Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 26
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Capítulo 26

Anne observaba a su hermano y a su esposa dentro del invernadero construido especialmente para él.

George estaba emocionado como un niño y se movía de un lado a otro tocando y analizando cada detalle.

Fuera, los invitados charlaban amigablemente mientras disfrutaban de los refrigerios colocados en los largos aparadores que habían sacado al jardín.

Algunos preferían comer sentados y ocupaban las mesas dispuestas para tal fin, pero la mayoría iba de aquí para allá charlando con los invitados más afines, platito en mano.

—Hola, Anne.

Ella dio un ligero e involuntario respingo al escuchar la voz de Frederick a su lado.

—Hola, Frederick —respondió con timidez.

—Estás muy guapa.

—Gracias. Tú también estás muy elegante.

Los dos contemplaron a George que acariciaba sus telescopios con veneración, mientras su flamante esposa se reía por verlo tan contento. Anne tenía la espalda tensa y no encontraba nada que decir.

—Habéis llegado tarde —dijo Hannah junto a Anne antes de llevarse a la boca un pedazo de pan untado con carne especiada de ave.

Frederick bebió un trago de su copa.

—Charles estaba borracho y hemos tenido que despejarlo —respondió Anne.

—¿Hemos? ¿Te refieres a Craig McEntrie? —dijo con picardía—. Está guapísimo, por cierto.

—¿Ah, sí?

Hannah soltó una carcajada que atrajo la atención de Benjamin.

—¿De qué os reís?

—Ay, primo —dijo Hannah poniéndole una mano en el hombro—, no preguntes.

—Estás muy guapo —dijo Anne tratando de cambiar de tema.

—Si me disculpáis —dijo Frederick antes de marcharse—. Me he alegrado de verte, Anne.

Ella sonrió y lo despidió con un leve gesto.

—Vosotras estáis preciosas —comentó Benjamin consciente de la tensión.

—Me preguntaba por qué eras mi primo preferido —dijo Hannah.

—Te he oído decirle lo mismo a Robert muchas veces.

—Tengo varios primos preferidos.

—Entonces deberías decir que es uno de tus primos preferidos —se burló Anne.

—Benjamin, ¿podemos hablar? —dijo Andrew llamando su atención.

—Disculpadme, primas.

Los dos hermanos se apartaron aunque no lo bastante como para que ellas no pudieran oír la conversación.

—¿Te has vuelto loco? —dijo Andrew con la voz baja y tensa.

—Cameron es un bocazas —masculló Benjamin, consciente de que era su compañero de partido el que se lo había contado.

—No vas a presentar esa propuesta sobre los aranceles del grano.

—¿Por qué no? La gente está hambrienta, Andrew.

—Sabes que Irlanda es ahora mismo un polvorín. Si agitas a las masas…

—No voy a agitar nada, solo pretendo que se les escuche.

—¿No puedes hacer lo que tu partido te dice? ¿Para qué entraste al Parlamento si no lo respetas?

—¿Y quién dice que no lo respeto? Que no me quede de brazos cruzados mientras el pueblo sufre no significa que no lo respete.

—El secretario del Interior ya te tiene entre ceja y ceja, no le des más munición, Ben.

—No voy a quedarme callado para que no se enfaden conmigo. Si el partido no me quiere, que me expulsen. No me metí en política porque estuviese aburrido, siempre he querido cambiar las cosas.

—Espero que eso no lo digas por mí —dijo Andrew.

—Por supuesto que no. Sé que a tu manera te preocupas por el bienestar de la gente.

—¿A mi manera?

Benjamin enarcó una ceja.

—En el lugar equivocado y de forma errónea —se burló—. Deberías estar con los Whigs.

—Con un Greenwood en sus filas es suficiente.

—Por no mencionar que sería raro que el futuro duque de Greenwood estuviese del lado de los más desfavorecidos.

—Eso es una simplificación burda y lo sabes.

—Pero es divertido.

—No, no lo es. Por favor, Benjamin, no destruyas tu carrera.

Sin decir nada más, Andrew se alejó y Benjamin regresó con sus primas.

—¿Qué decíamos? Ah, sí, me había convertido en uno de tus primos del montón —dijo mirando a Hannah con una gran sonrisa.

—Al menos no estás en su lista de personas indeseables —dijo Anne.

—¿Tienes una lista?

Hannah se chupó un dedo con una risita maléfica.

—Pero solo hay un nombre —aclaró.

—Adam McEntrie —dijo Anne riéndose también.

—¿Adam? Lo he visto hace un rato charlando con la abuela.

—Sí, es la única que lo soporta —dijo Hannah cogiendo un pedazo de rosbif.

—A mí me cae bien —dijo Benjamin buscándolo, hasta que lo localizó en un rincón apartado, apoyado en el tronco de un árbol—. Un poco solitario, eso sí.

Hannah siguió su mirada y Anne puso los ojos en blanco cuando su prima le pidió que le sujetara el plato.

