Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Capítulo 24
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Capítulo 24

Anne le dio un beso a Rebecca y la niña bajó sus bracitos para dejarla incorporarse.

—Que duermas bien, chiquitina —dijo apartándole uno de sus ricitos dorados.

Ruby y ella salieron del cuarto y cerraron la puerta suavemente.

—Si no duerme su siesta se pone insoportable —explicó la madre cogiéndola del brazo—. Y ahora tú y yo charlaremos tomándonos un té y unos deliciosos pastelitos.

—¿Dónde está Noah?

—Su padre y él han ido a montar.

Ruby la llevó al salón y antes de que se sentaran llegaron dos criadas con el servicio de té y una bandeja de varios pisos con pastelitos.

—¿Esperas a alguien más? —preguntó Anne riendo.

—¿Por qué? ¿No tienes hambre?

Anne se volvió hacia ella y frunció el ceño.

—Si me comiese todo eso no podría volver a caminar, Ruby.

—No hace falta que nos lo comamos todo, pero…

—¡Estás embarazada!

—¿Qué?

Anne tenía una expresión de lo más sorprendida.

—¡Ruby! Tú solo comes así cuando…

La expresión de su prima fue respuesta más que suficiente.

—Pensaba contártelo cuando hubiésemos terminado el té, pero no se lo digas a tu madre.

Anne ya la estaba abrazando y las dos reían como niñas.

—Tus abuelos aún no lo saben —explicó Ruby cuando estuvieron sentadas—. No quiero que se preocupen antes de tiempo. No sabes cómo es tu abuela cuando estoy embarazada. No deja de enviarme cosas todo el tiempo.

—¿Y tía Katherine?

Ruby asintió.

—Sí, a ella se lo dije en cuanto lo sospeché. Lo cierto es que se ha portado conmigo como una madre. Como yo imagino que debería ser una madre, vaya.

Anne se mordió el labio para contener la pregunta que pugnaba por salir de su boca.

—No he sabido nada de ella, tranquila —dijo señalándole los pastelitos—. Coge uno, anda, que me muero por comerme el de nueces y no puedo cogerlo hasta que tú elijas.

Anne la complació y Ruby sonrió feliz.

—Solo puedo darme el gusto tranquila cuando estoy embarazada. Aunque la señora Morton los cuenta para saber cuántos me como. Esa mujer es un lince, no se le escapa nada.

La risita que se le escapó entre los dientes y el pastelito que sostenía a punto de morderlo hicieron que rejuveneciera hasta convertirse en una niña de cuatro años a la que no le llegaban los pies al suelo. Anne sonrió divertida.

—Andrew estará loco de contento. Y Noah siempre me dice que quiere un hermanito, aunque quiere a Rebecca más que a nadie.

Ruby asintió con la nariz manchada de blanco y cara de felicidad.

—No se lo hemos dicho aún. Esperaremos un poco más. Con mi edad pueden surgir complicaciones. Es mejor no adelantarnos.

Anne le preguntó si tenía molestias y Ruby se pasó un buen rato hablando de sus náuseas matutinas, de que se iba a poner como un tonel y de lo adorable que era Andrew con ella.

Cuando Andrew y Noah regresaron de su paseo, no volvieron a tocar el tema del embarazo para que el niño no se percatase.

Anne no pudo felicitar a su primo hasta que la niñera y Ruby llevaron a Noah y a Rebecca al cuarto de juegos.

—¿No estás contento? —preguntó al ver la preocupación en el rostro de Andrew cuando sacó el tema.

—Mucho —dijo él.

Anne comprendía perfectamente lo que su primo tenía en la cabeza. La muerte de Claire fue terrible y el miedo que sintió Andrew resultó palpable cuando nació Rebecca.

—Todo irá bien —dijo intentando sonar madura.

Andrew asintió, pero no dijo nada.

—El editor de mamá quiere que Robert publique con ellos.

Andrew giró la cabeza hacia ella con rapidez.

—¿En serio?

—Sí. Le escribí hace semanas para explicárselo.

—¿Va a volver a Londres?

—No lo sé. Pero es posible. Es una muy buena oferta. Recibí una carta de Heather la semana pasada y ella no se opone a trasladarse. Ama Lanerburgh, pero ama más a su esposo y harán lo que él decida.

—Sería mejor para él estar aquí, no me cabe duda.

—¿Para él? —se rio Anne.

Andrew adoptó una expresión culpable.

—No negaré que lo echo de menos.

—Frederick llegará mañana, podrás hacer esgrima con él.

—No te lo tomes a mal, pero Frederick no es tan bueno como Robert.

—No le gustaría oír eso. Bastante ha tenido toda su vida con estar a la sombra de nuestro hermano.

—Pero al final será el conde de Kenford.

—Sí.

—Hablando de condados, nosotros nos iremos a Aveldon después de la boda de George. ¿Vendrás con nosotros?

Anne asintió con entusiasmo.

—Me encanta Aveldon. Julie me escribió hace semanas para decirme que va a dar clases en la escuela.

—Se alegrarán de verte. Seguro que te organizan algo, como siempre que vas.

—¿Qué me he perdido? —preguntó Ruby entrando en el salón.

Andrew se acercó a ella.

—Le decía a Anne que seguro que sus amigas le organizan una fiesta de bienvenida. No la ven desde hace dos años.

Ruby le dedicó una enorme sonrisa.

