Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 25
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Capítulo 25

Anne tuvo una semana frenética con los preparativos de la boda de George y llegó al día completamente exhausta, pero satisfecha.

Cuando vio a su hermano, sonrió feliz. El frac azul oscuro le quedaba perfecto y el chaleco de seda en color dorado le daba un toque de distinción.

Le revisó el nudo del pañuelo y dio un paso atrás con una enorme sonrisa.

—Estás muy guapo, hermano.

George tenía una expresión cálida y la admiración que solo le veía al observar las estrellas.

—Tú estás preciosa, hermanita.

Anne se agarró la falda y giró despacio para lucir su maravilloso vestido de muselina verde salvia.

Se detuvo al encontrarse con los ojos de Craig clavados en ella.

El escocés llevaba una levita negra de corte impecable, pantalón oscuro y chaleco gris antracita.

La camisa blanca producía el contraste necesario y se fijó en el pañuelo, que Craig siempre anudaba de un modo distinto a como lo hacían sus hermanos.

El escocés se ponía los guantes sin dejar de mirarla de arriba abajo y las mejillas de Anne se ruborizaron traicionándola.

—Bonito vestido —dijo él.

Se pasó las manos por la cintura ajustada y las dejó caer sobre la amplia falda, como si necesitara alisarla. Después se tocó el escote discretamente abierto con cuello de encaje y se volvió de nuevo hacia su hermano sin decir nada.

—Deberíamos irnos ya. —George le ofreció su brazo.

—Iremos enseguida. Tú ve con papá y mamá. —Lo empujó suavemente hasta la entrada.

—¿Qué pasa? —preguntó Emma a punto de salir por la puerta.

—Charles, Craig y yo iremos en el otro coche. Vosotros marchaos ya.

—¿Dónde está Charles? —preguntó George—. Se suponía que tenía que estar conmigo.

—Frederick ya estará en la iglesia, George —lo animó su hermana—. Charles está un poco indispuesto, por eso tenemos que quedarnos.

Emma suspiró al tiempo que movía la cabeza y agarró a su hijo del brazo.

—Vamos, hijo, no podemos llegar tarde.

—Estás guapísima, hija. —Edward depositó un beso en su cabeza.

—Tú también, papá.

—Espero que no —dijo burlón—. Traed a ese mentecato a la iglesia o lo desheredo.

En cuanto se cerró la puerta, Anne se giró hacia Craig, que tenía la cabeza ladeada y una expresión burlona.

—¿Dónde está?

Lo encontraron tendido en la cama, con la camisa medio abierta y una botella vacía en el suelo.

—Te quiero, Craig. Y te perrrrdono. Sé que tú no sabías quién… era.

—Anne, sal del cuarto —dijo el escocés, empezando a desabrocharle la ropa.

—En serio, te perdono.

—¿De qué está hablando? —preguntó Anne con los brazos en jarras.

—Que salgas del cuarto, Anne —ordenó Craig sacándole la camisa de dentro de los pantalones—. Tengo que desnudar a tu hermano.

—Lo he visto desnudo antes.

Craig soltó a Charles, que se desplomó en la cama como un fardo, y se giró hacia ella.

—¿Completamente desnudo?

—Sí.

—¿Últimamente? Porque si te refieres a cuando erais críos, no cuenta.

—El año pasado.

Craig giró la cabeza y repasó a Charles de arriba abajo. Luego volvió a mirar a Anne con perplejidad.

—Sé cómo es la anatomía humana. Si no hubiese tenido a mi madre, a la que le encanta que esté bien informada, y a Hannah, a la que le fascina ponerme colorada, habrían bastado mis hermanos para curarme de espanto.

Tienen una tendencia algo excesiva a mostrarse desnudos como si yo no existiera.

—Frunció el ceño—. ¿Te has puesto colorado?

—¿Yo? No.

—Sí que te has puesto y aumenta por momentos.

Craig le dio la espalda.

—¿Sabes qué? Da igual, lo meteré vestido.

—La bañera está llena desde hace rato. El agua se habrá enfriado —dijo ella apartándose cuando Craig lo levantaba de la cama.

—Mejor —dijo el escocés.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó viendo que lo sostenía pasándole un brazo por debajo de la axila.

—Anne, por favor. Si no quieres que lleguemos tarde… Bueno, eso ya va a ser imposible de evitar. Pero si quieres llegar al menos antes de que termine la boda de tu hermano, sal de este cuarto. Ya.

—No pienso hacerlo.

Craig masculló algo entre dientes y a Anne le pareció escuchar «potra salvaje», pero se sacudió la cabeza para borrar esa imagen.

—Tienes que casarte… con ella —dijo Charles caminando a trompicones—. Mi hermana es buena, aunque siempre se mete… en líos. Por eso tienes que casarte con… ella, Craig. Para domarla.

—Cállate —respondieron los dos a la vez.

Craig vio que Anne tenía las mejillas encendidas.

—Iré a… —Se apresuró hacia la puerta—. Esperaré abajo.