—Hannah, por favor. Es la boda de George.

—Solo voy a saludarlo. Pobrecito, está tan solo…

Anne movió la cabeza al verla alejarse.

—¿Qué ha pasado?

—Ufff. Pues resulta…

—Hola —dijo Hannah al llegar frente a Adam.

—Hola.

—¿Te diviertes?

—No estoy seguro.

Hannah frunció el ceño sin poder disimular que no esperaba esa respuesta.

—¿No estás seguro de si te diviertes?

—No tengo mucha práctica. Siempre estoy trabajando. De hecho, ahora mismo debería estar… Déjalo. ¿Querías decirme algo?

Toda la rabia que llevaba encima se le había caído al suelo en algún momento entre «No tengo mucha práctica» y su preocupación por no estar en el hospital.

—Me han dado una plaza.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—Felicidades.

—¿No te sorprende?

—Teniendo en cuenta que no tengo ni idea de a qué plaza te refieres…

—Las diaconisas de Kaiserswerth.

—Ah, eso.

—Sí, eso.

—¿Y debo felicitarte?

Hannah asintió.

—Pues felicidades.

—¿Por qué eres así?

—¿Así cómo?

—Antipático.

Adam suspiró con cansancio.

—No se me dan muy bien las relaciones sociales. No es nada personal. Siempre me he llevado mejor con los libros que con las personas.

—¿Porque los libros no hablan?

—Oh, sí que hablan, pero se callan si los cierras.

Hannah contuvo una sonrisa.

—¿Por qué no quisiste ayudarme?

—Ya te lo dije.

—¿Solo puedes recomendar a una persona al año?

—Es mi norma, sí.

—Eso es una tontería. ¿Qué pasa los años que no tienes que recomendar a nadie?

Adam la estudió unos segundos, se metió las manos en los bolsillos y siguió observándola.

—¿No vas a responder? ¿Te has dado cuenta de que tengo razón?

—Hannah, ¿sabes cuántas peticiones recibo al mes? Una media de cinco. Desde que me instalé en Londres no he parado de recibirlas. Lo pensé muy bien antes de establecer un método para decidir a quién recomendar.

—¿Y no podrías haber hecho una excepción por mí? Al fin y al cabo casi somos familia.

—No somos familia, pero aunque lo fuésemos no habría hecho ninguna excepción.

—Vaya, no entiendo por qué pensaba que eras antipático.

—¿La sinceridad te resulta antipática?

—La sinceridad no, la prepotencia. Hablas como si las personas que te piden una recomendación no tuvieran valor, como si estar por encima de ellas…

—No estoy por encima de nadie y no menosprecio a esas personas porque me pidieran ayuda. Yo también necesité recomendación y, aunque no lo creas, también tuve que tragarme varios rechazos. Es como funciona este mundo, Hannah, y que te enfades conmigo no te hará ningún bien.

—¿Tuviste en cuenta mi experiencia al menos?

—No. No comprobé tu experiencia porque no podía recomendarte. Pero…

—No te molestes, ya no te necesito. Como te he dicho, he conseguido lo que buscaba. Te aseguro que serás la última persona en el mundo a la que volveré a pedir ayuda en caso de volver a necesitarla.

—Esa es una postura infantil.

Hannah elevó el mentón orgullosa.

—Nunca has de anteponer tu animadversión a tu profesionalidad. Si el día de mañana necesitas algo, no importa la mala opinión que tengas sobre mi persona, debes pedirme ayuda igual.

—Cuando las ranas críen pelo —masculló ella.

Adam le sostuvo la mirada.

—Con esa actitud no llegarás muy lejos en esta profesión. Y, desde luego, nunca serás médico. —Inclinó la cabeza a modo de despedida.

—Nunca seré médico mientras haya hombres como tú que nos desprecian por llevar faldas —espetó reteniéndolo.

Adam la observó de nuevo durante un instante.

—Me importa muy poco la ropa que te pongas.

Ni siquiera me importa lo que hay debajo de ella.

Pero lo que sí me importa es que no seas capaz de contener tu rabia y tu frustración.

Que te enfrentes al rechazo como si el mundo te debiese algo.

Eso me dice que no serías un buen médico.

No importa cuántos conocimientos o experiencia profesional tengas.

El mundo no necesita más médicos mediocres, con pantalones o con falda.

Ser médico es mucho más que tener conocimientos de medicina, Hannah.

Que no lo sepas me demuestra lo lejos que estás de merecer el privilegio de tener pacientes.

El rostro de Hannah fue enrojeciendo a medida que él hablaba y la angustia le retorció las entrañas.

Apretó los puños, confusa por el dolor intenso que sus palabras le habían causado.

Y tampoco entendió por qué se quedaba allí mirándola con fijeza.

Quizá solo quería comprobar que el puñal había acertado en un órgano vital.

Después de un momento él inclinó la cabeza de nuevo y se alejó de allí.