te dejaré en paz. Seremos amigos. Seré la hija de tu…

Craig no lo pensó, tan solo la agarró por la nuca y aplastó su boca contra la de ella.

Quería callarla, que dejase de buscarlo, de provocarlo, de tentarlo.

Pero en cuanto sus labios se tocaron lo supo y se maldijo con tanta furia como la que usó para atraerla contra su cuerpo.

Debería haberse apartado al instante, pero su lengua se deslizó ávida entre los suaves labios y un estallido de emoción le reventó en el pecho cuando entró en contacto con la de ella.

Anne gimió aferrándose a su cuello y él chocó contra la puerta llevándola consigo.

Fue como si llevara mucho tiempo sin beber y de repente se encontrase con un manantial fresco en el que sumergirse.

Aspiró su aliento con avaricia y profundizó el beso hasta perder la noción del tiempo y el espacio.

Hasta que alguien empujó la puerta.

Con enorme esfuerzo, Craig se apartó para que pudieran abrir. Anne parecía exhausta y perpleja cuando la alejó de sí suavemente.

—¿Qué…? —Ruby, plantada en el umbral, era pura reprobación. Señaló la puerta por donde había entrado—. Márchate, Craig. Ahora.

El escocés inclinó la cabeza e hizo lo que le ordenaba.

—Y ahora, tú me explicarás qué estaba pasando aquí.

Anne se llevó la mano a la boca y respiró hondo.