—Siempre preguntan por ti. Julie va a…

—Sí, lo sé, me escribió para contarme lo de la escuela.

—Está muy ilusionada. Y Lucille va a casarse.

Anne asintió.

—Será estupendo volver a verlas —dijo contenta.

—Qué bien que vengáis los dos. Podéis ir juntos. —Ruby se sentó en el sofá.

—¿Juntos? —preguntó Anne, interrogadora.

—Craig también irá. Andrew lo convenció esta mañana, después de mucho insistirle.

—Quiero que vea mis caballos.

—Lo pasaremos bien —dijo Ruby.

Y la sonrisa de Anne se le congeló en los labios.

—¿Me estás pidiendo que no vaya a Aveldon? —Craig estaba recostado en la pared del establo con un pie apoyado en ella, los brazos cruzados y una expresión de incredulidad de lo más divertida.

—No. Te estoy pidiendo que no vayas al mismo tiempo que yo. Puedes ir en otro momento.

—A mí me lo ofrecieron primero. Si tanto te molesta, espera a que yo vuelva.

—No puedo. Es mi única semana libre. Después tengo… compromisos.

—¿Qué compromisos?

—Jonathan Fairfax llegará a Londres esa semana.

—Vaya, parece que la cosa va en serio si estás planteándote organizar tu horario alrededor de sus intereses.

—No voy a hacer eso. Pero le prometí que estaría en Londres.

—A mí me parece que es exactamente eso.

—No creo que tenga que darte explicaciones.

Craig se encogió de hombros.

—Cierto. Pero, al contrario que tú, yo no me organizo según los deseos de ese caballero, así que no pienso cambiar mis planes por él.

—Craig, por favor. ¿Qué más te da?

—Solo estaré aquí la semana posterior a la boda, luego me marcho a la finca Goodwood. Quiero estar allí cuando lleguen Seabhag y Ephraim.

—Oh. —Eso daba al traste con sus planes.

—¿Por qué te incomoda tanto que coincidamos? No te molestaré.

Estarás allí. Yo sabré que estás allí.

—Voy a estar todo el día hablando de caballos con Andrew. Ni siquiera me verás —dijo con fastidio—. ¿Qué hay en Aveldon que no quieres que vea?

Ella se movió inquieta.

—No es eso. Es que Aveldon me gusta… mucho.

Allí puedo ser… yo. —Él siguió mirándola expectante—.

Mis padres no van nunca, allí no soy la hija de Emma y Edward Wilmot.

Solo soy… Anne. Nadie se escandaliza si monto a horcajadas y cuando era niña jugaba con las otras niñas del pueblo sin que les importase quiénes eran mis padres o a qué se dedicaban.

Tengo dos buenas amigas, Julie y Lucille, y lo único que les importa de mí es que soy divertida y me gusta escuchar.

—Lo entiendo.

—¿Sí?

Craig asintió con la cabeza y metió las manos en los bolsillos de su pantalón.

—No te molestaré, lo prometo. Podría ir menos días, poner alguna excusa para marcharme antes.

—No quiero que hagas eso. —Negó con la cabeza—. Aveldon es un sitio precioso y quiero que lo disfrutes. No te preocupes, ha sido una estupidez pedírtelo.

Craig inclinó la cabeza a un lado sin apartar los ojos de ella.

—No voy a delatarte, Anne.

—¿Qué?

—Sea lo que sea que hagas allí, no te delataré. Nunca lo haría.

—¿Estás seguro? —preguntó con cierta inquina.

—Yo no te delaté. Se dieron cuenta en cuanto bajaste del caballo.

—¿Y tú? ¿Cuándo te diste cuenta de que era yo la que montaba a Poderoso?

—Blue —rectificó él. Bajó el pie al suelo y caminó hasta ella—. Me di cuenta en cuanto te vi.

El corazón de Anne se aceleró.

—¿Y quieres que crea que no dijiste nada?

—Es lo que pasó.

Anne frunció el ceño incrédula.

—¿Por qué harías algo así?

—Quería verte correr.

Las mejillas de Anne se colorearon.

—Sabía que eras mucho mejor jinete que Mike y durante aquellos minutos solo pude pensar en que quería verte ganar la carrera.

—No —susurró ella.

—Sí, Anne —dijo él con voz áspera—. Y cuando lo conseguiste casi me muero de gusto.

La garganta se le quedó seca y lo miró como si no hubiese nada más en el mundo que aquellos ojos grises como el acero. El escocés, a su vez, la estudiaba de un modo que la dejaba expuesta ante él.

—No es cierto —susurró.

—Sí, Anne —dijo él acercándose un poco más—.

Lo es. Disfruté como un crío. Disfruté tanto que casi me pongo a gritar cuando cruzaste primera la meta.

Disfruté tanto que casi le rompo la crisma al que te desenmascaró delante de todo el mundo.

Tuve que contenerme para no hacer algo que habría empeorado las cosas hasta tal extremo que…

Craig enmudeció de golpe, como si no se hubiese dado cuenta de lo que estaba diciendo hasta que vio la expresión anonadada de Anne. Tenía la boca entreabierta y una mirada tan intensa que él dejó de respirar. Cuando ella dio un paso hacia él, Craig retrocedió como si su cercanía lo quemara.

—Craig…

Él apretó los dientes y echó a andar, alejándose de allí con paso decidido.