—Vas a casar…te con ella —afirmó Charles cogiéndolo de la pechera cuando estaba junto a la bañera—.

No poddddrás escapar. Siempre consigue lo que…

quiere. No es como yo. Yo nunca… tengo lo que quiero —sollozó—.

Pero Anne, sí, ella es… la más fuerte de todos.

Dijo que se casaría… contigo… Y lo hará. Eso.

Craig lo empujó y Charles cayó como un fardo haciendo que el agua saliese disparada hacia todas partes.

—¡Joder! —exclamó Craig al ver sus pantalones.

Charles se limpió la cara y se apartó el pelo chorreando.

—¡Está helada! —dijo tratando de ponerse de pie.

Craig lo empujó de nuevo y le dio la pastilla de jabón.

—Quítate el olor a vómito.

—Estoy vestido —dijo Charles con expresión desconcertada.

Craig se encogió de hombros.

—No iba a desnudarte delante de tu hermana.

Charles miró el jabón y de nuevo su ropa.

—Tu hermano George se está casando ahora mismo, Charles, pon de tu parte.

—¿George se está casando? —preguntó tratando de salir de la bruma de su cabeza—. ¿Ahora? ¿En serio? ¿Y por qué no estoy en la boda?

—Coge aire —ordenó Craig poniéndole una mano en la cabeza.

—¿Por qué? —Charles arrugó el ceño mientras se frotaba el pecho de la camisa con la pastilla de jabón.

—Coge aire, Charles —insistió Craig y le mostró cómo.

Cuando Charles lo imitó, Craig empujó su cabeza y lo sumergió bajo el agua.

—¡Jodeeeeer! —exclamó Charles cuando pudo respirar—. ¿Te has vuelto loco?

—¿A que estás más despejado?

—¿Quieres ahogarme?

—Se me ha pasado por la cabeza, sí.

Charles se agarró con firmeza al borde de la bañera respirando agitado.

—Usa el jabón. Al menos, que no apestes.

Charles se sacó la camisa por la cabeza y la soltó en el agua. Después cogió de nuevo la pastilla de jabón que se le había caído de las manos y comenzó a frotarse sin quitarle los ojos de encima. No volvería a pillarlo desprevenido.

Cuando bajaron, Anne los esperaba en el salón de día.

—Tómate esto —dijo dándole una taza de café muy cargado.

Charles se estremeció después del primer trago.

—¡Dios! Está asqueroso.

Cogió la jarra de agua y se sirvió un vaso del que bebió con ansia.

Anne los miró a los dos y movió la cabeza.

—¿Os habéis peleado? —preguntó al ver que tenían la ropa arrugada—. No contestéis. Vámonos o no llegaremos ni al final.

Cuando entraron en la iglesia se quedaron en la parte de atrás intentando pasar desapercibidos.

Charles, situado entre los dos, seguía con la mente confusa, pero al menos ya no decía impertinencias.

Anne se inclinó hacia delante para observar el perfil de Craig.

El escocés estaba muy atento a lo que sucedía en el altar.

Una ola de agradecimiento la arrolló al pensar en lo rápido que había aceptado ayudarla.

El escocés giró la cara y cuando sus miradas se encontraron, sonrió levemente y le guiñó un ojo.

Anne apartó la vista rápidamente y se centró en observar a los novios.

Desde la boda de la reina Victoria, tres años antes, en la que su majestad se había vestido de blanco, cada vez más novias elegían ese color.

Eva lucía un vestido de seda blanca perlada, con un brillo suave.

Un fino encaje en el escote y los puños constituía el único adorno.

Eva era una joven discreta y sencilla a la que no le gustaba hacer ostentación, pero a Anne le pareció la novia más hermosa del mundo, quizá precisamente por eso.

Se había puesto los pendientes que ella le había regalado y una cálida sensación la inundó cuando sus miradas se cruzaron.

Anne tenía los ojos anegados en lágrimas, emocionada al ver que su hermano unía por fin su vida a la de una mujer tan maravillosa y que lo quería tantísimo.

—Tú serás la siguiente —dijo Charles cogiéndola de la mano.

Anne se limpió una lágrima y sorbió por la nariz antes de negar con la cabeza.

—Tú vas primero.

—Yo no me casaré nunca —masculló en tono quedo.

—Claro que te casarás, Charles. Ahí fuera hay una mujer esperando que la encuentres. Solo es cuestión de…

—No, Anne. La mujer que yo amo no puede ser mía.

Craig se puso rígido y le dio un leve empujón con el hombro, pero Charles no apartó los ojos de los de su hermana.

—¿De quién hablas? —preguntó ella perpleja.

—Charles…

Anne observó a Craig consciente de que él sabía de qué hablaba su hermano. La ceremonia llegó a su fin y los invitados se pusieron de pie para saludar a los novios. Anne seguía confusa cuando salieron de la iglesia porque Charles se escabulló sin que pudiera detenerlo y sin responder a su pregunta.